Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO QUINTO #2
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CAPÍTULO QUINTO #2

El obispo cayó pesadamente en el suelo, como si careciese de fuerzas para sostenerse. Livia fue la primera en reaccionar. Se levantó de un salto y corrió hacia su encuentro. El horror se apoderó de ella cuando se dio cuenta de que tenía la espalda en carne viva.

—Han intentado convencerme para que cambie de postura —murmuró Fabián entre jadeos—, pero estos necios no saben que Dios está de mi lado.

Indudablemente, las autoridades romanas sabían que, si el pastor del rebaño cristiano flaqueaba, sus ovejas se sentirían mucho más perdidas.

—¡Ayudadme! —exclamó Livia—. ¡Lo han azotado!

La propia muchacha, en virtud de lo que había aprendido en el hospital de Subura, asumió las riendas de la situación.

—¡Necesito cualquier pedazo de tela limpia que podáis recuperar! ¡Y suplicad a los carceleros que traigan algo para limpiar las heridas! ¡Un poco de vino, o incluso agua con vinagre servirá!

Mientras los presos se arrancaban retazos de sus propias túnicas, Virginia comenzó a golpear la puerta de la celda para llamar a los guardias. Finalmente, uno de ellos mostró algo de piedad y les dio un poco de vinagre.

Livia se arrodilló junto al obispo y, tras humedecer un trozo de tela, comenzó a limpiar las laceraciones con delicadeza.

De las heridas aún rezumaba sangre en abundancia.

El obispo hubiese querido gemir de dolor, aunque apretaba los dientes para que no se le notara.

Virginia le tomó de las manos y se las sostuvo con firmeza.

Uno de los presos improvisó una oración, y el resto lo siguió de inmediato.

La flagelación de Fabián tan solo sirvió para unir aún más a los cristianos.

***

Livia recibió la visita de su padre el tercer día de su estancia en la cárcel.

Marcelo tenía mal aspecto. Había perdido peso y su rostro demacrado reflejaba la falta de sueño. Ante la atenta mirada de los guardias, abrazó muy fuerte a su hija, como nunca antes lo había hecho. Después se sentaron uno frente al otro.

—Livia, no deberías estar aquí. Aún eres una niña…

—Ya no soy una niña, papá.

—A mis ojos, sí. Mi pequeña…

A Marcelo no dejaba de sorprenderle la firme actitud de su hija, pese al cúmulo de adversidades a las que se enfrentaba.

—Tu madre y tu hermano sacrificaron a los dioses romanos, al igual que muchos otros cristianos. ¿Por qué no puedes hacerlo tú?

—También los hay que se han negado a hacerlo. Algunos están en las cárceles, otros han huido, o se han escondido para no ser encontrados.

—Pero… tú eres muy joven. ¿Acaso no te das cuenta de que tienes toda la vida por delante?

—Papá, aunque esta vida es un regalo, la vida eterna es la verdadera promesa.

Marcelo, desesperado, se cubrió la cara con las manos y contuvo las lágrimas. Más allá de la ira o la frustración, lo que más lo abrumaba era el miedo: un miedo profundo y visceral a perder a su hija para siempre.

—Intento comprenderte, de verdad, pero no lo consigo. ¿Qué sentido tiene morir por algo que podría resolverse con un simple acto mecánico? ¿Qué te impide seguir siendo cristiana después de haber sacrificado?

—Si niego públicamente a Cristo, estaría abriendo la puerta a la duda y a la debilidad en mi corazón, y eso sería perderme a mí misma. Mi fe no consiste solo en algo que practico en secreto, es quien soy, y no puedo traicionarlo, ni siquiera por un segundo.

Marcelo sintió que sus fuerzas lo abandonaban. La convicción inquebrantable en la voz de su hija, el peso de sus palabras, lo dejaba sin argumentos. Viendo el espíritu que ardía en sus ojos, sabía que jamás la convencería.

—Hazlo por mí, por Félix, por tu madre. ¿Has pensado en el dolor que nos provocaría tu pérdida?

Livia sintió un nudo en la garganta y bajó la mirada. Era perfectamente consciente del daño que podía causar a su familia, y eso le producía un profundo desgarro.

Ante el elocuente silencio de Livia, Marcelo optó por cambiar de tema:

—Y dime, ¿cómo te tratan aquí?

—Nos tienen en condiciones lamentables, pero sobreviviré. Aunque al obispo le han dado latigazos.

—Creo que dentro de muy poco volverán a llevarte ante el tribunal. Aguanta. Antes de irme, hablaré con uno de los carceleros y le ofreceré una compensación para que no te pase nada.

—¿Vas a sobornarlo?

—Haré lo que sea para protegerte.

Livia suspiró.

—En tal caso, incluye también a una joven cristiana llamada Virginia. Se ha convertido en mi mejor amiga aquí dentro.

Aquel mismo día se llevaron de nuevo al obispo, ante las protestas inútiles del resto. El rostro de Fabián mostraba una calma resignada; sus pasos, sin embargo, eran vacilantes, y su cuerpo temblaba ligeramente bajo el peso del sufrimiento acumulado.

Livia y Virginia intercambiaron de inmediato una mirada de preocupación. Fabián no solo no se había recuperado aún de sus heridas, sino que era un hombre mayor. No soportaría una nueva sesión de tortura sin que su vida peligrase.

