CAPÍTULO PRIMERO #4
—Tengo una naturaleza frágil, lo sé, pero ¿qué mejor forma de curtir el carácter que enfrentarme a mis miedos? Con la práctica, me iré fortaleciendo. Además, no todo ha sido malo. Al contrario, también fui testigo de momentos de sanación y esperanza que me llenaron el alma.
Los argumentos de su hija, tan contundentes como razonables, empujaron a Lucrecia a darle la razón.
—De acuerdo —concedió—. En tal caso, acompáñame la próxima vez.
Félix se alzó entonces como un resorte.
—Yo también quiero ir —anunció.
—¡De eso nada! No puedes ausentarte de tu deber durante toda una mañana —replicó Marcelo de inmediato—. Tu lugar está aquí, en el taller de carpintería. Aún te quedan muchos años de aprendizaje y todos los días cuentan.
—¿Por qué?, ¡no es justo! —protestó el muchacho.
—No estás en posición de quejarte —prosiguió su padre—. Hoy mismo has perdido media mañana por toparte con la muchacha a la que le has echado el ojo.
Una ola de rubor se extendió por el cuello y la cara de Félix, que apretó los labios con fuerza.
—Paula es una buena chica —apuntó Lucrecia.
—¡Ah, así que tú estabas al corriente del tema! —le reprochó su marido.
—Los he visto hablar durante los encuentros cristianos. No tiene nada de malo.
—Y no he dicho que lo tenga, solo digo que no lo hagan durante las horas de trabajo.
Ante el rumbo que había tomado la conversación, Livia decidió intervenir en actitud conciliadora.
—Félix, no pasa nada por que no puedas venir al hospital como voluntario. Puedes ayudar de otra manera. He notado que hace falta una estantería para organizar mejor los remedios y ungüentos de que disponemos. ¿Te gustaría hacerla?
A Félix se le iluminó el rostro. ¡Qué idea tan extraordinaria! Porque además conectaba su fe con su oficio, dotando a su labor de un sentido más elevado. Al igual que él, Jesús de Nazaret también fue carpintero antes de iniciar su vida de predicación .
—Padre, ¿me ayudarás con la estantería?
—Lo haré, siempre y cuando trabajes en ella durante tu tiempo libre. ¿De acuerdo?
—No tengo inconveniente.
Aunque Marcelo no compartía el culto cristiano de su esposa e hijos, no podía negar que los valores de compasión, servicio y amor al prójimo que profesaban, resultaban dignos de elogio.
Y eso le hacía sentirse orgulloso. Al mismo tiempo, sin embargo, una parte de él sentía un profundo miedo del que no podía desprenderse del todo.
Paradójicamente, aquella fe inofensiva también podía exponer a su familia al mayor de los peligros.
La historia del cristianismo había estado marcada por episodios intermitentes de persecución y sufrimiento.
La actual calma que imperaba en Roma no significaba nada, en cualquier momento los vientos podían cambiar y volverse en contra de nuevo.
¿Y qué pasaría entonces?
3
Fabio no había dormido bien.
La vida de su sobrina Lucila se apagaba lentamente y ni los mejores médicos podían hacer nada por ella.
Su hermano Marco se había refugiado en la fe y, desesperado, se había aferrado a un clavo ardiendo como última salida.
Su única esperanza radicaba en una supuesta reliquia sagrada a la que la tradición cristiana atribuía poderes curativos.
Y Fabio, incluso a sabiendas de que no serviría de nada, había jurado buscarla. ¿Qué otra cosa podía hacer?
El obispo Fabián le había contado todo lo que sabía al respecto, que tampoco era mucho.
Por lo visto, consistía en una sencilla horquilla de metal que, según se creía, Jesús de Nazaret, el Mesías de los cristianos, había bendecido cuando predicaba en Cafarnaúm, una modesta población de Galilea.
La horquilla disponía en su extremo de una cuenta con forma de lágrima, de ahí el nombre que se le daba.
Pues bien, la reliquia había pertenecido a una familia cristiana de origen judío que se había trasladado desde Palestina hasta Antioquía, donde la había conservado durante varias generaciones hasta que, en un momento dado, pasó a manos de la Iglesia.
A partir de ahí es cuando el asunto se complicaba de verdad.
La «lágrima de Cristo» no entró en posesión de la corriente mayoritaria, sino de una corriente alternativa —al parecer la de los montanistas, aunque tampoco podía afirmarse con rotundidad—.
Después, se le perdió la pista por completo durante aproximadamente un siglo.
Hacía tan solo una semana, sin embargo, había llegado a oídos del obispo el rumor de que la supuesta reliquia había recalado en Roma como parte de un cargamento de antigüedades…
Una información que resultaba tan vaga como poco fiable.
Ni siquiera contaban con un nombre a partir del cual poder tirar del hilo.
Incluso el obispo, en privado, había admitido no conceder a dichos rumores excesiva credibilidad.
Todo eso dejaba a Fabio en una posición muy delicada. Aun así, estaba dispuesto a emprender la búsqueda de la reliquia para complacer a su hermano.
