CAPÍTULO CUARTO
«He seguido este procedimiento con aquellos que me han sido denunciados como cristianos: les he preguntado si eran cristianos.
Si confesaban, repetía la pregunta dos o tres veces, amenazándolos con el castigo; si persistían, ordenaba que fuesen ejecutados.
Pues no dudaba que, cualquiera que fuese su naturaleza, su obstinación y terquedad inflexible merecían ser castigadas» .
Plinio el Joven (Cartas)
Casiano accedió al templo de Diana con el corazón encogido.
El lugar estaba abarrotado. Tomando como base el último censo, las autoridades romanas estaban haciendo cumplir minuciosamente el edicto de Decio.
Los ciudadanos contaban con un determinado plazo de tiempo para observar su deber de sacrificar a los dioses paganos, y por todos los templos de la ciudad, se habían dispuesto comisiones encargadas de supervisar su cumplimento.
Casiano no era un simple ciudadano más. Procedía de una de las familias patricias más antiguas de Roma y era un prestigioso miembro del Senado.
Ese día, sin embargo, había renunciado a su atuendo oficial para lucir una túnica corriente que lo igualase con la plebe.
Delgado y de penetrantes ojos azules, Casiano exhibía un porte recto y elegante que reflejaba su origen aristocrático.
De pie, cerca de la entrada, el senador recorrió el templo con la mirada de un extremo a otro.
Había una larga fila de ciudadanos —por lo general, familias enteras—, que aguardaban su turno para demostrar su piedad ante los dioses, ya fuese por medio de libaciones, ofrecimientos de incienso o la ingesta de carne sacrificada.
Cuando se acercaban al altar, se colocaban una corona de laurel sobre la cabeza y cumplían con el deber establecido.
La comisión comprobaba que todo se realizaba correctamente y, después, expedía el certificado que acreditaba haber cumplido con el rito.
Estar en posesión de un libelo resultaba crucial para no tener problemas.
Quienes no lo tuviesen se convertían automáticamente en sospechosos de ser seguidores de Cristo.
Casiano se hallaba ante una encrucijada moral, debido a sus profundas convicciones religiosas, pues, pese a haberse educado en la tradición romana, desde hacía unos años se había convertido en un ferviente seguidor del dios de los cristianos.
Comisionado por el Senado, había realizado un viaje diplomático a Oriente para defender los intereses comerciales de Roma en la ciudad de Antioquía.
Fue allí donde, a través de un poderoso comerciante local, se acercó por primera vez a la fe cristiana a la que, hasta ese momento, jamás se había tomado en serio.
Invitado por el comerciante, Casiano había asistido a una serie de encuentros privados, en los que descubrió una filosofía de vida marcada por principios que nada tenían que ver con la corrupción y la decadencia tan arraigada entre sus contemporáneos romanos.
Cuando regresó a Roma, profundizó por su cuenta en los textos sagrados, hasta que dio el paso de contactar con el obispo Fabián, quien se ocupó de instruirlo y bautizarlo personalmente.
Y, desde entonces, se había erigido en uno de los principales benefactores de la Iglesia —por ejemplo, el edificio del hospital de Subura lo había cedido él—.
Para su círculo más íntimo, la nueva fe de Casiano no era ningún secreto; no obstante, lo llevaba con discreción, para que no perjudicase su carrera política.
Y es que Casiano albergaba ambiciones importantes.
Aspiraba a gobernar una provincia exterior para consolidar su reputación y demostrar asimismo sus habilidades administrativas y militares.
Su desempeño como gobernador le serviría como puente para seguir escalando en su carrera, hasta lograr hacerse con el puesto de prefecto de Roma, como objetivo final de su trayectoria.
En el templo solía regir un respetuoso silencio, alterado tan solo por los ocasionales cánticos de los sacerdotes. Aquella jornada, sin embargo, debido a la asistencia masiva de fieles, un constante murmullo reverberaba en el ambiente, amplificado por la acústica natural del edificio.
—¡Estoy en mi derecho! —Un fuerte grito quebró la relativa calma del recinto sagrado.
Casiano se puso de puntillas para ver por encima del mar de cabezas que le tapaban la vista, pero no logró sacar nada en claro.
Intrigado, se fue abriendo paso a través del atrio hasta acercarse al imponente altar de sacrificios, junto al que se había dispuesto una mesa alargada.
Allí, un hombre gesticulaba frenéticamente frente a la comisión de funcionarios encargada de supervisar los sacrificios y expedir los certificados.
—¡Solicitud denegada! ¡No pienso volver a repetírselo! —espetó el portavoz de la comisión—. El procedimiento establecido no contempla esa posibilidad.
