Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO CUARTO #3
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CAPÍTULO CUARTO #3

El anciano se había quedado como petrificado, salvo por los temblores de la mano que continuaba extendida.

Finalmente, el propio Fabio agarró la muñeca del anciano y dio una fuerte sacudida en dirección al altar.

Los granos de incienso salieron despedidos como pétalos al viento y cayeron sobre el fuego sagrado.

—Que conste en acta que el acusado ha cumplido con su deber de ciudadano —dictaminó Fabio—. Eres libre de marcharte.

El anciano, aun desconcertado por lo acababa de ocurrir, comenzó a gemir como un animal desvalido. Fabio ignoraba si lloraba de alivio, o de culpabilidad por cómo se había resuelto el asunto. Mediante su ardid, quizá había frustrado su deseo de convertirse en mártir.

Una pareja de lictores se encargó de sacar al anciano fuera de la sala y el procedimiento continuó según lo previsto.

Poco después, la familia de Marcelo, el carpintero, fue conducida ante el tribunal de justicia.

Lucrecia y los mellizos, Félix y Livia, se apoyaron en la balaustrada, situada a escasos metros del juez.

Marcelo, sentado entre el público presente en la sala, se mostraba inquieto y golpeaba el suelo repetidamente con los pies.

No había podido obtener un libelo que amparase a toda la familia y se culpaba por ello.

Fabio se dirigió primero hacia la mujer y recitó la fórmula acostumbrada. Lucrecia reconoció ser cristiana, y el magistrado le dio la oportunidad de sacrificar ante el altar. Si lo hacía, podría marcharse sin mayores inconvenientes.

Lucrecia se giró y miró a su marido. Ella no quería rendir honores a los dioses paganos, y menos aún a la imagen del emperador, pero se había comprometido a ello para que sus hijos siguiesen su ejemplo. Marcelo asintió levemente con la cabeza para recordarle la promesa que ella le había hecho.

Lentamente, la mujer se encaminó hacia el altar.

Se sentía rota por dentro y luchaba por contener las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.

Pese a todo, mantuvo la compostura, cogió un puñado de incienso y se volvió hacia sus hijos.

Tanto Félix como Livia lloraban por ella, sabedores de que se disponía a traicionar sus creencias más sagradas.

Tras realizar el sacrificio, Fabio la liberó de la acusación que pesaba sobre ella. Lucrecia fue entonces a ocupar un lugar en el banco junto a Marcelo, que le apretó suavemente la mano.

—Has hecho lo correcto —murmuró el carpintero.

Ella no las tenía todas consigo. Aún no estaba claro si los cristianos que apostatasen públicamente serían o no admitidos de nuevo en el seno de la Iglesia.

A continuación, Fabio inició el procedimiento contra Félix.

—Acabemos con esto cuanto antes, muchacho. Tu madre acaba de sacrificar, ya has visto que no es tan complicado.

Félix se pasó la mano por los rizos de su cabeza.

Miró a sus padres, y pudo ver en sus rostros la angustia que los atenazaba.

Dócilmente, se desplazó hasta el altar y, al contemplar la estatuilla de Júpiter, su respiración se aceleró sin remedio.

Los segundos que transcurrieron a continuación se hicieron eternos hasta que, por fin, tomó unos granos de incienso…

Para sorpresa de todos, acabó arrojándolos al suelo.

—¡No pienso renegar de Jesús!

Marcelo y Lucrecia dieron un salto y, alarmados, le suplicaron que acatase la voluntad del magistrado.

En circunstancias normales, Fabio habría ordenado mantener el silencio en la sala pero, en este caso, la interrupción favorecía sus intereses. Tanto los padres del muchacho como él perseguían el mismo objetivo: que Félix sacrificase.

—«El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» —recitó Félix desafiando al tribunal.

Lucrecia reconoció aquel pasaje, procedente del evangelio de Mateo. Marcelo le dedicó a su esposa una mirada de reproche. Su impetuoso hijo estaba poniendo su vida en peligro por las creencias que ella le había inculcado. ¿Y cuántas veces la había advertido de aquel peligro?

Fabio conservó la calma y se aproximó a Félix exhibiendo un gesto firme, pero no exento de cierta complicidad.

—Muchacho, tienes un valor digno de admiración. Sin embargo, mi deber es hacer cumplir la ley.

—Si cree que por ser cristiano merezco que me condenen, haga lo que mejor considere.

—Te estarías condenando tú mismo… Lo cual considero todo un desperdicio, aún tienes toda la vida por delante.

Félix miró al magistrado, reflejando por primera vez cierto gesto de vacilación.

—Y no morirías de cualquier forma —insistió Fabio, consciente de que sus palabras comenzaban a hacer mella en el muchacho—.

Sufrirías una muerte horrible, ante una muchedumbre para la que constituiría un mero espectáculo.

La hoguera sería uno de tus posibles finales.

¿Te haces una idea de lo que significa perecer abrasado por el fuego?

¿O acaso que te arrojen a las fieras del circo romano te parece un final menos aterrador?

