Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO CUARTO #5
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CAPÍTULO CUARTO #5

—Sí, soy consciente de ello. El trabajo puede extenderse tanto como lo requiera la investigación. Pero eso no me resulta un problema.

—Podría llevarte varios meses…

Corvus se encogió de hombros.

—¿Qué me estoy perdiendo? ¿La ciudad ofrece algo interesante últimamente?

—No demasiado —repuso Plocio—. Hace poco se estrenó una obra en el teatro de Pompeyo que está gozando de un éxito considerable. Se basa en los trabajos de Hércules.

—Me habría gustado verla —admitió Corvus.

—También han abierto una nueva taberna en el Foro Boario —y añadió en tono confidente—. He oído que sirven un vino de Hispania excepcional.

—Bueno, la taberna seguirá ahí cuando mi vida recupere la normalidad.

—Cierto —convino Plocio—. ¿Un brindis por la inevitable caída de los cristianos?

16

Marsonia (provincia romana de Dalmacia)

Horacio y Ardala, junto a su hija Verina, abandonaron Roma para eludir el cumplimiento del edicto que los obligaba a apostatar de su fe si querían salvar la vida.

No se sintieron culpables porque la Iglesia aprobaba aquella medida.

Se trasladarían al pueblo natal de Ardala, situado en la provincia de Dalmacia, donde su hermano podría ofrecerles cobijo.

Para la primera parte del desplazamiento hicieron uso de un carro tirado por un burro.

Aunque habían partido con lo mínimo, algo de ropa y las provisiones necesarias, los instrumentos de trabajo de Horacio pesaban demasiado como para haber ido a pie.

Además del torno, que era lo más voluminoso, también llevaba sus herramientas de modelado —espátulas, cinceles y cuchillas—, y los instrumentos de medición.

Para sostener a la familia, Horacio ejercería su oficio de alfarero en su nuevo destino.

Siguiendo la Vía Flaminia, que conectaba Roma con el norte de la península, pusieron rumbo al noreste con destino a Aquileia.

Por las noches se hospedaron en posadas, salvo cuando encontraron refugio al calor de las comunidades cristianas con que se toparon por el camino.

La segunda parte del viaje la hicieron por vía marítima, mucho más rápida, navegando por la costa del Adriático hasta el puerto de Salona y, desde allí, se valieron de nuevo del carro para ir hasta Marsonia.

La visión del pequeño pueblo en la distancia, ubicado en la fértil llanura que le servía de lecho, suscitó en Ardala un remolino de emociones.

El aire fresco, la fragancia de las flores silvestres, el trinar de los pájaros y el abrazo de la frondosa vegetación…

Todo le recordaba la simplicidad y la paz que había dejado atrás al mudarse a Roma.

La vida de Ardala dio un vuelco inimaginable cuando, con motivo del festival de la cosecha, conoció a un grupo de artesanos itinerantes, entre los cuales se hallaba un joven y apuesto romano llamado Horacio.

El alfarero había decidido emprender un extenso viaje por el Imperio para enriquecer sus conocimientos y habilidades.

Su maestro le había enseñado que el verdadero arte de la alfarería no solo residía en la técnica, sino también en la inspiración y en la diversidad de estilos y tradiciones locales.

La conexión entre los dos fue prácticamente instantánea, y la chispa del amor, una consecuencia inevitable. Pero lo que favoreció su rápida unión fue el hecho de que ambos compartiesen la fe cristiana. Cuando Horacio regresó a Roma, lo hizo junto a Ardala ya convertida en su esposa.

Cuando la mujer se internó en Marsonia, reconoció al momento sus edificios y calles, como si nunca se hubiese ausentado, pese a llevar fuera más de una década.

En realidad, no había cambiado casi nada.

Salvo por sus habitantes, visiblemente más envejecidos, el tiempo parecía haberse detenido en aquella modesta población rural alejada de las grandes ciudades.

Ardala sintió una extraña paz, como si el pasado y el presente se fusionasen en un abrazo reconfortante.

Sus antiguos vecinos, sin embargo, la recibieron con indiferencia, e incluso cierta desconfianza. Quizá no la recordaban, lo que habría explicado las miradas de suspicacia… O, a lo mejor, todo lo contrario: la habían reconocido y no habían olvidado que era cristiana.

Su hermano Batarius solía enviarle dos o tres cartas al año.

Y por ellas sabía que la fama de los cristianos había empeorado a lo largo de los últimos años, coincidiendo con la crisis del campo.

La sombra de una hambruna revoloteaba sobre Marsonia, y el miedo se reflejaba en la faz de sus habitantes.

Dejaron el pueblo atrás. El corazón de Ardala comenzó a latir más deprisa cuando tomaron el camino que conducía hasta su antiguo hogar, del que se conocía hasta el más mínimo detalle de cada roca y arboleda.

Pronto divisó, al alcanzar la cima de una cuesta, la granja familiar, y no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.

Los últimos rayos de sol acariciaban la techumbre de la casa, muy bien conservada.

