CAPÍTULO TERCERO #4
—Pase lo que pase, vamos a superar esto juntos, como siempre lo hemos hecho hasta ahora.
Lucrecia se acurrucó junto a su marido y apoyó la cabeza en su pecho. Los latidos de su corazón, firmes y acompasados, lograron infundir en ella cierta seguridad.
—Te quiero, Marcelo.
—Y yo a ti — respondió envolviéndola en sus brazos.
En la penumbra de la habitación, el cansancio del día los fue venciendo poco a poco hasta que ambos se durmieron.
Sin embargo, ninguno de ellos pudo disfrutar de un descanso reparador.
La incertidumbre y el miedo lograron colarse en sus sueños, como espectros sigilosos, perturbando la paz de aquella noche y de las que estaban por venir.
11
El edificio que constituía la sede episcopal se erguía en una discreta esquina de la ciudad, encajado entre almacenes y talleres que servían de perfecto camuflaje.
Desde el exterior, no había nada que revelase su verdadero propósito.
Perezosas enredaderas trepaban por la fachada de piedra, cuya entrada principal estaba resguardada por una pesada puerta de madera con herrajes.
Al cruzar el umbral, se accedía a un pequeño atrio que daba paso a la verdadera sala de los encuentros, que quedaba oculta a los ojos ajenos.
El lugar, amplio y diáfano, se había adaptado a las necesidades de las ceremonias cristianas.
Carecía casi por completo de mobiliario o decoración, salvo por un par de bancos reservados a los ancianos, y una mesa sencilla que servía como altar para celebrar la eucaristía.
Aquel día la sala estaba a rebosar. El edicto de Decio había sacudido a la comunidad cristiana con la contundencia de un seísmo.
A la llamada del obispo habían acudido fieles procedentes de las siete circunscripciones eclesiásticas en las que se dividía la ciudad.
Los presentes se apretujaban entre sí y murmuraban todo tipo de rumores sin fundamento.
Un miedo irracional se había apoderado de todos ellos.
Fabián se abrió paso entre la multitud hasta situarse delante del altar. Su imponente carisma compensaba con creces su escasa estatura. Nadie ponía en duda su autoridad.
—Queridos hermanos y hermanas, a estas alturas ya todos estáis al corriente de la noticia.
Y no voy a engañaros, la situación es extremadamente grave.
Los cristianos ya hemos sido objeto de persecuciones en el pasado, en eso tenemos experiencia.
Sin embargo, fueron acciones impulsadas por gobernadores locales, a menudo esporádicas y, aunque terribles, nunca coordinadas a gran escala.
Además, solían dirigirse principalmente hacia los líderes de la Iglesia.
El decreto de Decio lo cambia todo por completo.
El obispo recorrió la sala con la mirada y vio la incertidumbre reflejada en las caras de su rebaño.
—Ahora, ninguno de nosotros puede considerarse a salvo —dijo retomando su discurso—.
El emperador, mediante la participación de magistrados, funcionarios y soldados, ha organizado un sistema de control y supervisión destinado a garantizar que todos los ciudadanos cumplan con el edicto de sacrificar a los dioses romanos.
Esta red de vigilancia implica inspecciones, registros y una presencia constante de las autoridades para identificar y castigar a los incumplidores.
Y la pena de muerte constituye el castigo más probable.
Un murmullo de estremecimiento se propagó entre los fieles.
Con frecuencia, los allí presentes habían venerado a los antiguos mártires como si de figuras legendarias se tratasen.
Ahora, comenzaban a darse cuenta de que ellos mismos pronto se hallarían en una posición similar, en virtud de la cual se enfrentarían a la disyuntiva de seguir sus pasos o renegar de su fe.
—El alcance del edicto abarca a todo el Imperio, lo cual supone un contratiempo aún mayor.
No podemos prever con certeza cómo se aplicará en cada una de las provincias que lo integran.
Eso dependerá de la voluntad de los gobernadores; algunos pueden mostrarse más indulgentes o incluso indiferentes ante el cumplimiento de esta orden.
Por desgracia, podemos estar seguros de que aquí, en Roma, se hará de forma estricta y despiadada.
Seguidamente, una mujer alzó la voz para verbalizar lo que muchos pensaban.
—¡¿Por qué Dios ha dejado que esto ocurra?!
—Hermanos, debemos ver esta prueba como parte del plan de Dios.
Por desgracia, la calma de la que hemos disfrutado durante las últimas décadas ha llevado a muchos a olvidarse de ciertas enseñanzas fundamentales, reemplazando la piedad por la acumulación de riquezas.
Una mayoría indeterminada de cristianos se ha vuelto excesivamente complaciente, pero somos todos, sin distinción, los que pagaremos las consecuencias.
Ahora, sin embargo, Dios nos concede la oportunidad de regresar al camino correcto.
Es en tiempos de dificultad cuando nuestras almas se fortalecen.