El individuo que protestaba no era otro que Marcelo, que estaba dispuesto a defender su causa ante la comisión con todas sus fuerzas.
—Lo cual no quiere decir que la prohíba —rebatió el carpintero con vehemencia—. Acabo de realizar el correspondiente sacrificio, ¿no?
—Sí, y nosotros le hemos hecho entrega de su libelo .
—Pero aquí solo figura mi nombre. Y, como pater familias , exijo que amplíe el certificado a mi mujer y mis hijos. Sus nombres figuran en el censo que maneja, ¡compruébelo si quiere!
—Esa no es la cuestión —replicó el funcionario—. Si los demás miembros de su familia desean el certificado, tendrán que venir ellos mismos. ¿Qué trabajo les cuesta? Porque no serán cristianos, ¿verdad?
Marcelo palideció.
—¡Por supuesto que no! —mintió atropelladamente.
—Pues entonces, ya sabe lo que tiene que hacer. No insista más o le diré a los guardias que lo echen del templo a patadas.
Marcelo se dio cuenta de que no le convenía llamar la atención hacia sí más de lo que ya lo había hecho. Lucrecia y sus dos hijos, Félix y Livia, tendrían que traicionar al dios cristiano al que tanto adoraban o, de lo contrario, se enfrentarían a la pena de muerte.
Casiano siguió al carpintero con la mirada hasta que lo perdió de vista entre la multitud. Entonces sintió que alguien posaba una mano sobre su hombro. Se giró, y vio a un anciano que lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Va usted a sacrificar? En tal caso, debería ponerse a la cola como todo el mundo.
Casiano murmuró una disculpa y se volvió a la entrada del templo.
La respiración se le había acelerado y había comenzado a sudar profusamente.
Desde que se publicó el edicto de Decio, en su fuero interno se debatía entre dos alternativas tan antagónicas como excluyentes.
Dormía mal por las noches y, durante las sesiones del Senado, se distraía con facilidad.
Se enfrentaba a la decisión más trascendental de toda su vida.
Más allá del plano físico, lo que se estaba jugando era el destino de su alma inmortal.
Para un verdadero cristiano, sacrificar a los dioses paganos no constituía una mera formalidad.
Venerar a otros ídolos o divinidades suponía legitimarlos y reconocer su poder, lo cual no solo violaba uno de los mandamientos más importantes de su fe, sino que también resultaba incompatible con la creencia en un solo Dios verdadero.
Además, llevar a cabo un acto de idolatría equivalía a renegar públicamente de Cristo, socavando el ejemplo que todo cristiano debía dar a sus hermanos, y quebrando asimismo el compromiso que había adquirido con la comunidad.
¿Y qué había de la firme creencia en la recompensa celestial?
Semejante acto de apostasía conllevaría poner en peligro la promesa de vida eterna en el reino de los cielos, lo que para algunos podía resultar incluso más aterrador que el propio martirio.
Pero, igualmente, el incumplimiento del edicto podía acarrearle a Casiano consecuencias devastadoras.
Para empezar, le confiscarían todos sus bienes, lo que supondría de forma inmediata la ruina de su familia.
Pero es que, además, los suyos serían socialmente degradados.
De la noche a la mañana, él y su familia pasarían de nobles a plebeyos, perdiendo todos los privilegios asociados a su estatus.
Por otra parte, Casiano perdería su prerrogativa de que no le sometieran a tortura —común a todos los patricios—, por el hecho de ser cristiano.
Únicamente conservaría un privilegio: el de recibir una muerte rápida mediante la decapitación por espada.
A los cristianos del vulgo se los condenaba al fuego, o eran arrojados a las fieras.
De repente, Casiano sintió una intensa sensación de ahogo y un fuerte dolor en el pecho, por lo que abandonó el templo a trompicones y buscó un banco donde sentarse. Un nuevo ataque de ansiedad había vuelto a asaltarlo.
***
Unos días después de su visita al templo, Casiano creía haber dado con la solución a todos sus problemas.
Otro patricio, cristiano como él, le había hablado de un individuo que vendía falsos certificados.
A priori , parecía la mejor salida posible al dilema al que se enfrentaba: poseer uno de aquellos libelos podría librarle de la tortura, el martirio y la muerte sin tener que sacrificar a los dioses, conservando intacta su condición de cristiano.
Casiano se dirigió hacia la zona portuaria, a orillas del Tíber.
Embarcaciones atracadas a lo largo de los muelles suministraban mercancías procedentes de todo el Imperio.
El aire estaba cargado con una mezcla de aromas intensos, entre los que prevalecía el de pescado fresco.
La persona que le habían referido recibía a sus “clientes” en una oscura taberna llamada «La jarcia del marinero».