Cuando la noche cayó, la preocupación se transformó en verdadero temor.

El obispo no había sido devuelto a la celda, lo que invitaba aún más al pesimismo.

A pesar de que los prisioneros cristianos intentaron dormir, la incertidumbre les impidió encontrar el descanso.

Cada crujido en las paredes de piedra, cada eco lejano, parecía anunciar el peor de los desenlaces.

A la mañana siguiente, la puerta se abrió de nuevo con un chirrido siniestro y los guardias arrojaron al obispo al interior de la celda. Su cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo.

Los cristianos se apresuraron a rodearlo.

Livia fue la primera en llegar a su lado y, al inclinarse sobre él, sintió un nudo de horror en el estómago.

Fabián estaba irreconocible. Tenía el rostro hinchado y amoratado, y sus ropas hechas jirones, empapadas de sudor y sangre seca.

Sus labios, agrietados y pálidos, apenas se movieron cuando trató de articular palabra.

—¡Agua! Hay que darle un poco de agua.

Virginia trajo a toda prisa el cuenco, y Livia vertió un poco de agua en la boca del obispo, que bebió con fruición.

—Me han tenido toda la noche en el agujero —logró articular al fin—. Pero si pretendían doblegar mi espíritu, se equivocaban. La luz de Cristo no me ha abandonado.

A continuación, Fabián pareció perder el conocimiento y se sumió en un sopor muy pesado.

Después de eso, ya no volvió a despertarse.

Su corazón dejó de latir y sus pulmones de inhalar y exhalar aire.

Un profundo silencio se abatió sobre la celda, mientras los fieles asimilaban el destino del líder cristiano.

El obispo Fabián acababa de convertirse en mártir de la Iglesia ante sus ojos.

—Que alguien memorice la fecha de hoy para que no se olvide el día natalicio de Fabián —sugirió alguien.

La fecha de la muerte de un mártir se consideraba entre los cristianos como el día de su nacimiento a la verdadera vida.

Finalmente, Livia se acercó al oído del obispo y, con lágrimas en los ojos, susurró:

—Que tu alma vuele hacia el Señor. Te has ganado un lugar en el reino de los cielos.

18

Fabio recorría las calles del barrio de Esquilino camino de la casa de su hermano. Lucila aún se debatía entre la vida y la muerte. Solía visitar a su sobrina prácticamente todos los días, y casi siempre lo hacía a una hora parecida.

Al magistrado estoico le hubiese gustado llevar consigo la «lágrima de Cristo», pero la elusiva reliquia seguía resistiéndose a ser encontrada.

Messalina, la pitonisa, le había desvelado el nombre de la persona a la que le había vendido la horquilla.

Se trataba de Marcia Agripina, una mujer viuda de clase alta, poseedora de una considerable fortuna, que unos años atrás se había convertido al cristianismo.

El giro inesperado se produjo cuando, tras llevar a cabo las pesquisas oportunas, Fabio descubrió que Marcia acababa de morir hacía tan solo unos días…

Lo cual volvía a complicarlo todo de nuevo.

Ahora todo cuanto podía hacer era hablar con sus herederos.

Fabio llegó a la domus de su hermano y golpeó suavemente la puerta con los nudillos.

Las plantas que adornaban la entrada languidecían cada día que pasaba, como una siniestra metáfora de la vida de su sobrina.

Como nadie abría, Fabio volvió a llamar con más fuerza; sin embargo, pasaron varios minutos sin que nadie acudiese a su llamada.

Aquello no tenía sentido. Si su hermano Marco no estaba en casa, al menos debía estar Servilia. La niña no podía quedarse sola. A no ser que… Fabio comenzó a ponerse en el peor de los escenarios, cuando de repente sintió que un niño tiraba de su túnica.

—¿Es usted el señor Fabio? —preguntó el crío, que no tendría más de ocho años.

—Sí, ¿y quién eres tú?

El niño no respondió y se limitó a pedirle que lo siguiera.

A Fabio le costó mantener el ritmo porque el crío se escurría entre los transeúntes y tomaba callejones apartados cuya existencia ni siquiera conocía.

Lo estaba conduciendo hacia una parte de la ciudad algo más sombría, plagada de viviendas destartaladas y comercios ruinosos.

Minutos más tarde, por fin, se detuvo ante una vivienda de aspecto empobrecido.

—Ahí —dijo el niño. Y, sin despedirse siquiera, salió corriendo y se perdió entre el bullicio.

—¡Eh! ¡No te vayas!

Frustrado, Fabio se encogió de hombros y llamó a la puerta que le había señalado el pequeño. Abrió una mujer a la que no había visto nunca, y que le dedicó una larga y escrutadora mirada.

—Un momento —dijo.

—Oiga, espere…

La mujer no lo escuchó y desapareció de su vista. Afortunadamente, su hermano fue la siguiente persona en aparecer en el umbral.

—¡Marco! ¿Qué está pasando!

—¡Entra! ¡Deprisa! —repuso este tirando del magistrado y cerrando la puerta tras de sí.

—No entiendo nada, Marco. ¿Lucila está bien?

—Ahora está dormida, pero puedes verla si quieres.