CAPÍTULO TERCERO #3
Lucrecia extrajo un objeto de su túnica y lo sostuvo en la palma de su mano: era una pulsera hecha de cuero, de aspecto rústico y desgastado, en cuyo centro había una pequeña placa de bronce.
—¿Puedo ponérmela? —preguntó Livia.
—Por supuesto.
Mientras lo hacía, los ojos de la muchacha brillaron como chispas incandescentes, a pesar de que la pulsera estaba lejos de ser bella; su verdadero valor radicaba en su profundo significado.
Más tarde, Lucrecia terminaba de sazonar la comida en la amplia cocina que también hacía las veces de comedor.
Las paredes de piedra mantenían la frescura en verano y el calor en invierno.
Una mesa de madera rústica, rodeada de bancos, ocupaba el centro de la estancia, mientras que, en un rincón, un fogón de ladrillo servía para cocinar, con braseros y ollas de barro siempre listos para ser usados.
Del techo colgaban varias hierbas —tomillo, salvia y romero— que aromatizaban el aire.
—Poned las fuentes sobre la mesa —pidió la madre de los mellizos.
Félix obedeció y se ocupó de una pesada cazuela que contenía un apetitoso guiso de cordero con garbanzos. Livia, por su parte, sirvió un cuenco de ensalada de trigo, con pepinos, tomates y aceitunas negras.
—¿Y papá? —preguntó la muchacha—. ¿No vamos a esperarlo para comer?
—Fue al templo de Diana, pero ya debería haber vuelto. Supongo que llegará de un momento a otro. —De su respuesta, expresada con cierta frialdad, se desprendía lo mucho que a Lucrecia le desagradaba el paganismo de su marido—. Hoy empezaremos sin él.
Dicho esto, se sentaron los tres a la mesa y se fueron sirviendo la comida en sus respectivas escudillas.
—Cada vez estoy más preocupada por la idolatría de papá… —comentó Livia tras masticar su primer bocado—. ¿Qué ocurrirá con su alma cuando muera?
Lucrecia suspiró, colocando su mano sobre la de su hija.
—Lo sé, yo también pienso en ello a menudo.
—¿Y por qué no hablas con él otra vez para hacerle comprender el verdadero mensaje de salvación?
—Creo que insistir no servirá de nada. Nuestro comportamiento debería seguir siendo el mejor reflejo de nuestra fe. Vuestro padre es un buen hombre y tarde o temprano descubrirá en Cristo la verdad que para nosotros resulta tan clara.
Livia negó con la cabeza.
—Pero pasan los años y sigue empeñado en venerar a las falsas divinidades —se lamentó.
—Hay que darle tiempo. Cuesta mucho cambiar cuando llevas toda la vida creyendo y haciendo las mismas cosas que tus ancestros.
Félix, con aire pensativo, tomó una hogaza de pan y se partió un pedazo.
—Hay algo que podríamos hacer… —sugirió—. ¿Y si le pedimos al obispo que hable con él? A Fabián no podrá ignorarlo tan fácilmente.
—¡Buena idea! —aplaudió Livia—. El obispo es un hombre sabio, inteligente, y como cabeza de la iglesia de Roma goza de una autoridad reconocida.
De pronto, un fuerte portazo resonó desde la entrada de la casa, interrumpiendo bruscamente la conversación.
Instantes después, Marcelo se presentaba en la estancia tan pálido como si llevara una máscara funeraria de porcelana. Todos dedujeron de inmediato que había ocurrido algo malo.
—¡Sabía que esto pasaría! ¡Lo sabía! —exclamó con la respiración agitada—. ¡¿Y acaso no os lo advertí desde el principio?!
—Marcelo, ¿quieres calmarte y explicarnos de qué estás hablando? —terció Lucrecia—. Nos estás asustando.
El veterano carpintero se apoyó en la mesa, cerró los ojos un momento y trató de recuperar la compostura.
—Me he enterado de la noticia en el templo de Diana. Acaban de publicar un edicto que obliga a todos los ciudadanos del Imperio a realizar un sacrificio en honor a los dioses romanos y al propio emperador.
Automáticamente, Lucrecia intercambió con sus hijos una mirada de horror y preocupación.
—Pero…, ¿cómo? ¿Por qué?
—Al parecer, Decio pretende restaurar la unidad y estabilidad del Imperio mediante el fortalecimiento de la religión tradicional romana —contestó Marcelo—. De cualquier manera, eso es lo de menos.
—¡Eso es injusto! —protestó Félix—. Nuestra fe nos impide venerar a los ídolos creados por el hombre. Tal cosa supone un pecado abominable.
—Injusto o no, estáis obligados a hacerlo. Solo los judíos están eximidos de su cumplimiento.
—Está bien. No perdamos la calma —pidió Lucrecia con firmeza alzando los brazos—. Basta con no acudir al templo el día señalado para realizar el sacrificio. La población de Roma se cuenta por cientos de miles de personas. ¿Cómo sabrán las autoridades si hemos cumplido o no con el edicto?
—Ojalá fuese tan sencillo —repuso Marcelo—.
Pero el edicto supone mucho más que una simple declaración de intenciones.
El deber de sacrificar a los dioses romanos deberá llevarse a cabo ante comisiones locales, que se encargarán de supervisar su cumplimiento.
Tras lo cual, emitirán un certificado, denominado libelo , que acreditará a su poseedor haber acatado la orden.
Lucrecia no pudo disimular su estupor. Aun así, insistió en restarle gravedad al asunto.
