Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO #2
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CAPÍTULO TERCERO #2

Ni siquiera la penumbra que reinaba en la sala lograba disimular las arrugas que ya surcaban el rostro de Messalina, cuyo atuendo se asemejaba al de una reina.

Vestía una túnica teñida de púrpura y ribeteada con hilo de oro en los bordes, y lucía pendientes, pulseras, colgantes y anillos de exquisita manufactura, que destellaban como fuegos fatuos en la noche.

—Aunque es la primera vez que lo veo por aquí, debería saber que no son pocos los magistrados que han pasado por mi consulta a lo largo de los años.

—En realidad, no he venido por los servicios que presta —señaló Fabio—. Mi presencia aquí responde a un motivo muy distinto.

Messalina frunció el ceño, en un gesto que no solo denotaba sorpresa, sino también cierta contrariedad.

—Estoy intrigada… ¿A qué se refiere?

—Busco una reliquia cristiana, popularmente conocida como la «lágrima de Cristo». Según tengo entendido, se la compró hace poco a un coleccionista de antigüedades.

—Ya veo que está usted muy bien informado. Me enteré de que Galieno buscaba comprador y le hice una oferta. Tenía mis motivos para hacerme con la reliquia.

Fabio inclinó levemente la cabeza, invitándola a continuar.

—Los fieles cristianos atribuyen a la «lágrima de Cristo» inmensos poderes espirituales, incluidos la protección divina y la capacidad de sanar.

Su tenencia, por tanto, aumentaría la eficacia de mis poderes, y reforzaría mi reputación como una pitonisa capaz de conectar con múltiples creencias y tradiciones.

—Bueno, supongo que también esperaba atraer a los cristianos a su consulta. Su número no deja de crecer, y poseer algo tan significativo para ellos le permitiría ampliar su clientela. ¿Me equivoco?

—No voy a negarlo —admitió Messalina—. Resulta bastante obvio para una persona inteligente como usted.

El magistrado estoico se reacomodó en el asiento y entrelazó los dedos por encima del regazo, insensible ante los elogios de su interlocutora.

—Me gustaría ver la reliquia. ¿Puede enseñármela?

—Siento decirle que tal cosa no será posible.

—¿Por qué no?

—Me deshice de ella hace dos semanas.

—¡¿Cómo?! ¿Lo está diciendo en serio?

—Lo cierto es que la «lágrima de Cristo» no cumplió con las expectativas que había depositado en ella.

Tras integrarla en algunos de mis rituales, comprobé que apenas desprendía energía mística.

Los resultados fueron decepcionantes. Además, tampoco sirvió para atraer a los cristianos.

El monoteísmo de esos fanáticos los aleja de personas como yo, que consagramos nuestros poderes a los dioses romanos y a otros de tradiciones aún más antiguas.

Su fe ciega, por desgracia, les impide acercarse a las verdades que solo las personas como yo, dotadas de poderes sobrenaturales, estamos capacitadas para conocer.

Fabio juntó las palmas de sus manos bajo la barbilla, casi como si rezara, lamentándose de su mala suerte.

—¿Y qué ha hecho con la reliquia?

—La he vendido. Y no me arrepiento en absoluto. No solo he recuperado lo que pagué por ella a Galieno, sino que incluso he obtenido beneficios.

—¿Y quién la tiene ahora? —inquirió Fabio, a quien los detalles de la transacción no le interesaban en absoluto.

—Me temo que eso no puedo revelarlo, magistrado. Por motivos de confidencialidad, debo proteger la identidad del comprador.

—Se lo pido por favor, es importante. Se trata de un asunto personal.

—No insista —rebatió la pitonisa—. Yo me rijo por un código moral muy estricto.

A Fabio no le quedó más remedio que reírse por el atrevimiento de aquella mujer.

—¿Código moral? Está de broma, ¿verdad?

—¡¿Qué quiere decir?!

—Sé la clase de métodos que emplea para embaucar a sus clientes, pero a mí no me engaña.

Messalina se irguió, su mirada afilada como un puñal.

—¡Mis poderes son auténticos! —exclamó—. ¡¿Cómo se atreve a insinuar lo contrario?! Mi ética de trabajo es impecable.

—Que precisamente usted hable de ética resulta insultante. Yo sé lo que de verdad significa guiarse por la virtud, y dista mucho de lo que usted hace aquí a diario.

—¡Ah, no me diga más! Usted debe ser uno de esos pretenciosos estoicos que se cree mejor que nadie .

La filosofía estoica comandaba vivir según los más altos estándares éticos y morales, lo cual se conseguía persiguiendo la virtud por encima de todo.

Y dicha virtud se desglosaba en cuatro principios fundamentales: sabiduría, justicia, coraje y templanza.

La sabiduría servía para tomar decisiones racionales; la justicia, para tratar a los demás con equidad; el coraje, para enfrentar las adversidades con valentía; y la templanza, para mantener el autocontrol y la moderación.

Vivir conforme a la virtud permitía a los estoicos alcanzar la verdadera libertad y tranquilidad interior, alineados con la naturaleza y la razón.

—¡¿Yo?! ¡Usted es la que finge una integridad que está muy lejos de alcanzar!

—¡No pienso permitir que me insulte en mi propia casa! —espetó Messalina—. ¡Márchese ahora mismo de mi consulta!

