Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO
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CAPÍTULO SEGUNDO

«Cuando era niño, estudiando en Roma, solía visitar las tumbas de los apóstoles y mártires con otros de mi edad, pasando a través de aquellas galerías excavadas en las entrañas de la tierra, donde los cuerpos de los muertos estaban colocados en las paredes.

Todo era tan oscuro que recordaba las palabras del profeta: “Descenderán vivos al abismo”».

Fabio se plantó ante una imponente villa situada en la colina Palatina, bañada por el dorado resplandor vespertino.

La vivienda pertenecía al coleccionista privado de antigüedades que el dueño del puesto del Foro le había referido.

Por lo que Fabio había podido averiguar, aquel individuo había heredado la fortuna que poseía.

Sin embargo, también había oído decir que contaba con una fuente de ingresos adicional que carecía de la legitimidad que habría cabido esperarse de alguien de su prestigio.

Según se rumoreaba, Galieno, que así era como se llamaba el coleccionista, mercadeaba con artefactos saqueados de templos y tumbas sagradas, por cuya venta obtenía cuantiosos beneficios.

A Fabio no le había resultado nada sencillo que Galieno accediese a recibirlo.

Para lograrlo había tenido que echar mano de sus mejores contactos.

Quizá su condición de magistrado había despertado los recelos del coleccionista, no podía estar seguro.

De cualquier modo, sus gestiones habían tenido éxito y al cabo de tres días había conseguido una cita.

El estado de salud de Lucila no había cambiado. Los médicos seguían mostrándose igual de pesimistas. Por eso, cada día que su sobrina se aferraba a la vida era una buena noticia. Su hermano Marco, mientras tanto, continuaba depositando todas sus esperanzas en la «lágrima de Cristo».

Fabio estiró el cuello para contemplar la fachada de la villa, fiel reflejo de la personalidad de su propietario.

Dos imponentes columnas de mármol negro surcadas por vetas plateadas se alzaban como centinelas del averno a cada lado de un grueso portón de bronce.

Meticulosamente talladas con escenas de batallas mitológicas, las columnas no solo soportaban la estructura, sino que constituían por sí mismas verdaderas obras de arte.

Un siervo, vestido con una túnica limpia y bien ajustada, recibió a Fabio con una reverencia y lo condujo hasta un amplio vestíbulo adornado con pequeñas estatuas de alabastro y jarrones de porcelana, cuidadosamente colocados sobre pedestales de piedra.

—Sígame, por favor. Mi señor le aguarda en el triclinio.

Recorrieron un estrecho pasillo desde el que, a través de ciertas aberturas estratégicamente colocadas en las paredes, se atisbaba un jardín interior plagado de exóticas flores, cuya fragancia impregnaba toda la villa. Hasta sus oídos llegaba incluso el suave murmullo de una fuente de agua.

Finalmente el sirviente se detuvo ante una puerta y le invitó al triclinio, donde Galieno disfrutaba él solo de un espléndido festín.

Sobre una larga mesa en forma de U, cubierta con un fino mantel, se desplegaban todo tipo de manjares, desde ostras y pavo real hasta frutas exóticas y panes tostados.

El vasto salón estaba dominado por un gran fresco que comprendía todo el techo, y que ilustraba un banquete de los dioses del Olimpo.

Recostado en un diván, Galieno articuló una sonrisa al ver a su invitado.

Por su voluminosa figura —y el resto de pistas—, no había lugar a dudas de cuánto le gustaba la comida.

—¡Magistrado Fabio! Siéntese y coma conmigo, por favor.

—En realidad, no quería robarle mucho tiempo.

—¿Va a dejar que coma solo? Eso sería de mala educación.

Para complacerlo, Fabio asió un racimo de uvas de aspecto apetitoso.

—Me intriga el motivo de su visita —comentó Galieno, al tiempo que se echaba a la boca un exquisito dulce de higo, relleno con nueces y dátiles, y cubierto de miel—. ¿Acaso se halla aquí por razones profesionales?

—En absoluto —aclaró Fabio de inmediato para tranquilizarlo.

—Ah, en tal caso, deduzco que le interesan las antigüedades, ¿no?

—No exactamente, aunque sí que estoy aquí por eso.

En ese momento, Galieno interrumpió la conversación y llamó a uno de sus esclavos con un gesto de la mano. Inmediatamente, el siervo acudió con un elegante recipiente de cerámica, que depositó en el regazo del coleccionista.

—Disculpe, Fabio. Esto tan solo me llevará un instante.

Dicho esto, dio la espalda a su invitado y se metió los dedos en la garganta.

Segundos después, con la rapidez que denotaba la práctica, vomitaba todo lo que recientemente había ingerido.

Se limpió con una servilleta de lino y el siervo se llevó la jofaina con los restos regurgitados.

Galieno recuperó su posición natural en el diván y, con una sonrisa renovada, se preparó para seguir disfrutando de las delicias culinarias que aún quedaban sobre la mesa.

Durante todo el proceso Fabio guardó silencio, intentando que la expresión de su cara no revelara lo que estaba pensando. Aunque, por el comentario que Galieno realizó a continuación, quedó claro que no lo había conseguido.

