Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO PRIMERO
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CAPÍTULO PRIMERO

«Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no la verdad».

Marco Aurelio

«No podemos elegir nuestras circunstancias externas, pero siempre podemos elegir cómo responder a ellas» .

Epicteto

1

Plocio Varo abandonó el cuartel militar que coronaba la colina del Celio, edificio que, además de contener un extenso archivo de documentos secretos, constituía el centro de operaciones de la inteligencia y el espionaje romanos.

Poco antes del atardecer, el cielo se había teñido de un tono dorado que se derramaba sobre Roma como la miel.

Una litera cubierta lo aguardaba a la salida, junto a su escolta personal.

Plocio ocupaba el cargo de prefecto del pretorio, una de las figuras de mayor autoridad dentro del gobierno imperial, como responsable de la protección del emperador y de mantener la seguridad interna de la ciudad.

También aglutinaba un poder considerable en asuntos administrativos y judiciales, y supervisaba las redes de espionaje para proteger al Imperio de las amenazas de sus enemigos.

Plocio se ajustó la capa sobre los hombros y accedió a la litera ahogando un resoplido.

Pese a su imponente presencia, pues combinaba una dignidad innata con la robustez de un veterano militar, su cuerpo ya comenzaba a dar señales del implacable paso del tiempo.

A sus sesenta años, sus articulaciones le crujían en exceso y cada vez se fatigaba más tras una larga jornada de trabajo.

Una barba bien cuidada encuadraba una poderosa mandíbula, y sus ojos grises y calculadores estaban provistos de una mirada de ave rapaz.

—¡Adelante! —indicó Plocio.

Los porteadores elevaron la litera e iniciaron la marcha.

Los guardias de la escolta, algunos a pie y otros a caballo, se distribuyeron ordenadamente alrededor del vehículo.

El último resplandor del atardecer se reflejaba en sus armaduras plateadas.

Plocio no prestó atención alguna a las formidables estructuras de mármol que salpicaban el recorrido, cuyas siluetas se sabía de memoria.

Ni siquiera cuando pasó junto al majestuoso Foro Romano, que se extendía gloriosamente bajo aquel sol bruñido en oro, se distrajo con el espectáculo.

El prefecto del pretorio cerró los ojos y se sumió en sus pensamientos.

Su mente estaba llena de preocupaciones, siendo la estabilidad del Imperio la más apremiante de todas.

Las noticias acerca de conspiraciones crecían como la mala hierba en el corazón de Roma y sus provincias.

Tampoco podía menospreciar el descontento de la población; cada informe que recibía sobre este asunto servía de recordatorio de la multitud de problemas con los que lidiaba a diario.

Y, para colmo, la lealtad de sus propios hombres, la guardia pretoriana, se hallaba continuamente en entredicho, y no sin razón.

Rumores de sobornos y traiciones se escurrían por entre las sombras de los muros del cuartel.

El juramento sagrado de proteger al emperador había perdido su valor y se infringía a la menor ocasión a cambio de una jugosa recompensa.

¿Dónde había quedado, pues, el sentido del deber?

La litera se detuvo frente a la villa de Plocio Varo con un suave balanceo.

Situada a las afueras de la ciudad, destacaba por su fachada de mármol blanco, flanqueada por columnas corintias que enmarcaban la entrada.

Jardines meticulosamente cuidados la rodeaban, con senderos de grava que serpenteaban entre parterres de flores y estatuas de dioses y héroes romanos que parecían custodiar el lugar.

Enseguida lo abordó un sirviente que, discretamente, le susurró que una visita lo aguardaba en la parte posterior del jardín.

Plocio asintió y accedió al interior de la villa con paso cansado.

Los altos techos y las frescas estancias de piedra ofrecían un alivio bienvenido frente al calor residual del día.

Se dirigió a sus aposentos privados, donde se despojó de las vestimentas formales de su rango, para ataviarse con una túnica ligera, de lino fino, más adecuada para la comodidad de su entorno privado, pero aún digna de un hombre de su posición.

Tras cambiarse, Plocio se internó en los extensos jardines, repletos de fuentes, pérgolas cubiertas de vides y bancos donde sentarse. El aroma de los árboles frutales, incluidos limoneros y naranjos, se mezclaba con el de las flores y plantas ornamentales.

El visitante lo esperaba junto al estanque central, contemplando las carpas que nadaban despreocupadamente bajo la superficie del agua.

—A la sombra, entre velos y tinieblas, el ojo siempre observa… —dijo Plocio al llegar.

—… mientras la luz oculta más de lo que revela.

Aquel saludo constituía una especie de consigna, que para ellos tenía un especial significado.

—Corvus… ¿Cómo estás? ¿Te apetece comer algo?

—No, gracias. Le agradezco el detalle, prefecto.

Corvus trabajaba como espía al servicio de Roma, pero no uno cualquiera.

