Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO CUARTO #6
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CAPÍTULO CUARTO #6

—¿De verdad? A lo mejor es que la gente simplemente prefiere comprarle a uno de los nuestros antes que a un extranjero. Para mí tiene todo el sentido del mundo.

—La gente no es libre de elegir mientras tú los sigas cohibiendo —insistió Batarius.

Tascius ignoró al campesino y, dirigiéndose directamente a Horacio, le manifestó lo siguiente:

—Si aceptas un consejo, márchate. Algo me dice que aquí tienes muy poco futuro.

Y, sin esperar respuesta, se alejó de allí exhibiendo una mueca desafiante, acentuada por su característica nariz aguileña.

El resto de la mañana continuó por los mismos derroteros, hasta que un individuo bien parecido se acercó por fin al puesto y examinó con atención la cerámica de Horacio.

—Vaya, son magníficas… —murmuró verdaderamente impresionado.

Los elogios estaban justificados. Frente a la tradicional cerámica local, Horacio empleaba un estilo más innovador, integrando elementos de diseño clásico con influencias modernas. Además, sus meticulosos acabados reflejaban su talento natural para la alfarería.

El cliente no lo dudó y adquirió varias piezas. Los precios tampoco suponían un obstáculo, pues eran similares a los de la competencia.

—Felicidades —dijo Batarius—. Acabas de completar tu primera venta. Ese cliente goza de una posición particularmente desahogada, así que no se ha dejado influir por Tascius con tanta facilidad.

En cuanto se rompió el hielo, otros clientes se atrevieron a seguir sus pasos, y las ventas comenzaron a cobrar impulso.

El giro de los acontecimientos provocó entonces el inesperado regreso de Tascius, visiblemente frustrado.

—¡Batarius, ya estoy harto de ti y de tu familia! —espetó con el rostro rojo de indignación—. ¡No sabéis más que causar problema s !

—¿Problemas? ¿De qué estás hablando?

—En la festividad de la Ambarvalia te pedí por el bien de la comunidad que te unieses al resto de los campesinos durante la procesión, pero te negaste sin pensártelo dos veces. Y ahora esto. ¡En Marsonia no necesitamos más alfareros!

De forma impulsiva, Tascius le dio un manotazo a un jarrón, que acabó hecho pedazos en el suelo.

—Eso tendrás que pagarlo —advirtió Batarius.

—¿Quién, yo? Ni de broma… Ha sido un accidente.

—Lo has hecho a propósito. Todo el mundo lo ha visto.

—Adiós, no pienso perder más el tiempo contigo.

Batarius trató de ir tras él, pero Horacio lo sujetó del brazo para impedírselo.

—Olvídalo. No merece la pena. Las ganancias compensan con creces la pérdida de esa pieza.

***

Batarius, a pesar de todo, se negó a dejar pasar el incidente e interpuso una denuncia ante las autoridades locales.

Los esfuerzos de Horacio para intentar disuadirlo fueron en vano.

Por supuesto, el valor económico del jarrón era lo de menos: tal como Batarius lo veía, se trataba de una cuestión de respeto.

El comportamiento de Tascius había sido inaceptable y, si se dejaba avasallar sin tomar medidas, el resto del pueblo lo acabaría tratando de la misma manera.

Tan solo unos días después, los protagonistas de la disputa se dieron cita en un pequeño edificio situado en el centro de Marsonia, que servía como sede judicial y administrativa. Aquella mañana el cielo había amanecido gris, cargado de nubes bajas que anticipaban un día inestable.

La sala, aunque amplia, carecía de decoración salvo por varios símbolos locales y un estandarte del Imperio romano.

El pleito había generado tanta expectación, que los vecinos habían llenado todas las filas de bancos.

Los últimos en llegar se colocaron en la parte de atrás y se distribuyeron por los laterales.

Batarius y Horacio habían acudido junto a sus respectivas mujeres.

Epulonia y Ardala no podían ocultar su nerviosismo, pues Tascius era un hombre poderoso al que no convenía enfrentarse.

El magistrado local, llamado Eparquio, era un hombre grueso y de semblante permanentemente severo, que ocupaba un viejo estrado de madera.

En virtud de su cargo, Eparquio se encargaba de impartir justicia, mantener el orden y supervisar las obras públicas.

También implementaba las políticas del gobernador provincial y acataba sus preceptos, como el principal representante de la administración romana en Marsonia.

Cuando dio comienzo el juicio, el magistrado concedió la palabra al demandante para que explicase el motivo de su pretensión. Batarius resumió lo ocurrido y solicitó el pago del jarrón destrozado.

—Entonces, ¿el hecho no se produjo de forma accidental? —inquirió Eparquio.

—En absoluto —repuso el campesino—. En tal caso no habría interpuesto reclamación alguna. Tascius estaba enfadado porque la actividad de Horacio, mi cuñado, podría perjudicar los intereses de su yerno, que también es alfarero.

—Entiendo.

A continuación, el magistrado concedió al demandado el turno de réplica. Tascius no negó la acusación, porque había testigos que podían corroborarla. Además, desde su punto de vista no había hecho nada malo.

—Los artesanos locales deberían tener prioridad para vender sus productos en el mercado —arguyó en su defensa.

—Horacio contaba con los permisos correspondientes —intervino Batarius rápidamente—. Yo mismo me ocupé de gestionar los trámites necesarios.

—Aun así… —intentó replicar Tascius.

Eparquio lo interrumpió alzando la mano.

—Este caso está bastante claro —concluyó—. Condeno al demandado a pagar el coste de la pieza de cerámica objeto del litigio.

Epulonia dejó escapar un suspiro de alivio en cuanto escuchó el veredicto.

Pese a todo, no podía quitarse una idea de la cabeza.

¿Por qué un hombre tan orgulloso como Tascius habría aceptado someterse a un juicio que prácticamente tenía perdido de antemano?

Pagar el jarrón le habría salido mucho más barato que la humillación pública de salir derrotado.

Sin embargo, no todo había terminado. Tascius, en el último momento, solicitó al magistrado permiso para añadir algo más. Epulonia estaba a punto de conocer la respuesta que tanto la intrigaba.

—Antes de que formalice su decisión, considero mi deber aportar a la sala una información que podría dar un vuelco radical al caso. Ambos demandantes son cristianos, ¿lo sabía?

Un denso silencio se hizo en la sala. Epulonia y Ardala contenían la respiración.

—¿Y bien? ¿A dónde quiere llegar? —preguntó el magistrado.

—Recientemente ha llegado a mis oídos que el emperador Decio ha promulgado un edicto que obliga a todos los ciudadanos del Imperio a sacrificar ante los dioses romanos. Por tanto, requiero a este tribunal para que haga cumplir ahora mismo el citado mandato.

La inesperada petición levantó una exclamación en la sala. Batarius y Horacio intercambiaron una atónita mirada, no exenta de temor.