Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa INTRODUCCIÓN
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INTRODUCCIÓN

Fabio recorría con premura las calles del barrio de Esquilino, tratando de adivinar por qué su hermano lo había hecho llamar con tanta urgencia. Había recibido una nota muy escueta que no explicaba los motivos y, precisamente por eso, el asunto no le hacía presagiar nada bueno.

El sol había iniciado su descenso en el horizonte, marcando el inicio de la tarde.

A su alrededor, el bullicio acostumbrado de la vida cotidiana lo envolvía con su abrazo caótico.

Los vendedores ambulantes pregonaban las virtudes de sus productos, mientras hordas de niños jugaban entre risas y saltos.

A sus cuarenta y cinco años, Fabio aglutinaba las características de un hombre corriente, ni gordo ni delgado, ni alto ni bajo.

De pelo corto y excesivamente canoso para su edad, ojos negros y barbilla erguida, ofrecía un aspecto maduro y reflexivo que constituía un fiel reflejo de su carácter.

Su mirada, aguda y penetrante, se correspondía con la de una persona acostumbrada a observar y analizar meticulosamente el entorno que lo rodeaba.

Pes e a que las calles estaban atestadas, los transeúntes mostraban respeto al paso de Fabio, del que se apartaban cuidadosamente cuando advertían el bordado tradicional de su exquisita toga, que denotaba su rango de magistrado.

Como juez de la administración romana, Fabio había visto cumplida su mayor ambición, el sueño de toda su vida.

Educado en las artes liberales, Fabio mostró muy temprano un gran talento para la deducción y la lógica.

Enseguida se incorporó a la administración pública y ascendió con rapidez hasta encargarse de la gestión de los recursos municipales de uno de los barrios más destacados.

Su carrera, sin embargo, dio un giro radical cuando un oficial superior lo reclutó para trabajar como investigador, aprovechando las habilidades innatas que poseía.

En su nueva ocupación, Fabio se dedicó a buscar a personas desaparecidas y a recuperar objetos robados de importancia para el Estado o personalidades influyentes.

Hasta que, finalmente, tras resolver un caso complejo y políticamente delicado que involucraba a un miembro de la familia imperial, Fabio fue promovido a magistrado, viendo así recompensados sus muchos años de trabajo.

Al girar en una esquina, el paisaje urbano dio paso a una calle más tranquila, donde las casas estaban adornadas con pequeños jardines que colgaban de balcones y ventanas.

Aquí, el ruido de la ciudad se suavizaba y los olores se tornaban más agradables.

Pronto, la domus de su hermano apareció a la vista, modesta pero pulcra, y adornada con unas cuantas plantas en grandes maceteros flanqueando la entrada.

Cuando su hermano abrió la puerta con el rostro desencajado, Fabio vio confirmados sus peores presagios.

Marco era unos años más joven que él, aunque ya mostraba ciertos signos de sobrepeso.

Por lo demás, sus fisonomías guardaban un gran parecido.

A espaldas de Marco, tan solo un paso por detrás, se hallaba su esposa Servilia, que tenía los ojos visiblemente rojos e hinchados, de lo que se deducía que había estado llorando.

Su mirada reflejaba miedo y desconsuelo a partes iguales.

Marco y Servilia regentaban una verdulería en el mercado de Trajano, con la que se ganaban bien la vida. Hacía unos años que se habían mudado al barrio de Esquilino, muy bien comunicado y situado a escasa distancia de su establecimiento.

—¿Qué ocurre? —preguntó Fabio pasando al interior de la vivienda—. He venido en cuanto he salido del tribunal.

—Se trata de Lucila —repuso Marco—. Está muy enferma y nos tememos lo peor.

Lucila, la hija de Marco y Servilia, tenía diez años de edad.

—¿Enferma? ¿Desde cuándo?

—Hace unos días comenzó a tener fiebre, que alterna con escalofríos y delirios.

Ya la han visto dos médicos distintos y ambos han dicho lo mismo.

