Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO #2
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CAPÍTULO SEGUNDO #2

Galieno le mostraba a Fabio su colección de antigüedades con un entusiasmo desbordante, lo cual, naturalmente, no sorprendió lo más mínimo al magistrado. ¿Acaso podía haber mayor satisfacción para un coleccionista?

Fabio, sin embargo, tuvo que frenarlo, porque de lo contrario se pasaría allí toda la tarde. ¡Aún no le había enseñado ni la cuarta parte del total de su repertorio de antigüedades!

—He venido a verlo para preguntarle por una pieza muy específica. Un objeto al que se le perdió la pista en Antioquía hace aproximadamente un siglo… Sin embargo, recientes rumores sugieren que ha reaparecido aquí, en Roma.

Galieno miró a su invitado con los ojos entornados. Sin duda, aquellas palabras habían logrado despertar su interés.

—¿Y qué pieza era esa?

El magistrado le ofreció los pocos detalles que conocía, y admitió:

—Ni siquiera estoy seguro de que la reliquia exista realmente… Lo cual, por lo que a mí respecta, quedará acreditado si usted me confirma que jamás ha oído hablar de ella.

Galieno juntó las manos detrás de la espalda y comenzó a balancearse ligeramente adelante y atrás.

—No solo existe, sino que hasta hace muy poco formó parte de mi exclusiva colección.

Fabio se quedó paralizado. ¡Aquello lo cambiaba todo por completo! ¡Lo que buscaba era real, no una quimera surgida de la imaginación de los cristianos!

—¿Está seguro?

—Me hice con ella a través de un coleccionista sirio que goza de mi total confianza. La llamada «lágrima de Cristo» protagonizó, al parecer, una larga y accidentada travesía hasta recalar finalmente en Roma. ¿Le interesaría escucharla?

—Sí, por favor.

—Durante muchos años, esa reliquia estuvo en manos de los montanistas, un movimiento cristiano divergente del mayoritario que buscaba legitimarse reivindicando su posesión.

Con el tiempo, sin embargo, acabó perdiendo fuerza e influencia, y la «lágrima de Cristo» pasó a manos de la corriente oficial de la Iglesia.

Esta la trasladó inmediatamente al norte de África, que contaba por aquel entonces con una comunidad muy robusta y comprometida.

Allí, para regocijo de los creyentes, permaneció durante varias décadas hasta que los cristianos fueron objeto de duras represiones por parte de las autoridades.

»Ante la amenaza de que la confiscaran o la destruyeran, enviaron la reliquia secretamente a Alejandría, que constituía un prominente centro de aprendizaje y teología cristiana.

Pero algo ocurrió durante el traslado, pues de algún modo terminó en poder de un grupo gnóstico que se dedicó a venerarla en sus ceremonias privadas.

Finalmente, cuando el grupo se desmoronó, su líder vendió la «lágrima de Cristo» a un coleccionista local, que la custodió hasta su muerte, tras la cual fue subastada y adquirida por mi colega sirio.

—Y él se la vendió a usted…

—Exacto —confirmó Galieno—. Ya ha visto que poseo numerosos objetos que pertenecieron a destacados personajes de la historia.

Por eso pensé que ese tal Jesús de Nazaret, pese a lo controvertido de su figura, merecía formar parte de mi colección.

Por supuesto, todos sabemos que en realidad no fue más que un predicador judío de los muchos que abundaban en aquellas tierras, y que murió crucificado como un vulgar ladrón.

Una minoría, en cambio, lo considera el Hijo de Dios.

¿No resulta sorprendente hasta dónde puede llegar la fe del ser humano?

—¿Y qué pasó con la reliquia? —inquirió Fabio—. ¿Por qué ya no la tiene en su poder?

—Algunos colegas me convencieron de lo equivocado de mi decisión.

Jesús de Nazaret, me dijeron, no estaba a la altura de las personalidades históricas que forman parte de mi selecta colección.

Y el objeto en sí no dejaba de ser una modesta horquilla, carente de la menor belleza o valor. Así que la vendí.

Fabio se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿A quién? —preguntó.

—Esa información no se divulga a la ligera. Y menos aún a alguien como usted, que ni siquiera forma parte del gremio.

—Estoy seguro de que, por una vez, podrá hacer una excepción si se lo pido amablemente.

—En tal caso, supongo que no puedo negarme —dijo Galieno algo incómodo—. Pero antes… contésteme a lo siguiente. ¿Por qué busca la reliquia? No me irá a decir que es usted cristiano, ¿verdad?

—No, yo no… Mi hermano, por el contrario, sí que es un adepto al culto. Y ahora mismo atraviesa por un momento muy delicado.

Fabio lo puso al corriente de la situación en la que se hallaba la pequeña Lucila para obtener su colaboración.

—Comprendo… Y, aunque lamento lo de su sobrina…

—Galieno se interrumpió un instante para dedicarle a su interlocutor un gesto de suficiencia—, no puedo evitar preguntarme cómo se siente un estoico como usted, alimentando todas esas supersticiones relativas a curaciones milagrosas, tan propias de personas ignorantes.

