Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO #4
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CAPÍTULO SEGUNDO #4

Con el tiempo, Livia ganó en seguridad y comenzó a separarse de ella para realizar ciertas labores por su cuenta.

Primero fueron tareas sencillas, como distribuir agua y alimentos entre los pacientes, pero pronto se aventuró a realizar vendajes y a limpiar pequeñas heridas.

Lucrecia, siempre atenta, no le quitaba el ojo de encima; se sentía muy orgullosa de los progresos de su hija.

Sin embargo, aquella tarde en particular, la rutinaria actividad del hospital de repente saltó por los aires cuando comenzaron a llegar pacientes procedentes de un incendio cercano.

Algunas personas se habían expuesto excesivamente al humo, mientras que otras presentaban quemaduras de diversa consideración.

Lucrecia, que estaba a punto de marcharse, buscó a su hija para decirle que se quedaba…

Sorprendentemente, no la encontró por ninguna parte.

—Tiene que estar aquí —le dijo otra de las voluntarias—. Yo, al menos, no la he visto salir.

Lucrecia cayó entonces en la cuenta de que solo había un lugar donde no había mirado.

Con pasos cortos pero decididos, recorrió el pasillo central hasta llegar a la última estancia, cuya puerta siempre estaba cerrada.

La entreabrió lentamente y desde el umbral atisbó una escena que no se esperaba: arrodillada junto al leproso, su hija aplicaba un bálsamo sobre sus heridas ulceradas.

La calma y la devoción con que realizaba cada movimiento parecían infundir un aire de dignidad a la tarea, como si aquel hombre, olvidado y marginado por la sociedad, fuese nuevamente reconocido como un ser humano valioso y digno de compasión.

La mirada del leproso, hundida y cansada, brillaba con una gratitud silenciosa que impregnaba cada gesto de su cuerpo.

El contacto del paño sobre las llagas, junto a la luz titilante que los envolvía, habían creado un instante de profunda conexión.

La entrega de Livia, ajena a cualquier juicio o temor, se reflejaba en su expresión, mientras el leproso cerraba los ojos, rendido al único alivio que había conocido en años: la bondad de una joven que no temía acercarse a él, ni a su dolor.

Lucrecia se quedó allí un instante, sin dar crédito a lo que veía, y la invadió una profunda admiración hacia su hija.

Lamentando romper aquel momento casi sagrado, la mujer agitó la mano y Livia acudió de inmediato a su llamada.

—No esperaba encontrarte aquí —dijo entre susurros—. ¿No te da miedo ? La población repudia a los infectados por una buena razón: la lepra es una enfermedad muy contagiosa.

—Por eso precisamente quiero ayudarlo. ¿Acaso no habría hecho Jesús lo mismo por él?

En ese instante, Lucrecia se dio cuenta de que Livia ya no era una niña, sino una joven mujer movida por una fe muy profunda y compasiva, que ella misma le había inculcado desde la infancia.

—Tienes razón. No obstante, antes debo enseñarte cómo tratar a un leproso de forma segura. Y, de cualquier modo, hoy no es el mejor día.

—¿Por qué?

—Primero, porque ya es la hora de irnos. Y, segundo, porque ha surgido una emergencia y el hospital se encuentra patas arriba —explicó Lucrecia.

—¿Y nos vamos a ir ahora?

—Yo no, me necesitan. Me quedaré todo el tiempo que haga falta. En cambio, tú deberías marcharte ya.

—¡Pero yo también quiero ayudar!

—No, cariño. En las actuales circunstancias, y con tu escasa experiencia, probablemente no harías otra cosa que entorpecer. Además, acuérdate de la ceremonia que el obispo va a oficiar más tarde en memoria de un antiguo mártir. Busca a tu hermano e id juntos al acto. Félix contaba con asistir.

Livia acató el consejo de su madre. Sabía que tenía razón y oponerse habría sido poco inteligente.

No obstante, antes de abandonar el hospital, entró de nuevo en la oscura estancia donde yacía el leproso y se arrodilló junto a él. Tan solo deseaba dedicarle unas amables palabras de despedida, para que supiese que no lo olvidaba.

***

Valerio llegó al punto de encuentro bastante tiempo antes de la hora prevista.

Se hallaba en la plaza de Porta Capena, en la Vía Apia.

El sol bañaba el entorno de tonos bruñidos y, desde los edificios que rodeaban la explanada, se proyectaban sombras alargadas sobre el pavimento de piedra.

Viandantes de todas las clases se desplazaban de forma desordenada: algunos, apresurados, terminaban sus compras del día; otros, más relajados, charlaban en pequeños grupos o disfrutaban de los refrigerios que ofrecían los vendedores ambulantes.

Unos pocos esclavos caminaban cargados con ánforas y cestas, siguiendo a sus amos como dóciles mascotas.

Valerio introdujo los dedos en el agua cristalina de la fuente que coronaba la plaza y los deslizó por la superficie.

El contacto con el agua, tan fresca y suave, contrastaba con sus manos callosas y endurecidas, tan características de su oficio.

