CAPÍTULO PRIMERO #6
Ambos hermanos se inclinaron sobre la orilla y llenaron sus cántaros hasta el borde. La vuelta sería más tediosa, pues los recipientes pesaban bastante y avanzarían más lentamente. Daesina sujetaba el asa con las dos manos y tenía que inclinarse hacia atrás para mantener el equilibrio.
Durante el recorrido, se toparon con un par de campesinos de la zona que tiraban de un burro testarudo. Sus caras se torcieron en cuanto vieron a los niños.
—¡Decidle a vuestro padre que no tiene ningún derecho a despreciar las costumbres de nuestros ancestros!
—¡¿Acaso os creéis mejores que nosotros?! —les increpó el otro.
Glaukias y Daesina conocían bien a aquel par de idiotas. Y ambos sabían que, de haber estado su padre delante, no habrían abierto la boca. Además, el que les insultaran por su condición de cristianos no era nada nuevo para ellos.
—No les hagas caso —susurró Glaukias al oído de su hermana.
—¡¿Qué andas murmurando?! —inquirió uno de los campesinos paganos.
El otro detuvo el burro y se interpuso en el camino de los hermanos.
—Dejadnos pasar —espetó Daesina—. Nosotros no os hemos hecho nada.
—En Marsonia se han honrado siempre las festividades, lo que vosotros hacéis es más propio de demonios que de seres humanos.
El pueblo de Marsonia se asentaba en una fértil llanura, protegida al norte por colinas onduladas y al sur por la ribera del río Cetina.
La abundante vegetación, con sus bosques mixtos de robles y pinos, proporcionaba madera y refugio a la fauna local, mientras los campos constituían una mezcla de cultivos de cereales y pastizales.
Pequeños huertos y viñedos aportaban un punto de color al paisaje.
La economía se basaba principalmente en la agricultura, y las festividades locales, tanto religiosas como sociales, constituían momentos clave en la vida de sus habitantes.
Las celebraciones de la cosecha, los festivales en honor a las divinidades y las reuniones en la plaza central reforzaban los lazos comunitarios.
Los cristianos, sin embargo, se negaban a participar en las tradiciones locales, y por ello comenzaban a ser cada vez más odiados.
—¡Nosotros no nos metemos con nadie! —se defendió Glaukias—. ¡Dejadnos en paz!
Uno de los campesinos se plantó a escasos centímetros de distancia del chiquillo, mirándolo con desdén, y luego se fijó en el cántaro que llevaba. Entonces formó un cuenco con sus manos y le quitó un poco de agua.
—¿Qué estás haciendo? —protestó Daesina—. ¡Esa agua es nuestra!
El campesino ignoró a la niña y vertió el líquido sobre la cabeza de su compañero.
—Ahora ya estás bautizado —dijo a modo de burla, lo que provocó las carcajadas de ambos.
A pesar de la provocación, ni Glaukias ni Daesina cayeron en la trampa.
Sus padres les habían enseñado que ignorarlos constituía la mejor forma de enfrentarse a aquel tipo de situaciones.
Y, enseguida, la estrategia probó dar resultado.
Los campesinos se cansaron y siguieron su camino tras haber dejado claro que en Marsonia no apreciaban a los cristianos.
Glaukias y Daesina reanudaron la marcha sin perder un segundo, y prácticamente no pronunciaron palabra durante el trayecto de vuelta.
La granja de la familia estaba situada en una meseta elevada, con vistas a los valles circundantes.
Los campos de trigo y cebada se extendían en terrazas, aprovechando al máximo el terreno inclinado.
Al norte, un denso bosque proporcionaba sombra y madera mientras que, al sur, los vientos suaves traían la brisa marina desde el distante Adriático.
—Dejad los cántaros de agua en la entrada —indicó la madre cuando los vio aproximarse.
La casa era una construcción de piedra con techumbre de tejas rojas, sencilla pero acogedora.
Un huerto dominaba la parte delantera, donde crecían coles, zanahorias y nabos, entre otras hortalizas, además de algunas hierbas aromáticas, como el tomillo y el romero.
A los lados se ubicaban establos y corrales y, en la parte posterior, se alzaba un viejo roble milenario.
Nada más desprenderse de los cántaros, los niños le contaron a su madre de forma atropellada el desagradable encuentro que habían protagonizado. Epulonia era una mujer oronda que, pese a su complexión, se movía con gran agilidad y siempre tenía algo que hacer en la granja.
—Pasamos mucho miedo —confesó Glaukias.
—Esos necios escupen el mal por la boca, pero jamás os harían ningún daño. Aunque pretenden asustarnos, no dejaremos que lo hagan. El Señor está de nuestro lado y no permitirá que nos ocurra nada malo.
—¿Por qué nos odian tanto? —preguntó Daesina.
—Les asusta lo diferente. No entienden nuestra fe y por eso se comportan de esa manera —explicó Epulonia—. De cualquier manera, le contaré a vuestro padre lo que ha ocurrido para que hable con ellos.
—¿Papá les dará su merecido?
