CAPÍTULO QUINTO
«La virtud es el único bien que debe ser buscado por sí mismo.
Las riquezas, los placeres y los honores no son verdaderos bienes, sino cosas indiferentes que pueden usarse bien o mal.
La verdadera felicidad proviene de la virtud, que es suficiente en sí misma y no necesita nada más para ser perfecta.
Quien posee la virtud es dueño de sí mismo y vive en armonía con la naturaleza, indiferente a los caprichos de la fortuna» .
Séneca
Livia recibió con serenidad la orden de su encarcelamiento. Ni la privación de libertad ni el empeoramiento de sus condiciones de vida le producían ningún miedo. Pero una cosa era lo que se había imaginado, y otra muy distinta la cruda realidad a la que de verdad se enfrentaría…
El edificio de granito que servía de cárcel se erigía en el corazón de la ciudad como un bastión indestructible.
Los guardias abrieron la puerta de la prisión, un pesado portón de madera reforzada que crujió ominosamente y reveló un interior húmedo y oscuro.
Al cruzar el umbral, Livia fue recibida por un aire denso y viciado, impregnado de humedad y el olor acre del moho que proliferaba en las paredes de piedra.
La condujeron a través de un largo pasillo, apenas iluminado por unas pocas antorchas colocadas en soportes de hierro.
Los murmullos y gemidos de los prisioneros se mezclaban con el eco distante de cadenas arrastrándose.
La muchacha comenzó a darse cuenta de que entrar en la cárcel significaba mucho más que estar encerrada entre cuatro paredes.
La metieron en una celda amplia, destinada exclusivamente a los cristianos rebeldes.
La visión del lugar le produjo un horror indescriptible.
Una treintena de personas, hombres y mujeres de las edades más diversas, se hacinaban como ganado, repletos de suciedad y miasmas malolientes.
Livia contuvo las arcadas que le ascendieron por la garganta.
Los prisioneros se sentían asqueados por los desperdicios humanos que se acumulaban en los rincones y la falta de aire.
La situación empeoró cuando cerraron la puerta y todo se sumió en la oscuridad.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Livia comenzó por fin a distinguir contornos y caras.
Alguien se dirigió a ella con voz afectuosa, pero no prestó atención.
Aún se sentía excesivamente conmocionada.
La dueña de la voz era una mujer que quería saber cómo se llamaba.
Livia se identificó y su nombre corrió de boca en boca por si alguien la conocía.
Entonces una figura emergió entre las sombras, dando a Livia una gran alegría.
Aquel prisionero no era un cristiano cualquiera, se trataba ni más ni menos que del obispo de Roma.
Pese a saber que lo buscaban, Fabián no se había escondido, y las autoridades lo habían detenido en su sede acostumbrada.
—Bienvenida, hija mía —la recibió Fabián con voz suave, que resonó como un bálsamo en el silencio de la celda—.
No temas, pues, aunque estas paredes son frías y oscuras, el amor de Cristo nos envuelve aquí más fuerte que nunca.
Tu coraje, dada tu juventud, resulta una inspiración para todos los que te rodean.
Aquí no estás sola, estás entre hermanos y hermanas en la fe.
***
La Iglesia consideraba uno de sus deberes primordiales la visita de sus fieles encarcelados.
De modo que, a diario, un diácono acudía y les llevaba algo de comida.
De lo contrario, habrían tenido dificultades para sobrevivir, pues allí dentro tan solo les daban agua —en cantidad insuficiente—, algo de pan duro y unas gachas insípidas.
Al día siguiente, la madre y el hermano de Livia fueron a verla. Un carcelero la condujo hasta una sala común, situada cerca de la entrada de la prisión, provista de sencillos bancos de madera donde tenían lugar los encuentros entre los prisioneros y sus familiares.
—¿Y papá? ¿No ha venido? —preguntó Livia, ante la llamativa ausencia de Marcelo.
Por toda respuesta, Lucrecia bajó la mirada. No hizo falta que dijese nada. Resultaba evidente que los recientes hechos acontecidos habían provocado un cisma en el seno de la familia.
—¿Cómo te encuentras? ¿Es tan malo este lugar como dicen?
—Es duro, pero no estoy sola. Aquí hay más cristianos, entre ellos, el obispo Fabián.
—Había oído que lo habían detenido. Salúdalo de nuestra parte.
Félix guardaba silencio. Parecía sentirse avergonzado y culpable, convencido de que debería ser él quien ocupase el lugar de su hermana.
—La próxima vez, traed algo de alimento —señaló Livia—. No para mí, sino para repartirlo entre los demás.
—Cuenta con ello, tendría que habérseme ocurrido.
Livia esbozó una melancólica sonrisa.
—¿Y cómo van las cosas en el hospital?
—Mucho trabajo, como siempre —repuso Lucrecia—. Se te echa de menos.
—Yo estoy fabricando nuevo mobiliario —apuntó Félix para hacerse valer.