Aquel domingo había amanecido más frío de lo habitual para esa época del año.
Desde su domus en el fresco y arbolado Monte Celio, Fabio partió camino de la basílica Julia, donde una vez a la semana se reunía con sus colegas estoicos para debatir sobre dicha filosofía.
En aquel tiempo, las diferentes corrientes filosóficas no se percibían como meras teorías, sino como guías prácticas cuyos adeptos aspiraban a integrar en su día a día para vivir conforme a sus principios.
El magistrado salió de su casa y descendió por la Vía Caelimontana, una ruta adoquinada rodeada por altos cipreses y flanqueada por residencias que se alzaban orgullosas y elegantes, testimoniando siglos de nobleza y tradición.
Aunque la ciudad comenzaba a despertar, el aire aún conservaba la frescura de la noche.
Fabio se ajustó el manto de lana sobre los hombros y giró hacia el noroeste, hasta llegar a la altura del imponente Coliseo, cuya torneada silueta se recortaba contra la claridad del amanecer.
Las calles comenzaban a desperezarse: los comerciantes preparaban sus puestos y los artesanos apretaban el paso hacia sus talleres.
Cuando pasó bajo el arco de Tito, adornado con relieves que mostraban escenas de celebración y triunfo, Fabio, como ciudadano y magistrado, sintió una mezcla de orgullo y satisfacción.
Aquel emblemático monumento, erigido para conmemorar la toma de Jerusalén y la destrucción del Templo judío, simbolizaba la grandeza del Imperio romano y su permanencia en el tiempo.
A pesar de la temprana hora, el Foro bullía de actividad.
Los tenderos y comerciantes acarreaban carretillas repletas de mercancías, que dispondrían meticulosamente en los puestos que regentaban.
También se veían escribas ofreciendo sus servicios para redactar cartas o documentos legales, sentados en taburetes bajos con rollos de papiro y tinteros a su alcance.
A lo largo de los pórticos que bordeaban la plaza, filósofos y maestros pertenecientes a escuelas rivales se enfrascaban en duelos dialécticos apasionantes.
Tampoco faltaban predicadores y profetas ocasionales, que proclamaban su mensaje a quienes quisieran escucharlos.
Ubicada en el extremo sur, frente al templo de Cástor y Pólux, la basílica Julia, toda revestida de mármol blanco, se erguía como un islote de coral surgido en mitad del océano.
Se trataba de un edificio público que, además de albergar tribunales, comercios, bancos y oficinas gubernamentales, ofrecía espacios de reunión.
Fabio completó la parte final del recorrido, el manto ondeando suavemente a cada paso mientras sus sandalias de cuero resonaban contra las losas de fría piedra.
Atravesó el umbral y entró en el vasto espacio interior.
La nave principal, dividida en cuatro partes por cortinajes, estaba rodeada por tres hileras de columnas que formaban dos pórticos concéntricos.
La claridad se filtraba a través de altos ventanales, creando reflejos espectrales en el suelo pavimentado con mármoles de colores.
Al fondo, congregados cerca del ábside, Fabio reconoció a sus colegas charlando animadamente.
Todas las semanas discutían acerca de las enseñanzas estoicas, debatían sus aplicaciones prácticas en la vida cotidiana y se ofrecían apoyo mutuo en los desafíos personales y profesionales a los que se enfrentaban.
—¡Fabio! ¡Buenos días!
—Siento haberme retrasado un poco.
Sempronio, el integrante más veterano del grupo, provisto de una barba muy blanca, solía moderar aquellos encuentros. Poseía una notable sabiduría y se guiaba por una virtud tan elevada que suponía un ejemplo para todos.
—Hemos estado hablando de la reciente puesta en marcha de la escuela infantil que hemos financiado entre todos.
—¿Ha ido todo bien? —quiso saber Fabio.
—Como la seda —repuso Sempronio—. Deberías pasarte para comprobarlo por ti mismo.
—Lo haré en cuanto pueda, por supuesto. Me alegra mucho saber que nuestra obra filantrópica comienza a dar sus frutos.
Fabio advirtió entonces que, entre los presentes, había alguien a quien no conocía. Se trataba de un joven bien parecido, que parecía hallarse ligeramente abrumado por la situación. Sempronio no tardó en reaccionar y se lo presentó de inmediato.
—Tenemos un invitado especial —señaló—. Nevio es un actor novato con mucho talento, que ha expresado un gran interés por nuestra filosofía.
—Le agradezco el elogio, pero lo de talentoso aún está por ver —repuso el aludido.
—Ah, ya veo que también eres modesto.
La inocente broma de Sempronio provocó algunas risas. Situados en círculo, algunos de los presentes permanecían en pie, mientras que otros habían aprovechado la presencia de un par de bancos de piedra para sentarse.
—¿Y qué te ha llevado a interesarte por el estoicismo? —preguntó Fabio.
—Con sinceridad, tengo un gran problema que no sé cómo resolver —contestó Nevio—. He recibido numerosos consejos, pero ninguno me ha servido. En cambio, he oído hablar muy bien del saber estoico y su aplicación práctica.