Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO QUINTO #3
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CAPÍTULO QUINTO #3

Accedieron a una habitación en penumbra, donde la niña yacía recostada en una cama de paja.

Su habitual palidez indicaba que su estado no había cambiado.

Aun así, por alguna razón, Fabio intuyó que su final se hallaba cada vez más cerca.

Servilia lo saludó con un asentimiento de cabeza, hundida en una vieja silla.

Las ojeras de la mujer denotaban la eterna preocupación que sentía.

Acto seguido, Marco sacó a su hermano de la estancia para hablar con él a solas.

—Hemos tenido que dejar nuestra casa —explicó—. Por un tiempo, al menos.

—¿Por qué?

—Ni Servilia ni yo hemos sacrificado como exige el edicto de Decio.

—¿Cómo? No lo entiendo. Cuando hablamos del tema, me dijiste que lo haríais para no tener problemas y poder cuidar de Lucila.

—Sí, lo dije, pero te mentí. No deseaba discutir contigo.

Contrariado, Fabio se llevó una mano a la frente.

—¿No te das cuenta del peligro que corréis? ¿Y si os descubren? Lucila os necesita ahora más que nunca.

—Aquí estamos bien escondidos. Nuestros anfitriones no tienen muchos recursos, pero son cristianos generosos y sé que puedo confiar en ellos

—Tengo una domus enorme, yo os podría haber dado refugio. Aún puedo hacerlo.

—No podía ponerte en semejante compromiso. Tú eres magistrado y, si te descubriesen ocultándonos, eso significaría el final de tu carrera. Además, somos hermanos. Si las autoridades quisiesen localizarme, ¿dónde crees que buscarían primero?

Marco tenía sólidos argumentos; sin embargo, Fabio aún no había dicho su última palabra.

—¿Eres consciente de que, si te descubren, podrías acabar en mi tribunal y ser yo quien te juzgase? ¿Te imaginas en qué posición me pondrías?

—No me descubrirán, ni a Servilia tampoco.

—De eso no puedes estar seguro del todo. —Fabio miró fijamente a su hermano—. Marco, muchos cristianos han venerado a los dioses romanos, vosotros nos seríais ninguna excepción. Os estáis jugando la vida, ¿quién os lo podría reprochar?

—No traicionaremos nuestra fe, y ahora menos que nunca. Todos los días rezamos por la salud de nuestra hija. ¿Cómo esperas que el Señor responda a nuestras plegarias si al mismo tiempo renegamos de él?

Fabio tuvo que morderse le lengua para no decir lo que pensaba.

—¿Y qué pasa con la reliquia sagrada? —inquirió Marco—. Hace poco me dijiste que estabas a punto de dar con ella.

—Y así era. Por desgracia, las cosas han vuelto a complicarse de nuevo. Lo siento, estoy haciendo todo lo que puedo.

Marco tomó a su hermano por los brazos y lo sacudió ligeramente.

—No desistas ahora, por favor. Aún no es demasiado tarde. Sigue buscándola y tráela con nosotros. Tengo la absoluta certeza de que, cuando depositemos la «lágrima de Cristo» sobre el regazo de Lucila, se producirá el milagro que todos esperamos.

***

Al día siguiente, Fabio se desplazó hasta una zona apartada de la ciudad, lejos del bullicio del foro y rodeada de árboles que proporcionaban sombra y un ambiente sereno.

Allí se había inaugurado recientemente una escuela infantil, financiada por sus colegas estoicos y él mismo, como parte de una iniciativa impulsada por Sempronio.

En su búsqueda de la virtud, la justicia constituía uno de los pilares fundamentales de la filosofía estoica.

De ahí que hubiesen fundado una escuela como aquella, no solo con el fin de promover la educación, sino también de proporcionar a los niños, independientemente de su origen, la oportunidad de desarrollarse como individuos racionales y virtuosos.

Al llegar, Fabio se detuvo un momento para observar la entrada, donde un grupo de chiquillos corría alegremente mientras otro se dirigía con entusiasmo a sus clases. Las risas y voces infantiles llenaban el aire, creando una atmósfera de alegría y esperanza.

En el interior, el olor a madera nueva y cera de abejas impregnaba el mobiliario de las instalaciones. Las paredes estaban adornadas con sencillos frescos que representaban escenas de la vida cotidiana, diseñados para inspirar y enseñar a los jóvenes estudiantes.

Fabio avanzó por un largo pasillo, a cuyos lados se distribuían las aulas del edificio.

En una de ellas, el propio Sempronio impartía clases frente a un grupo de niños, que practicaban las letras del alfabeto en sus tablillas de barro.

La voz de su sabio amigo poseía un matiz cautivador que lograba captar la atención de sus alumnos.

Cuando Sempronio advirtió la presencia de Fabio, esbozó una sonrisa y decidió anticipar el fin de la lección. Los críos salieron de forma ordenada, saludando cariñosamente a su viejo maestro de la barba blanca como la nieve.

—¡Fabio! Me alegro mucho de verte por aquí. ¿Qué te parece nuestra pequeña escuela?

—Es más de lo que esperaba. Diría que se ha hecho un formidable trabajo. Y los chavales parecen felices.