Fabio se levantó con solemnidad, dispuesto a complacer los deseos de la vidente. No se rebajaría a discutir más con ella. Sin embargo, tras dar unos pasos se giró y añadió algo más con voz muy calmada:

—Permítame recordarle algo, Messalina. Como magistrado, tengo la autoridad para iniciar una investigación sobre sus prácticas. Podría hacer examinar sus métodos, realizar un sinfín de preguntas incómodas… Estoy seguro de que tampoco me costaría tanto trabajo encontrar clientes insatisfechos.

La pitonisa profirió una carcajada siniestra.

—¡Es lo más lo ridículo que he oído en toda mi vida! Sabe tan bien como yo que no he infringido ninguna ley.

Fabio se encogió inocentemente de hombros.

—¿Acaso eso importa? ¿No debería preocuparle más el daño que podría sufrir su reputación?

Messalina apretó sus manos con tanta fuerza, que se clavó las uñas en las palmas. Sus ojos ardían de furia contenida.

—Está bien, le diré el nombre que necesita saber. Pero después, espero no volver a saber de usted jamás, ¿entendido?

10

A última hora de la tarde, Livia accedió al taller de carpintería anexo a la vivienda. Félix alzó un instante la mirada de la tabla que lijaba y sonrió a su hermana a modo de saludo. Un penetrante olor a madera recién cortada impregnaba el ambiente.

—¿Esa es la estantería que ibas a hacer para el hospital? —preguntó Livia, señalando la estructura dispuesta en el centro de la estancia.

Marcelo había concluido su jornada de trabajo mucho tiempo antes. Su hijo, sin embargo, se había quedado para seguir trabajando en el mueble a cuya fabricación se había comprometido.

—¿Qué te parece? Solo me falta ensamblar las últimas piezas y darle un buen acabado —repuso Félix—. ¿Me alcanzas esos clavos, por favor?

—Me encanta —contestó Livia haciendo lo que le pedía—. ¿Te ha ayudado papá?

—Prácticamente la he hecho yo solo, él se ha limitado a darme algunas indicaciones.

—Pues está perfecta, no se ve ni una sola astilla.

—Cuando esté completamente montada, será aún más grande. La estantería tendrá cinco baldas. Las he espaciado de forma que haya suficiente altura para los frascos más voluminosos en las dos baldas inferiores, y disponga de suficiente espacio para los más pequeños en las superiores —explicó Félix.

—En el hospital apreciarán mucho tu trabajo. ¿Cuándo la tendrás terminada?

—Mañana probablemente. Y después puedo hacer otras cosas, taburetes o mesillas…, si hace falta.

—Lo preguntaré, seguro que agradecerán renovar parte del mobiliario.

Por unos minutos reinó un agradable silencio, durante los cuales Livia se dedicó a observar, como hipnotizada, la destreza con que su hermano trabajaba.

—Félix… —dijo al fin tras la pausa.

Por su entonación, se hacía evidente que el siguiente tema de conversación no sería tan plácido.

—¿Qué ocurre? —preguntó el muchacho sin perder la concentración en la tarea.

—Se trata de Paula.

—Me gusta, ya lo sabes.

—Y yo me alegro por ti, pero creo que deberías ser más prudente.

Félix interrumpió lo que estaba haciendo y miró fijamente a su hermana

—¿Qué quieres decir?

—Os han visto pasear de la mano en las inmediaciones del mercado.

—No veo que tenga nada de malo.

—Aún no cuentas con la aprobación de sus padres.

—Todo irá bien. Conoces a su familia y sabes que también son cristianos —arguyó Félix.

—Pero nuestro padre no lo es, ¿acaso lo has olvidado? ¿No has pensado que eso podría ser un problema?

—No lo creo. En cualquier caso, no tardaremos mucho en averiguarlo. Voy a hablar con ellos y pedirles la mano de Paula en cuanto surja la oportunidad.

—Para eso aún faltan varios años, así que, mientras tanto, será mejor que no te precipites. Lo que ocurrió durante nuestra última visita a las catacumbas, cuando aprovechaste para escabullirte con ella, no debe repetirse.

Félix frunció el ceño, molesto por el reproche de su hermana.

—Ya sé que eso no estuvo bien, ¿cuántas veces voy a tener que pedir perdón?

—Paula es perfecta para ti. Solo digo que te tomes las cosas con más calma. Su padre podría molestarse.

El joven agitó una mano con gesto desdeñoso y murmuró una protesta entre dientes. La conversación, de todas formas, no se prolongó por más tiempo porque justo en ese momento Lucrecia entró en el taller.

—Hola —saludó lacónicamente.

La mujer se dirigió directamente hacia su hija, la tomó de las manos y le dedicó una mirada cargada de tristeza.

—¿Qué ocurre? —preguntó Livia.

—Traigo malas noticias. El leproso del hospital de Subura ha fallecido esta mañana —desveló.

—Oh, no me lo esperaba. —Los ojos de la muchacha se humedecieron al instante.

—Lo siento, te habías volcado en su cuidado y sé que te despertaba una gran compasión. —Lucrecia le acarició el cabello con ternura—. Pero ¿sabes qué? Antes quiso legarte la única posesión de cierto valor que tenía.

—¿Cómo? ¿Por qué a mí?

—Supongo que por la compasión que le demostraste precisamente. Aunque nadie te pidió que te ocupases de él, tú lo hiciste por propia voluntad.