Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO #6
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CAPÍTULO TERCERO #6

—Y seguro que surgirán muchas más cosas. En cualquier caso, nos adaptaremos a las circunstancias sobre la marcha.

—Dios proveerá —repuso Valerio.

—Exacto. Dios nos brindará la fortaleza y la sabiduría necesarias para superar cualquier obstáculo.

Su amor y su gracia nos sostendrán en todo momento.

No estamos solos en esta lucha, y su guía nos llevará a través de cualquier adversidad.

Por difícil que sea el camino, el Señor jamás se separará de nuestro lado.

12

Salona (provincia de Dalmacia)

Octavio yacía sobre una lujosa camilla de madera en su sala privada del pretorio.

Dos expertos masajistas trabajaban sus músculos con aceites especiales, deslizando sus firmes manos por la parte posterior de su cuerpo. Un intenso aroma a incienso flotaba en el aire, mezclado con el de los ungüentos perfumados.

Octavio mantenía los ojos cerrados, permitiéndose un momento de relajación en medio de la creciente tensión política que lo rodeaba.

Físicamente, ya comenzaba a mostrar un declive considerable.

Poseía un voluminoso vientre y se había quedado completamente calvo, pese a que apenas superaba los cincuenta años.

Octavio ostentaba el cargo de gobernador de la provincia romana de Dalmacia desde hacía cinco años.

Proveniente de una influyente familia patricia, comenzó su carrera en el ejército destacando en varias campañas militares que le granjearon el favor de sus mandos.

Luego demostró sus habilidades de gestión en diferentes puestos dentro de la administración romana, hasta lograr su ansiado nombramiento como gobernador, gracias a su habilidad política, su tenacidad y su falta de escrúpulos.

Con un profundo suspiro, Octavio levantó una mano para indicar a los esclavos que el masaje había terminado.

Se incorporó lentamente y se vistió con una túnica de lino.

Siempre que podía, aprovechaba su privilegiada posición para disfrutar de los placeres que la vida podía ofrecerle.

El gobernador adoraba la caza, los baños en las termas y las grandes fiestas donde el vino fluía en abundancia.

Aun así, tenía sumo cuidado de no descuidar sus obligaciones profesionales; de lo contrario, no habría durado tanto tiempo en el cargo.

Recorrió un largo pasillo, el suave eco de sus pasos resonando en las paredes de caliza.

Situado sobre una colina que dominaba la ciudad de Salona, el edificio del pretorio era una enorme estructura construida en mármol y piedra, que comprendía tanto un ala residencial, como una extensa área de trabajo, que incluía oficinas administrativas, salas de audiencias y una cámara del consejo para las reuniones oficiales.

Octavio cruzó el atrio central y se dirigió a su amplio despacho, donde lo aguardaban los asuntos del día.

Aunque relativamente pequeña, la provincia de Dalmacia poseía un destacado valor estratégico.

Situada en la costa oriental del mar Adriático, servía de puente entre la península itálica y las regiones balcánicas, controlando importantes rutas comerciales terrestres y marítimas, que facilitaban el flujo de bienes y recursos.

Además, era rica en minerales como el hierro y la plata, esenciales para la economía y las operaciones militares romanas, y su producción agrícola de cereales, vino y aceite de oliva contribuía al sostenimiento alimentario del Imperio.

Tan pronto como se acomodó tras su mesa de trabajo, su principal asesor pidió permiso para hablar.

—¿Qué noticias tienes?

—Señor, anoche, en la ruta que conecta Salona con las ciudades del interior de la provincia, una caravana fue atacada por bandidos. Se llevaron un valioso cargamento de grano y bienes de lujo, y dejaron varios heridos, incluyendo a dos guardias.

Octavio descargó un golpe sobre la superficie de la mesa.

—Este ya es el tercer asalto que se produce en lo que va de semana, ¿verdad?

—Exacto. Lo que viene a confirmar el aumento del bandidaje durante el último trimestre.

—Está bien, ordena incrementar las patrullas y establecer más puestos de control en las principales rutas comerciales.

—De acuerdo, aunque tal vez no sea suficiente —comentó el asesor.

—¿No? ¿Y qué sugieres entonces? —inquirió el gobernador.

—Podría intentar negociar con los bandidos, ofreciendo la amnistía a todos aquellos que se entreguen y renuncien a su vida delictiva.

Octavio desechó de inmediato aquella idea con un gesto de la mano.

—Ni hablar, una medida así sería vista como un gesto de debilidad.

—Entiendo. En tal caso, podría considerar la posibilidad de lanzar campañas militares selectivas sobre los focos de bandidaje más destacados. Podría obtener buenos resultados a muy corto plazo.

—A costa de perder a algunos soldados…

—Cierto, un determinado número de bajas sería inevitable.

—Está bien, lo hablaré con el comandante al cargo de las tropas antes de tomar una decisión.

El gobernador se pasó la mano por la calva y le indicó a su asesor que continuase.