—A pesar de todo, aún no sabemos hasta qué punto las autoridades se esforzarán en comprobar qué habitantes del Imperio poseen el libelo . A mí eso me parece mucho trabajo.
—Puedes estar segura de que en Roma serán muy estrictos porque el emperador Decio querrá dar ejemplo. Y, por tanto, todo aquel que carezca del certificado correrá un riesgo muy alto.
Félix arrastró la silla hacia atrás y, levantándose de un salto, gritó:
—¡Pues yo no pienso hacerlo!
Marcelo se inclinó hacia delante y lo señaló con el dedo índice desde el otro lado de la mesa.
—Hijo, no es momento de hacerse el héroe. Las penas para los que se nieguen a cumplir el decreto van desde el destierro hasta la muerte, pasando por el envío a las minas. Es tu vida lo que está en juego.
Tras escuchar aquello, Lucrecia sintió como si la hubiesen golpeado en el estómago. El rostro se le demudó y se cubrió la cabeza con las manos. La rebeldía del propio Félix se desinfló como una llama consumida por el aceite. Livia tenía lágrimas en los ojos.
—Pero, papá… —objetó la muchacha—. No pueden obligarnos a hacer algo que ataca directamente nuestras creencias más profundas.
—Yo mejor que nadie sé con cuánta devoción vivís vuestra fe. Y lo lamento mucho, de verdad. Sin embargo, dadas las circunstancias, no os queda más remedio que hacer una excepción.
Un espeso silencio cayó sobre la estancia como un manto de plomo. La comida se enfriaba sin que nadie le prestase atención. Todos habían perdido el apetito.
—Esperad —intervino Lucrecia recuperando cierto optimismo. Un destello de esperanza brillaba en su mirada—. Se me ha ocurrido una posible solución.
—¿De qué estás hablando? —inquirió Marcelo.
—Escúchame, por favor. ¿Y si sacrificas tú a los dioses en nuestro nombre? En calidad de pater familias , deberías poder hacerlo.
Marcelo se rascó la nuca, pensativo.
—No sé… Lo veo muy arriesgado… Ni siquiera sé si el decreto contempla esa posibilidad…
—Tienes que intentarlo, papá —suplicó Livia—. Si obtienes un libelo que nos incluya a los cuatro, nos habrás salvado a todos.
Marcelo, nervioso, comenzó a pasearse por la estancia.
—¿Por qué correr ningún riesgo? —protestó—. ¡Temo por vosotros! ¡¿Es que no os dais cuenta de lo asustado que estoy?!
Lucrecia se acercó hasta su esposo y, tomándole la cara entre las manos, lo miró fijamente a los ojos.
—Lo último que queremos es hacerte sufrir, créeme. Pero tienes que entender lo mucho que esto significa para nosotros. ¿Podrías, por favor, hacer lo que te pedimos?
***
La noche había caído sobre la ciudad, envolviendo la casa del carpintero con su abrazo silencioso.
Marcelo y Lucrecia se retiraron a su dormitorio, tratando aún de digerir la inesperada noticia que había sacudido sus vidas.
Sobre una mesilla, la suave luz que proyectaba un candil de aceite resultaba suficiente.
Un arcón a los pies de la cama contenía las pertenencias más valiosas de la familia.
Y, en una esquina, un pequeño cofre guardaba los documentos importantes, como el registro de los trabajos de Marcelo y algunos manuscritos religiosos de Lucrecia.
La pareja se metió en el lecho, sintiendo el frescor de las sábanas de lino contra su piel. La sensación de estar juntos en la intimidad logró librarles momentáneamente de la tensión que todavía los atenazaba.
Lucrecia se giró hacia Marcelo y apoyó la cabeza sobre la almohada.
—Gracias —susurró—. Gracias por haber accedido a mi petición. Sé lo difícil que te resulta todo esto.
—Que sepas que sigue sin parecerme lo más acertado. En mi opinión, deberíais acudir el día señalado para los sacrificios y cumplir con vuestro deber de ciudadanos romanos. De esa manera, ninguno de vosotros correría peligro alguno.
—Lo sé, pero si tú puedes cumplir con el decreto en representación de toda la familia, ¿por qué no aprovecharnos? Así todos saldríamos ganando.
—Y estoy dispuesto a intentarlo, pero… con una condición.
Lucrecia arqueó una ceja, mostrando su sorpresa.
—¿Una condición? Antes no lo mencionaste.
—Lo he pensado y me parece una petición justa.
—Ahora no puedes echarte atrás.
—Y no lo haré…, siempre que tú te comprometas a cumplir tu parte del trato.
—¿Y qué tengo que hacer?
Marcelo tomó la mano de Lucrecia y, apretándola con delicadeza, la miró fijamente a los ojos.
—Si el plan sale mal y no consigo un libelo que nos incluya a todos, deberás sacrificar a los dioses romanos sin ofrecer resistencia. Nuestros hijos son muy reticentes a cumplir el decreto, pero si te ven hacerlo, acabarán siguiendo tu ejemplo.
—Entiendo…
—Félix me preocupa especialmente. Ya sabes lo impetuoso que puede llegar a ser algunas veces.
Lucrecia asintió lentamente, tragando saliva al tiempo que se le humedecía la mirada.
—Si ese momento llega, lo haré…
—¿De verdad? Sé que hacer algo así supondría traicionar tus creencias más sagradas.
—Tienes mi palabra. Yo tampoco quiero que a nuestros hijos les pase nada malo.
Marcelo acarició el cabello de su esposa con ternura.