CAPÍTULO PRIMERO #5
La escuela filosófica estoica, fundada en Atenas por Zenón de Citio a principios del siglo iii a.
C., gozaba de un considerable prestigio en Roma desde los tiempos de la República.
Importantes figuras políticas y culturales, como Cicerón, Séneca, Epicteto o el emperador Marco Aurelio, adoptaron y difundieron su pensamiento.
—Bueno, seguro que no es para tanto —comentó Sempronio—. En cualquier caso, cuéntanos lo que te ocurre y ya veremos qué podemos hacer por ti.
Nevio asintió y, antes de comenzar a hablar, paseó la mirada por cada uno de los presentes. Le constaba que eran hombres de buena posición social, que habían alcanzado un éxito notable en las profesiones más diversas.
—Soy actor vocacional y me encanta lo que hago —explicó—. Sin embargo, la ansiedad me consume desde hace unos meses.
—Y, concretamente, ¿en qué consiste esa ansiedad que dices padecer?
—No puedo evitar pensar que, cuando subo al escenario, algo no saldrá bien.
¿Y si me olvido de alguna línea del texto de mi personaje?
¿Y si tropiezo y me caigo al suelo provocando las risas indeseadas de los espectadores?
Cuando mi mente se pone a elucubrar, surgen infinitas posibilidades.
—Nevio observó a sus interlocutores y, con cierta aprensión, preguntó—: ¿Tiene solución?
—Desde luego que sí —contestó Sempronio con rotundidad—. Un problema así ni siquiera se le presentaría a un estoico experimentado.
—Marco Aurelio afirmaba que la ansiedad no se origina por algo externo, sino que procede de nuestro propio interior —señaló Fabio—. Por lo tanto, si nosotros mismos la creamos, también podemos eliminarla.
—Apuesto a que eres el tipo de persona que quiere tenerlo todo bajo control —apuntó un tercero—. Y, precisamente, la ansiedad se produce por intentar controlar aquello que no depende de nosotros. Cierto nivel de incertidumbre es inevitable, y debes aprender a convivir con ello.
Sempronio volvió a tomar la palabra para reconducir la conversación al punto que le interesaba.
—Céntrate en la preparación de tu papel, eso es todo cuanto puedes y debes hacer.
Lo cual, a su vez, te ayudará a apartar la ansiedad de tus pensamientos.
Has de traer la mente al instante presente y centrar la acción en lo que estés haciendo en cada momento.
En la naturaleza, cuando un animal detecta un peligro, huye de él, pero una vez a salvo, ya no piensa más en ello.
El ser humano, por el contrario, nunca deja de preocuparse por el mañana, convirtiendo así una de sus mayores ventajas, la capacidad de visualizar el futuro, en una especie de maldición.
—Creo que voy entendiendo —articuló Nevio, sintiéndose más confundido de lo que le hubiese gustado admitir.
Fabio miró fijamente al joven actor.
—Pregúntate una cosa —le planteó—. Ahora mismo, y me refiero a este específico momento, ¿tienes algún problema concreto?
—Supongo que no…
—Exacto. Pon siempre tu atención en el momento actual, de ese modo reducirás la anticipación a los hechos inciertos del futuro y tu ansiedad disminuirá. Nadie que se centre en el presente podrá ser infeliz.
A continuación, varios miembros del grupo intervinieron para aportar su punto de vista.
—Todas esas desgracias que temes que te ocurran en el escenario probablemente nunca lleguen, y con seguridad no se han producido. Al anticiparte, tú mismo estás creando un dolor que no existe, pero que tu mente siente como real —dijo uno de ellos—. Esa es la ansiedad que te consume.
—¿Te das cuenta de que estás arruinando el hoy por el miedo al mañana? —apuntó otro.
—Y, si finalmente se produce eso que tanto temes, lo único que habrás conseguido será sufrir dos veces —remató un tercero.
Nevio agradeció todas y cada una de las recomendaciones, y continuó:
—La ansiedad también me afecta de otra manera. Durante los ensayos, mi actuación es bastante buena. Sin embargo, en frente de un auditorio siento que mi voz pierde fuerza y seguridad.
—Está claro que la diferencia radica en la presencia o no de público —señaló Sempronio—. Lo cual significa que le das mucha importancia a lo que los espectadores piensen de tu actuación.
—Supongo que sí…, pero ¿acaso no es lógico?
—No, porque la reacción del público está fuera de tu control. Es justo lo que acabamos de explicarte. Olvídate de buscar el aplauso de los espectadores y céntrate en lo único que de verdad depende ti, tu propia actuación.
—Aunque suene paradójico, te será mucho más fácil obtener el beneplácito del público cuanto antes te olvides de él —explicó Fabio—. No hay mejor forma de liberarse de la ansiedad que aceptar todo lo externo que no depende de uno mismo.
Nevio se tocó la barbilla con la mano mientras evaluaba todo aquel caudal de información.
—Vale, ya capto la idea… La cuestión ahora es…: ¿cómo implemento esa forma de pensamiento? No creo que resulte tan sencillo.