Primero porque se trataba de un civil, circunstancia muy poco frecuente, y segundo porque todavía era insultantemente joven.

Pero además era el único que informaba directamente al prefecto del pretorio, al que le unía un vínculo de parentesco.

—¿Ni siquiera una copa de vino? —insistió Plocio.

—Quizá más tarde.

Corvus provenía de una familia ilustre de Roma.

Su padre fue un destacado ingeniero responsable de numerosas obras arquitectónicas.

Varios acueductos y algunas estructuras del Foro Romano eran obra suya.

Sin embargo, el pasado de Corvus quedó muy pronto marcado por la tragedia.

Siendo apenas un adolescente, toda la familia se desplazó hasta Alejandría, donde el padre debía planificar y construir nuevos sistemas de irrigación destinados a mejorar la eficiencia agrícola de la provincia.

Por desgracia, durante su estancia en tierras egipcias se desató un brote de peste que acabó con todos ellos.

El futuro de Corvus, como único superviviente, se presentaba tan oscuro como incierto.

Por eso Plocio, primo de su madre, decidió acogerlo bajo su ala y, al descubrir sus extraordinarias cualidades para la interpretación y el análisis, lo entrenó en el arte del espionaje y la inteligencia.

De aquellos acontecimientos tan solo habían pasado unos pocos años.

Aun así, y pese a su precocidad, Corvus ya contaba con cierta experiencia como espía al servicio del Estado.

Los últimos rayos del atardecer se filtraban a través de las hojas de los cipreses, tiñendo el ambiente de un color cetrino apagado.

—He pisado este jardín miles de veces —comentó Plocio de forma evocadora—. Sin embargo, cada vez que lo hago me sigue pareciendo un lugar diferente. ¿Entiendes?

—No muy bien, prefecto.

—Por supuesto, árboles y plantas son seres vivos que se transforman y crecen, pero no me refiero a eso.

La clave está en los matices. Si te fijas con cuidado, te das cuenta de que el entorno cambia dependiendo del momento del día o la época del año.

—Plocio señaló el estanque junto al que se hallaban—.

En algunas ocasiones, por ejemplo, el agua se ve tan clara que podrías contar cada guijarro del fondo.

En otras, en cambio, se transforma en un espejo que tan solo refleja el cielo, ocultando sus secretos.

—Ahora comprendo —repuso Corvus con una leve sonrisa.

Plocio Varo suspiró y, agitando una mano en el aire, dio a entender que había llegado el momento de cambiar de conversación.

—En fin, vayamos al grano. Si estás aquí, debes de tener algo importante que decirme.

—En efecto —confirmó el espía.

Corvus — cuervo en latín— era en realidad el alias que había recibido.

Ni siquiera Plocio lo llamaba por su verdadero nombre cuando estaba de servicio.

En el reino animal, a los cuervos se les conocía por su excepcional inteligencia y su capacidad para resolver problemas; así que el apodo le encajaba como un guante.

—Supongo que está relacionado con la misión que te asigné, ¿verdad?

—Por supuesto.

Corvus vigilaba a varios grupos religiosos que Roma consideraba sospechosos o potencialmente subversivos.

Los cristianos eran los más llamativos, pero no los únicos.

Los cultos orientales, como los de Isis o Mitra, también despertaban cierta desconfianza por sus reuniones secretas de carácter exclusivista.

—Bien, ¿y de qué se trata exactamente?

—Los cristianos… He descubierto algo intrigante.

La secta cristiana, cuyo número de adeptos no dejaba de crecer, constituía otra fuente de inquietud para el prefecto.

Pues, si bien estos se mostraban mayoritariamente pacíficos, el fervor con que rechazaban el culto imperial podría incitar a la desobediencia civil, o incluso a la rebeldía.

El emperador Decio se tomaba el asunto muy en serio, y se rumoreaba que estaba considerando tomar medidas contra ellos.

—¿Y qué?, ¿has averiguado algo que de verdad merezca la pena?

—Tengo localizado a un grupo de cristianos que se llevan a los recién nacidos que han fallecido para realizar sus sacrificios.

—¿Hablas de bebés?

—Sí, y no se trata de un hecho puntual, sino de algo que ocurre con frecuencia.

Debido a su tendencia a apartarse de las prácticas religiosas convencionales, a lo que se sumaba la costumbre de oficiar clandestinamente sus rituales, los cristianos se enfrentaban al rechazo de una mayoría pagana que, incapaz de comprenderlos, vertía contra ellos toda suerte de escabrosos rumores, siendo los peores, sin duda, los de canibalismo e incesto.

La primera de las acusaciones surgió principalmente de la interpretación literal de las palabras de la eucaristía, donde se hablaba de comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo; la segunda, se originó por la costumbre de referirse entre ellos mismos como “hermanos” y “hermanas”, incluso entre cónyuges.

—Tendrás que darme más detalles.