CAPÍTULO SEGUNDO #5
Los escalones, tallados directamente en la toba, los llevaron hasta un estrecho corredor subterráneo que se desplegaba ante la pareja como el conducto digestivo de una ballena.
—Bienvenido a las catacumbas de Domitila.
Elio sintió un escalofrío. El aire se había vuelto más denso y un intenso olor a tierra mojada le ascendió por la nariz. Reinaba un absoluto silencio, tan solo quebrado por el eco de sus propios pasos y un suave goteo de agua en la distancia.
Una evidente angustia se apoderó de Elio, que se puso muy pálido.
—Muchacho, si de verdad quieres convertirte en fossor , más vale que te vayas acostumbrando.
Valerio inició la marcha a través de una serie de galerías tan estrechas, que dos personas gruesas que se cruzaran tendrían dificultades para pasar.
Las paredes estaban repletas de nichos rectangulares, denominados lóculos, dispuestos en fila, horizontalmente, unos encima de otros, en cada uno de los cuales cabía un cuerpo acostado.
Los lóculos se cerraban con lápidas de mármol o, más habitualmente, con piezas de barro cocido que se fijaban con argamasa.
Algunas veces se grababa sobre la tapa el nombre del difunto, y otras, algún símbolo cristiano, como el del áncora o el pez.
—Todas las tumbas son iguales… —murmuró Elio, que lo observaba todo sin perder detalle.
—El cristianismo es una religión igualitaria —aclaró Valerio—. Dios no establece diferencias entre sus fieles.
Elio también advirtió que, en algunas tumbas, se colocaban pequeños objetos fijados sobre la argamasa que sellaba la sepultura. Los había de todas clases: brazaletes, anillos, collares, monedas, conchas, campanillas, fondos de vasos y copas, e incluso muñecas de hueso o de marfil.
—¿Qué significan? —preguntó el joven.
—Sirve, fundamentalmente, para reconocer la tumba en la que se hallan enterrados los restos de un ser querido. Así se individualiza cada nicho, que de otra manera sería prácticamente idéntico al resto.
—Cuando me muera, también me gustaría que mi tumba quedase señalizada por un objeto que me identificase —comentó Elio.
—¿A qué viene eso? Para empezar, aún falta mucho para que eso ocurra. Y, de todas maneras, que yo sepa aún no eres cristiano.
—Pero me bautizaré pronto. El obispo Fabián me lo ha asegurado.
Para proporcionar algo de luz, en ciertos puntos del recorrido había dispuestas lámparas de aceite que colgaban de soportes de hierro.
Además, en lugares estratégicos, se abrían en la bóveda del techo grandes orificios que llegaban hasta la superficie, a la manera de enormes tragaluces.
También hacían las veces de conductos de ventilación, aunque ese no era su único propósito.
—La tierra excavada la sacamos en cestos que subimos por esas aberturas a las que llamamos lucernarios —explicó Valerio, señalando uno de ellos.
A medida que avanzaban a través de aquel laberinto de túneles, Elio se dio cuenta de que allí abajo había perdido por completo su sentido de la orientación. Las galerías parecían interminables y cada giro se asemejaba al anterior.
—Ni se te ocurra bajar aquí sin la compañía de un fossor , o de alguien que se conozca las catacumbas como la palma de su mano —le advirtió Valerio—. Te aseguro que te perderías sin remedio.
Al doblar una esquina, desembocaron por primera vez en una cámara cuadrada, que contaba con un sepulcro dedicado a un individuo en concreto. El carácter preferencial de aquel lugar era tal, que incluso contaba con una pintura mural al fresco.
—¿No dijo que todos los cristianos eran iguales? —señaló Elio, sin pretender sonar ofensivo.
—Sí —repuso Valerio—, pero a los mártires se les concede un lugar privilegiado.
—¿Los mártires?
—Los cristianos a los que dieron muerte por negarse a renunciar a su fe.
Elio frunció el ceño, al tiempo que se apartaba distraídamente un mechón de la frente.
—¿Tan peligroso es ser cristiano?
—Muchacho, aún te quedan muchas cosas por aprender —contestó el fossor dejando escapar un suspiro—. Pero estarás bien, no te preocupes. Hace mucho que vivimos tiempos favorables.
Avanzaron un poco más y finalmente llegaron a un punto donde la galería se estrechaba hasta morir en una pequeña cámara sin salida aparente. Valerio se detuvo y, acercando la lámpara al suelo, dejó a la vista una escalinata descendente.
—Por aquí se baja al segundo nivel —desveló.
Elio tragó saliva, sin poder disimular su desconcierto. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que las catacumbas pudiesen tener más de un nivel de profundidad.
—¿Y cuántos hay en total? —preguntó con voz temblorosa.
—Por ahora dos, pero ahora mismo estamos trabajando en el tercero.
Descendieron cuidadosamente por los toscos peldaños. Cada paso resonaba con un eco amplificado, aumentando la inquietante sensación de aislamiento. El aire se volvió aún más denso y la atmósfera algo más fría.
