Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO PRIMERO #2
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CAPÍTULO PRIMERO #2

—Por la noche, bien entrada la madrugada, los cristianos acuden a la Columna Lactaria, en la plaza del Aceite, muy cerca de los templos de Apolo y Belona, para llevarse los cuerpos de los bebés fallecidos.

En la antigua Roma, el abandono de recién nacidos constituía una práctica aceptada, acto que implicaba dejar a un bebé, normalmente ilegítimo o aquejado de alguna deformidad, en un lugar público donde podía ser rescatado y criado por otro o, más comúnmente, morir debido a la desnutrición y la hipotermia.

—¿Y qué hacen con ellos? —inquirió Plocio.

—Eso ya no puedo asegurarlo porque no tengo acceso a sus encuentros privados. Pero es seguro que se los comen como parte de sus oscuros rituales. ¿Para qué si no querrían los cadáveres de los infantes?

El prefecto echó a caminar y Corvus lo acompañó con paso acompasado.

—Me temo que las sospechas no bastan. Para informar al emperador, necesito disponer de pruebas mucho más contundentes.

—En tal caso, las obtendré.

La atención del espía se desvió hacia un grupo de mariposas que sobrevolaba un arbusto de lavanda.

—¿Obtenerlas? ¿Cómo?

—Infiltrándome en la secta.

Plocio torció el gesto.

—No me gusta la idea.

—¿Por qué no? Puedo hacerlo.

—Eso no lo pongo en duda, yo mismo te he instruido personalmente.

—Además, cuento con la ventaja de mi… apariencia —apuntó exhibiendo una sonrisa cómplice—. Nadie dudará de mí.

—También soy consciente de ello. La cuestión es que todavía careces de experiencia en misiones de infiltración.

—¿Y qué mejor oportunidad para adquirirla que esta?

Al principio, cuando el prefecto quiso introducirlo en el mundo del espionaje, Corvus se había resistido a la idea, que le había parecido tan extraña como ajena.

Sin embargo, con el tiempo no solo la había abrazado, sino que lo había terminado cautivando por completo.

De algún modo, aquel singular oficio se había convertido en su refugio tras el terrible golpe que había recibido de la vida.

—Los cristianos, aunque enemigos del Imperio, no son violentos ni agresivos —argumentó Corvus en su favor—. Incluso si me descubriesen, no me harían daño.

—Es muy probable. No obstante, el peligro viene por otro lado. Si te unes a ellos, te expondrás a sus doctrinas y participarás de sus rituales.

—¿Y dónde está el problema? Fingir se me da muy bien, tú me enseñaste.

—Me consta que los cristianos pueden mostrarse muy persuasivos…

—¿Temes que me convierta? —Corvus dejó escapar una carcajada—. Eso no ocurrirá, puedes estar seguro.

—No subestimes a tus enemigos. Y menos aún sobrevalores tus capacidades. Aunque no dudo de tu talento, todavía eres muy joven.

Una ligera brisa vespertina sacudió las copas de los árboles, provocando un susurro que resonaba como una melodía lejana.

—Tranquilo. Actuaré con prudencia y te mantendré permanentemente informado.

—¿Y has pensado cómo infiltrarte sin levantar sospechas?

—No, pero ya se me ocurrirá algo.

—Está bien —concedió Plocio—. Procede con la misión. Eso sí, a la menor señal de peligro, te retirarás de inmediato.

Tras autorizar la operación de infiltración, el prefecto dio por zanjados los asuntos de trabajo y condujo a Corvus hasta el peristilo de la villa. Los últimos destellos del día se desvanecían detrás de las colinas, dibujando un cielo crepuscular de tono anaranjado.

Al llegar, un criado ya estaba encendiendo las lámparas de aceite para iluminar dicho espacio, circundado por una columnata de elegantes arcos curvados de los que caían frondosas enredaderas.

Las aves nocturnas los recibieron con sus primeros cantos, todavía desafinados, revoloteando en torno a una refinada fuente de bronce que escupía agua sin descanso.

Ambos tomaron asiento ante una mesa baja de piedra, sobre la que descansaba una jarra de vino y dos copas cuidadosamente dispuestas.

—Ya va siendo hora de relajarse —sugirió Plocio, mientras hacía una señal al lacayo para que les sirviese—. Un buen vino siempre ayuda a suavizar las preocupaciones de la jornada.

Corvus aceptó la copa con un gesto de agradecimiento y permitió que el plácido ambiente del peristilo calmara su espíritu.

—Este vino es exquisito —alabó el espía cuando lo saboreó.

—De la Campania, rico y aromático. Los tengo mejores, por supuesto, pero cada cual tiene su momento.

Como no podía ser de otra manera, entre uno y otro existía una profunda corriente de confianza y afecto. Para Corvus, el prefecto no solo era su tío, sino también su mentor y salvador.

—Debo confesar que hay días en los que a menudo desearía retirarme y dedicarme exclusivamente a la viticultura —comentó Plocio—. El poder resulta muy seductor, no puedo negarlo. Sin embargo, a veces también supone un pesado lastre.

—Ese día llegará, no has de impacientarte. Roma aún te necesita.

