CAPÍTULO SEGUNDO #3
Macriano asintió lentamente mientras asimilaba la información.
—¿Y qué me dices de nuestras provincias orientales? Los persas constituyen siempre un peligro latente.
—La situación en Siria y Mesopotamia se ha hecho más tensa.
Los persas han estado realizando incursiones a lo largo de la frontera, probando nuestras defensas.
El rey Sapor está buscando expandir su influencia en los territorios que se hallan bajo nuestro control.
Hemos enviado refuerzos y están fortificando las ciudades clave.
Ya sabes, la amenaza persa es mucho más organizada y persistente que la de los bárbaros del norte.
—¿Cómo están nuestras defensas allí? ¿Confías en nuestros comandantes?
—Tenemos defensas sólidas, aunque siempre pueden mejorar, y sí, confío en la capacidad de las autoridades locales.
Con todo, la presión constante está afectando a la moral de las tropas.
Ya sabes, los persas son maestros en la guerra de desgaste.
Estamos en contacto constante con los gobernadores provinciales para asegurar que los suministros y refuerzos lleguen a tiempo.
Macriano unió las puntas de sus dedos sin dejar de fruncir el ceño.
—Debemos asegurarnos de que nuestras defensas no flaqueen. La estabilidad del Imperio depende de mantener a nuestros enemigos a raya. ¿Hay algo más que deba tener en cuenta?
—Estamos fortaleciendo nuestras alianzas con tribus fronterizas que puedan apoyarnos en un momento dado —explicó Plocio—. Además, estoy considerando la posibilidad de enviar embajadores con ofertas de paz y tratados comerciales para intentar suavizar las relaciones.
—Eso podría servirnos para ganar tiempo, al menos hasta que podamos consolidar nuestras defensas.
—El consejero carraspeó un momento para aclararse la garganta—.
El gran problema es que la crisis económica que sufre el Imperio lo está condicionando todo.
El agotamiento del tesoro público es alarmante.
Los gastos militares son exorbitantes, nuestras arcas no podrán soportar este ritmo durante mucho más tiempo.
—El valor de nuestra moneda ha caído y los precios de los bienes siguen subiendo. Incrementar de nuevo los impuestos tan solo causará aún más descontento entre la población. Y los soldados ya comienzan a impacientarse por los retrasos en los pagos.
—Y eso sin mencionar el colapso de las redes comerciales. Los salteadores y la piratería están estrangulando el comercio. Y sin el comercio, no podemos generar los ingresos necesarios para sostener al Imperio.
—Estamos intentando restablecer la seguridad en las rutas comerciales —respondió Plocio—. Hemos aumentado las patrullas navales y estamos formalizando acuerdos con algunas tribus para proteger las caravanas terrestres. Pero eso requiere también de recursos que escasean.
—¿Y qué opinas de intentar nuevas alianzas comerciales con regiones que aún están relativamente estables? —sugirió Macriano—. Quizás podríamos encontrar nuevas fuentes de ingresos y recursos.
—Lo malo es que cualquier alianza lleva tiempo, algo de lo que tampoco andamos sobrados.
—El prefecto del pretorio se recostó en el respaldo de su silla—.
Y, para colmo, no paran de llegar informes cada vez más preocupantes de distintos puntos del Imperio.
Las plagas no dejan de sucederse, arruinando la mayor parte de los cultivos.
Los campesinos están desesperados y el hambre comienza a extenderse entre las provincias más afectadas.
Pese a las numerosas crisis imperiales que Macriano había vivido, nunca antes había sido testigo de una tan aguda como aquella.
—¿Y qué hay de la peste? ¿Se sigue propagando?
—Ha surgido un nuevo brote en Cartago. Los muertos ya se cuentan por cientos.
El consejero, inconscientemente, se palpó un anillo provisto del sello imperial que llevaba en su mano derecha, que constituía el signo más evidente de su cercanía al poder. Suspiró y movió la cabeza a uno y otro lado, dando a entender que se hacía cargo de la gravedad de la situación.
—Me has dado mucho en lo que pensar —señaló—. Pero ahora, dime, ¿qué ibas a contarme?
—Es sobre los cristianos. Me pediste que los investigara para saber si había algo de cierto sobre los turbios rumores que circulan sobre ellos.
—Que conste que yo nunca les he dado excesivo crédito.
—Pues puede que contengan algo de cierto después de todo.
—¿En serio?
—Uno de mis espías, Corvus, ha descubierto algo muy interesante. Los cristianos se llevan los cadáveres de los bebés abandonados.
—Entonces, ¿es cierto eso de que se los comen durante sus rituales secretos?
—Eso aún no ha podido confirmarlo, pero Corvus está decidido a infiltrarse en la secta para averiguarlo…, y de un modo u otro lo conseguirá, de eso puedes estar seguro.
Macriano asintió complacido.
