CAPÍTULO QUINTO #4
—Por otra parte, la doctrina cristiana me parece una extravagancia tan incomprensible como contraria a la razón —argumentó Fabio a continuación—. Y la pertinaz obstinación de sus seguidores por no renegar de su Dios escapa por completo a mi entendimiento.
—Sí, entre el cristianismo y el estoicismo existen importantes diferencias.
Nosotros, como estoicos, basamos la virtud y la moralidad en la razón y la naturaleza humana, como guía suprema para vivir en armonía con el universo.
Los cristianos, en cambio, las fundamentan en la voluntad de Dios y en las enseñanzas de su profeta.
—Sempronio se detuvo un instante en mitad del camino — .
Además, nosotros concebimos la muerte como un retorno al cosmos, un proceso natural que no debemos temer, mientras que los cristianos creen en la resurrección y en la vida eterna en el reino de los cielos.
—Así es.
—Sin embargo, quizá te sorprenda saber que entre la filosofía cristiana y la estoica también existen importantes similitudes.
Jesús enseñó a sus seguidores a vivir una vida moralmente virtuosa, marcada por el amor, la compasión, la justicia, el perdón, la humildad y la generosidad como virtudes fundamentales para alcanzar la plenitud espiritual.
El principal mandamiento cristiano proclama amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
Y ¿acaso nosotros no consideramos la virtud (identificada con la sabiduría, la justicia, el coraje y la templanza), como el bien supremo y la base para alcanzar la plenitud?
Ambas filosofías enfatizan la importancia de vivir una vida en armonía, con principios morales elevados, cultivando relaciones basadas en el amor y la justicia.
Antes de continuar con su discurso, Sempronio se tomó un momento para pensar y renovar el aire de sus pulmones.
—Las enseñanzas cristianas no instan a sus fieles a acumular riquezas terrenales, que son pasajeras y pueden ser destruidas, sino a buscar tesoros espirituales que perduren para siempre.
Y, del mismo modo, los estoicos valoramos el desapego hacia lo material, la moderación en el disfrute de los placeres mundanos y la renuncia a los deseos excesivos de poder y opulencia.
Cristianos y estoicos coincidimos, por tanto, en reconocer que la verdadera riqueza reside en el espíritu y en las relaciones humanas, y no en la acumulación de posesiones materiales.
»Y aún hay más. El cristianismo conmina a sus seguidores a soportar las pruebas y tribulaciones con paciencia y fortaleza.
Y, confiando en la voluntad de su Dios, promueve la resignación ante el destino como medio para hallar la paz de espíritu.
Igualmente, el estoicismo reconoce que la adversidad y el sufrimiento forman parte natural de la vida, pero en lugar de resistir o temer lo que está fuera de nuestro control, se centra en aceptarlo mediante la calma y el autodominio.
—Reconozco que no estaba familiarizado con las enseñanzas cristianas —admitió Fabio.
—Y, por último, la importancia de la comunidad es otra similitud fundamental entre ambas filosofías.
Los estoicos consideramos a todos los seres humanos como parte de una comunidad universal y, desde esta perspectiva, promovemos la cooperación, la justicia y el apoyo mutuo.
La comunidad cristiana se basa en la solidaridad, se espera que todos sus miembros se socorran y se cuiden mutuamente.
Todos tienen el deber moral de ayudar a los demás.
Nosotros, por ejemplo, hemos construido esta escuela.
Ellos levantan hospitales y distribuyen alimentos entre los más necesitados.
—Nosotros nos guiamos por la razón, y ellos, por la fe…
—…pero ambos caminos conducen a un destino parecido —concluyó Sempronio.
La pareja guardó un largo silencio mientras enfilaba el camino de regreso a la escuela, cada cual sumido en sus propios pensamientos.
—Sempronio —terció Fabio al cabo de un rato—. El cristianismo se originó y se desarrolló dentro del mundo romano, en un tiempo en el que la filosofía estoica ya estaba muy extendida. Así pues, ¿crees que sus enseñanzas pudieron influir en la formación de la fe cristiana?
19
Marsonia (provincia romana de Dalmacia)
Batarius y Dardanus trabajaban en la parte alta de la ladera, desde donde se tenía una completa panorámica de los campos de cereales sembrados en terrazas. El sudor empapaba sus túnicas, pese a que el sol aún no se hallaba en su cenit y una brisa fresca soplaba desde las colinas cercanas.
Batarius arrancó una espiga de trigo y la examinó cuidadosamente.
—Demasiado endeble —comentó.
—Las recientes lluvias no han sido suficientes para compensar la sequía de todo el año —repuso Dardanus.
—No me sorprende, fueron muy escasas.
Batarius arrojó la espiga y se incorporó con los brazos en jarras.
—No conseguiremos una gran cosecha, pero dadas las circunstancias tampoco podemos quejarnos.
De repente, un inquietante zumbido, extraordinariamente intenso y profundo, llegó hasta sus oídos. Padre e hijo se estremecieron e intercambiaron una mirada de espanto.
