CAPÍTULO SEGUNDO #6
—¿Por qué no? El muchacho se merece una oportunidad. La vida no ha sido justa con él, y nosotros estamos en posición de remediarlo.
—Eso no lo discuto, pero en cuanto ha puesto un pie en las catacumbas se ha sentido intimidado. Sinceramente, no le veo el menor futuro como fossor .
Fabián dedicó una rápida mirada al muchacho.
Elio observaba ensimismado las inscripciones grabadas en la sepultura del mártir, que incluía un breve epitafio con su nombre, la fecha de su muerte y unas palabras que expresaban sus esperanzas de resurrección.
La Iglesia velaba por que solo recibiese el título de mártir quien de verdad lo hubiese merecido.
—El muchacho acudió a mí varios días seguidos y no paró hasta que prometí conseguirle un trabajo. Además, también quiere ser cristiano y pronto comenzará su catecumenado. Por eso estoy convencido de que va muy en serio.
—Pues a mí no me parece que esté capacitado para llevar a cabo un trabajo tan duro. ¿Ha visto lo delgado que está?
El obispo cambió de expresión y adoptó a continuación un tono mucho más firme.
—Valerio, te conozco desde hace muchos años y sé que eres un buen cristiano.
Aunque, en ocasiones…, uno bastante testarudo.
Tus excusas para no adiestrar a Elio no están justificadas.
Para empezar, ¿has conocido a alguien que durante su primera visita a las catacumbas no sintiese un escalofrío?
Y, en cuanto a su condición física, soy consciente de sus limitaciones actuales, pero en cuanto comience a alimentarse como es debido, ya verás lo rápido que cambia.
Fabián llamó al muchacho con un gesto de la mano.
—Señor, gracias de nuevo por la oportunidad que me ha dado —dijo Elio—. No pienso defraudarle. Y a Valerio tampoco —añadió elevando la barbilla hacia el fossor .
—Estoy seguro de ello. Para nosotros supone una satisfacción que ahora formes parte de la comunidad cristiana —repuso el obispo con una sonrisa—. Valerio puede resultar a veces bastante duro, pero también es un hombre justo. Así que haz lo que él te diga. ¿De acuerdo?
—Puede contar con ello.
Valerio dejó escapar un largo suspiro, que ponía de manifiesto la admisión de su derrota. Si tenía que enseñarle el oficio a Elio, lo haría sin excusas.
—Acompáñame —dictaminó—. Descenderemos hasta el tercer nivel de las catacumbas, donde estoy trabajando en la apertura de una nueva galería. Allí tengo herramientas de sobra. Te daré un pico y nos pondremos manos a la obra.
8
Marsonia (provincia romana de Dalmacia)
Aquella mañana de domingo el cielo se había vestido de un azul tan luminoso, que ni siquiera las nubes lograban empañar aquel lienzo inmaculado.
Tras asistir a la ceremonia de la eucaristía, Batarius y su familia habían emprendido el camino de regreso a la granja.
Epulonia aún murmuraba para sí algunas de las oraciones que habían recitado durante el servicio.
La oronda mujer poseía una fe tan fuerte como inquebrantable.
Dardanus, el hijo mayor, avanzaba unos pasos por delante pensando en las obligaciones del trabajo, al que se sentía tan vinculado —urgía cortar leña y reparar la cerca del corral de las gallinas—.
Por su parte, Glaukias y Daesina cerraban la marcha.
Los niños caminaban de forma despreocupada, dándole patadas a los guijarros que se encontraban por el camino.
—¿Por qué hay tan pocos cristianos en Marsonia? —preguntó la niña.
De los miles de habitantes que tenía el pueblo, los seguidores de Jesús ni siquiera llegaban al centenar; entre ellos se contaban algunas familias de campesinos, aunque muy pocas, un puñado de artesanos y comerciantes, algunas viudas y un grupo de esclavos.
—En el campo uno está muy apartado —contestó Batarius—. En las ciudades hay muchos más. Con tanta gente entrando y saliendo, todo va más deprisa. Las ideas también.
—Además, aquí las tradiciones paganas se hallan especialmente arraigadas en la vida cotidiana de la gente —apuntó Epulonia—. Y a las personas con más poder no les interesa que nada de eso cambie.
Ni Marsonia ni sus poblaciones vecinas contaba con un presbítero propio.
Los representantes de la Iglesia solían escasear en las zonas más alejadas de los núcleos urbanos.
Las pequeñas comunidades cristianas dispersas por toda la región dependían únicamente de uno o dos presbíteros, los cuales se movían continuamente de un sitio a otro, de manera que, cuando uno de ellos llegaba a Marsonia, los fieles se avisaban entre sí y despejaban rápidamente el almacén de un comerciante donde solían llevar a cabo los actos de culto.
Solo cuando tocaba oficiar un bautismo se desplazaban hasta la orilla del río.
—Papá —intervino Glaukias—. ¿Alguna vez te has arrepentido de hacerte cristiano?
Batarius se detuvo un momento, sorprendido por la pregunta de su hijo.
