CAPÍTULO QUINTO #5
Afortunadamente, los soldados se emplearon a fondo y lograron repeler a los manifestantes. Eparquio mandó atrancar la puerta de entrada y, solo cuando estuvo bien apuntalada, se permitió respirar aliviado.
La espantada del magistrado frustró aún más a la plebe, deseosa de descargar su ira contra los representantes romanos.
Durante algunos minutos reinó el desconcierto, los líderes de la revuelta no se ponían de acuerdo acerca de lo que hacer a continuación.
La mayoría abogaba por continuar con las protestas en las calles, provocar disturbios y hacer mucho ruido.
Parte de la masa se había esparcido alrededor la plaza, donde aún quedaban algunos comerciantes ofreciendo sus productos.
Horacio se hallaba entre ellos, vendiendo los artículos de cerámica que había confeccionado durante la semana.
Fue entonces cuando Tascius, que se había erigido como uno de los principales agitadores, solicitó a voz en grito la atención de los presentes.
—¡Todo esto es culpa suya! —exclamó con dramatismo, al tiempo que señalaba a Horacio con el dedo—. ¡De él y de todos los demás cristianos!
El alfarero palideció, consciente del peligroso cariz que estaba tomando el asunto. Tascius le había dado problemas desde su llegada, y el pleito que había protagonizado y perdido contra Batarius tan solo había servido para empeorar aún más las cosas.
—¡Los cristianos han ofendido a los dioses, negándose a realizar los correspondientes rituales y sacrificios!
—prosiguió diciendo Tascius—. ¡Sus creencias ateas y supersticiosas han provocado que caigan sobre nosotros toda serie de males!
¡La sequía parece interminable! ¡Y las plagas han sido devastadoras!
—¡Es cierto! —gritó otro exaltado—. ¡Los dioses han de estar furiosos! ¡¿Desde cuándo las langostas aparecen en esta época del año?!
Rápidamente, los manifestantes se fueron congregando alrededor de Tascius, a quien, como miembro del consejo local, tanto respetaban.
—¡Al principio no había más que unos pocos! ¡Sin embargo, el número de cristianos no ha dejado de aumentar año tras año! ¡Por eso cada vez sufrimos más calamidades! ¡Y ahora nuestras familias lo están pagando caro!
—¡Pasamos hambre! —coreó la multitud.
—¡Deberíamos expulsar a los cristianos de Marsonia! ¡En Roma, están siendo severamente castigados por no cumplir con los rituales sagrados! ¡Incluso los están arrojando a los leones! ¡Aquí, en cambio, se están saliendo con la suya porque las autoridades no están haciendo cumplir el edicto de Decio!
Acto seguido, Tascius agarró la mesa sobre la que Horacio exhibía sus artículos y la volteó con las dos manos. Todas las piezas de cerámica cayeron al suelo, haciéndose añicos.
Instintivamente, Horacio apartó a Tascius de un empujón para proteger su mercancía. Desafortunadamente, su reacción provocó que varios manifestantes se le echasen encima. Horacio se revolvió y, durante el forcejeo, alguien le golpeó con una azada en la cabeza.
El alfarero cayó desplomado, envuelto en un charco de sangre. Había perdido la vida sin apenas ser consciente de ello.
La muerte de Horacio, lejos de calmar los ánimos, exaltó aún más la furia de los manifestantes. Ahora ya tenían un objetivo sobre el que descargar su frustración, un blanco definido para su venganza.
La muchedumbre se dirigió entonces hacia el negocio de un comerciante, en cuyo almacén solían llevarse a cabo los actos de culto cristianos.
Sacaron a rastras de su local al pobre hombre, mientras otros lo saqueaban sin contemplaciones.
Sus protestas no sirvieron de nada. Le dieron una paliza de muerte y lo acallaron para siempre.
Ante la violencia desatada, varios ciudadanos corrieron hasta la sede del magistrado local para advertirle de la situación.
—Lo siento de veras, pero con los pocos soldados de que dispongo, no tengo manera de proteger a los cristianos —dictaminó Eparquio—. Bastante suerte he tenido habiendo podido salvar mi propio pellejo .
Una vez que se desató el caos, ya no hubo forma de pararlo. La revuelta se había transformado en una cacería de cristianos. Habían identificado a los culpables de todos sus males, y los campesinos se lanzaron a tomarse la justicia por su mano.
A continuación, fueron a la casa de una familia cristiana, situada en el barrio más acomodado, cuyo cabeza de familia se dedicaba con éxito al transporte de mercancías.
Alguien trajo entonces un ídolo de la diosa Ceres.
Si querían salvarse, tendrían que adorarla.
El hombre, aterrorizado, se postró frente la divinidad, ante la angustiada mirada de su esposa, que apretaba a sus dos hijos pequeños contra su regazo.
Una anciana que lloraba, la abuela de los niños, musitaba una oración en silencio.
El padre de familia hizo todo lo que le pidieron. Sin embargo, la turba enloquecida seguía ávida de sangre, y ya no se conformaría con menos. Así que lo molieron a palos junto a su esposa. Solo los niños y la anciana se libraron de la matanza.
Un esclavo de una casa vecina corrió la misma suerte.
Los dueños, conocedores de la fe que profesaba su siervo, lo arrojaron afuera al paso de la multitud para no tener problemas y cerraron su portón a cal y canto.