—Por su gesto, deduzco que no aprueba una práctica que goza de gran tradición entre las élites romanas.

—Si me permite decirlo, creo que calificarlo de costumbre me parece excesivo.

—Incluso algunos emperadores solían practicarla —arguyó el coleccionista de antigüedades—. Calígula, por ejemplo.

—Tal vez, pero puedo asegurarle que Marco Aurelio jamás habría hecho nada parecido.

—Ah, claro. Lo dice porque Marco Aurelio fue un estoico convencido, ¿verdad?

—Galieno le dedicó una intrigante mirada a su invitado—.

Fabio, sé que usted forma parte de esa escuela filosófica.

Como comprenderá, cuando voy a recibir a un invitado en mi casa me gusta saber con qué clase de persona estoy tratando.

—Fabio no se lo reprochó. Antes de acudir allí, él había hecho exactamente lo mismo—.

No se ofenda, pero el estoicismo me parece tremendamente aburrido.

Con esa mentalidad de perseguir la virtud por encima de todo…

—¿Eso cree? ¿Que los estoicos no sabemos disfrutar de la vida?

—No es que lo crea. Se trata de una verdad indiscutible.

—El problema está en convertir el placer en un fin en sí mismo —aclaró Fabio—. En realidad, nosotros no lo rechazamos, tan solo decimos que debe perseguirse de forma moderada.

Galieno se sirvió una costilla de cerdo asada aderezada con hinojo silvestre y comenzó a engullir la carne con fruición.

—Siento decirle que en mi opinión, placer y moderación son ideas incompatibles. Entiéndalo, yo soy un hedonista convencido.

—¿Acaso no se da cuenta de que placer y dolor se hallan a menudo estrechamente conectados? A corto plazo, por ejemplo, los efectos de la embriaguez resultan muy agradables, pero al día siguiente nadie se libra de la resaca.

—No puedo negar que la ingesta de tantos manjares ha provocado… ¿cómo llamarlo?… ciertos efectos indeseables en mi salud. Aun así, creo que la vida merece ser exprimida al máximo.

Fabio negó con la cabeza.

—Me temo que la búsqueda constante de placer nunca podrá llevar a una vida satisfactoria.

Poco después de satisfacer un placer, la necesidad aparecerá de nuevo y lo hará con más fuerza.

En consecuencia, cada vez necesitará emociones más intensas para alcanzar el mismo grado de satisfacción.

En su caso, usted ha desarrollado un paladar tan sofisticado, que ya es incapaz de obtener placer de los alimentos más básicos.

—¿Y por qué iba a conformarme con un plato sencillo, cuando tengo acceso a todas estas delicias?

—argumentó el coleccionista extendiendo el brazo para abarcar los manjares dispuestos sobre la mesa—.

A usted lo que le pasa es que vive constreñido por sus absurdas reglas morales.

Yo, en cambio, soy libre de hacer lo que me plazca.

—¿En serio? Pues tal como yo lo veo, parece justo lo contrario. Hágase la siguiente pregunta: ¿es usted libre de comer cuanto quiera y lo que quiera, o más bien se ha convertido en un esclavo de la comida?

De repente, el semblante de Galieno enrojeció y, visiblemente molesto, se puso en pie con cierto trabajo.

—Sígame, he perdido el apetito.

Fabio obedeció sin rechistar para no enojar aún más a su anfitrión. Galieno lo guio por un pasillo hasta llegar a una puerta maciza de madera de cedro, que abrió con una llave que llevaba colgada al cuello. Su santuario privado de antigüedades se hallaba al otro lado.

Inmediatamente, un siervo comenzó a prender las numerosas lámparas de aceite que salpicaban la estancia.

El resplandor de las luminarias danzaba sobre las superficies pulidas y alcanzaba los rincones más remotos de la sala.

Las paredes estaban cubiertas de estantes y vitrinas de cristal templado, que contenían un sinfín de objetos de valor incalculable.

—Magistrado, ¿ve ese cetro de ahí, revestido de oro y piedras preciosas? —señaló Galieno—. Perteneció a Darío I, un poderoso emperador persa conocido por sus grandes conquistas.

—¡Qué maravilla! Es una auténtica obra de arte —elogió Fabio al observarlo de cerca.

—¿Y esa lanza corta decorada con patrones intrincados, se imagina a quién perteneció? Pues ni más ni menos que a Alejandro Magno.

Fabio se fijó a continuación en un espejo de mano adornado con incrustaciones de lapislázuli y turquesas.

—¿Y este de aquí? —inquirió.

—Ese fue de Cleopatra. Extraordinario, ¿verdad?

Fabio pensó que lo era. La mayoría de aquellas piezas habían pertenecido a figuras históricas de gran relevancia.

—Vamos, déjeme enseñarle ahora uno de mis tesoros favoritos.

Galieno condujo a Fabio hacia una esquina especialmente iluminada, donde un amplio expositor acogía una envidiable colección de monedas de todas las formas y tamaños.

—Las de la parte superior son romanas y se remontan hasta la fundación del Imperio. El resto proceden de todas las culturas imaginables: persas, griegas, egipcias…, de Cartago, del reino de Palmira…