CAPÍTULO SEGUNDO #7
—¿Cómo osas cuestionar las tradiciones que nos han sostenido durante siglos? ¿Por qué te muestras siempre tan increíblemente arrogante?
—Soy un campesino veterano, Tascius. Lo suficiente como para haberme dado cuenta de que, con indiferencia de los rituales que se realicen para obtener la protección de los dioses, el campo atraviesa por rachas buenas y malas. Vuestras ceremonias no sirven para nada.
—¿Y qué propones entonces?
—Las oraciones al Dios único y verdadero tendrían mucha mayor eficacia —replicó Batarius—. Si todo el pueblo se convirtiese a la fe cristiana, nos iría mucho mejor.
—¡Tonterías! Esa superstición en la que creéis no puede ser más ridícula. ¿De verdad piensas que seguir a un hombre que murió crucificado como un criminal, alguien que ni siquiera pudo salvarse a sí mismo, va a cambiar la suerte de nuestras cosechas?
Dardanus reaccionó de forma fulminante. Dando un paso adelante, se encaró con Tascius, dispuesto a darle un puñetazo.
—¡Para, hijo! ¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Batarius sujetándolo por los brazos.
—¡Lo único que busca es provocarnos!
—Cálmate, la violencia no es el camino. ¿Acaso te has olvidado de las enseñanzas por las que nos regimos?
Epulonia intervino rápidamente para apartar a su hijo mayor y hacerlo retroceder unos pasos. Mientras, Glaukias y Daesina asistían a la pugna guardando un silencio cauteloso.
—Deberías tener más cuidado con lo que dices, Tascius —le advirtió Batarius cuando las aguas volvieron a su cauce.
—¿Yo? ¡Sois vosotros, los cristianos, los que deberíais tener cuidado! La población está cada vez más harta de vuestra actitud. Sois obstinados y egoístas. ¡Y vuestra negativa a participar en los ritos tradicionales nos está perjudicando a todos!
—Jamás traicionaré mi fe, ya lo sabes. No la he traicionado en veinticinco años y no voy a hacerlo ahora.
Tascius le lanzó una furibunda mirada.
—¿Es que no tienes corazón, Batarius? Parte de la comunidad ya está pasando hambre. ¡Piensa en los niños!, ¡en los ancianos! ¿Qué mal puede acarrearte mostrar que respetas a los dioses tradicionales? ¿No podrías, al menos por este año, hacer una excepción?
—No insistas, no cambiaré de opinión —zanjó Batarius—. Y, si no tienes nada más que decir, esta conversación ha terminado.
***
La casa de Segovesus se ubicaba en una calle lateral del centro de Marsonia, no muy lejos de la plaza central, aunque sí lo suficientemente alejada como para disfrutar de un ambiente sereno.
A primera hora de la tarde, Glaukias se plantó ante la puerta.
La vivienda del antiguo escriba constituía un fiel reflejo de su situación financiera.
La modesta pensión que recibía de la administración romana le permitía vivir con cierta comodidad, si bien prescindiendo de cualquier tipo de lujos.
La piedra toscamente labrada de los muros contrastaba con la robusta puerta de entrada, confeccionada con madera de roble.
Las ventanas estaban adornadas con macetas de terracota, que daban al conjunto un punto de color.
Cuando llamó, Segovesus lo invitó a pasar al interior dando una voz.
Glaukias acudía una vez a la semana y el anciano lo estaba esperando.
El interior estaba decorado con un mobiliario escaso pero funcional: una mesa, bancos y un hogar de piedra donde siempre ardía un fuego, proporcionando calor y un lugar para cocinar.
Varias estanterías cubrían las paredes, repletas de libros y rollos de papiro.
Glaukias llevaba una cesta con pan que había preparado su madre, que dejó sobre la mesa.
—Gracias, muchacho. Aunque ya te he dicho muchas veces que no hace falta que me traigas nada.
—Mi madre ha insistido.
—Epulonia es demasiado generosa, no merezco tantas atenciones —farfulló al tiempo que dejaba la cesta en el suelo—. Vamos, siéntate y muéstrame lo que has escrito esta semana.
A pesar de que Segovesus no era cristiano, no le suponía ningún problema relacionarse con Glaukias y su familia. Otros habitantes de Marsonia, en su lugar, jamás habrían dejado entrar en sus casas a un seguidor del dios crucificado.
—Me gustaría saber lo que piensa, pero…
—¿Pero qué?
—Que también me da un poco de vergüenza.
—Vamos, déjate de zarandajas y dame la hoja de pergamino que has traído.
El anciano la desenrolló y recitó en voz alta el largo poema que Glaukias había escrito. Se trataba de una oda a la naturaleza, que glorificaba la belleza de los campos, con descripciones vívidas de las flores silvestres y el canto de las aves. Al finalizar, la mirada le brillaba de orgullo.
—Tienes talento, muchacho. Y también mucha sensibilidad. Has sabido capturar la esencia de nuestra tierra de una forma sencilla y elegante.
—¿De verdad?
—¡Por supuesto! Lo cual no significa que no tengas que pulir algunos aspectos.
Tus hermosas descripciones podrían beneficiarse de un lenguaje más preciso y meticuloso.