—Y no lo es —admitió Sempronio. Y, esgrimiendo una sonrisa tranquilizadora, añadió—: pero los estoicos disponemos de numerosas herramientas que te ayudarán a conseguirlo. ¿Qué opinas? ¿Te gustaría aprender nuestra filosofía?
Nevio, desde luego, aceptó unirse al grupo y aquella misma mañana recibió las primeras lecciones destinadas a hacer de él un estoico militante.
Por lo demás, la reunión discurrió por los derroteros habituales. Solo al final, Fabio preguntó a sus colegas sobre el coleccionismo de antigüedades, acerca del cual fingió sentirse interesado. Si hubiese contado la verdadera razón de su interés, habría tenido que dar explicaciones que no deseaba.
—Pues aquí mismo, en el Foro, hay un puesto especializado en objetos antiguos y de gran valor. Suele tener un poco de todo: esculturas, joyería, vasijas y otros artefactos que los coleccionistas saben apreciar —le dijo Sempronio—. Está justo al lado del arco de Septimio Severo, pasada la Vía Sacra.
Fabio aprovechó la cercanía de la tienda en cuestión para visitarla de inmediato. Afuera, el sol ya había iniciado su recorrido, arrancando ecos de bronce al horizonte de templos y fachadas que salpicaban la capital del Imperio romano.
El enclave del puesto de antigüedades se hallaba entre dos columnas.
Estaba construido con maderas robustas y contaba con un toldo de lino que servía de cobijo.
Sobre mesas muy alargadas cubiertas de finas telas, se exhibían todo tipo de objetos antiguos: monedas de reinos desaparecidos, desgastadas estatuillas de innegable exotismo y jarrones agrietados de un gran valor histórico.
—Señor, ¿busca, quizá, algo con lo que adornar su villa? —preguntó el dueño, tratando de echar sus redes al potencial cliente que ojeaba la mercancía.
—No exactamente… En realidad, estoy buscando un objeto en concreto, bastante singular.
Fabio le habló de la supuesta reliquia y se la describió con tanto detalle como pudo. El propietario del puesto lo escuchó con atención, mientras jugueteaba con un pequeño amuleto romano que llevaba colgado al cuello.
—Desde luego, es la petición más inusual que recuerdo en mucho tiempo —repuso frunciendo el ceño—. ¿Una reliquia cristiana? ¿En serio? Lo lamento, pero me temo que jamás he oído hablar de tal objeto.
A Fabio no le sorprendió la respuesta. Desde que supo de la «lágrima de Cristo», tuvo claro que se trataba de una quimera.
—Gracias de todos modos.
—No obstante… —añadió el dueño del puesto, provocando que Fabio se girase de inmediato cuando ya se estaba alejando—.
Hay alguien que quizá pueda ayudarle. Se trata de un coleccionista privado, bastante excéntrico y extremadamente reservado, conocido por su fortuna y su obsesión por acumular los objetos antiguos más raros y valiosos que uno pueda imaginarse.
Si existe tal reliquia y está en Roma, tal vez él sepa algo.
Fabio acogió aquella información con una intensa sensación de alivio. No es que supusiese un gran descubrimiento, pero al menos le permitía seguir adelante con su investigación.
4
Marsonia (provincia romana de Dalmacia)
Glaukias y Daesina fueron a por agua cuando el sol aún se asomaba tímidamente en el horizonte.
Tomaron un sendero que serpenteaba a través de un bosque cercano, de sobra conocido por ambos.
El estrecho carril de tierra estaba bordeado por hierba alta y flores silvestres que lucían salpicadas de brillantes gotas de rocío.
Hacía algo de frío, pero nada extraordinario para aquella época del año.
De vez en cuando, una liebre o un pequeño ciervo se cruzaban en el camino para desaparecer rápidamente entre la maleza.
Glaukias y Daesina eran hermanos; él tenía trece años y ella acababa de hacer los diez.
—¡Mira! —dijo Daesina señalando unos aromáticos arbustos de aspecto elegante—. Son lavandas, mamá las usa mucho para hacer sus aceites. ¿Le llevamos unas cuantas?
—No es buena idea —repuso Glaukias—. ¿No te das cuenta de que volveremos completamente cargados?
—Bueno, quizá vuelva más tarde.
A continuación, Glaukias se trastabilló y a punto estuvo de caerse, pues aún no se había espabilado del todo.
Se había quedado despierto hasta muy tarde y había dormido muy poco.
Al muchachito, enclenque pero espigado, le caía el pelo en mechones desordenados, enmarcando unos ojos perspicaces e inteligentes.
—Mira por dónde pisas o acabarás en el suelo —le advirtió su hermana con una sonrisa traviesa.
Aunque menuda, Daesina poseía la agilidad propia de un chico. Vivaz e impetuosa, siempre estaba en movimiento, ya fuese jugando con los animales de la granja o realizando las tareas cotidianas. El cabello le llegaba hasta los hombros y su cara redondeada destacaba por sus regordetes mofletes.
Hasta ellos llegó el sonido del agua brotando entre las rocas, anticipando la proximidad de su destino. Instantes después, se abrió un claro donde resplandecía un estanque de agua cristalina, rodeado de musgo y malvas rosadas.
—Adelante —dijo Glaukias.