CAPÍTULO CUARTO #2
El interior estaba tenuemente iluminado por unas pocas lámparas de aceite, así como por un pequeño hogar de leña cuya luz anaranjada pugnaba por ahuyentar la penumbra dominante.
Las mesas y bancos de madera, toscamente labrados, mostraban las cicatrices de incontables noches de riñas y altercados.
El suelo de tierra batida estaba cubierto de paja sucia, que absorbía el vino que se derramaba.
El senador preguntó en la barra por el tipo que buscaba, un tal Varro. El tabernero escrutó a Casiano con la mirada y, sin decir una sola palabra, señaló al fondo de la estancia.
—Gracias.
Casiano avanzó con cautela entre las mesas hasta alcanzar una pesada cortina de lino, tras la cual había un pasillo atestado de barriles de cerveza, que desembocaba en una solitaria habitación. Lo atravesó y golpeó la puerta con los nudillos.
—¡Pase!
La estancia olía a una mezcla de sudor rancio y vapores etílicos. Sentado tras una mesa cubierta de pergaminos enrollados e instrumentos de escritura, se hallaba un hombre de aspecto ratonil que tamborileaba la superficie de madera con los dedos.
—Usted debe de ser Varro, ¿verdad? —preguntó Casiano.
—Y usted un cristiano necesitado de que lo salven… ¿Me equivoco? —Varro captó de inmediato cómo se torcía el gesto de Casiano ante su comentario pretendidamente ingenioso—. Es una broma de mal gusto, lo sé. Pero no puedo resistirme a hacerla.
—Debería mostrar más respeto por las creencias de los demás, especialmente si no las comprende —le recriminó el senador.
—Está bien, está bien. No nos pongamos melodramáticos. Tenemos asuntos que atender y el tiempo es oro. ¿Quiere o no quiere que le prepare un libelo ?
Casiano tomó asiento en una desvencijada silla que había frente a la mesa y se centró en el asunto que le había llevado hasta allí.
—¿Hasta qué punto sus falsificaciones son de garantía?
—Por eso no tiene que preocuparse. La mayoría de los falsos libelos que saturan el mercado negro no superarían ni una inspección rutinaria. Mi método, por el contrario, va mucho más allá de una burda imitación.
—Eso suena bastante pretencioso. ¿Cómo puede afirmarlo con tanta seguridad?
—Se lo explicaré, es muy sencillo. Yo formo parte de una de las comisiones encargadas de supervisar el cumplimiento del decreto de Decio, lo cual facilita mucho las cosas.
Aquí, con toda la calma del mundo, me dedico a preparar el documento hasta el último detalle.
Luego me llevo los rollos conmigo al templo y, cuando nadie está prestando atención, estampo el sello oficial sobre los libelos falsificados.
Los certificados que yo expido, por tanto, son en la práctica indistinguibles de uno real.
Varro tomó uno de sus trabajos más reciente y se lo mostró al senador.
La estructura de los libelos era siempre la misma.
En el encabezado, bajo la fecha, se identificaba la comisión que había supervisado el acto.
Y a continuación, se listaban los datos personales del ciudadano en cuestión: nombre, filiación, lugar de nacimiento y de residencia, edad, honores y su declaración de lealtad religiosa y de haber cumplido con los sacrificios paganos estipulados.
Casiano tuvo que admitir que aquel funcionario corrupto había montado un negocio muy bien organizado, a la par que lucrativo.
—¿Y qué hay de la discreción?
—Como comprenderá, soy una tumba. A mí me interesa tanto como a usted que nada de esto se descubra. Si se supiese lo que hago, me enfrentaría a un severo castigo.
—¿Y el precio? ¿Cuánto estás pidiendo?
—Diez mil sestercios. Por adelantado, por supuesto.
Casiano dejó escapar un ligero silbido. Aquella cantidad suponía una pequeña fortuna, equivalente a varios años de salario para un soldado.
—¿No le parece demasiado?
Aunque Casiano podía hacer frente al pago, tampoco perdía nada por intentar regatear el precio.
—¿Demasiado? ¿Qué precio le pone usted a la vida, o a la fe que dice profesar con tanto fervor?
La aguda réplica de Varro despertó por primera vez en Casiano cierto asomo de duda acerca de lo que estaba a punto de hacer. Éticamente hablando, ¿se trataba de un acto inocuo, o atentaba contra la moral?
—Está bien, no pienso discutir. —Casiano deslizó una voluminosa bolsa de monedas sobre la mesa y desató la correa que la cerraba—. Pero no llevo tanto encima.
—Eso no será un problema, me fío de usted. Págueme ahora la mitad, y el resto cuando le entregue el libelo sellado. Y, si le parece, me puede ir proporcionando toda la información que requiero saber.
Casiano suspiró y comenzó dándole su nombre completo.
***
Tan solo una semana después, inspectores de la administración romana se presentaron sin previo aviso en la residencia de Casiano. Al frente de la comitiva se hallaba un magistrado civil, escoltado por dos secretarios administrativos. Una cuadrilla de soldados los acompañaba a escasa distancia.
Casiano sabía que aquella visita se produciría tarde o temprano, de modo que estaba preparado.