Sempronio asintió, complacido.

—Siempre he creído que la educación es la base de una sociedad justa.

—Me siento muy orgulloso de formar parte de todo esto —afirmó Fabio.

—Deberías estarlo, amigo. A estos pequeños les ofrecemos mucho más que conocimiento.

También les enseñamos a pensar, a razonar, a actuar con justicia…

Eso es lo que estamos cultivando. No solo futuros ciudadanos, sino también personas virtuosas.

Probablemente, yo no llegue a ver los frutos de nuestro trabajo en su totalidad, pero eso no merma ni un ápice mi entusiasmo.

La pareja salió al exterior y echó a caminar bajo el paraguas de la naturaleza.

—Estoy preocupado, Sempronio —confesó Fabio—. Por mi tribunal no dejan de pasar cristianos acusados de atentar contra el Imperio por incumplir el edicto de Decio.

—El emperador se equivoca. Y no lo digo por una cuestión de deslealtad hacia él, ni de simpatía por los cristianos.

La tolerancia religiosa ha constituido siempre uno de los pilares característicos del Imperio romano.

Esta persecución contra la secta cristiana rompe con una tradición de siglos. Y eso no es bueno para nadie.

—Decio tiene sus razones, persigue la cohesión del Imperio.

—La cohesión del Imperio es importante, sí, pero no a cualquier precio.

La justicia, tal como la entendemos, implica tratar a cada persona con equidad y respeto, independientemente de sus creencias.

Forzar a alguien a actuar en contra de su conciencia, a traicionar aquello que considera sagrado, no puede considerarse justo.

Es una imposición tiránica que no tiene cabida en una sociedad que se proclama equitativa.

Mientras caminaban, el suelo del bosque, alfombrado de hojas caídas de tonos marrones y dorados, crujía bajo sus sandalias. Una brisa suave agitaba las ramas de los árboles, creando un susurro constante que se mezclaba con el trinar de los pájaros.

—Te entiendo. No obstante, el edicto promulgado es lícito. Y, ¿acaso no es justo también exigir que todos los ciudadanos cumplan con sus deberes cívicos? A fin de cuentas, el sacrificio es una tradición romana, un símbolo de lealtad hacia el Imperio.

—Todos debemos respetar las leyes, desde luego, pero las leyes mismas han de estar alineadas con la razón y la justicia.

Cuando una ley obliga a un individuo a actuar contra su conciencia más profunda, esa ley debe ser cuestionada.

—Sempronio posó la mano en el hombro de su amigo—.

Las persecuciones no fortalecerán el Imperio.

Al contrario, pueden sembrar el resentimiento y la discordia.

Un Estado que se basa en el miedo y la opresión no es fuerte; es frágil.

Si permitimos que los cristianos sigan sus convicciones sin amenazas de muerte, demostramos la verdadera fortaleza del Imperio: su capacidad para conducirse de forma justa, para respetar la diversidad de sus ciudadanos y para gobernar con sabiduría en lugar de con puño de hierro.

A medida que avanzaban, el olor a tierra húmeda y a musgo fresco se hacía cada vez más intenso. Fabio continuó:

—Hasta ahora no he tenido que condenar a muerte a ningún cristiano, aunque eso puede cambiar en cualquier momento. Que alguien tenga que pagar con su vida por no sacrificar ante los dioses romanos y el genio del emperador me parece absolutamente desproporcionado.

—Decio está actuando de forma descontrolada, lo cual viola los principios estoicos más elementales.

Nosotros enseñamos a dominar las pasiones y las emociones, a evitar la ira y el odio.

La verdadera fortaleza reside en la moderación y en el trato humano, incluso hacia aquellos con quienes uno difiere.

—Espero no tener que mandar ejecutar a nadie —terció Fabio—. En el fondo, no puedo ignorar que los cristianos no han cometido ningún acto inmoral ni han causado daño alguno.

—La muerte es el castigo definitivo, Fabio.

Y nosotros, como estoicos, sabemos reconocer el valor de la vida humana.

Condenar a los cristianos a muerte por sus creencias supone una pérdida innecesaria de vidas que podrían contribuir positivamente a la sociedad.

Es una acción que no se alinea con la apreciación de la vida que promueve nuestra filosofía.

—¿Y si me veo obligado a hacerlo?

Sempronio se detuvo un instante y le dedicó una severa mirada.

—Guíate por la virtud, no puedo decirte otra cosa.

Fabio sabía que su colega no hablaba por hablar.

Más de treinta años atrás, Sempronio había llevado la práctica de la filosofía estoica hasta sus últimas consecuencias.

Pese a ser consciente del riesgo que corría, había considerado su deber denunciar públicamente la tiranía del emperador «Caracalla».

Y, este, que ya había mostrado muy poca tolerancia hacia aquellos que no apoyaban incondicionalmente su régimen, lo acusó de formar parte de una conspiración contra él.

Sempronio fue despojado de todos sus bienes y exiliado a una desolada isla situada en el mar Egeo, donde pasó tres años de su vida.

Solo tras la muerte del emperador pudo regresar a Roma, donde tuvo que comenzar de nuevo desde cero.