Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO #5
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CAPÍTULO TERCERO #5

Ardala se agachó y tomó a su hija por los hombros. La mujer, de cabello rubio oscuro y rostro agraciado, ya peinaba algunas canas que, lejos de restarle encanto, acentuaban su belleza natural.

—Verina, nos vamos de viaje. Roma ahora mismo no es un lugar seguro.

—¿A dónde?

—Al pueblo donde nací: Marsonia. Allí vive tu tío Batarius y su familia. ¿Te acuerdas que te he hablado de ellos?

—¿Los campesinos?

—Exacto —confirmó—. Mi hermano nos acogerá con los brazos abiertos.

—Pero ¿regresaremos a nuestra casa alguna vez?

—Eso espero, esta persecución no durará para siempre.

Dar aquel paso constituía una medida necesaria, pero también desgarradora.

Emprender un viaje de aquellas dimensiones comportaba siempre un peligro, debido a los riesgos del camino.

Igualmente, abandonar el hogar significaba dejar atrás todo lo que conocían, las personas y los lugares a los que asociaban muchos de sus recuerdos.

Además, una huida rápida implicaba llevarse consigo tan solo lo esencial.

Verina bajó la mirada un segundo, pensando en los amigos a los que no volvería a ver.

—No quiero perder a mis amigos —protestó sin excesiva convicción. La niña había heredado la melena pelirroja de su padre, pero de un tono más suave por influencia de Ardala. Una constelación de pecas del mismo color moteaba su naricilla.

—Nosotros tampoco —repuso Horacio interviniendo en la conversación—, pero no tenemos elección.

—Todos tenemos miedo a lo desconocido. Aun así, debemos confiar en Dios —le apoyó su mujer—. Además, allí conocerás a tus primos. La más pequeña, Daesina, tiene tu edad.

—¿Y qué haremos allí?

—Yo puedo ejercer mi oficio allá donde vaya —respondió él—. Las vasijas, jarras y demás utensilios de barro que fabrico son en todas partes igual de necesarios. Estaremos bien, ya lo verás.

La niña, que suspiró en señal de aceptación, se apoyaba casi de forma exclusiva en su pierna derecha.

Con apenas dos años padeció una grave enfermedad que la mantuvo varios meses en cama, hasta que finalmente logró superarla, circunstancia que reforzó aún más la fe de sus padres en Jesús de Nazaret: sus oraciones al Altísimo habían sido escuchadas.

Por desgracia, le quedaron secuelas en la pierna afectada, cuyos músculos no se desarrollaron de forma adecuada, provocándole una permanente cojera.

—Cuando toda esta locura haya pasado, regresaremos —zanjó la mujer.

Entretanto, en la sala se había levantado un nuevo clamor, que obligó a Fabián a pedir silencio repetidas veces.

—Sabed que el decreto también nos prohíbe celebrar nuestros rituales de culto en espacios públicos —explicó—.

Afortunadamente, los de carácter funerario, como suelen tener lugar en las catacumbas, apenas se verán afectados.

En cambio, la costumbre de llevar a cabo los bautismos en el río será suprimida de forma inmediata.

De ahora en adelante, y para garantizar nuestra seguridad, todos los actos de culto se trasladarán a los cementerios subterráneos.

Dadas las circunstancias, ni siquiera me atrevo a considerar segura nuestra red de casas privadas destinadas al culto.

La angustia que se reflejaba en los cientos de rostros allí congregados resultaba abrumadora. Los niños se aferraban a las manos de sus madres y los ancianos cerraban los ojos en oración silenciosa. El obispo supo entonces que tenía que concluir su discurso con un poderoso mensaje de esperanza.

—Hermanos y hermanas, entiendo cómo os sentís en estos momentos de incertidumbre.

Nos enfrentamos a una prueba casi sobrehumana.

Con todo, quiero recordaros que Dios está con nosotros en cada paso del camino.

Recordad las palabras de nuestro Señor Jesucristo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Y esta promesa no se desvanece con el decreto de ningún emperador.

Nuestra fortaleza no reside en la ausencia de problemas, sino en la presencia de Dios en nuestras vidas.

—Fabián extendió los brazos hacia la congregación, buscando transmitirles su energía y confianza—.

Estos tiempos difíciles nos llaman a ser más fuertes y a estar más unidos.

Cada oración, cada acto de bondad y cada momento de fe nos acercan más a Dios y nos fortalece como comunidad.

No dejéis que el miedo os consuma. En lugar de eso, llenad vuestros corazones de amor y devoción.

Ayudaos los unos a los otros, y encontrad en vuestra fe la luz que guiará vuestro camino en medio de la oscuridad.

***

Una hora después, aún quedaban fieles en la sede del obispo, necesitados de consejo o consuelo espiritual.

Valerio, el fossor , había recibido instrucciones de esperar a Fabián, que tenía que hablar con él acerca de las consecuencias del edicto. A su lado, el joven Elio lo observaba todo con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. El solemne ambiente del lugar le resultaba tan extraño como llamativo.

A Elio le gustaba el fossor , pese al carácter huraño que tanto lo caracterizaba.