Las súplicas de aquel pobre infeliz no le sirvieron de nada.
En pocos segundos, vio cómo una marea humana lo rodeaba y lo arrastraba por la calle mientras la emprendían con él a porrazos.
—¡Seguidme! —vociferó Tascius—. ¡Sé dónde viven más demonios cristianos como este!
Cuando entraron en el pueblo, Batarius y Ardala no sabían nada de la revuelta popular que se había desatado.
Ambos hermanos charlaban distraídamente, sin percatarse del inusual aspecto de las calles, que se hallaban prácticamente desiertas.
Se dirigían hacia la plaza del mercado para recoger a Horacio y regresar con las piezas de cerámica que no hubiese vendido.
De pronto, una joven sierva apareció corriendo tras doblar una esquina y se detuvo ante ellos con la respiración entrecortada. Batarius la conocía porque recientemente había asistido a su bautismo.
—Ahora mismo iba camino de vuestra granja para avisaros. ¡Tenéis que huir de aquí!
—¿De qué estás hablando?
—¡¿No os habéis enterado?! —La joven los miraba con los ojos desorbitados—. ¡Nos están persiguiendo! ¡Quieren acabar con todos los cristianos de Marsonia!
—¡¿Cómo?!
—Solo sé que medio pueblo se ha vuelto loco y que van a por nosotros.
Ardala reaccionó ahogando un gemido de angustia.
—Horacio, mi marido. ¿Sabes si está bien?
—Él estaba en la plaza cuando todo empezó. Creo que fue la primera víctima de toda esta locura. Lo siento…
Ambos hermanos encaminaron inmediatamente sus pasos hacia allí. Pero antes, Batarius sujetó a la muchacha por los hombros y le dijo:
—Por favor, avisa a mi familia del peligro.
—Lo haré. Te lo prometo.
Batarius y Ardala recorrieron un par de calles a toda prisa, urgidos por las circunstancias.
El azar, sin embargo, les jugó una mala pasada porque, al doblar una esquina, se toparon de frente con la multitud enfervorecida que coreaba consignas contra los seguidores de Cristo y agitaba en el aire sus palos y azadas manchados de sangre.
Tascius se desgajó de la masa y le dedicó a Batarius una mirada triunfal.
—Batarius, siempre fuiste un egoísta. ¿Qué trabajo te costaba participar en la Ambarvalia y honrar a nuestros dioses tradicionales? Ahora, todo el pueblo está pagando las consecuencias de vuestros actos.
—¡¿Qué habéis hecho?! Todo esto es una locura sin sentido.
Tascius lo ignoró y, en su lugar, ordenó que depositasen el ídolo de Ceres en el suelo.
—Si adoras a la diosa, quizá me compadezca de ti…
Batarius se giró hacia su hermana y le susurró:
—Vete ahora mismo de aquí.
Ardala no quería dejarlo solo, pero vio que no era momento de discutir así que, poco a poco, comenzó a retroceder.
Tascius sonreía, saboreando aquel satisfactorio triunfo.
Batarius le sostuvo la mirada tanto como pudo, evaluando sus opciones de huida.
No las tenía, lo habían rodeado por completo.
Sabiéndose sentenciado, relajó los músculos y dejó que el miedo se diluyese en una extraña calma, como arena entre los dedos.
Finalmente, haciendo gala de una imperturbabilidad inexplicable, Batarius se acercó a la imagen de Ceres y, tras dedicarle una mueca cargada de indiferencia, la derribó de una patada.
Durante unos instantes, nadie movió un músculo ni se atrevió a articular sonido alguno, como si el tiempo mismo se hubiese detenido. Hasta que, a una señal de Tascius, un grito gutural y furioso salió de la muchedumbre y esta cayó sobre el campesino como una bandada de buitres carroñeros.
Ardala presenció la matanza a cierta distancia, como si fuese una pesadilla. Luego intentó escapar a la carrera, pero no le sirvió de nada. Para su desgracia, había tardado demasiado en reaccionar. La horda enfurecida la alcanzó con facilidad, para brindarle el mismo fin que a su hermano .
Entretanto, la sierva llegaba a las inmediaciones de la granja, tal como había prometido.
Epulonia acudió al encuentro de la joven. Esta respiraba de forma agitada y hacía gala de un evidente nerviosismo.
—¿Dices que la gente del pueblo está matando a los cristianos?
El escepticismo de Epulonia estaba más que justificado. ¿Cómo iba alguien de buenas a primeras a creerse semejante disparate?
Instantes después, Dardanus se unió a la conversación.
—¿Horacio está muerto? ¿Estás segura?
—Me temo que es lo más probable.
—¿Y mi padre?
—No lo sé, cuando lo dejé estaba con Ardala. Ambos se encaminaban hacia la plaza para comprobar con sus propios ojos lo que había ocurrido con Horacio.
En cuanto asumió las riendas de la situación, lo primero que hizo Dardanus fue darle las gracias a la muchacha y dejar que se marchara. La sierva se adentró en el bosque del manantial y se perdió entre los arbustos.
—Mamá, coge a los niños y poneos a salvo cuanto antes.
—Y tú, ¿qué piensas hacer?
—Esa no es la cuestión.