Fabio, consciente de que aquel no era momento de entablar un debate, encajó el golpe sin perder la compostura. Su prioridad continuaba siendo encontrar la «lágrima de Cristo».

—¿Y bien? ¿Puede decirme ya a quién se la vendió?

—Está bien, no me haré de rogar. Hace aproximadamente un mes, formalicé la compraventa de la reliquia a Messalina Maxima… Supongo que no hace falta que le diga quién es, ¿verdad?

En efecto, no hacía falta. Messalina era la pitonisa más popular de la ciudad de Roma.

6

El Palacio Imperial, que ocupaba toda la parte oriental de la colina del Palatino, y que miraba hacia el norte al Foro Romano y al sur al Circo Máximo, se alzaba como un colosal faro de mármol que iluminase el corazón de la ciudad.

Plocio Varo atravesó la entrada con la familiaridad que le proporcionaba la autoridad de su cargo.

Los guardias mantuvieron la mirada al frente y se cuadraron a su paso.

El prefecto del pretorio accedió al vestíbulo del monumental edificio y enfiló hacia el ala este, sin la ayuda de sirvientes que lo guiasen.

El recorrido, salpicado de escaleras y pasillos decorados con frescos y tapices orientales, se lo sabía de memoria.

La puerta de la biblioteca emitió un leve chirrido, tanto al abrirse como al cerrarse.

El interior constituía un oasis de paz, que contrastaba con el sempiterno ajetreo de la vida de palacio.

El profundo silencio tan solo se veía perturbado por el leve murmullo de una conversación discreta.

Plocio sorteó las robustas mesas dispuestas en la zona central de la sala y se dirigió hacia el fondo de la misma.

Las paredes, revestidas de estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, estaban repletas de pergaminos, códices y rollos de papiro.

Bustos de los filósofos y escritores más reconocidos decoraban los nichos abiertos entre los anaqueles.

El olor a cera derretida inundaba el ambiente.

En la mesa más apartada, Plocio localizó al hombre que buscaba inclinado sobre un texto antiguo.

—Sabía que te encontraría aquí, Macriano —dijo a modo de saludo—. ¿No te cansas de los libros?

—Al contrario, me falta tiempo para poder leer todo lo que se ha escrito.

De pelo blanco y ralo y rostro arrugado como el del pergamino que sostenía en las manos, Macriano parecía a primera vista un anciano venerable que se hallaba en el ocaso de sus días.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Con un talento natural para la diplomacia y la negociación, Macriano era un superviviente de la corte que había servido como consejero a los tres últimos emperadores, al que por el momento ni se le pasaba por la cabeza la idea de retirarse.

Actualmente era uno de los asesores más próximos al emperador Decio, sobre quien ejercía una gran influencia.

—¿Y tan intrigante te resulta lo que descubres en ellos como para pasar tanto tiempo aquí?

—La historia del mundo está poblada de muchos y muy distintos gobernantes; en cambio, los problemas son a menudo los mismos. Y más veces de las que crees, las respuestas ya se encuentran en un libro.

Plocio tomó asiento junto al anciano, al que podía considerar un amigo. Ambos compartían el interés por proteger al nuevo emperador de las múltiples amenazas a las que se enfrentaba.

Decio se había hecho con el poder tan solo unos meses antes, tras derrocar al anterior emperador, Filipo, en la decisiva batalla de Verona.

Sin embargo, entre la opinión pública todavía no contaba con la legitimación política suficiente.

Para conseguirla, Decio había puesto en marcha varias medidas: impulsó una reforma administrativa y militar destinada a asegurarse la lealtad de los funcionarios y soldados; ordenó acuñar monedas con su imagen con fines propagandísticos y mandó restaurar el Coliseo, muy deteriorado tras sufrir un terremoto y también un incendio, para devolverle su esplendor y reafirmar el orgullo de Roma.

—Supongo que me traes alguna noticia especial, ¿verdad?

—Una de lo más interesante, aunque todavía no está confirmada —repuso Plocio.

—Bien, bien. Pero antes, ponme al día acerca de los asuntos más apremiantes.

Decio se había hecho con el trono en un contexto de gran crisis e inestabilidad, que había dado comienzo unos quince años atrás, a raíz de la muerte del emperador Alejandro Severo.

—Por supuesto. ¿Qué quieres saber?

—¿Cuál es el panorama general en nuestras fronteras? —inquirió Macriano.

—Bueno, la región del Danubio continúa siendo una zona problemática. Los bárbaros siguen muy activos. Los informes de los exploradores indican que están movilizándose en mayor número… No obstante, sus intenciones aún no están del todo claras.

—¿Crees que planean una incursión a gran escala?

—Tal vez —respondió el prefecto del pretorio—.

Estamos tomando todas las precauciones necesarias.

El gobernador de la provincia está en constante comunicación con nosotros, y las tropas están en alerta máxima.

Sin embargo, los movimientos de nuestros enemigos son erráticos, lo que dificulta prever sus próximas acciones.