CAPÍTULO CUARTO #7
—¡Calma! ¡Silencio! —pidió Eparquio—. Estoy al corriente del edicto mencionado. Sin embargo, nuestro gobernador Octavio ha estimado no aplicarlo en el territorio que se encuentra bajo su administración. Al menos, de momento. Y, mientras así sea, mi obligación es acatar su voluntad. ¿Está claro?
—Pero, magistrado… —protestó Tascius inútilmente.
—¡Basta! He dicho mi última palabra.
La muchedumbre comenzó a murmurar y Tascius se convirtió en el centro todas las miradas.
—¡Esto no va a quedar así! —masculló a Batarius apretando los labios. Y, abochornado, abandonó la sala a toda velocidad, con la cabeza gacha y el orgullo maltrecho.
En su vida se había sentido tan humillado.
Mientras tenía lugar el juicio, Dardanus y los niños se habían quedado en la granja cumpliendo sus tareas. El sol se ocultaba tras un cúmulo de nubes oscuras que enturbiaban el cielo. Las temperaturas habían descendido ligeramente y el aire se había cargado de electricidad.
En el interior del establo, Daesina se disponía a enseñar a su prima Verina a ordeñar una cabra.
—Mira cómo lo hago yo… Presionas suavemente la ubre y, cuando salga el chorro, te aseguras de que caiga dentro del cubo. ¿Lo ves? Ahora tú.
—De acuerdo.
Los primeros intentos de Verina no dieron buen resultado, pues solamente consiguió extraer unas gotas de leche.
—Cierra bien tus dedos sobre la ubre y aprieta arriba y abajo —explicó Daesina—. Un poco más fuerte, no tengas miedo de lastimarla.
—Es más difícil de lo que parece.
—¡Qué va! Solo cuestión de práctica.
De pronto, la cabra se removió inquieta y a punto estuvo de volcar el cubo.
—No te preocupes, es normal. —Daesina sonrió, acentuando aún más la redondez de sus mofletes—. Cuando te pase, acaríciala y susúrrale palabras tranquilizadoras.
Verina obedeció y el animal no tardó en calmarse.
—¡Qué alivio! Creí haberla enfadado.
—Continúa, lo estás haciendo muy bien.
A partir de ese momento, el nivel del cubo fue ascendiendo de forma gradual.
—¿Y cómo es vivir en Roma? —preguntó Daesina—. ¿Es tan grande como cuentan?
—Tanto que ni podrías llegar a imaginártelo. Está repleta de edificios gigantescos y hay gente por todas partes. No tiene nada que ver con esto.
—¿Y tenías muchas amigas?
—Sí, muchas. —La cara de Verina, poblada de pecas, se iluminó y se entristeció a la vez al recordar a sus amigas.
—Yo aquí me sentía muy sola, así que me alegro mucho de que hayas venido. —A continuación, Daesina señaló con cierta timidez la pierna derecha de su prima. Además de anormalmente fina, había notado que era un poco más corta que la otra, lo que le provocaba una cierta cojera—. ¿Qué te pasó?
—De pequeña caí muy enferma. Mis padres me contaron que estuve a punto de morirme, pero que nunca perdieron la fe en el Señor.
Cuando terminaron de ordeñar a la cabra, se pusieron a jugar un rato con Chispita. El cabrito andaba especialmente excitado y no dejaba de brincar de un sitio a otro.
—Le gustas —dijo Daesina riendo.
Las niñas se dedicaron a perseguirlo por toda la granja, alrededor de la casa y bajo el roble milenario. La cojera de Verina condicionaba sus movimientos, pero no la privaba de la diversión.
Se lo estaban pasando en grande hasta que, de repente, Dardanus apareció en escena dando un fuerte grito.
—¡Hay que recoger el heno ahora mismo!
—Pero ¡nosotras ya hemos cumplido con nuestras tareas! —protestó Daesina.
—¿Y qué? Se va a poner a llover de un momento a otro y no podemos dejar que se moje.
Las nubes que dominaban el horizonte avanzaban ahora hacia la granja. Relámpagos ocasionales iluminaban las lejanas montañas.
—Está bien. —Daesina, consciente de que el heno podía echarse a perder, accedió a la petición de Dardanus. Señaló un campo cercano y echó a caminar hacia allí—. Vamos, Verina. Mi hermano tiene razón. Tenemos que ayudarlo a transportar el forraje hasta el granero.
—Y daos prisa —las apremió Dardanus—. Yo voy a avisar a Glaukias.
El joven campesino irrumpió en la habitación de su hermano, seguro de que lo encontraría allí. En efecto, Glaukias se hallaba inclinado sobre una hoja de papiro, enfrascado en el proceso de escritura. Tal era su concentración, que dio un respingo cuando la puerta se abrió de forma repentina.
—Está a punto de llover y hay que guardar el heno sin perder un segundo.
Glaukias frunció el ceño, como si tratase de procesar la información.
—¡Vamos, muévete ya! —le gritó su hermano.
Finalmente, el muchachito se puso en pie sin protestar.
—¡¿Y por qué sigues perdiendo el tiempo con esas bobadas!? —Dardanus señaló el papiro con una mueca de desdén—. Sabes muy bien que lo tienes prohibido.
—¡No es verdad! Que no me dejen visitar a Segovesus no significa que no pueda escribir después de haberme ocupado del huerto.
—Ya estoy cansado de tus tonterías.
Dardanus apartó a su hermano de un empujón, cogió el cálamo y el papiro y los hizo pedazos en sus narices.
—¡¿Por qué has hecho eso?! —se quejó Glaukias, sin poder evitar que las lágrimas asomasen a sus ojos.
—¡Muévete! ¡El heno se mojará si no nos damos prisa! —Dardanus lo arrastró afuera sin miramientos—. Y deja de llorar, que ya no eres un niño .