Las siguientes galerías llamaron la atención de Elio por dos razones: las escasas dimensiones de los sepulcros y la ausencia de la menor inscripción en ellos.
—Aquí vienen a parar los recién nacidos que mueren cuando son abandonados —aclaró Valerio—. Por las noches, con discreción, los recogemos para procurarles una sepultura digna. Lo consideramos nuestro deber como cristianos.
—Pero… hay cientos y cientos…
Las palabras de Elio quedaron suspendidas en el aire. Valerio no añadió nada más.
Al poco de reanudar el recorrido, el silencio imperante se vio repentinamente interrumpido por el sonido de unos cánticos lejanos.
—¿Ha oído eso? —susurró Elio, mirando al fossor con los ojos muy abiertos.
—Este no es solo un lugar de muerte, Elio. Vamos, sígueme y entenderás lo que quiero decir.
Al final de una larga galería, desembocaron en una cámara donde medio centenar de cristianos participaba en un acto de culto oficiado por el obispo Fabián.
Los fieles, dispuestos en círculo alrededor de un sepulcro, entonaban un himno sacro de forma solemne.
La ceremonia se celebraba en memoria de un mártir que había perdido la vida en el pasado, en los tiempos del emperador Maximino.
A través de un lucernario en el techo, un haz de luz alejaba las tinieblas de la estancia, decorada con un fresco ya descolorido que representaba la escena del martirio.
—¡Los cielos se abren a los mártires! —exclamó el obispo al concluir los cánticos—. En el bautismo de agua se recibe el perdón de los pecados; en el de la sangre, la corona de la fortaleza.
Valerio accedió a la cámara, al tiempo que instintivamente se persignaba la frente.
Se trataba de una costumbre cristiana muy reciente, a la que se le atribuía la virtud de ahuyentar a los malos espíritus, las enfermedades, las tentaciones y los accidentes.
Elio se situó detrás de él intentando pasar inadvertido.
Sin embargo, al ser una cara nueva, resultó inevitable que numerosas miradas se clavasen en él.
Entre los asistentes a la ceremonia se encontraban los mellizos Félix y Livia. La muchacha había recogido a su hermano cuando salió del hospital y se habían dirigido hacia allí.
Félix aprovechó el instante de distracción que provocó la llegada del fossor para tomar la mano de la muchacha que estaba a su lado y salir discretamente de la cámara por otra galería situada a su espalda.
La joven en cuestión se trataba de Paula, la hija del zapatero.
Entre ambos había prendido la chispa del amor adolescente, que no entendía de límites ni barreras.
Livia se percató de la maniobra de su hermano y arrugó el rostro en un gesto desaprobatorio ante su indecoroso comportamiento.
—¿Cómo se te ocurre? —comentó Paula cuando se adentraron en el corredor, alejados ya de cualquier mirada.
Sin embargo, por el tono de su voz quedaba claro que no estaba enfadada.
Al contrario, la situación le producía una gran excitación—.
Como se den cuenta de nuestra ausencia, se dispararán los rumores.
—Tan solo será un momento —repuso Félix deteniéndose junto a una lámpara que iluminaba el final de la galería—. Volveremos enseguida.
Y, dicho esto, propinó a Paula un apasionado beso en los labios.
Las catacumbas, desde luego, no parecían el escenario más idóneo para un encuentro romántico, pero tenían tan pocas oportunidades de estar a solas, que estaban dispuestos a aprovechar la menor ocasión.
Se besaron durante un largo minuto, pero eso fue todo. Luego, se reincorporaron de inmediato al acto religioso.
Al concluir la ceremonia, los fieles se fueron marchando, no sin antes intercambiar con el obispo algunas palabras. Un diácono que aguardaba junto al acceso a la cámara se ocuparía de facilitar el camino de vuelta a la superficie.
Livia y Félix se despidieron del obispo con un sencillo movimiento de cabeza y una mueca afable, pero Fabián los retuvo un instante para hablar con ellos.
—He echado en falta la presencia de Lucrecia. ¿Dónde está vuestra madre ?
—No ha podido venir, se ha quedado en el hospital porque han recibido de golpe a muchos pacientes —aclaró Livia—. Un incendio cercano.
—Comprendo —murmuró el obispo—. Sabed que sois afortunados de contar con una madre como la vuestra. Lucrecia supone un ejemplo para toda la comunidad.
—Se lo diremos.
Cuando los mellizos ya hacían amago de irse, Fabián añadió algo más en tono confidencial:
—Por cierto, Félix. No creas que no me he dado cuenta de lo que has hecho…
El muchacho no pudo evitar ruborizarse. Sin embargo, el obispo se limitó a darle una palmada en la espalda, acompañada por una sonrisa. El comportamiento del muchacho, aunque algo descarado, tampoco merecía un reproche mayor.
Valerio deseaba hablar con el obispo a solas, así que esperó pacientemente a que todos saliesen. Elio, mientras tanto, curioseaba en torno a la cámara, ajeno por completo a lo que ocurría a su alrededor.
—Ya veo que has traído a Elio contigo —comentó el obispo con satisfacción.
—Señor, no creo que esto sea una buena idea —objetó Valerio.