CAPÍTULO CUARTO #4
El patio central bullía de actividad: soldados entrenando, oficiales revisando documentos, mensajeros corriendo de un lado a otro…
Plocio avanzó con paso firme y saludó brevemente a algunos militares de alto rango, aunque sin detenerse a conversar con ellos.
Su mente estaba centrada en su inminente reunión con Corvus, su espía predilecto.
Corvus le había hecho llegar un mensaje para concertar el encuentro.
Al parecer, había hecho una serie de interesantes averiguaciones acerca de la secta cristiana.
Plocio cruzó un portón y atravesó el patio de armas, donde los legionarios practicaban maniobras de combate bajo la dirección de un instructor que corregía posturas y movimientos.
El polvo salía despedido en todas direcciones y se adhería a la piel y a los uniformes.
Alcanzó el otro extremo y giró a la derecha, entrando en un pasillo estrecho y sombrío, adornado con estandartes militares que ondeaban suavemente en la brisa que se colaba por las ventanas.
Luego ascendió por una escalera de piedra que conducía a la sección más privada de las instalaciones.
Al llegar a la cima de la escalera, el ambiente cambió drásticamente. Aquella sección del edificio era mucho más tranquila, con menos soldados y más oficiales de inteligencia y escribas trabajando en silencio. El rasgueo de las plumas predominaba sobre cualquier otro sonido.
Finalmente, Plocio accedió a su oficina privada.
Un gran escritorio de madera de roble dominaba la estancia, mientras que de las paredes colgaban varios mapas, algunos mostrando las rutas de las legiones romanas y otros detallando las regiones bajo vigilancia.
En un rincón, una pequeña mesa auxiliar sostenía una jarra de vino y varias copas de cerámica.
El prefecto del pretorio se sirvió una copa y aguardó la llegada del espía.
Al mismo tiempo, Corvus se deslizaba sigilosamente por las sombras de la colina del Celio, hasta tomar un callejón que conducía a la parte trasera del cuartel. Allí, escondido tras unos arbustos y parcialmente tapado por una pesada losa de piedra, se encontraba el acceso a un pasaje secreto.
El espía vestía una túnica de lana oscura que le llegaba hasta los tobillos y, sobre ella, un manto con capucha, que le ocultaba la mayor parte del rostro.
Llevaba guantes de cuero. Sus sandalias, también de cuero, eran robustas pero discretas, y de su cinturón colgaban una pequeña bolsa con monedas y una daga pequeña para protegerse.
Cuando entró, aguardó unos segundos a que sus pupilas se acostumbrasen a la oscuridad.
Las paredes del pasaje estaban cubiertas de musgo y la humedad se filtraba en el aire.
Varios minutos después llegó a un recodo donde, ingeniosamente camuflada para parecer una sección del muro de piedra del túnel, había una puerta que solo se abría mediante un mecanismo oculto.
Con manos expertas, Corvus lo accionó. La puerta se abrió silenciosamente hacia el interior…
El pasadizo desembocaba en un sótano del cuartel, pensado para ser usado como ruta de escape en tiempos de emergencia.
Para moverse libremente por el edificio, Corvus llevaba un anillo de bronce, con el emblema del prefecto del pretorio grabado en la superficie.
Y, por si no fuese suficiente, del cuello le colgaba un pequeño medallón de plata, grabado con una clave que solo conocían el personal de inteligencia y los oficiales superiores.
Cuando entró en el despacho, el prefecto del pretorio se hallaba enfrascado en la lectura de un informe que relataba una supuesta conspiración política dentro del Senado.
—A la sombra, entre velos y tinieblas, el ojo siempre observa… —dijo Plocio alzando la cabeza del pergamino.
—… mientras la luz oculta más de lo que revela.
—Corvus, me alegro de verte. ¿Has llegado bien?
—Sin ningún problema.
Corvus se echó la capucha hacia atrás y se acabó despojando del manto que le hacía sudar profusamente. La privacidad que le ofrecía el despacho de Plocio le permitía mostrarse tal cual era, sin necesidad de artificios con que camuflarse.
—El clima no parece muy confiable últimamente —comentó Plocio—. Hace demasiado calor para esta época del año. Pero ya veo que tu profesionalidad está por encima de todo.
—No tengo opción si quiero que nadie me reconozca.
Plocio se levantó y le sirvió al espía una copa de vino.
—Entonces, has accedido por el pasaje secreto, ¿verdad?
—Por supuesto. Y, por cierto, he advertido al subir que se están llevando a cabo algunas obras en el edificio.
—Así es. Estamos instalando un nuevo sistema de drenaje para evitar las inundaciones durante las lluvias torrenciales.
Corvus tomó un trago de su copa y paladeó con gusto la bebida.
—Mi misión de infiltración ha sido todo un éxito— informó.
—¿Seguro? —inquirió Plocio.
—Del todo. Los cristianos me consideran ahora uno de los suyos.
—Me asombra tu rotundidad. ¿Qué te hace pensar que no has levantado sospechas?
—Vamos, Plocio. ¿Quién sospecharía de alguien tan joven como yo, y de aspecto tan frágil e inocente?