—No tengo miedo… —murmuró Félix con un hilo de voz.

Pero sí que lo tenía. Y mucho. Los dientes le castañeteaban y parpadeaba sin parar. Fabio sabía que, si perseveraba, terminaría doblegando la voluntad del muchacho.

—Tu madre ha sacrificado y no ha pasado nada. Es un simple gesto, no lo pienses tanto. Tus padres te lo están suplicando. ¿Te has parado a pensar en el inmenso dolor que les causarías si siguieses adelante?

Félix, finalmente, pareció derrumbarse. Agachó la cabeza y comenzó a sollozar como un niño pequeño. Con la mirada perdida, tomó un bastoncito de incienso y lo depositó sobre el carbón encendido. El sacrificio se había consumado.

Fabio dictó sentencia y los ujieres lo recogieron por escrito. Arrastrando lentamente los pies, Félix alcanzó el banco que ocupaban sus padres, quienes lo recibieron con los brazos abiertos.

El magistrado estoico regresó a su estrado, se acomodó en el sillón y consultó el documento que le habían facilitado. De aquella familia cristiana únicamente quedaba la hija.

—Livia, ¿eres cristiana?

—Sí.

—Bien, eso no me importa siempre y cuando sacrifiques ante la efigie del emperador. Adelante.

Livia, sin embargo, no se movió del sitio que ocupaba, dando a entender que no pensaba dar facilidades.

Su padre reaccionó de forma inmediata: saltando como un resorte, le rogó a su hija que obedeciese al magistrado.

De nuevo, Fabio permitió que una conducta tan irregular tuviese lugar en su sala.

La intervención de la familia de la muchacha ayudaría a allanar el camino.

—Vamos, Livia —terció Fabio—. Ya has oído a tu padre.

La joven, que conservaba una serenidad pasmosa para alguien que se enfrentaba a la perspectiva de su propia muerte, no parecía darse por aludida.

A continuación, fue Lucrecia quien intermedió para persuadir a su hija.

—Hemos hecho lo que hemos podido, hija mía. Dios es misericordioso, encontrará la forma de perdonarnos.

Su hermano, en cambio, no intervino. A Félix aún se le veía visiblemente apesadumbrado.

Como Livia permanecía a impasible a los ruegos de su familia, Fabio asumió de nuevo las riendas de la situación. El magistrado se acercó hasta ella y le preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

—Quince…

Fabio la observó con detenimiento. La delgadez de la muchacha, que carecía de formas marcadas, junto a la claridad de su piel, la hacían parecer una niña más que una mujer.

En todo caso, como el derecho romano consideraba que las niñas alcanzaban la edad núbil a los doce años, los jueces debían tratarlas como si fuesen adultas.

—Acompáñame hasta el altar.

El magistrado asió a Livia por la muñeca, pero cuando tiró de ella, se topó con una firme resistencia. La muchacha se negaba a moverse.

—Solo quiero hablar contigo —le susurró él—. Lo hago por tu bien.

Nada. Con la mano izquierda, Livia se aferraba a la balaustrada sin intención de soltarla.

Fabio no insistió y decidió poner en práctica allí mismo todas sus dotes persuasivas.

Hablándole al oído, empleó los mismos argumentos que con su hermano.

Pese a todo, no dio ningún resultado. La muchacha no mostraba inquietud alguna y conservaba una calma impropia para una persona de su edad.

—Cuento con medios para hacerte cambiar de opinión. —Fabio había adoptado un tono de voz mucho menos amistoso—. Métodos que no desearía tener que aplicar, pero que no dudaré en hacerlo si me obligas a ello.

Livia continuaba con la mirada clavada en el suelo.

De vez en cuando, se palpaba la pulsera que llevaba en la mano derecha, gesto que parecía darle fuerzas para resistir la fuerte presión a la que estaba siendo sometida.

Se trataba, por supuesto, de la pulsera que había heredado del leproso, que desde entonces jamás se quitaba.

Finalmente, Fabio se rindió y volvió a ocupar su puesto en la tribuna.

—Ordeno el ingreso en la cárcel de la acusada para que reflexione acerca de su postura. Y espero que cuando comparezca de nuevo ante este tribunal, haya recapacitado.

Las condiciones en prisión eran tan duras, que unos días entre rejas solían bastar para doblegar la voluntad del más fervoroso de los cristianos.

La persecución no tenía como finalidad la sangre de los fieles, sino su apostasía.

Cuantos más cristianos sacrificasen, más débil se volvería la Iglesia.

La ejecución debía constituir el último recurso, reservado tan solo para los más obstinados.

15

La litera manejada por sus habituales porteadores dejó a Plocio Varo frente al cuartel militar de la colina del Celio, donde tenía su oficina privada.

La entrada principal del edificio estaba custodiada por dos centinelas, que inmediatamente se cuadraron a su paso. El prefecto del pretorio atravesó las grandes puertas de madera reforzada con bandas de hierro, sintiendo en las rodillas el considerable peso de su cuerpo.