Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO #7
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CAPÍTULO TERCERO #7

Nertomarus era un próspero comerciante y armador local, que también controlaba varias minas importantes de la región.

Se trataba, sin duda, de una de las figuras públicas más acaudaladas de la provincia de Dalmacia y, como tal, resultaba inevitable que compartiese negocios con el gobernador provincial.

Al principio, su relación con Octavio había sido fluida y cordial.

Sin embargo, el idilio no duró demasiado.

Pronto, Nertomarus advirtió que Octavio buscaba su propio beneficio por encima de todo, y que le importaba muy poco la población sobre la que gobernaba.

A partir de ese momento, comenzaron los problemas entre ambos.

Nertomarus, aprovechando su influencia y recursos, comenzó a esparcir rumores que ponían en duda la competencia de Octavio al frente de la administración.

Y este, en represalia, no le renovó al comerciante un lucrativo contrato para proveer de víveres a las tropas romanas emplazadas en Dalmacia.

Desde entonces, no habían dejado de intercambiarse golpes a la menor oportunidad, si bien, al mismo tiempo, estaban irremediablemente condenados a entenderse en ciertos asuntos de mutuo interés.

De complexión media, nariz chata y ojos saltones, Nertomarus era un hombre inteligente y perspicaz, naturalmente dotado para los negocios.

El comerciante se sentó en una silla de respaldo alto tapizada en cuero oscuro, consciente de que Octavio lo haría esperar para ponerlo nervioso.

Aquella estratagema formaba parte de la guerra psicológica que ambos llevaban librando durante años.

Cuando Octavio accedió a la sala, se sentó frente a su invitado en una silla ligeramente más elevada. Una mesa de madera maciza, salpicada de antiguas vetas, los separaba y marcaba las distancias.

—Bonito lugar —comentó Nertomarus con sarcasmo—. Por cierto, llegas tarde. ¿Así es como tratas habitualmente a tus invitados?

—Un gobernador tiene sus responsabilidades.

—Mi tiempo es igual de valioso.

Octavio fulminó a su interlocutor con la mirada. La tensión se palpaba en el ambiente.

—Está bien, vayamos al grano entonces.

—Tú dirás.

—Quiero renegociar el precio que pagamos por el hierro y la plata de los que nos provees. Como bien sabes, la provincia está en crisis y nuestros ingresos han caído considerablemente. Creo que una disminución del diez por ciento sería razonable.

Aunque un par de minas se hallaban bajo el control de la administración romana, lo que de ellas se extraía no bastaba para cubrir toda la demanda.

De ahí la necesidad de acudir al mercado para adquirir lo que faltaba.

El hierro era crucial para la fabricación del armamento militar, y la plata, para la acuñación de moneda.

—No estás en posición de pedir nada —repuso el comerciante con frialdad.

Un par de años atrás, Octavio había intentado arrebatarle las minas a su rival para hacerse con el monopolio de la región, pero su plan confiscatorio no prosperó.

Nertomarus poseía sólidos títulos de propiedad y las leyes estaban de su lado.

Además, contaba con poderosos aliados en Roma que velaban por sus intereses.

—Lo que pagamos está muy por encima del mercado. Esos precios se fijaron hace años, están desfasados.

Octavio podría optar por traer los minerales de fuera de la provincia, pero el coste del transporte habría encarecido enormemente el precio final. Le gustara o no, dependía totalmente de su odiado adversario.

—Mis costes también han crecido desde entonces —arguyó el comerciante—. Además, en las minas de mi propiedad yo empleo a más trabajadores que esclavos. Por tanto, rebajar los precios se traduciría en despidos y recortes de salarios.

A diferencia del gobernador, Nertomarus contaba con el apoyo de su pueblo debido a su notable actividad filantrópica.

Entre otras medidas, el rico comerciante había financiado la construcción de importantes infraestructuras, como puentes, caminos y acueductos.

Y, fundamentalmente en el entorno de Salona, solía distribuir alimentos básicos entre la población en las épocas de mayor escasez.

—Rebajar el precio es una cuestión de justicia —insistió Octavio.

—¿Justicia? —Nertomarus soltó una carcajada—. Tiene gracia que esgrimas semejante argumento. ¿Qué sabrás tú de justicia cuando jamás has hecho nada por la población de Dalmacia?

