CAPÍTULO PRIMERO #7
Dardanus salió de nuevo al exterior, mascullando entre dientes.
Sus hermanos, aunque jóvenes, debían arrimar el hombro por el bien de la granja.
Además, los trabajos que tenían asignados tampoco requerían de tanto esfuerzo comparados con el de él, que se deslomaba en el campo a diario para sacar adelante los cultivos.
Al pasar junto al establo, se asomó a la puerta y vio que su hermana estaba ordeñando a una cabra. No obstante, advirtió que lo hacía con excesiva lentitud.
—¿Qué haces? ¡A ese ritmo no acabarás de ordeñar a las cabras en toda la mañana!
Si no hubiese estado enfadado, probablemente Dardanus no hubiese dicho nada, pero la actitud de Glaukias lo había sacado de sus casillas.
—Esta cabra lleva enferma toda la semana y todavía no se ha recuperado del todo —replicó Daesina—. Por eso voy con más cuidado. Si le aprieto las ubres con demasiada fuerza, se queja.
—¡Pues que se queje! No es más que una cabra, no deberías tratarla con tanta delicadeza.
Daesina, visiblemente irritada, se levantó tan deprisa que volcó el cubo de leche.
—¡Mira lo que has hecho! —la reprendió Dardanus.
—¡No me grites! ¡Ya estoy harta de tus broncas!
Y, dicho esto, pasó junto a su hermano hecha una furia y se alejó del establo.
—¿A dónde crees que vas?
—¡A esconderme donde no puedas encontrarme!
***
Batarius, el padre de familia, llegó a mediodía después de haber estado en el pueblo negociando con los mercaderes locales el futuro precio de la cosecha de cebada. Dardanus fue a su encuentro nada más verlo.
—¿Cómo ha ido la negociación?
—Peor de lo que esperaba. Sé que no ha hecho buen tiempo, y que la calidad de nuestro cereal se ha visto ligeramente perjudicada. Aun así, en tiempos de escasez todo grano debería ser bien recibido.
—¿Y qué te han dicho? —preguntó.
—Tan solo me ofrecen cuatro denarios por cada modio de cebada. Menos aún que el año pasado.
Batarius era un fornido campesino, de espaldas anchas, barba espesa y bigote desaliñado.
La parcela de tierra que poseía se había trasmitido de padres a hijos, junto con el conocimiento asociado a su cuidado.
Cada generación había aprendido las mejores prácticas para sembrar, atender y cosechar los cultivos, adaptándose a las condiciones del suelo y el clima de la región.
—¿Cuatro denarios? ¡No es justo! —se lamentó Dardanus.
—No, no lo es. Pero tendremos que adaptarnos a las circunstancias.
Físicamente, Batarius y su primogénito guardaban un extraordinario parecido. Además, Dardanus también compartía con su padre el sentido del deber, así como el profundo vínculo con la tierra que los alimentaba.
En ese momento, Epulonia los llamó para que entrasen en la casa. La mujer había estado esperando a que Batarius regresara para almorzar todos juntos.
Glaukias ya estaba sentado a la mesa, pero aún faltaba Daesina.
—¿Dónde está tu hermana? —preguntó Epulonia.
—No lo sé —repuso el chico.
Batarius inspiró profundamente y dio una voz tan fuerte que su hija tendría que haberlo escuchado incluso estando dormida. No obstante, siguió sin aparecer transcurridos dos largos minutos.
—Yo iré a buscarla —intervino Dardanus—. La última vez que la vi estaba en el establo.
Mientras tanto, Glaukias estiró la mano para coger una rebanada de pan que su madre había horneado esa misma mañana, y enseguida la retiró cuando advirtió la fulminante mirada de su padre. No comenzarían a comer hasta que toda la familia se hallase a la mesa.
—No estaba en el establo —dijo Dardanus al volver.
Epulonia acudió de inmediato al dormitorio de la niña, pero tampoco la encontró allí.