—¿Y por qué tendría que arrepentirme?
—Porque muchos de nuestros vecinos prácticamente ni nos dirigen la palabra. Otros hasta nos insultan… Y aunque la mayoría de las veces lo hacen a nuestras espaldas, en ocasiones incluso también a la cara.
—Casi no tenemos amigos —añadió Daesina con un mohín.
Batarius descendía de una larga línea de campesinos paganos que había honrado a los dioses romanos y locales con la devoción y el rigor propios de la costumbre.
Él fue el primero en romper con la tradición, pese a la desaprobación de sus parientes y vecinos.
La conversión tuvo lugar durante sus años de juventud.
La visita de un misionero cristiano cambió por completo su forma de entender la fe, cuando escuchó hablar de un único Dios que proclamaba el amor, el perdón y la caridad entre todos los seres humanos, y que ofrecía la vida eterna a todos los que viviesen conforme sus principios.
—No, hijo. Por desgracia, ser cristiano no resulta fácil por culpa de la intolerancia de los que se empeñan en vivir con los ojos cerrados.
Pero no, nunca me he arrepentido. Al contrario, conocer la verdadera fe me dio una paz interior que jamás me ha abandonado.
Vosotros dos aún no habéis madurado lo suficiente —precisó Batarius—, pero antes o después sentiréis esa llama prender en vuestro interior.
—Hijos, los evangelios sagrados son la palabra del Señor —agregó Epulonia—.
Su mensaje nos señala el camino correcto y la certeza de que, cuando muramos, nos espera la vida eterna junto al Altísimo.
¿Qué importa entonces lo que los demás puedan pensar de nosotros?
Como familia, debemos permanecer unidos y afrontar con valentía las adversidades que nos encontremos en el camino.
De repente, las calles de Marsonia se impregnaron del sonido de tambores y cánticos.
La familia dobló una esquina y, al llegar a la plaza central, la vieron adornada con guirnaldas de flores y cintas de colores.
Una mesa con ofrendas —cestas de trigo, fruta fresca y jarras de vino— había sido dispuesta en el centro.
La sangre de un cordero recientemente sacrificado aún chorreaba sobre la superficie de un altar improvisado.
Aquel día se celebraba la festividad romana de la Ambarvalia, una ceremonia en honor a Ceres, la diosa de la agricultura, en la que se pedía la purificación de los campos y la protección de las cosechas.
—Vamos, sigamos adelante —apremió Batarius.
La familia atravesó la plaza a paso ligero, huyendo de las miradas hostiles de los asistentes.
Cuando ya se alejaban, fueron el blanco de toda suerte de improperios.
Dardanus se giró para, si hacía falta, dar su merecido a los cobardes que habían proferido los agravios.
Batarius, sin embargo, se apresuró a agarrar a su primogénito del brazo y lo conminó a seguir caminando, mientras que Epulonia atrajo hacia sí a Glaukias y Daesina, que no avanzaban con la suficiente rapidez.
—No os rezaguéis —los urgió.
Cuando se internaron en el campo, se toparon de frente con el grueso de la procesión.
Varios sacerdotes encabezaban la marcha, entonando himnos sagrados dedicados a las divinidades locales.
Los seguían un amplio número de habitantes, sobre todo granjeros y campesinos acompañados de sus familias.
Todos vestían túnicas blancas que simbolizaban la pureza del ritual que celebraban.
A lo largo del recorrido se habían colocado altares temporales, en los que se detenían para realizar las ofrendas y sacrificios.
Los sacerdotes, tocados con coronas de laureles, vertían sobre la tierra la sangre de las bestias que sacrificaban.
Los campesinos, a su vez, ofrecían todo tipo de dádivas para complacer a la diosa: leche, miel, uvas, aceitunas, espigas de trigo…
El tono festivo del acto, acentuado por el uso de flautas y timbales, no le restaba una pizca de solemnidad.
—¡Batarius! ¡Aguarda un momento!
Un hombre alto, de cejas pobladas y nariz aguileña, se desgajó de la procesión y se acercó para hablar con ellos. Tascius, que así era como se llamaba, pertenecía al consejo local y poseía además un gran número de tierras.
—Buenos días, Tascius. ¿Qué quieres?
—La situación del campo es insostenible. La sequía de los últimos años está causando estragos y las cosechas siguen menguando.
—Lo sé.
—¡Y eso por no hablar de las plagas! Esta temporada los gorgojos se han cebado con todas las reservas de grano.
Al menos, se habían librado de la plaga de langostas, la más temida de todas; y por la época del año en que se hallaban, ya no parecía probable que fuese a producirse.
—¿A dónde quieres ir a parar? —inquirió Batarius.
—En nombre del consejo, te ruego que participes de las festividades. Y no solo tú, sino todos aquellos que os hacéis llamar cristianos —espetó Tascius—. La división nos debilita, y salta a la vista que Ceres y el resto de las divinidades se sienten decepcionadas con el comportamiento general.
—No puedes pedirme eso, sabes bien que nuestra fe nos impide adorar a los falsos ídolos.