La conversación se prolongó durante unos minutos más, hasta que les llegó el momento de despedirse. Intercambiaron besos y abrazos, y Lucrecia prometió visitarla al día siguiente.
Cuando Livia regresó a la celda, se dio cuenta de que su madre no había abordado la cuestión que la había llevado hasta allí, ni le había dicho en ningún momento lo que tenía que hacer o no.
No le había pedido que sacrificase ante los dioses paganos, ni tampoco lo contrario.
Le había concedido, por tanto, la potestad de elegir libremente.
Por la tarde, los carceleros arrojaron a un nuevo prisionero al interior de la celda. Era una muchacha de pelo corto, algo mayor que Livia, dos o tres años tal vez. Se llamaba Virginia y se veía que estaba muy asustada. Lloraba desconsoladamente y respiraba de forma agitada.
Aunque Fabián sintió lástima por ella, también lo invadió un profundo orgullo por la valentía de la que estaba haciendo gala.
Virginia se había convertido al credo cristiano muy recientemente; tanto, que ni siquiera estaba bautizada.
Y, pese a todo, no había dudado en anteponer su fe por delante de su integridad física.
El obispo tomó suavemente la mano de la joven y la guio hasta el centro de la estancia, donde los demás presos se congregaron alrededor de la muchacha.
—Hermanos y hermanas —comenzó, su voz firme y llena de compasión—, hemos sido llamados a este lugar no por los hombres, sino por la voluntad de Dios.
No veáis estas cadenas como una carga, sino como un testimonio de nuestra fe inquebrantable.
Recordad las palabras de nuestro Señor: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo».
Nos enfrentamos a duras pruebas, sí, pero no estamos solos.
Cristo está con nosotros, y en su amor encontramos la fortaleza para resistir.
De algún modo, las palabras del obispo poseían la capacidad de disipar las tinieblas que los rodeaban.
—Ahora —continuó Fabián, extendiendo sus manos en un gesto que abarcaba a todos—, unámonos en oración, pidiendo a nuestro Señor que nos dé las fuerzas necesarias para soportar lo que ha de venir, y la sabiduría para seguir su camino a pesar de las trabas.
Después de los rezos pertinentes, Virginia se sintió algo más reconfortada. Entonces miró a su alrededor y, tras avistar a Livia, se acercó tímidamente a ella. La presencia de otra muchacha de su edad le inspiró una inmediata confianza.
—¿Puedo ponerme a tu lado? —preguntó.
—Claro.
A partir de ese momento, no volvieron a separarse. Ambas agradecieron haber encontrado a una amiga en circunstancias tan amargas.
***
El calor, la estrechez y la insoportable pestilencia hacían de aquel lugar un pedazo de infierno en la tierra, donde el tiempo pasaba terriblemente despacio. Entre largos silencios y frecuentes oraciones al Altísimo, a veces tenían lugar conversaciones que iban de lo trivial a lo más elevado.
—Si esto os parece malo —dijo el hombre que más tiempo llevaba encerrado—, es que no conocéis el agujero. Eso es muchísimo peor.
Virginia, intrigada, se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿El agujero?
—Bajo el suelo de la prisión hay una cámara que jamás ha recibido la luz del sol.
Es una estancia húmeda, de bóveda rebajada y paredes tan estrechas que parecen querer estrangularte.
Y, justo en el centro, se abre un agujero donde, si los guardias te tiran de cabeza, te hundes en un fango sucio y apestoso.
—¿Tú has estado allí? —preguntó Livia.
—Una vez, pero afortunadamente no me metieron en el hoyo.
Cuando llegó a oídos del obispo el tema de la conversación, intervino para ponerle fin de inmediato.
—Déjalo, por favor. Estás asustando a las muchachas.
La casualidad quiso, tan solo unos minutos después, que dos carceleros se llevasen a Fabián sin mediar explicación. Un silencio helador se adueñó del ambiente tras su marcha. Nadie apostaba por que fuesen a liberarlo precisamente.
Durante la ausencia del obispo, alguien comenzó a hablar acerca de la dudosa práctica de algunos cristianos adinerados, que empleaban sus abundantes recursos para no tener que honrar a los dioses paganos.
—¿Y cómo lo hacen? —inquirió Livia.
—Muy fácil, conocen a alguien dentro de la administración romana que les expide un libelo mediante el que pueden acreditar haber sacrificado.
—Pero no han sacrificado, ¿verdad? —apuntó un tercero.
—No, claro. Ahí reside la trampa.
—¿Y cómo se llama ese funcionario? —preguntó Virginia.
—Nadie lo sabe. Su identidad es un secreto muy bien guardado. Sin embargo, puedo deciros el nombre de varios cristianos que se han beneficiado de sus servicios.
La conversación degeneró en un tenso debate acerca de la ética de aquella práctica, que se vio repentinamente interrumpido por el regreso de los guardias. La puerta se abrió con un estruendo y Fabián fue arrojado al interior de un empujón.