También deberías prestar más atención al ritmo de los versos.
A veces, una variación en su longitud podría conferir mayor fuerza a tus palabras.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación. Segovesus, que no esperaba ninguna otra visita, esbozó una mueca de extrañeza. Se levantó y fue a ver quién era.
—¡Hola, Batarius! Tu hijo está aquí. ¿Vienes a buscarlo, o es que quieres que te escriba una carta?
—Batarius tenía una hermana llamada Ardala, que se había trasladado a Roma hacía unos diez años, con la que se carteaba de vez en cuando para mantener el contacto—.
Glaukias bien que podría hacerlo ya por mí.
—En realidad, quería hablar contigo. Con los dos, para ser exactos.
Batarius pasó al interior y tomó asiento junto a su hijo, que lo miró con cierta suspicacia.
—Glaukias ha escrito un poema magnífico. ¿Te gustaría oírlo? —preguntó Segovesus.
—Quizá más tarde, prefiero ir directamente al grano.
—El hombre se pasó la mano por la barba y su bigote desaliñado, denotando que se trataba de un asunto importante—.
Segovesus, te agradezco mucho la atención que le has dedicado a mi hijo durante los últimos años, y todo lo que le has enseñado.
Sin embargo, no quiero que venga más a tu casa. Las clases se han acabado.
—¡¿Cómo?! —exclamó Glaukias con una mezcla de sorpresa e indignación—. Pero ¿por qué?
—Yo tampoco lo entiendo —intervino el anciano—. ¿Ocurre algo malo?
—Mi hijo lleva mucho tiempo descuidando sus deberes en la granja.
—¡No volverá a ocurrir, papá! ¡Te lo juro!
—Es mucho más que eso, Glaukias. Si ahora eres incapaz de ocuparte del huerto, ¿qué pasará cuando tengas que ayudarnos en el campo, con el cultivo de los cereales?
Estás muy delgado y tienes muy poca fuerza.
Necesitamos manos fuertes en la granja, estás a punto de cumplir catorce años y no lo parece.
A esa edad, tu hermano ya trabajaba conmigo codo con codo —explicó Batarius—.
Eres un campesino, hijo. ¿Acaso lo has olvidado?
No puedes pasarte todo el día escribiendo y leyendo viejas obras literarias.
Todo eso no es más que una pérdida de tiempo.
—Tu hijo tiene un don especial para las letras, Batarius —terció Segovesus—. Y creo que no debería desperdiciarlo.
—¿Y qué valor tiene ese don en una granja? Para poder comer, tenemos que sacar el trabajo adelante. Y la situación del campo es cada vez más delicada.
Segovesus asintió y dejó escapar un largo suspiro. Mientras tanto, Glaukias asistía expectante al duelo dialéctico entre ambos adultos.
—¿Y por qué el destino de Glaukias ha de estar necesariamente ligado al campo?
—¿Y qué propones?, ¿que se haga poeta? Así no ganará ni un solo denario.
—Podría trabajar como escriba para la administración romana, tal como hice yo mismo. Con su conocimiento, no le faltarían salidas profesionales: funcionario público, maestro…, o incluso bibliotecario.
—Marsonia es demasiado pequeña, difícilmente hallará trabajo aquí de nada de eso.
Ahí tenía razón, Segovesus no podía negarlo. Él había hecho carrera en Salona, el principal centro administrativo y económico de la provincia de Dalmacia.
—En tal caso, tendrá que marcharse de Marsonia. ¿Tendría eso algo de malo? A cambio, se le abriría un amplio abanico de posibilidades.
—Glaukias aún es demasiado joven —objetó Batarius.
—En cuatro o cinco años se habrá convertido en un hombre capaz de tomar sus propias decisiones. —Batarius bufó con desaprobación, y el anciano añadió—: Odio entrometerme. Pero yo solo pienso en lo mejor para el chico.
—No pongo en duda tus buenas intenciones, siempre has sido un amigo muy querido de la familia. Sin embargo, no creo que se trate de un consejo acertado.
—Nadie le ha preguntado a Glaukias todavía…
Automáticamente, las miradas de ambos convergieron en el muchacho.
—Yo… —Glaukias, que nunca antes había considerado aquella posibilidad, se sintió completamente abrumado—. No lo sé…
—Tranquilo, no tienes por qué decidirlo ahora —terció Segovesus.
Batarius alzó los brazos para poner un poco de orden y reconducir la conversación al punto que le interesaba.
—Es demasiado pronto para hablar de todo esto.
—Quizá no tanto como parece. Si el futuro de Glaukias está ligado a las letras, debería seguir preparándose conmigo hasta el momento en que se marche.
—Ahora mismo, lo único que importa es el presente —zanjó Batarius—. Y, de cualquier modo, soy de la idea de que la familia debe permanecer unida. En los tiempos que corren, aventurarse en solitario supone un riesgo muy alto. Y más aún para un cristiano.
—Está bien, no insistiré —se rindió Segovesus—. No obstante, si más adelante cambias de opinión, ya sabes que Glaukias tiene abiertas mis puertas.
Batarius le dio las gracias, tomó a su hijo del brazo y juntos abandonaron la casa del anciano.