CAPÍTULO PRIMERO #3
—Es para un senador, ¿verdad?
—En efecto. Por eso tiene que quedar perfecto.
Félix se situó junto a su padre, que se esmeraba en el tallado de un intrincado patrón en la tapa del joyero.
—Para este nivel de detalle, conviene usar un cincel muy fino.
—¿Qué madera has elegido? Parece nogal, pero ¿no resulta demasiado dura para tallarla?
—Sí, pero con las herramientas apropiadas no supone un problema —explicó Marcelo—. En mi opinión, no hay elección más adecuada para un joyero. Además de duradero, el nogal es muy resistente a los cambios de humedad y temperatura.
Viéndolo trabajar, Félix podía reconocer con claridad el gran talento que su padre poseía.
El cincel acariciaba la madera con delicadeza, en una especie de armónica danza.
Finas virutas salían despedidas, mientras poco a poco se iba revelando el diseño de la tapa.
Mientras observaba, una idea comenzó a formarse en la mente del muchacho.
—Padre…, ¿y si añadieses un pequeño compartimento oculto aquí, en la base? —propuso con tono cauteloso—. Podría ser un lugar secreto para las joyas más valiosas.
Marcelo detuvo su trabajo y miró a su hijo enarcando una ceja, al tiempo que evaluaba su sugerencia. Segundos después, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.
—Me gusta la idea. Y creo que nuestro cliente pensará de igual modo.
—¿Me dejarás ayudarte?
Marcelo posó ceremoniosamente la mano sobre el hombro de su hijo.
—Lo haré… Pero ¿qué te parece si tú antes me explicas por qué has tardado tanto en volver con el barniz?
Félix desvió la mirada y no pudo evitar ruborizarse.
—Vamos, soy tu padre. Puedes contármelo.
—Me topé con Paula en el mercado… —confesó al fin el muchacho venciendo toda resistencia.
—¿Paula?
—Sí, la hija del zapatero —aclaró—. Pero solo estuvimos hablando. Te lo juro.
Marcelo rodeó el cuello de su hijo en un gesto de complicidad.
—Ya veo… Y Paula te gusta, ¿verdad?
—Es una buena muchacha…
—No lo pongo en duda. ¿Y cómo la conociste?
—Paula es cristiana, como el resto de su familia.
Un incómodo silencio siguió a aquella aseveración.
—Está bien, ya hablaremos de ello —concluyó finalmente Marcelo.
***
Aquella misma mañana, Lucrecia se había desplazado con su hija hasta el atestado barrio de Subura, habitado por los menos favorecidos de la ciudad. Allí, la Iglesia cristiana había fundado un modesto hospital destinado a los enfermos sin recursos.
—¿Seguro que es aquí? —preguntó Livia.
Frente a ellas se alzaba un edificio de aspecto destartalado, con techo de madera y tejas de barro, paredes de estuco y suelo de tierra compacta cubierto de paja. Un benefactor de la comunidad cristiana lo había donado hacía un par de años.
—Lo sé, no parece gran cosa, pero nos apañamos bien.
El hospital contaba con tan solo dos médicos formados, que se alternaban los turnos de mañana y de tarde.
El resto del personal estaba integrado por voluntarios, como la propia Lucrecia, que acudía dos veces por semana.
De la distribución de los recursos se ocupaba el diácono del distrito, que respondía ante el obispo de Roma.
Cada cual, en suma, ejercía su rol para que todo funcionara.
Jesucristo había proclamado la importancia de ayudar a pobres y enfermos, y ellos procuraban imitarlo.
—Mamá, me alegro de que me hayas traído.
Lucrecia sonrió con amplitud. La esposa de Marcelo era una mujer esbelta, aunque ella hacía todo lo posible por ocultar su atractivo bajo túnicas amplias y anodinas.
Su rostro, de facciones equilibradas y suaves, ya acusaba el paso de los años como así lo atestiguaba la aparición de algunas arrugas.
Su cabello, ondulado y de tono cobrizo, lo llevaba a menudo recogido en un moño bajo.
—Entonces, ¿estás lista?
Lucrecia no lo decía por decir. Livia era una muchacha particularmente sensible, con una enorme facilidad para sentir como propio el sufrimiento ajeno, y en el hospital se enfrentaría a un panorama tan crudo como desagradable.
—Sí —respondió tratando de parecer segura.
—Pues entremos de una vez.
Una primera estancia de escasas dimensiones servía de sala de recepción, donde los voluntarios llevaban a cabo una evaluación preliminar de los pacientes.
—Me alegro de verte, Lucrecia —comentó una de las compañeras habituales—. Esta debe de ser tu hija, ¿verdad?
Livia ofreció su mejor sonrisa, no exenta de cierta timidez. La muchacha era particularmente delgada, de ojos grandes y expresivos de color verde oliva, y una larga melena castaña recogida en una sola trenza. Tenía la piel clara, con una leve palidez que acentuaba aún más su apariencia juvenil.
—¿Cómo va el día hoy? —preguntó Lucrecia.
—Ajetreado, como siempre. Ayer nos llegó una familia al completo aquejada de fuertes dolores abdominales. Probablemente, debieron de comer algo en mal estado.
—Voy a enseñarle el lugar a Livia, y enseguida nos pondremos manos a la obra.