—De castigarlos ya se ocupará el Altísimo. Nosotros debemos perdonar, siguiendo el ejemplo que nos dio Jesús.
—¡Pues yo no pienso hacerlo! —contestó Daesina exhibiendo una mueca de disgusto—. ¡Nos insultaron y se burlaron cruelmente de nosotros!
Epulonia se arrodilló y tomó sus pequeñas manos entre las suyas.
—Comprendo que te sientas así, pero los cristianos hemos de guiarnos por los principios de nuestra fe.
—¿Quiere decir eso que también tenemos que rezar por ellos? —preguntó Glaukias.
—Así es —confirmó su madre—. Todo eso, además, os ayudará a mantener alejados el odio y el rencor de vuestros corazones.
—Epulonia se puso de nuevo en pie y, señalando a sus dos hijos, añadió—: Ya hablaremos más tarde de esto con mayor detenimiento.
Ahora hay mucho trabajo que hacer, y ya conocéis vuestras tareas.
***
A media mañana, Dardanus regresó a la granja tras faenar en los campos de cultivo desde el alba.
Dardanus, que ya contaba con veinte años, era el mayor de los tres hermanos que conformaban la familia.
Su musculatura desarrollada y sus manos callosas hablaban de largas horas de trabajo bajo el sol, arando la tierra y cuidando del ganado.
La determinación de su mirada reflejaba su carácter decidido y su compromiso con la granja.
—¡Daesina! ¿Se puede saber por qué estás perdiendo el tiempo?
Dardanus había sorprendido a su hermana pequeña jugando con un cabrito frente al establo, corriendo y saltando. El animal la seguía a todas partes y ella jugaba a esquivarlo.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó ella—. Aún no es la hora de comer.
Dardanus echó un vistazo al interior del establo y su enfado aumentó aún más de grado. Daesina, que estaba encargada del cuidado de los animales, no había cambiado la paja ni repuesto el heno fresco de las cabras.
—Daesina, primero cumple con tus responsabilidades. Y, solo cuando hayas terminado, podrás hacer lo que quieras.
En ausencia de su padre, Dardanus asumía el rol del cabeza de familia con plenos poderes para reprender a sus hermanos si hacía falta.
—El gallinero está limpio y ya he recogido todos los huevos. Solo me estaba tomando un descanso —se justificó la niña—. Además, ha sido Chispita quien se ha puesto a jugar conmigo.
—No quiero oír más excusas. Vuelve al trabajo ahora mismo.
Mientras la niña se alejaba refunfuñando, Dardanus encaminó sus pasos hacia el huerto de hortalizas, de cuyo cuidado debía ocuparse Glaukias. Un rápido vistazo le bastó para comprobar que su hermano no había hecho prácticamente nada: había malas hierbas por todas partes y tampoco había regado.
Contrariado, entró en la casa dando grandes zancadas. Gruesas gotas de sudor le caían por la frente y le empapaban la espalda.
—Mamá, ¿dónde está Glaukias?
—Que yo sepa, en el huerto —repuso Epulonia mientras revisaba las provisiones de la despensa.
Dardanus negó con la cabeza y, cada vez más enojado, fue directo al dormitorio de su hermano.
—¡Lo sabía! —exclamó tras abrir la puerta—. ¡Eres un completo irresponsable y un vago redomado!
Glaukias dio un respingo al verse sorprendido. En la mano sostenía un cálamo que usaba para escribir sobre un pergamino.
—Dardanus… —murmuró—. Te juro que pensaba ocuparme del huerto ahora mismo.
—Te pasas todo el día garabateando palabras. ¿Es que no te das cuenta de la inutilidad de lo que haces?
En Marsonia apenas había una veintena de personas que supiese leer y escribir, y Glaukias, sorprendentemente, era una de ellas .
La explicación tenía su origen en un anciano llamado Segovesus, un antiguo escriba que, tras servir en la administración romana, se había retirado en su pueblo de origen.
Entre el anciano y la familia de Glaukias existía un fuerte vínculo afectivo pues Segovesus, durante su juventud, había sido amigo íntimo de su abuelo, al que además había ayudado a resolver un litigio relacionado con la delimitación de su parcel a .
La primera vez que Glaukias visitó a Segovesus, con apenas ocho años, mostró una curiosidad inusitada por los escritos que este atesoraba por todos los rincones de la casa.
Fue tal su interés, que el anciano prometió enseñarle a leer y escribir si sus padres lo aprobaban, cosa que hizo a lo largo de los años siguientes.
Y, no satisfecho con eso, también lo instruyó en la esencia de la filosofía, la belleza de la poesía y, en general, en el placer de jugar con las palabras .
—Lo siento, pero de repente me sentí inspirado y tenía que escribirlo antes de que la idea se desvaneciese.
—¡Tonterías! La próxima vez que vuelvas a eludir tus tareas, me desharé de todos tus pergaminos e instrumentos de escritura.
Dardanus, por desgracia, no se daba cuenta de las ventajas de ser una persona letrada; desde su punto de vista, el trabajo físico era lo único que importaba en una granja.
—Vale, vale. Ahora mismo voy —claudicó Glaukias.