Una brisa fresca, que traía consigo el aroma a resina, mecía los campos de cereales sembrados en terrazas.

Horacio arreó al burro y el carromato inició el descenso que desembocaba en la granja. La niña, Verina, guardaba silencio, desconcertada por la emoción que había inundado a su madre.

La primera figura que apareció a la vista fue la de un robusto joven, en el que Ardala no tardó en identificar a su sobrino Dardanus.

Este llamó al resto de la familia, que observó extrañada el carro que se aproximaba.

Habían salido de Roma de forma tan precipitada, que Ardala ni siquiera había podido avisar de su llegada.

Cuando por fin Batarius reconoció a Ardala, corrió hasta ella y la estrechó entre sus brazos. Aunque se alegraba de verla, también estaba preocupado. Su inesperada presencia allí sugería malas noticias.

—¿Qué ocurre? —inquirió.

—En Roma están persiguiendo a los cristianos.

***

Con la aparición de Ardala y su familia, todos tuvieron que apretujarse un poco para darles cabida.

Provisionalmente, Batarius y Epulonia les cedieron su habitación y se trasladaron a dormir a la sala común.

Ya construirían un anexo en el lateral derecho de la casa más adelante para solucionar la falta de espacio.

Horacio debía ponerse a trabajar lo antes posible ya que, tras los gastos del viaje, se había quedado sin ahorros.

Así pues, acondicionaron rápidamente un cobertizo, donde instaló el torno y sus herramientas de modelado hasta convertirlo en un taller funcional.

En cuanto hubiese confeccionado suficientes piezas como para conformar una colección, las vendería en la plaza del mercado.

Daesina estaba encantada con la presencia de sus tíos allí.

Y, más en particular, con la de su prima Verina.

Ambas niñas, que tenían la misma edad, habían congeniado desde el principio.

No solo jugaban juntas, sino que también compartían las tareas cotidianas de la granja.

Incluso Glaukias, que llevaba un tiempo decaído desde que le hubiesen prohibido ver al viejo Segovesus, se animó un poco con la llegada de su prima.

Ardala, por su parte, ayudaba a Epulonia con las tareas domésticas y remendaba las prendas peor conservadas.

Las noticias que Ardala traía de Roma eran preocupantes.

Por suerte —y para gran alivio de todos ellos—, no les constaba que en la provincia de Dalmacia se estuviese aplicando el edicto de Decio.

Sin embargo, no todo pintaba tan bien. Batarius advirtió a su hermana de la enorme tensión que se respiraba en la región por culpa de la crisis del campo.

Y de que los cristianos de Marsonia se sentían cada vez más señalados.

***

Horacio trabajó con tanto ahínco, que en apenas unos días había logrado reunir las piezas suficientes como para acudir al mercado.

Batarius decidió acompañarlo debido al evidente origen foráneo de su cuñado, como bien denotaba el tono pelirrojo de su cabello.

Aunque el fornido campesino no era especialmente popular debido a su condición de cristiano, al menos era un reconocido habitante de Marsonia, lo cual serviría a Horacio de aval ante sus nuevos vecinos.

Montaron el puesto a una hora temprana. Previamente, Batarius se había encargado de obtener los permisos necesarios.

El lugar que les había correspondido estaba un poco apartado, sin embargo, dadas las circunstancias tampoco podían quejarse.

Horacio expuso todas las piezas de cerámica que había confeccionado sobre la mesa: jarras, cuencos, platos, copas y vasos; es decir, artículos cotidianos que tenían un claro fin práctico.

En cuanto el mercado comenzó a cobrar vida, Horacio se dio cuenta de que los visitantes no paraban en su puesto y pasaban de largo. Miraban desde la distancia, con curiosidad disimulada, pero nadie se aproximaba, y menos aún compraban su cerámica.

—No me lo explico —comentó el alfarero.

—Yo sí —repuso Batarius—. ¿Ves a ese hombre de ahí? —añadió señalando con la cabeza—. Pues cada vez que alguien llega a la plaza se acerca a decirles algo. Supongo que los previene de nuestra presencia aquí y les insta a ignorarnos.

—¿Por qué? ¿Quién es?

—Tascius. Un influyente miembro del consejo local.

—¿Y por qué está haciendo eso?

—La respuesta es más sencilla de lo que parece. El yerno de Tascius también es alfarero. Tu negocio, por tanto, podría perjudicar seriamente sus intereses.

De repente, como si los hubiese escuchado, Tascius se dirigió hacia el puesto de Horacio y, tras echar un rápido vistazo, despreció con una mueca las piezas expuestas.

—No parece que hasta ahora la mañana os haya ido muy bien —comentó cínicamente.

—Tascius, te presento al marido de mi hermana, Horacio. Su trabajo goza de un gran reconocimiento en Roma —dijo Batarius—. Se están alojando en mi casa y, de momento, han venido para quedarse.

—Lo sé, las noticias vuelan en Marsonia.

—No soy estúpido, Tascius. Sé que lo estás saboteando.