—No lo puedo creer…
Ascendieron hasta la cima y lo que vieron al otro lado los dejó sin aliento. Un inmenso enjambre de langostas, semejante a una mancha palpitante y oscura, reposaba plácidamente sobre la meseta. Sus peores temores se habían confirmado.
—Nunca hay plagas de langostas en esta esta época del año… —murmuró Batarius—. Y menos aún de semejantes dimensiones.
—Cierto, pero nuestros ojos no nos engañan.
Un instante después, la nube de insectos alzó el vuelo y la penumbra se abatió sobre el valle.
La visión de aquella monstruosidad, capaz de tapar al astro rey, resultaba apabullante.
Había millones de langostas, tantas como gotas en el océano; flotaban en el aire y caían sobre la tierra, avanzando en oleadas como un ejército imparable.
Batarius y Dardanus habían visto suficiente. Inmediatamente, se giraron y emprendieron el camino de regreso, corriendo a toda velocidad.
—¡Tenemos que llegar a la granja cuanto antes! ¡Vamos!
Cuando las langostas alcanzaron la cima y vislumbraron el festín que les esperaba, cayeron como un vendaval sobre los cultivos de cereales, dejando tras de sí los signos del desastre.
Dardanus fue inmediatamente a guardar el ganado, mientras Batarius advertía al resto del peligro.
—¡Cerrad puertas y ventanas!
Todos se recluyeron en el interior de la casa, apresurándose a sellar hasta la más mínima abertura. El sonido de las langostas estrellándose contra las paredes y postigos evocaba una violenta tormenta de granizo.
Verina, que nunca había presenciado un fenómeno parecido, se abrazaba a sus padres aterrorizada. Horacio y Ardala trataban de calmarla, aunque ellos mismos no podían evitar sentirse angustiados. Epulonia acariciaba el pelo de Daesina, mientras Glaukias cerraba los ojos para evadirse del momento.
No podían hacer nada, salvo rezar…
La plaga tuvo unas consecuencias devastadoras en toda la comarca.
Las langostas arrasaron con todo lo que encontraron a su paso: cultivos de grano, viñedos, olivos…, incluso bosques. Nada pudo detenerlas. Remontaron vallas y cercas, entraron en los huertos cerrados, y hasta en las casas si alguna ventana se había quedado abierta.
Todas las personas se vieron afectadas, sin importar la clase social a la que pertenecieran.
Los grandes propietarios de tierra perdieron tanto como los labradores modestos.
Las cosechas y los frutos del campo fueron pasto de los voraces insectos.
Cereales, higos, dátiles, judías, calabazas…
Un daño irreparable que se sumaba al sufrido unos meses antes debido a la plaga de gorgojos.
En tan solo una semana, la velada amenaza de hambruna se había convertido en una realidad incontestable.
La provincia de Dalmacia contaba con varios benefactores entre sus habitantes más acaudalados, siendo Nertomarus el más popular de ellos.
No obstante, las donaciones del poderoso comerciante se circunscribían al entorno de Salona, quedando la región del norte fuera de su rango de acción.
La administración romana tendría que haber asumido la responsabilidad de tomar las medidas de auxilio necesarias.
Aun así, lejos de compadecerse de la población, el gobernador Octavio, pese a las circunstancias excepcionales por las que el campo atravesaba, ni siquiera consideró la posibilidad de rebajar los impuestos que recaudaba, destinados a engrosar las arcas de Roma.
En Marsonia, la situación se había vuelto insostenible y, aquella tarde de sábado, un numeroso grupo de campesinos se había echado a las calles, empujado por el miedo y la desesperación.
Muchos portaban azadas y palos, dejando muy claro que estaban dispuestos a ejercer la violencia si no se atendían sus demandas.
En cuanto se corrió la voz, más y más ciudadanos descontentos se fueron incorporando a la manifestación improvisada, sobre todo, campesinos, aunque no fueron los únicos. La crisis había golpeado a casi todos los sectores por igual, en mayor o menor medida.
Cuando la muchedumbre se plantó ante la sede del magistrado local, ya superaba las doscientas personas. Eparquio salió a recibirlos en tono apaciguador y los escuchó pacientemente durante varios minutos. Sin embargo, se mantuvo firme y no accedió a ninguna de sus pretensiones.
—¡Mis manos están atadas! —gritó—. ¡Yo me limito a cumplir las órdenes del gobernador provincial!
Su evasiva respuesta hizo que la muchedumbre estallara de indignación.
A la lluvia de insultos que recibió le siguió el lanzamiento de algunas piedras.
Eparquio se refugió enseguida dentro del edificio y movilizó a la pequeña guarnición de soldados que tenía bajo su mando.
Hizo lo posible para que no se le notara lo verdaderamente asustado que estaba.
Por muy bien pertrechados que estuvieran, una veintena de infantes se antojaba insuficiente para contener a semejante multitud.