Además, también tenía mucho que agradecerle.

Desde que Valerio lo había acogido en su casa —temporalmente, por supuesto—, su vida había dado un giro que hacía tan solo unos meses parecía inimaginable.

Ahora dormía bajo techo, comía tres veces al día y ya no se vestía con andrajos sucios y malolientes.

Atrás quedaron los días en los que, para sobrevivir en las calles, incluso se había visto obligado a vender su cuerpo.

Elio se había dado cuenta enseguida de que Valerio era extremadamente reservado, pues cuando había intentado llevar una conversación al terreno de lo personal, se había topado con un muro de silencio y la hostilidad de su mirada.

Luego averiguó, por otros compañeros de excavación, que tiempo atrás había perdido a su familia, tragedia de la que nunca se había recuperado.

Solo la fe le había aportado cierto consuelo, cierta esperanza.

Por eso, desde entonces, había vivido por y para la Iglesia cristiana, no solo en calidad de fossor , sino también realizando todo tipo de encargos de diferente naturaleza.

El culto cristiano, en definitiva, se había convertido en el principal motor de su vida.

Valerio podía mostrarse arisco, pero en la práctica demostraba que Elio le importaba de verdad, lo que, para el muchacho, constituía algo totalmente nuevo. En toda su vida, nunca antes había recibido esa clase de atención.

—Valerio, gracias por esperar —dijo el obispo cuando por fin pudo hablar con él.

El fossor , fiel a su carácter reservado, se limitó a asentir con la cabeza.

—Hola, señor —intervino Elio.

—Hola, muchacho. Me alegro mucho de verte —lo saludó Fabián dándole un cariñoso cachete en la cara—. ¿Valerio te trata bien?

—Me hace trabajar muy duro, pero es justo conmigo.

—Vuestro trabajo no es fácil, pero sí necesario. Y creedme cuando os digo que el Señor sabrá recompensároslo.

Verdaderamente, excavar galerías subterráneas era mucho más arduo y agotador de lo que Elio podría haberse imaginado, pero hacía cuanto podía para cumplir con las expectativas.

—¿Y tú, Valerio? ¿Qué piensas? —inquirió el obispo—. Cuando te propuse tomar a Elio como aprendiz, al principio te resististe a aceptarlo.

—Admito que el muchacho me ha sorprendido, la verdad. Estaba convencido de que no iba a durar ni un solo día, pero reconozco que me equivocaba. Y, aunque hoy por hoy el trabajo aún le viene grande, se esfuerza mucho y no se queja demasiado. Después de todo, quizá tenga futuro como fossor .

—¡Ah! Lo sabía. Cuando acudió a mí pidiendo ayuda, me di cuenta enseguida de que su intento por salir del pozo donde se encontraba iba muy en serio. Lo vi en su mirada, Valerio. Y yo en eso rara vez me confundo. Lo único que Elio necesitaba era que alguien le diese una oportunidad.

El muchacho se balanceaba de un pie a otro, incapaz de disimular su inquietud.

—Señor, después de lo que acabo de oír durante su charla, confieso que ahora tengo miedo de lo que pueda pasarme.

—Te has unido a la Iglesia en un momento especialmente complicado, no voy a negarlo. Sin embargo, puedes estar seguro de que no te ocurrirá nada.

—¿Cómo puede saberlo?

—Hasta hace poco vivías en la calle, sin domicilio conocido ni familia de origen. Dudo mucho que figures en ningún registro de las autoridades, así que nadie te buscará para comprobar si has cumplido con el edicto o no.

—¿Y a usted? —preguntó Elio.

A Fabián le invadió un repentino sentimiento de gratitud. Había hablado con numerosos fieles, pero muy pocos habían mostrado su preocupación por él.

—Yo estoy preparado para lo que tenga que venir.

Y si Dios requiere de mí que dé testimonio de nuestra fe con mi vida, espero complacerle sin perder la entereza.

Mi destino está en sus manos y confío plenamente en su plan.

No temo el sufrimiento ni la muerte, pues sé que nuestra verdadera vida está en Cristo.

El obispo no exageraba. Como cabeza de la iglesia romana, sabía que se convertiría en el principal objetivo de las autoridades.

—Quizá debería irse de la ciudad —sugirió Valerio.

—Tomaré mis precauciones —contestó Fabián—. Pero no pienso abandonar a mi rebaño, ni tampoco vivir escondido a partir de ahora.

El fossor no quiso insistir, no le correspondía a él tomar ese tipo de decisiones.

—Pero basta ya de hablar de mí —dijo el obispo encauzando el hilo de la conversación—. Valerio, la actividad en las catacumbas de Domitila aumentará notablemente a partir de ahora. Conviene, por tanto, tomar ciertas medidas para afrontar la nueva situación.

—Entiendo.

—Hay que evitar las aglomeraciones a toda costa.

Para ello, los actos de culto se distribuirán a lo largo de toda la jornada.

Necesitaremos más guías que ayuden a los fieles a desplazarse por las galerías de forma segura.

Y también deberás asegurarte de que el lugar cuenta con la ventilación adecuada.

—Tomo nota.