Se trata de la «enfermedad de los pantanos», para la que no existe remedio conocido, y tratándose de una niña tan pequeña, dicen que morirá casi seguro.

Probablemente aguantará unas semanas, como mucho.

Impactado, el magistrado se cubrió la cara con las manos. Fabio, que no tenía hijos porque no se había casado, adoraba a su sobrina.

—No me lo puedo creer —murmuró—. ¿Puedo verla?

Marco condujo a su hermano hasta el dormitorio de Lucila. La puerta chirrió ligeramente al abrirse, revelando una estancia tenuemente iluminada por el suave parpadeo de una lámpara de aceite. Los aromas a hierbas medicinales y aceites ungidos impregnaban el aire.

Lucila, que yacía en su lecho de paja, tenía el rostro pálido y los labios teñidos de un tono azul cadavérico.

Su respiración era irregular, marcada por momentos de calma combinados con ráfagas de tos.

A su lado, en una mesa pequeña, había varios frascos de cerámica y un cuenco con una esponja húmeda.

Marco se sentó en el borde de la cama y se volvió hacia Fabio con una mirada de impotencia. Servilia se quedó bajo el marco de la puerta, observando la escena con los brazos cruzados.

—La fiebre va y viene, pero nunca la abandona del todo —explicó Marco.

Fabio se inclinó sobre su sobrina, con una mezcla de preocupación y ternura.

—Lucila —pronunció suavemente, esperando ver algún signo de reconocimiento en los ojos de la niña.

Ella parpadeó lentamente y, al ver a su tío, un leve asomo de sonrisa cruzó por su semblante. Fabio tomó su mano y la sostuvo con delicadeza entre las suyas, para transmitirle un silencioso mensaje de calidez y firmeza.

Lucila intentó decir algo, pero ni siquiera tenía fuerzas para hablar.

—No te esfuerces, hija —intervino Marco—. Tú solo descansa.

Fabio supo sin el menor asomo de duda que su sobrina moriría más pronto que tarde, y sintió que un nudo de angustia le ascendía por la garganta.

Sin embargo, se obligó a contener las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.

El magistrado era un estoico convencido que hacía de aquella filosofía su forma de vida y, como tal, sabía que debía mantener cierto control sobre sus emociones.

Por supuesto, ante la muerte de un ser querido la pesadumbre inicial resultaba inevitable.

No obstante, con el tiempo convenía mostrarse comedido, pues a partir de cierto momento nuestro propio lamento podría resultar más perjudicial que la propia pérdida sufrida.

El estoicismo procuraba hacer énfasis en sentirse agradecido por lo que se tuvo, más que en lamentarse por lo perdido.

En todo caso, Fabio se dio cuenta de que se estaba precipitando.

Lucila aún estaba viva, y anticiparse al fatal desenlace de bien poco serviría.

Con movimientos cálidos y suaves, arropó a la niña y posó la mano sobre su frente con cariño.

Aunque no pudiese hacer nada por ella, podría permanecer firme, un pilar de fuerza para su hermano y su familia.

Y, de ese modo, con el corazón pesado pero la mente clara, Fabio tomó la mano de su sobrina, determinado a enfrentar lo que viniera con coraje y compostura, honrando la vida que aún ardía, por tenue que fuera, ante sus ojos.

—Si puedo ayudar en algo, haré lo que sea —ofreció a la pareja de forma decidida.

Un silencio pesado cayó sobre la estancia, tan solo atenuado por el sonido lejano del murmullo de la calle. Marco asintió con la cabeza y Servilia le dedicó a Fabio una mirada cargada de gratitud.

En ese mismo instante, sonaron varios golpes procedentes de la puerta.

—Iré a ver quién es —dijo Servilia.

Un minuto después, un individuo al que Fabio no conocía entró en la habitación, seguido de la mujer de su hermano.

—He venido en cuanto me han avisado —explicó.