Esta prueba nos llama a resucitar los verdaderos principios de nuestra fe, a purificarnos y a prepararnos para la vida eterna.
No debemos ver esto como un castigo sin sentido, sino como la ocasión ideal para renovar nuestra devoción e integridad como cristianos.
La voz del obispo Fabián resonaba fuerte y clara, un faro de esperanza en mitad de la incertidumbre.
—El día señalado para los sacrificios, limitaos a no acudir a los templos paganos.
Asistir para oponerse públicamente al edicto publicado, alegando nuestra condición de cristianos, supondría desafiar al enemigo innecesariamente.
En nombre de la Iglesia, yo os exhorto a manteneros firmes en la fe.
Sin embargo, no por ello debemos dejar de ser prudentes.
Es vital desconfiar de nuestras propias fuerzas y no provocar situaciones que nos pongan en peligro.
Un hombre situado en las primeras filas intervino a continuación.
—¿Y luego qué? Cuando vengan a nuestras casas, no dispondremos del libelo requerido por las autoridades. Con lo cual, nos detendrán y nos pondrán ante un magistrado facultado para torturarnos si hace falta.
—Si la situación nos pone en la posición de negar o afirmar nuestra fe, debemos optar por afirmarla, aunque eso signifique el martirio.
Ahora bien, no debemos buscar el martirio de forma deliberada.
Si podemos convencer a los jueces de nuestra inocencia sin negar a Cristo, logrando así preservar la vida, debemos intentarlo.
—¿Nos está diciendo que no deberíamos seguir el camino de los mártires del pasado?
—Lo que digo es que el martirio no debe ser un objetivo en sí mismo —respondió el obispo con calma—.
El verdadero martirio ocurre cuando, enfrentados a la opción de negar nuestra fe o mantenernos fieles, elegimos lo segundo a pesar de las consecuencias.
Pero no debemos provocar intencionadamente nuestra muerte si podemos evitarlo.
Además de temor, el obispo también percibía en los presentes una determinación digna de admiración.
No obstante, sabía que a la hora de la verdad serían muy pocos los que no renegasen de Cristo.
La gran mayoría acabaría sacrificando a los dioses romanos para evitar los castigos corporales o la pérdida de su patrimonio.
Y lo comprendía. La fortaleza requerida para enfrentar el martirio constituía un don extraordinario, reservado a tan solo unos pocos.
El instinto de supervivencia, junto al miedo a perderlo todo, prevalecería en casi todos los casos.
Horacio y su mujer, Ardala, escuchaban el discurso del obispo con gran interés, desde un lateral de la sala.
Situada entre ambos, su hija Verina, de diez años de edad, se daba perfecta cuenta de la gravedad de la situación, dando muestras de una sorprendente madurez.
Horacio era un alfarero de notable talento, y Ardala contribuía a la economía familiar remendando prendas de vestir, actividad para la que poseía una gran destreza.
—Mamá, ¿qué vamos a hacer? —preguntó la niña en un susurro.
—Guarda silencio, Verina. Aún no lo sabemos.
El matrimonio estaba considerando la posibilidad de huir de Roma para eludir así la obligación de sacrificar a los dioses paganos.
Ardala tenía familia en Marsonia, una pequeña población rural situada en la provincia de Dalmacia, donde presumiblemente el alcance del edicto sería prácticamente nulo.
Allí, su hermano Batarius, que poseía su propia granja y también era cristiano, podría darles cobijo durante el tiempo que fuese necesario.
Horacio alzó la mano para plantearle una cuestión al obispo.
—Si algunos de nosotros decidiésemos abandonar Roma para escapar al cumplimiento del edicto, ¿qué opinión le merecería? ¿Tiene la Iglesia una posición definida al respecto?
Fabián reconoció al alfarero fácilmente entre la multitud, debido al intenso tono pelirrojo de su cabello, que resultaba inconfundible.
Horacio era un devoto cristiano que, junto a Ardala, seguía al pie de la letra los preceptos de la Iglesia.
Extraordinariamente comprometidos con su fe, el matrimonio recolectaba alimentos y los distribuía entre los más necesitados.
—Hermanos, abandonar Roma para escapar de la persecución no supone un acto de cobardía.
Al contrario, se trata de una decisión para la que hace falta un coraje excepcional.
La Iglesia, por tanto, lo aprueba sin reservas de ningún tipo.
Ya lo dijo Jesús en las Escrituras: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra».
Así pues, vayáis donde vayáis, llevad siempre la luz de Cristo con vosotros y nunca olvidéis que no estamos solos en esta lucha.
Dios está con nosotros, nos guía y nos protege.
Tras la respuesta del obispo, Horacio y Ardala supieron de inmediato que la decisión estaba tomada. Ni siquiera hizo falta verbalizarla, bastó con mirarse a los ojos para saber que ambos pensaban lo mismo.