—Mantenme informado. No obstante, e independientemente de lo que tu espía descubra, los cristianos tienen los días contados.
Yo también tengo una noticia que darte. Muy pronto, Decio promulgará un edicto destinado a propinar al cristianismo un golpe mortal.
La decisión responde a una combinación de factores políticos, sociales y religiosos.
Pero, en esencia, el emperador pretende reivindicar su reinado ante la opinión pública y el Senado promoviendo la unidad religiosa del Imperio, al tiempo que culpabiliza a los cristianos de todos los males.
—Entiendo —repuso Plocio—. En tiempos de crisis, Decio necesita culpables a los que señalar. Y los cristianos constituyen los chivos expiatorios más idóneos para su propósito.
—Así es, y no sin razón. Los cristianos han quebrado la pax deorum que regía desde la fundación de Roma, y ahora todos estamos pagando las consecuencias.
La pax deorum constituía un concepto central de la religión y la política romanas que se refería a la paz y el favor de los dioses hacia el Imperio.
Se creía que la prosperidad, la estabilidad y el éxito de Roma dependían de mantener una relación armoniosa con las divinidades a través de los ritos, sacrificios y demás observancias religiosas.
Los romanos pensaban que, si cumplían con sus deberes religiosos y mostraban la debida reverencia a los dioses, estos, a su vez, protegerían y favorecerían al Imperio.
—Ya. Estamos pagando caro el ateísmo de los cristianos, ¿verdad?
Desde la perspectiva romana de la época, la creencia cristiana en un solo Dios significaba sostener una posición atea, puesto que implicaba la negación de todas las deidades de su panteón, a las que además rehusaban rendir honores.
Eso, unido a que los cristianos no participaban en los sacrificios y rituales dedicados a los dioses romanos, considerados esenciales para mantener el favor divino, perjudicaría gravemente al conjunto de la población.
—Eso resulta innegable —confirmó Macriano—. De ahí que el emperador se haya decidido a dar este paso.
—¿Y los judíos? —quiso saber Plocio—. ¿El edicto también les afecta a ellos?
—No, de ninguna manera. El emperador ha decidido respetar el estatus especial del que, debido a su antigüedad, goza el judaísmo desde los tiempos de Julio César y Augusto.
—Sí. Lo último que nos interesa es despertar la ira de los judíos.
—Exacto. Ya tenemos suficientes problemas.
El consejero, de nuevo, se tocó el anillo y lo hizo girar con los dedos de la otra mano, y continuó:
—Por supuesto, existe otra razón más… pragmática.
Además de buscar restablecer la pax deorum y consolidar la autoridad del emperador, el decreto también persigue beneficiar económicamente al Estado.
A los cristianos más acaudalados que lo incumplan se les confiscará todos sus bienes y su patrimonio, que se venderán en subasta pública.
Los ingresos así generados proporcionarán un ligero alivio a las arcas.
—Esa maldita secta se ha buscado todo lo malo que le ocurra.
Todos nuestros valores tradicionales (el éxito militar, las posesiones, la cultura, la carrera profesional, los cargos, el prestigio…), los cristianos los desprecian o los miran con indiferencia.
Si Roma se libra de ellos, recuperará el espíritu que siempre la ha caracterizado.
—El contenido definitivo del decreto aún se está puliendo, pero la esencia se resume en lo que acabo de contarte.
—Gracias, Macriano.
Dicho esto, Plocio arrastró con cuidado la silla hacia atrás para levantarse, anticipando su marcha de la biblioteca.
—Solo una cosa más —apuntó el consejero—. ¿Quién se esconde bajo la identidad de Corvus? Me consta que tú mismo te ocupaste de su formación. Puedes confiar en mí, ya lo sabes…
El prefecto del pretorio dibujó una mueca burlona.
—Mientras pueda, la identidad de mi agente más prometedor jamás saldrá de mi boca. De lo contrario, perdería la ventaja que le proporciona su “arma” secreta.
—¿Y qué “arma” es esa?
Plocio soltó una carcajada.
—¿Qué clase de jefe de los espías sería si te lo dijera?
Macriano suspiró, resignado.
—Me imaginaba tu respuesta, pero no perdía nada por preguntar…
Plocio se puso en pie para encaminarse hacia la salida. A los pocos pasos, sin embargo, se giró para hacerle a Macriano una última pregunta.
—Por cierto, ¿qué estás leyendo?
—Una obra de Cicerón que analiza las diferentes formas de gobierno. Si no la has leído, deberías hacerlo. Yo es la tercera vez que lo hago y siempre aprendo algo nuevo.
7
Livia había acompañado de nuevo a su madre al hospital cristiano de Subura, donde ambas colaboraban en calidad de voluntarias.
Al principio, la muchacha no se había despegado de Lucrecia, observando atentamente cada uno de sus pasos. Su reconfortante presencia le proporcionaba el grado justo de confianza que necesitaba.