El prefecto del pretorio no podía cuestionar aquella lógica. Él mismo había preparado a Corvus para que usase aquellas armas, y otra aún mucho más poderosa.
—¿Y cómo lo has conseguido?
—En realidad, no resultó tan difícil. Al contrario que los cultos de Isis o Mitra, cuyos seguidores se muestran muy celosos de sus enseñanzas y extremadamente restrictivos con sus rituales de iniciación, la Iglesia cristiana mantiene una actitud más abierta a la hora de aceptar a nuevos fieles.
—Bien, bien. ¿Y qué has averiguado?
—Todo ese asunto de los cuerpos de los bebés abandonados que los cristianos se llevaban, no tenía nada que ver con lo que pensábamos. Los rumores que circulan en torno al canibalismo de seres humanos durante sus rituales son completamente falsos.
—Yo nunca les había dado la menor verosimilitud. Pero…, ¿qué hacen entonces con los cuerpos de los niños?
—Los recogen para darles sepultura en sus cementerios subterráneos.
Plocio se quedó en silencio un momento, intentando encontrarle algún sentido a aquello.
—Sí, pero ¿por qué? ¿Qué ganan ellos con eso?
—Nada. Ellos actúan conforme a sus enseñanzas sobre la compasión y el amor al prójimo.
La vida, dicen, es un regalo de su dios, y por eso consideran que, independientemente de las circunstancias, todas las vidas son valiosas, incluso en la muerte.
—Corvus le dedicó a su interlocutor una mirada sincera—.
Y, personalmente, confieso que encuentro esa filosofía digna de elogio.
—¿Cómo? ¿Acaso te has dejado seducir por las enseñanzas de esos sectarios?
—¡Por supuesto que no, tranquilo! Tan solo es un comentario.
—Eso espero… —El prefecto del pretorio carraspeó antes de formular la siguiente pregunta—: Entonces, ¿has estado en sus cementerios?
—Conozco las catacumbas, sí. He de decir que son lugares idóneos para esconderse. Y cuentan con decenas de ellas, puede que más.
—Interesante. Pronto iremos a por sus líderes, así que la información que nos proporciones podría resultar vital —señaló Plocio—. ¿Y qué hay de sus rituales? ¿Alguna cosa digna de mención que deba saber?
—Nada de particular. Son extremadamente sencillos, anodinos incluso. De diabólicos no tienen nada.
Plocio se acercó hasta una ventana, que tenía vistas al patio de armas.
—Todo esto es interesante, Corvus. Pero si me has pedido una reunión, solo puede significar que has averiguado algo mucho más jugoso.
Una taimada sonrisa se perfiló en los labios del espía.
—Me conoces muy bien, Plocio.
—Soy todo oídos. ¿De qué se trata?
—He descubierto una trama de compraventa de libelos falsos.
Plocio enarcó las cejas.
—De eso ya estamos al corriente. Los falsificadores tienen más trabajo que nunca, ¿cómo iban a dejar escapar una oportunidad como esta?
Afortunadamente, las autoridades están sobre aviso y, poniendo el debido cuidado en la revisión de los certificados, detectan las falsificaciones con relativa facilidad.
—No de la trama a la que yo me estoy refiriendo. Me consta que hay alguien vendiendo libelos falsos totalmente indetectables incluso a los ojos más expertos.
—¿De qué estás hablando?
—De unos certificados emitidos por un funcionario de la administración, miembro de una de las comisiones encargadas de supervisar el cumplimiento de los sacrificios.
Tiene tanto el conocimiento como el acceso al material necesario, incluido el sello oficial.
¿Entiendes ahora por qué son falsificaciones perfectas?
El prefecto del pretorio dio un golpe en la mesa para expresar su contrariedad.
—¡No me lo puedo creer!
—A este tipo de libelos solo tienen acceso ciudadanos de muy elevada posición. Los precios que pide el falsificador son prohibitivos para el común de la población.
—¿Te das cuenta? ¡En el fondo, los cristianos son unos cobardes! ¡Unos hipócritas!
—Yo no me atrevería a juzgar a aquellos que han optado por ese camino. En su posición, y disponiendo de los medios, probablemente yo hubiese hecho lo mismo.
Plocio movió la mano en el aire en un gesto desdeñoso.
—Necesito nombres, Corvus. Los patricios que nos hayan engañado lo pagarán con la confiscación de todo su patrimonio. Y, sobre todo, quiero la identidad de nuestro funcionario corrupto. Ya me ocuparé yo de hacérselo pagar caro. Pasará el resto de sus días en las minas de Numidia.
—Estoy en ello, pero todo lo relacionado con ese asunto se lleva con una discreción extraordinaria. Y yo acabo de llegar, no tengo peso en la organización.
—Tienes razón, pero el tiempo juega a tu favor. Gánate la confianza de tantos cristianos como puedas. Sobre todo, de los más influyentes.
—Lo haré, no lo dudes.
—Buen trabajo, Corvus. Me siento orgulloso de tus logros. —Plocio rellenó su copa e hizo lo mismo con la de su protegido—. Y, por cierto, supongo que ya te habrás dado cuenta del sacrificio que suponen las misiones de infiltración. Especialmente, por lo incierto de su duración.