—Señor, me temo que en nuestros registros no consta que usted haya realizado los sacrificios decretados por el emperador. Y, como bien sabe, ni siquiera los ciudadanos de su rango están exentos de ser arrestados y puestos a disposición de un tribunal.
Casiano fingió inmediatamente sentirse sorprendido.
—¿Cómo? Debe de tratarse de un error. Yo sacrifiqué en el templo de Saturno. Estoy seguro de que muchos fieles me vieron allí.
—Eso no basta. Salvo que posea usted el certificado que lo acredite, tendrá que acompañarnos.
—¡Por supuesto que lo tengo! Voy a buscarlo, ahora mismo se lo traigo.
Casiano se perdió en el interior de su elegante domus y regresó dos minutos después.
—Compruébelo usted mismo —dijo tendiéndole el libelo al magistrado civil.
—Gracias, déjeme verlo.
El magistrado desplegó el rollo de pergamino y comenzó a revisarlo cuidadosamente.
—¿Lo ve? Ya se lo dije.
—Un momento… —El magistrado frunció el ceño y se inclinó sobre el documento para examinarlo más de cerca.
Casiano tragó saliva y procuró aparentar una calma que en verdad no sentía.
—¿Ocurre algo?
El magistrado alzó el rostro y miró fijamente a Casiano.
—No, nada. Todo está en orden, senador. Lamento mucho las molestias.
Cuando la comitiva abandonó su propiedad, Casiano sintió un profundo alivio. Entonces elevó una oración al cielo para mostrar su gratitud.
14
El tribunal donde Fabio impartía justicia se hallaba en la basílica Julia, en uno de los extremos de su nave central.
Desde hacía unos días, se le acumulaban las causas contra los ciudadanos que no habían sacrificado a los dioses dentro de la fecha establecida. La mayoría eran cristianos, aunque no todos. Algunos, sencillamente, se habían despistado o no habían prestado atención al edicto del emperador.
Sentado en su tribuna, situada sobre una elevación, Fabio presidía la sesión judicial cumplidamente togado.
A su lado, tras una mesa alargada, varios ujieres y escribas, provistos de estiletes y tablillas de cera, tomaban nota de los interrogatorios y de las sentencias del magistrado.
Repartidos por toda la sala, soldados y lictores velaban por el buen desarrollo del proceso.
Los acusados aguardaban de pie, emplazados frente al juez, un poco por debajo de él y separados por una balaustrada.
Varias filas de bancos de madera acogían a los espectadores que asistían a las audiencias para satisfacer su curiosidad.
Fabio llamó al siguiente acusado, un anciano enjuto que mantenía la cabeza gacha. Temblaba como una hoja y se retorcía los dedos de las manos.
—¿Eres cristiano? —inquirió el magistrado estoico.
—Sí, señor.
—Conoces la ley, y también las consecuencias si insistes en quebrantarla.
—Yo soy inocente. ¿De qué se me acusa?
—No se requiere la comisión de ningún delito en particular, el solo hecho de ser cristiano ya es motivo suficiente.
Tu secta rehúsa dar culto a los dioses, lo que se considera un ataque a la paz y estabilidad religiosa del Imperio.
—Fabio señaló un pequeño altar de Júpiter dispuesto en la sala, que incluía una estatuilla de Decio—.
Sin embargo, si quemas unos granos de incienso ante la efigie del emperador y ruegas por su fortuna, te liberaremos inmediatamente.
—El emperador se considera un dios en la tierra, pero no lo es. Si quemase incienso en su honor, estaría apostatando.
Contrariado, Fabio apretó la mandíbula. Hasta el momento, la mañana había transcurrido con bastante tranquilidad.
Los acusados que habían comparecido ante él habían cumplido con el ritual ante el altar para evitar la tortura o la muerte.
Incluidos muchos cristianos que, enfrentados a la perspectiva de un sufrimiento atroz, habían preferido traicionar su fe antes que convertirse en mártires por la causa.
Fabio descendió del estrado y se situó a escasos centímetros del anciano.
—Acompáñame hasta el altar —pidió.
—No pienso sacrificar.
Fabio no comprendía aquella obstinación.
Como estoico, cumplir con los rituales y leyes del Imperio constituía una parte esencial de la vida virtuosa y un deber hacia la sociedad.
¿Por qué los cristianos tenían que entenderlo como una traición a su fe, en vez de una simple formalidad necesaria para la cohesión social y la estabilidad del Estado?
El anciano, aunque enrocado en su postura, no dejaba al mismo tiempo de dar numerosas muestras de nerviosismo. Fabio lo tomó por el brazo y lo condujo unos pasos hasta situarlo ante el altar.
—Vamos, toma unos granos de incienso y acabemos con esto de una vez.
El anciano movía los labios, aunque ninguna palabra brotaba de su boca; parecía que rezaba a su dios. Fabio asió su mano con firmeza, se la extendió y depositó unos granos de incienso sobre su palma, manejándolo como a una marioneta.
—Arrójalos a los carbones ardientes —insistió—. Con eso bastará.
Por mucho que Fabio no entendiese a los cristianos, tampoco estaba dispuesto a condenarlos por un decreto cuyas penas consideraba excesivas.