Valerio trabajaba como fossor , lo que significaba que se dedicaba a excavar las catacumbas cristianas, así como los propios nichos.

Próximo a la cincuentena, aún conservaba un cuerpo recio y musculoso, esculpido a base de décadas de duro trabajo en las galerías subterráneas.

Tenía el pelo corto y entrecano, y una mirada que resultaba casi indescifrable, acorde con su naturaleza introvertida.

Valerio había enviudado a los pocos años de casarse, con tan mala suerte que, a la muerte de su mujer, le siguió inmediatamente la de su único hijo, como consecuencia de la misma epidemia.

Aquella tragedia le afectó muy profundamente, y solo halló cierto consuelo tras refugiarse en la fe de los cristianos.

A partir de ese momento, de edificar palacetes y villas, pasó a construir los cementerios subterráneos donde se enterraba a los seguidores de Cristo.

El trabajo de fossor no era sencillo, pero le proporcionaba la serenidad que necesitaba.

Trabajar solo o en grupos muy reducidos casaba con su espíritu.

Valerio siempre había sido un hombre de pocas palabras, y aquel rasgo de su naturaleza se acentuó aún más con la prematura pérdida de su familia.

Al cabo de un rato, distinguió a un muchacho dirigirse hacia la fuente y caminar en su dirección.

—¿Es usted Valerio, el fossor ? —preguntó tímidamente cuando se detuvo frente a él.

Valerio lo escrudiñó con la mirada. Una túnica gastada, atada a la cintura por una cuerda, le colgaba de su escuálido cuerpo.

Su cabello, oscuro y desordenado, le caía en mechones sobre la frente, perfilando un rostro aniñado pero marcado por las duras condiciones de vida que le había tocado vivir.

La piel, sucia y curtida, reflejaba su constante exposición a los elementos.

Aquel, sin duda, debía de ser el joven que el obispo Fabián le había referido.

—En efecto —contestó—. Y tú debes ser Elio, ¿verdad?

—Sí, señor.

—Está bien, sígueme.

Valerio echó a caminar dando grandes zancadas.

El muchacho, que apenas le llegaba al hombro al robusto fossor , tuvo que esforzarse para seguirle el ritmo.

Dejaron la plaza atrás y enfilaron la Vía Apia hacia las afueras de la ciudad.

Flanqueada por altos cipreses, la avenida contaba con una calzada de piedra, lisa y bien conservada, que facilitaba el tránsito de carruajes y corceles.

A los lados se alzaban los fastuosos mausoleos de las familias adineradas.

A medida que avanzaban, el bullicio de la urbe se fue desvaneciendo, reemplazado por el susurro del viento entre los árboles y el crujir de la grava bajo sus pies.

—¿A dónde vamos? —inquirió Elio.

—No seas impaciente, pronto lo sabrás.

Unos días antes, el obispo Fabián había hablado con Valerio y le había pedido que tomase a Elio como aprendiz de fossor : «Elio es huérfano, lleva años malviviendo en la calle, mendigando y también robando cuando ha tenido que hacerlo.

Alguien, sin embargo, le habló de la Iglesia como un lugar donde podían ayudarlo.

Y por eso acudió a mí. Quiere aprender un oficio y también ha prometido hacerse cristiano.

Además, a ti tampoco te vendrá mal contar con un ayudante.

Ya vas teniendo una edad y el trabajo se te hace cada vez más pesado.

Creo que los dos os beneficiaréis de mi decisión».

—¿Nos alejaremos mucho más de la ciudad? —insistió el muchacho.

Por toda respuesta, Valerio emitió un gruñido ininteligible, para desviarse poco después por un camino secundario, menos transitado y rodeado de mayor frondosidad. No ofreció ninguna explicación y Elio tampoco se la pidió. Ya se había dado cuenta de que el fossor no hablaba demasiado.

Al cabo de unos minutos, llegaron a una finca rodeada por un murete de piedra cubierto de musgo y enredaderas.

Una puerta de hierro forjado custodiaba la entrada.

En la mayoría de los casos, la propiedad donde se ubicaban los cementerios subterráneos había sido cedida por un cristiano acaudalado, perteneciente a una familia de rango senatorial.

De hecho, cada una de las catacumbas acostumbraba a recibir el nombre de su benefactor.

La puerta se abrió con un chirrido metálico y se internaron en un jardín de aspecto descuidado, en el que crecían a su antojo plantas aromáticas y flores silvestres.

A un lado, un pozo de piedra en desuso le daba al lugar un aire pintoresco.

Al fondo, el jardín moría en una ladera ligeramente elevada, que marcaba el acceso a las catacumbas.

La entrada, un arco sencillo reforzado con piedra bajo el que se erguía una puerta de madera envejecida, se encontraba parcialmente oculta por la vegetación circundante.

Junto a la entrada, en un pequeño nicho tallado en la pared de piedra, se encontraban varias lámparas de aceite alineadas, listas para que las usaran. Valerio encendió una y abrió la puerta, desvelando una abertura oscura que descendía hacia las profundidades.

—Ve con cuidado —advirtió el fossor .