CAPÍTULO TERCERO
«En el tiempo del emperador Decio, se desató una persecución contra los cristianos que superó en crueldad a las anteriores.
Los líderes de las iglesias fueron especialmente buscados, y muchos sufrieron martirio por negarse a renunciar a su fe.
Esta prueba sacudió a las comunidades, y algunos, temiendo por sus vidas, apostataron.
Sin embargo, a través de este fuego purificador, la Iglesia emergió más fortalecida, y aquellos que permanecieron firmes fueron ejemplo y aliento para los demás» .
Eusebio de Cesarea ( Historia Eclesiástica )
Fabio compaginaba su trabajo de magistrado con la búsqueda de la reliquia cristiana, que constituía la última esperanza de su familia para salvar a Lucila.
Aunque personalmente, él no pensaba que la «lágrima de Cristo» fuese a servir de nada, eso no interfería lo más mínimo en su determinación por encontrarla.
Su investigación le había llevado hasta Messalina, la pitonisa más popular de la ciudad.
Antes, la reliquia había formado parte de la colección privada de Galieno, el coleccionista de antigüedades pero, desafortunadamente, había llegado tarde.
En todo caso, Fabio se hallaba más cerca que nunca de encontrar aquel objeto supuestamente sagrado que a lo largo de doscientos años había viajado desde Cafarnaúm hasta Roma, pasando de mano en mano por diferentes ciudades.
Fabio se vio obligado a recurrir de nuevo a sus contactos para conseguir una cita con la pitonisa, cuya apretada agenda no dejaba margen alguno.
Messalina descendía de un antiguo linaje de Roma, conocido por su riqueza y por su interés en las tradiciones religiosas.
Su inclinación hacia lo místico se había manifestado desde su infancia y se había reforzado durante su adolescencia.
Su familia, reconociendo en ella un talento innato para la videncia, le proporcionó una educación especializada en las artes esotéricas, que la llevó a recorrer todo el Imperio Romano, desde Egipto hasta Grecia, donde adquirió conocimientos sobre diversas prácticas adivinatorias y rituales ocultos.
Messalina dominaba la habilidad de interpretar los auspicios tanto examinando las entrañas de los animales como observando el vuelo de las aves.
Más allá de la adivinación, sus servicios también incluían la interpretación de los sueños y la preparación de encantamientos para encontrar el amor, atraer la prosperidad o deshacer maleficios.
Gracias al prestigio de su ascendencia, nunca le había faltado clientela, mayoritariamente selecta.
Y, en pocos años, había logrado labrarse una sólida reputación.
Un esclavo de piel negra condujo a Fabio hasta una antesala, donde los clientes aguardaban su turno para ser atendidos.
—La señora Messalina lo recibirá en último lugar —le informó—. Ella misma lo llamará.
Las paredes de la estancia estaban forradas con paneles de madera de cedro, sobre los que colgaban tapices de ricas texturas, uno de los cuales representaba el famoso oráculo de Delfos.
El suelo estaba cubierto por alfombras persas en las que se entrelazaban motivos de criaturas míticas con escenas de jardines paradisíacos.
Y, dispuestos alrededor de la sala, varios divanes de terciopelo rojo ofrecían cómodos asientos para los visitantes.
Fabio se sentó frente al único cliente que quedaba en la antesala, de lo cual dedujo que no tardaría en ser atendido. El hombre, que apenas le dedicó una ligera inclinación de cabeza, no dejaba de dar golpecitos en el suelo con el pie derecho, incapaz de disimular su nerviosismo.
—¿Lleva mucho tiempo esperando? —preguntó el magistrado.
—Más de lo que quisiera —contestó el otro secamente, desviando la mirada para evitar darle conversación.
Fabio no insistió; en su lugar, fijó su atención en una mesa baja sobre la que descansaban pequeños ídolos de bronce y fragmentos de rocas de cuarzo.
Todo lo que allí había reflejaba no solo los particulares gustos de Messalina, sino también la considerable riqueza que había acumulado a lo largo de los años.
La consulta se hallaba al final de un pasillo, del que enseguida emergió una clienta exquisitamente vestida, que abandonó el lugar con una sonrisa en los labios.
—¡Glicerio!
Tan pronto como escuchó su nombre, el cliente que estaba sentado frente a Fabio se puso en pie y acudió raudo a la llamada. Al final del corredor, un pesado cortinaje bordado con hilos de plata marcaba la frontera que separaba el mundo exterior de los dominios de la pitonisa.
Movido por la curiosidad, unido al tedio de la espera, Fabio se levantó, recorrió el pasillo y se detuvo a escasos centímetros de la gruesa cortina que hacía de puerta.
Desde allí, podía escuchar claramente a Messalina y a su cliente, que en ese momento intercambiaban saludos corteses.
Al parecer, era la primera vez que el tal Glicerio acudía a su consulta.
—Necesito su ayuda con urgencia —dijo en tono suplicante.