—¡Qué raro! Daesina no se habría alejado de la granja sin decir nada —concluyó.
Dardanus alzó los brazos para solicitar que le prestasen atención.
—Ya sé lo que ha ocurrido, creo que Daesina está disgustada —explicó—. Antes discutimos y me dijo que pensaba esconderse de mí. Sin embargo, de eso hace ya un buen rato…
—Pues parece que todavía no se le ha pasado en el enfado —dedujo Batarius—. Vamos, busquémosla entre los cuatro por la granja, hasta en el último rincón. Si está aquí, la encontraremos.
Epulonia y Glaukias revisaron el interior de la vivienda, mientras Batarius y Dardanus examinaron cada recoveco de los establos y corrales.
También cubrieron el área reservada al huerto y dieron una vuelta completa alrededor de la casa.
Sin embargo, no sirvió de nada. Daesina había desaparecido sin dejar el menor rastro.
—¿Dónde se habrá metido? —masculló Batarius, cada vez más preocupado.
—Aquí no está, tiene que haberse ido a alguna parte —comentó su esposa.
—Esta mañana, cuando fuimos a por agua, vimos unas lavandas al borde del camino —apuntó Glaukias—. Quizá haya ido a por ellas.
—De acuerdo, yo cubriré el trayecto que lleva al manantial —decidió Batarius—. Dardanus, tú búscala en el bosque del valle del este.
—Yo también quiero ayudar —pidió Epulonia—. No pienso quedarme aquí de brazos cruzados.
—Está bien, toma el camino que lleva hasta Marsonia. Yo no me he tropezado con ella cuando venía hacia aquí, pero tampoco podemos descartar esa posibilidad. —Batarius se dirigió entonces hacia su hijo mediano—. Glaukias, tú quédate aquí por si tu hermana aparece, ¿entendido?
—De acuerdo.
Glaukias los observó marchar a cada uno por su lado, llamando a Daesina en voz alta.
La preocupación también lo había alcanzado y había perdido el apetito, así que comenzó a dar vueltas por la granja sin un rumbo claro.
Aunque no había querido mencionarlo, también se acordaba de los dos campesinos que los habían increpado aquella mañana.
Fue entonces cuando, mientras caminaba, se fijó en que Chispita no dejaba de brincar alrededor del roble situado en la parte posterior de la casa.
Glaukias acudió de inmediato al encuentro del cabrito con una sospecha que enseguida vio confirmada.
Había marcas en el tronco del árbol: parte de la corteza se había desprendido y algunas ramitas bajas estaban partidas.
Glaukias se situó justo debajo y elevó el cuello para mirar hacia arriba: Daesina se ocultaba en lo alto de la frondosa copa, recostada entre dos ramas.
—¡Daesina! ¿Qué estás haciendo ahí? ¡Toda la familia te anda buscando!
—Me da igual. Estoy harta de que Dardanus me dé órdenes a todas horas.
—Nuestro hermano a veces es un idiota, pero no tiene mala intención. ¡Baja de ahí de una vez!
Daesina pareció pensárselo unos segundos.
—Está bien, pero prométeme que no le dirás a nadie dónde estaba. ¿Me lo prometes?
El escondite, desde luego, era perfecto. Trepar por aquel árbol no resultaba tarea fácil, y menos aún para una niña de diez años. Nadie habría podido imaginarse que Daesina se ocultase allí.
—Prometido. Será nuestro secreto.
La niña descendió del árbol empleando la misma destreza que al subir. Cuando puso los pies en el suelo, esbozó una mueca de preocupación.
—¿Y qué vamos a decirles a papá y a mamá?
—Diremos que te fuiste muy enfadada y que te perdiste en el bosque del manantial. ¿Te parece bien?
Daesina frunció el ceño mientras sopesaba la idea.
—Vale —concluyó. Y, a continuación, le dio a su hermano un beso de agradecimiento en la mejilla.