Más allá del vestíbulo de entrada, se abría un largo pasillo a cuyos lados se distribuían las habitaciones de los pacientes.
Cada pieza estaba amueblada con camas simples —tablas de madera cubiertas con mantas delgadas— y algunos taburetes para los cuidadores y visitantes.
Ventanas pequeñas, situadas cerca del techo, permitían la entrada de luz natural y algo de ventilación.
Pese a todo, el inconfundible olor a enfermedad jamás se disipaba.
En cuanto se internó en el pasillo, Livia se sintió fuertemente impresionada.
Los pacientes atestaban las habitaciones, aquejados de todo tipo de males, que iban desde heridas y traumatismos, hasta enfermedades crónicas o infecciosas.
El médico se ocupaba de los diagnósticos y de ciertos tratamientos, mientras los voluntarios, vestidos con túnicas simples, se movían entre las camas, ofreciendo palabras de consuelo, limpiando frentes sudorosas o administrando amargos brebajes de hierbas.
Los quejidos de dolor, las expectoraciones, los carraspeos y las toses se mezclaban con el murmullo de las plegarias al cielo.
El final del pasillo daba a una estancia que Lucrecia no traspasó.
En el interior, una figura solitaria, delineada por el tenue parpadeo de una lámpara cercana, languidecía entre las sombras.
Sus ojos, desprovistos de cejas y pestañas, parecían dos faros de desesperación en una cara que había perdido casi toda su forma humana.
La nariz, antes prominente, parecía hundirse gradualmente hacia dentro, mientras que sus labios, secos y cuarteados, amenazaban con caerse a pedazos.
Con todo, la brillante mirada del leproso aún reflejaba la dignidad que la enfermedad le había arrebatado.
Lucrecia rodeó a su hija por los hombros y la apartó del umbral de la puerta.
—Ya has visto suficiente. Ahora te enseñaré a limpiar heridas, cambiar vendajes y lavar a los pacientes. Hay mucho que hacer.
Las tareas más básicas no supusieron problema alguno para Livia.
Sin embargo, cuando se enfrentó por primera vez a un caso más complicado, se sintió sobrepasada.
Se trataba de un niño pequeño que no dejaba de llorar, cuya piel estaba cubierta de erupciones rojizas y supurantes.
El dolor que lo consumía resultaba palpable.
—Primero hay que limpiar de pus las áreas afectadas con una solución de vino y agua —explicó Lucrecia, empapando una tela limpia—. Vamos, ocúpate tú.
La muchacha asintió y dio inicio a la tarea. Lucrecia, mientras tanto, asió la mano del niño para que se tranquilizara.
—Creo que le estoy haciendo daño —susurró Livia, angustiada. El crío no dejaba de proferir dramáticos alaridos.
—No dejes que sus gritos te distraigan. Está muy asustado y por eso llora tanto, pero lo estás haciendo muy bien.
Cuando terminó, Livia miró a su madre a la espera de nuevas instrucciones.
—Ahora, aplícale este ungüento sobre las llagas. Ayudará a curarlas y también le aliviará ligeramente el dolor.
Livia, visiblemente cohibida, se retrajo. El niño, desquiciado por completo, pataleaba y lloraba a pleno pulmón.
—No sé si podré —confesó.
—Venga, sigue adelante. Esto es así, no existen atajos. Eres más fuerte de lo que crees. —Lucrecia tuvo que sujetar al crío para facilitarle la tarea—. Tú solo piensa que esto es por su bien.
***
A mediodía, ya estaban de vuelta en casa.
Livia había logrado guardar la compostura durante el camino de regreso. Sin embargo, en cuanto se vio en la seguridad de su hogar, lejos de las miradas extrañas, sintió de golpe todo el peso de lo que había visto y experimentado en el hospital, con una claridad desgarradora .
—¿Te encuentras bien? —se interesó Lucrecia.
Livia se dejó caer en una silla y comenzó a sollozar. El sufrimiento de los pacientes y la injusticia de la enfermedad habían hecho mella en la muchacha. Su madre la abrazó para consolarla. No podía hacer mucho más, Livia necesitaba liberar la tensión acumulada.
Momentos después llegaron Marcelo y Félix, tras llevar toda la mañana trabajando en el taller.
—¿Qué ocurre? —inquirió el padre de familia.
—Nada. Ha sido su primer día en el hospital de Subura y le ha afectado un poco —aclaró Lucrecia—. Es completamente normal.
Félix se acercó y se sentó junto a su hermana, ofreciéndole su presencia silenciosa como consuelo. La muchacha se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y trató de esbozar una sonrisa tranquilizadora.
—Estoy bien —dijo en un murmullo.
—Si tan difícil te resulta, no tienes por qué volver allí —terció Lucrecia—. Puedes colaborar con la Iglesia de muchas otras maneras.
Livia levantó la mirada, sus ojos todavía húmedos, pero habitados por una expresión definitivamente resuelta.
—No, quiero ayudar a los pacientes en todo lo que pueda.
Mamá, ¿acaso no nos has enseñado que hay que vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo?
Él nos mostró el camino de consolar a los afligidos y socorrer a los enfermos.
Si seguimos su ejemplo, debemos acercarnos a los que sufren, no alejarnos de ellos.
—Cierto, pero quizás no estés preparada todavía.