—Entre los campesinos, el descontento es cada vez mayor debido a la crisis del campo. La sequía y las plagas están provocando daños considerables —explicó el funcionario—. Por eso están pidiendo un alivio en sus cargas fiscales.

—¡¿Acaso tengo yo la culpa de los caprichos del clima y de las calamidades naturales?! —refunfuñó Octavio con cinismo—. Los campesinos siempre se están quejando.

—Se conformarían con una reducción de la cuota de grano que deben facilitar. Para ellos, supondría la diferencia entre poner o no un plato encima de la mesa para sus familias.

—De ninguna manera. Roma debe recibir todo el grano que se espera de Dalmacia. No pienso poner en riesgo mi puesto por esta dichosa crisis.

—Señor, podría enfrentarse a disturbios, levantamientos…

—En tal caso, ya los sofocaremos —dictaminó—. Lo que de verdad me preocupa es que cada vez estamos ingresando menos. Y la culpa no la tiene solo la mala situación de la agricultura…

El asesor carraspeó, como si aquel asunto le produjese cierta incomodidad.

—Bueno, sabemos que algunos terratenientes y comerciantes están encontrando la forma de ocultar sus verdaderos ingresos.

—¿Hablas de fraude tributario? —inquirió el gobernador.

—En efecto. Pero, además, cada vez se producen con más frecuencia ciertas corruptelas entre algunos recaudadores locales.

—¡Eso es inaceptable!

Octavio despotricó como un energúmeno y se puso rojo de ira. Paradójicamente, él mismo llevaba años desviando fondos públicos hacia cuentas propias. Su ambiciosa carrera política había perseguido siempre un doble fin: una combinación de poder y enriquecimiento personal.

—Sugiero llevar a cabo auditorías regulares y exhaustivas de los registros fiscales y las actividades de los recaudadores, lo cual nos permitiría detectar y corregir irregularidades de manera mucho más efectiva —planteó el asesor—.

Y, con respecto a los comerciantes y terratenientes, deberíamos implementar inspecciones sorpresa en sus comercios y propiedades.

Esto aseguraría que los ingresos y bienes declarados coincidan con la realidad y reduciría las oportunidades de fraude.

—Todo eso está muy bien, pero ¿qué hay de imponer sanciones ejemplares a los defraudadores? Multas severas, confiscación de bienes y penas de prisión enviarían un mensaje claro de que no toleraremos la corrupción.

—Mano dura, ¿verdad? Entendido, señor. Organizaré una reunión con sus consejeros para analizar en profundidad todas estas medidas.

El funcionario alzó entonces un pergamino y lo depositó sobre la mesa de Octavio.

—Debo informarle acerca de un nuevo decreto que procede directamente de Roma.

El emperador ordena que todos los ciudadanos del Imperio realicen sacrificios a las divinidades romanas y obtengan un certificado que lo acredite —explicó—.

Se trata de una medida para reforzar la lealtad al Imperio y la unidad religiosa.

El gobernador enarcó una ceja y se rio con sarcasmo.

—¿Sacrificios y certificados? Bastantes problemas tenemos ya como para añadir la supervisión de rituales religiosos a la lista. Honestamente, todo lo relacionado con las divinidades me parece una distracción innecesaria.

—Desde luego, hacer cumplir el edicto supondrá la movilización de un elevado número de recursos humanos (guardias, funcionarios y magistrados), que deberían dedicar su tiempo y esfuerzo a asuntos mucho más importantes.

—¡Exacto! Eso es justo lo que pienso —convino Octavio, y se dio un segundo para reflexionar —. Me pregunto qué buscará Decio con todo esto…

—Los más afectados por este decreto serán los cristianos, sin duda, ya que su fe les prohíbe honrar a cualquier otro dios distinto del suyo.

—¿Los cristianos? Qué raro. Por lo que tengo entendido, los miembros de esa extraña secta son inofensivos.

El asesor se encogió de hombros.

—Desde luego, no nos consta que hayan causado disturbios ni problemas parecidos.

—En Dalmacia tampoco hay demasiados, ¿verdad? —preguntó Octavio.

—No, muy pocos en comparación con otras provincias.

—Ahí tienes otro motivo para no perder el tiempo con este edicto.

—¿Cuál es su decisión entonces?

—De momento, dejaremos su aplicación en suspenso. Solo si más adelante volvemos a tener noticias de Decio, insistiendo en su cumplimento, tomaremos las medidas oportunas. Hasta entonces, concentrémonos en resolver los problemas que realmente amenazan la estabilidad de la provincia.

***

Nertomarus fue conducido hasta una de las salas de audiencias del edificio del pretorio.

No era la más espaciosa, ni tampoco la más elegante; de hecho, apenas se usaba debido a su pobre estado de conservación.

La estancia tenía techos bajos y ventanas estrechas, carecía de una iluminación adecuada y los tapices de las paredes habían perdido parte de su color.

Evidentemente, el gobernador Octavio no había elegido aquella ubicación por casualidad: su invitado era un enconado rival político al que pretendía degradar con aquel recibimiento.