—Sí, supongo que tienes razón. En el fondo, tanto tú como yo no somos más que piezas desplegadas en un gran tablero, que forman parte de un juego que se escapa a nuestras manos.

2

Marcelo, inclinado sobre el banco de trabajo, se concentraba en la pieza de madera en la que trabajaba. A través de una ventana alta penetraba la claridad de la mañana, cuyos haces de luz contenían en su interior minúsculas partículas de aserrín.

Aunque abarrotado, el taller de carpintería de Marcelo era un espacio bien dispuesto y organizado.

Las herramientas, casi una extensión de sus manos, se hallaban cuidadosamente alineadas en un estante de la pared.

El suelo estaba cubierto por un mar de virutas, y un aroma a resina y madera recién cortada flotaba en el aire.

Marcelo era un hombre práctico, paciente y detallista, cualidades que se ajustaban como un guante a su oficio de carpintero.

Alto y robusto, tenía el pelo castaño, ojos muy juntos, manos grandes y dedos ágiles de quien lleva toda la vida trabajando con la madera.

En ese momento, Marcelo marcaba el punto exacto donde irían las bisagras del joyero que estaba fabricando.

El receptáculo no solo debía ser funcional, sino también una obra de arte; no solo un objeto de almacenamiento, sino una pieza que reflejara el estatus y el gusto refinado de su futuro propietario, un opulento patricio que le había realizado el encargo.

Marcelo miró de reojo la puerta de entrada y dejó escapar un resoplido.

¿Por qué su hijo se demoraba tanto en volver?

Hacía una hora que lo había enviado a por barniz y todavía no había regresado.

A Félix le habría venido muy bien observarlo mientras hacía el joyero en vez de estar perdiendo el tiempo en la calle.

Su hijo Félix era también su aprendiz. A sus quince años, ya estaba muy claro que poseía una habilidad innata para la carpintería.

Tenía manos firmes y precisas, inventiva, y asimilaba los conocimientos sin apenas esfuerzo.

Su único problema radicaba en que se distraía con excesiva facilidad.

No obstante, no se trataba de un defecto preocupante.

Con el tiempo, esperaba que adquiriese el grado de madurez necesario para el oficio.

La familia de Marcelo la completaban Lucrecia, su esposa, y Livia, la hermana melliza de Félix.

Lucrecia era una mujer dulce, generosa y comprensiva, pero también de carácter fuerte y resuelto.

Ambos conformaban un sólido matrimonio, pues se escuchaban el uno al otro y tomaban las decisiones de forma conjunta.

Lucrecia se ocupaba de llevar el hogar, así como de educar a Livia en las tareas propias de su sexo.

La única crisis conyugal que habían vivido se produjo a los pocos años de casarse, cuando Lucrecia, de forma inesperada, se convirtió al credo cristiano.

Marcelo aún recordaba aquel día con extraordinaria nitidez.

La sorpresa inicial dio paso a una profunda confusión, que incluso se transformó en resentimiento.

A la secta cristiana la rodeaba un halo de desconfianza y aversión, que compartía buena parte de la sociedad romana.

¿Por qué entonces su Lucrecia, tan inteligente y sensata, había decidido seguir aquel camino tan extraño?

Con el tiempo y las explicaciones que pacientemente su esposa le proporcionó, Marcelo comprendió que aquella fe, aunque diferente, no suponía la amenaza que las habladurías insinuaban, de modo que acabó aceptando su controvertida decisión.

Tampoco pudo evitar que sus dos hijos, por influencia de Lucrecia, acabasen abrazando el cristianismo con idéntico entusiasmo.

A menudo, los escuchaba hablar de sus enseñanzas cuando regresaban de sus encuentros dominicales.

A veces, incluso, lo embargaba un sentimiento de exclusión, al ver a su familia compartiendo un ámbito de sus vidas del que él no formaba parte.

En todo caso, los intentos de su mujer e hijos por que se uniese a la Iglesia de Cristo, como ellos la llamaban, no habían servido de nada.

Marcelo se mantenía fiel a la religión tradicional de sus ancestros, con la que siempre se había sentido identificado.

Por fin, Félix atravesó la puerta a la carrera y, jadeando por el esfuerzo, se encorvó y apoyó las manos sobre las rodillas.

Aunque el muchacho aún se estaba desarrollando, saltaba a la vista que había heredado la robusta complexión de su padre.

Tenía el pelo rizado, nariz recta, y ojos muy verdes que reflejaban una curiosidad y una inteligencia vivaces.

—¿Se puede saber por qué has tardado tanto? ¿Acaso has ido a por el barniz al mercado del Campo de Marte?

—Lo siento, padre. Yo… me he entretenido más de la cuenta.

Félix dejó el frasco que había traído sobre la mesa de trabajo, agarró una escoba e inmediatamente se puso a barrer el suelo del taller. Era su manera de disculparse por su demora injustificable.

Marcelo frunció el ceño. Aunque intuía que su hijo le ocultaba algo, presionarlo en ese momento habría resultado contraproducente.

—Anda, deja esa escoba y ven aquí. Ya barrerás más tarde. Ahora te conviene prestar atención a lo que estaba haciendo. Se trata del joyero que me encargaron la semana pasada.