—¡Tengo las manos atadas! Debo cumplir con las exigencias de Roma y no me queda margen de actuación. Menos aún en tiempos de crisis.

El comerciante se inclinó hacia delante con las palmas de las manos apoyadas sobre la mesa.

—Estoy al corriente de la corrupción de tu administración y del dinero que te embolsas con tus manejos.

—¡¿Cómo te atreves a insultarme de esa manera?! ¡¿Acaso te olvidas de que sigo siendo el gobernador?!

—En efecto, el peor que ha tenido Dalmacia en décadas. Tus días, sin embargo, están contados. Estoy recabando pruebas que demuestran lo que llevas haciendo desde que llegaste al poder. Y puedes estar seguro de que, tan pronto como Roma sepa de tus corruptelas, tu tiempo aquí se habrá acabado.

Aunque furioso, Octavio hizo un enorme esfuerzo para no exteriorizarlo. Reaccionar de forma visceral equivaldría a admitir la veracidad de aquellas acusaciones.

—Si pretendes asustarme, no vas a conseguirlo. Mi gestión es impecable, no tengo nada que ocultar.

No obstante, por dentro estaba temblando.

Las acusaciones eran ciertas, por mucho que lo negara.

Además, se encontraba en una posición extremadamente delicada.

Por regla general, el emperador nombraba directamente a los gobernadores provinciales entre sus hombres de mayor confianza.

La lealtad constituía un factor fundamental para evitar que le traicionaran.

Y Octavio había sido designado por Filipo, el predecesor del actual emperador, lo cual implicaba que Decio podía reemplazarlo en cualquier momento por una persona de su círculo más cercano.

El nuevo emperador todavía llevaba poco tiempo en el cargo, pero cualquier sospecha de corrupción podía precipitar que diese aquel paso.

—Eso ya lo veremos.

Octavio juntó los dedos de las manos por debajo de la barbilla.

—Nos estamos desviando del tema principal. O renegocias el precio del hierro y la plata, o aumentaré las tasas correspondientes a la extracción de los minerales. ¿Qué te parece?

—Hazlo. Si aumentan mis costes, lo repercutiré de inmediato en el precio de venta final que tengas que pagar.

Nertomarus hacía gala de una extraordinaria seguridad, pese a las argucias de su adversario por desestabilizarlo.

—Dentro de unos meses finaliza nuestro acuerdo para el transporte del grano. Te lo advierto, prescindiré de tu flota y firmaré un nuevo contrato con otro armador, aunque me cueste más caro.

—Sobreviviré.

—Está bien, hasta aquí hemos llegado —concluyó Octavio poniéndose en pie—. He intentado ser razonable, pero resulta evidente que no tienes intención alguna de colaborar. A partir de ahora, atente a las consecuencias.

Nertomarus se dirigió hacia la puerta con paso decidido.

—No suelo entablar una batalla sin antes estar seguro de poder ganarla —dijo para despedirse cuando ya se perdía por el pasillo.

En cuanto el invitado abandonó la sala de audiencias, el principal asesor de Octavio acudió al encuentro de su jefe.

—¿Cómo ha transcurrido la reunión? —preguntó.

—Peor, imposible. Nertomarus se niega a negociar. Está fuera de control y se ha convertido en una seria amenaza. Quiero que lo investigues a fondo.

—¿Otra vez? Ya lo hicimos cuando lo conoció y no encontramos nada.

—Quiero una investigación mucho más exhaustiva, que abarque todo su pasado.

¡Nadie puede enriquecerse de esa manera sin haberse ensuciado las manos!

Todos tenemos trapos sucios y él no va a ser una excepción.

—El gobernador caminaba en círculos por la estancia, encendido como un volcán en erupción—.

Si lo exponemos, destrozaremos la imagen tan favorable que tiene su pueblo de él.

Y, por supuesto, le impondremos una multa ejemplar.

—¿Qué tengo que buscar exactamente?

—Sobre todo, algún hecho delictivo. Cualquier indicio de corrupción o cualquier irregularidad —especificó sin dejar de hacer aspavientos—.

Sobornos, evasión de impuestos, comisiones ilegales, extorsión, falsificación de documentos…

¡Lo que sea! Dispones de recursos ilimitados para cumplir tu misión.

—Entiendo, señor.

—¡Quiero hundir a Nertomarus! ¿Está claro ?