Al entrar, Glicerio no había corrido la cortina del todo, circunstancia que Fabio aprovechó para atisbar el interior de la consulta a través de una finísima rendija que, a pesar de su estrechez, resultaba suficiente para ver a los dos protagonistas de la escena.
—¿Y cómo puedo ayudarle? —preguntó Messalina.
—Mi hijo lleva diez días desaparecido. ¿Qué le ha ocurrido? ¿Está vivo?
La mujer no se inmutó ante la angustia del hombre.
Tras asimilar la información, tomó una jarra y vertió su contenido en un cuenco de obsidiana.
Luego aguardó un minuto a que el agua se asentase, para acto seguido arrojar un pequeño guijarro del montón que había en otro cuenco cercano.
La pitonisa, entonces, observó con gran atención el patrón de las ondas en el agua y los reflejos que se formaban en la superficie.
—Su hijo está vivo.
—¿Seguro?
—Completamente, las señales en el agua son inequívocas.
Glicerio, que había estado conteniendo la respiración, soltó un largo suspiro de alivio y sus hombros se destensaron.
—Gracias, gracias —repitió.
Una sonrisa irónica asomó a la boca de Fabio, que observaba la escena desde su lugar privilegiado.
Messalina había dicho lo único que podía decir para ganarse el favor del cliente; de lo contrario, habría actuado en contra de sus propios intereses.
El magistrado estoico, por descontado, desconfiaba de aquellos métodos adivinatorios que contradecían el uso de la razón.
—¿Y qué le ha pasado? ¿Puede averiguarlo?
Acto seguido, la pitonisa repitió la misma operación, ante la expectante mirada de su cliente.
—Usted es un hombre de letras…, ¿no? —concluyó al fin.
Glicerio abrió tanto la boca, que la mandíbula casi se le descoyunta.
—¡¿Cómo lo ha adivinado?!
—No debería sorprenderse, aprendí el arte de la hidromancia de las mejores sacerdotisas griegas.
Fabio negó con la cabeza. Mientras permanecían en la antesala, él también había advertido las manchas de tinta en los dedos del cliente.
—Sí, llevo trabajando de escriba casi toda la vida.
Messalina guardó silencio, fomentando que su interlocutor siguiese hablando para obtener así más información.
—Y confío en que mi hijo siga pronto mis pasos —añadió.
—Pero no se trata de algo que a su hijo le entusiasme, ¿verdad?
—Sí, bueno…, me temo que lo suyo no es vocacional. Sin embargo, un oficio como el mío le proporcionaría una gran estabilidad.
Fabio volvió a sonreírse. La pitonisa se había limitado a lanzar una conjetura, segura de que contaba con bastantes probabilidades de acertar. ¿Qué joven sueña con ser escriba, cuando aún se siente repleto de energías para explorar todo un mundo lleno de posibilidades?
Acto seguido, Messalina repitió el ritual del guijarro y el cuenco de agua.
—Su hijo está librando una lucha interna acerca de su propio futuro.
—¿Quiere decir que se ha marchado por voluntad propia?
—Eso es lo que percibo. Y también he visto en el agua que, antes de la próxima luna llena, volverá a tener noticias suyas.
Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas y se deshizo en gracias al recibir tan buenas noticias.
Fabio, por su parte, regresó rápidamente a la antesala para evitar que le sorprendieran curioseando detrás de la cortina.
Messalina había sabido jugar muy bien sus cartas, tras esbozar una hipótesis bastante plausible.
De estar en lo cierto, el hijo de Glicerio retornaría a casa tarde o temprano, cuando se le agotasen los recursos.
Y, si al final no volvía en el plazo previsto y Glicerio regresaba a la consulta para pedir explicaciones, la pitonisa siempre podía repetir sus rituales esotéricos y realizar nuevas interpretaciones, adaptando así el relato a los hechos en un ciclo sin fin.
Instantes después, Glicerio abandonó el lugar y por fin le llegó el turno a Fabio de reunirse con la vidente.
Al entrar, pudo contemplar la consulta en toda su plenitud.
Las ventanas, cubiertas con cortinajes de terciopelo, apenas dejaban pasar la luz del día, creando un ambiente deliberadamente sombrío y misterioso.
Una estantería de madera oscura acogía una variada colección de amuletos, hechos de materiales riquísimos como oro, plata y piedras semipreciosas, que adoptaban la forma de animales sagrados o bien contenían símbolos astrológicos.
En un rincón de la estancia, iluminado suavemente por una lámpara de aceite, había un pequeño altar de mármol blanco dedicado a Apolo, el dios de las profecías, en el que un incensario de bronce ardía lentamente, liberando volutas de humo perfumado, mezcla de mirra y de sándalo.
En el centro de la sala, una gran mesa de roble pulido dominaba el espacio.
El sillón de honor estaba reservado para la pitonisa.
A los clientes les estaba reservada una silla más sencilla pero igualmente elegante, diseñada para que también se sintiesen importantes, aunque no tanto como la protagonista de la consulta.
—Siéntese, por favor.
—Gracias.