—Muchas gracias por acudir, su presencia significa mucho para nosotros —manifestó Marco. Y, dirigiéndose a su hermano, aclaró—: Este es Fabián, el obispo de Roma: el máximo representante de los cristianos en la ciudad.

Fabio lo saludó con una leve inclinación de cabeza. El obispo, aunque menudo, exhibía un porte digno y su presencia parecía llenar la estancia más allá de su escasa estatura. Vestía una sencilla túnica que no hacía ostentación de su rango, pero cuya calidad hablaba de su importancia.

Marco y su familia eran cristianos desde hacía varios años, decisión que a Fabio le había costado aceptar.

Como estoico, el magistrado veía el cristianismo como una secta extravagante, aunque inofensiva.

Sus doctrinas supersticiosas y su concepción de Dios y la salvación le resultaban tan peculiares como abstrusas.

De cualquier manera, él nunca había sido un hombre religioso.

En su faceta pública, cumplía con los actos rituales en honor a los dioses romanos y la figura de emperador, pero en la intimidad de su hogar no perdía el tiempo venerando a deidades vacías.

—¿Cómo está Lucila? —inquirió Fabián—. ¿Es tan grave como he oído?

Marco lo puso al corriente con un hilo de voz. Tanto a él como a Servilia se les notaba visiblemente emocionados de poder contar con el favor de su líder religioso en un momento tan crítico.

—Entonces, su vida está ahora en manos de Dios —concluyó el obispo—. Vamos, acompañadme, por favor. Oremos por la salud de Lucila.

Fabián, Marco y Servilia se arrodillaron en torno a la cama de la niña y elevaron una plegaria al cielo con gran sentimiento. Fabio se apartó y, aunque pensaba que rezar no serviría de nada, guardó un respetuoso silencio.

Cuando terminaron, Servilia ayudó a Fabián a levantarse y mirándolo con ojos implorantes preguntó:

—¿Y no hay nada más que usted pueda hacer?

—Ojalá estuviese en mis manos.

—Pero usted es un hombre santo —insistió la mujer.

—Necesitamos un milagro —añadió Marco.

—Me temo que los prodigios solo están al alcance del Altísimo —se excusó—. Salvo… —Fabián bajó la mirada y dejó sus palabras en el aire.

—¿Qué? ¿Qué iba a decir? —le instó Servilia—. Por favor, no se quede ahora callado.

—No, nada, tan solo estaba pensando en voz alta.

—No importa —suplicó Marco—. Sea lo que sea, queremos saberlo.

—Está bien —concedió el obispo dejando escapar un largo suspiro—.

Me había venido a la cabeza la existencia de una antigua reliquia sagrada, que está directamente conectada con Jesús, y de la que se dice que tiene el poder de sanar a los enfermos.

Sin embargo, hace más de un siglo que se le perdió la pista y desde entonces no ha vuelto a saberse nada de ella.

—¿Y por qué la ha sacado a colación entonces? —preguntó Marco.

—Porque hace aproximadamente una semana llegaron a mis oídos noticias acerca de su paradero. Y, si las informaciones son ciertas, se hallaría aquí, en Roma. Por desgracia, mis intentos por localizarla no han dado fruto.

De pronto, Marco señaló a su hermano muy excitado y comenzó a realizar aspavientos.

—¡Fabio la buscará! —exclamó—. Si hay alguien capaz de encontrarla, es él. Antes de que le nombraran magistrado, era a lo que se dedicaba. Y no hay nada que se le dé mejor, ¿verdad?

Fabio, que había asistido a la conversación sin intervenir, se convirtió de repente en el centro de todas las miradas.

—Yo… no sé…

—¡Vamos! Si te lo pedimos, ¿no lo intentarías al menos? —lo presionó Marco—. ¿No lo harías por Lucila?

A Fabio, todo lo relativo a la supuesta reliquia de Jesús le resultaba ridículo.

Una muestra más de la ingenuidad de los cristianos y sus absurdas creencias.

Además, tampoco deseaba contribuir a alimentar falsas esperanzas.

Sin embargo, tan solo un momento antes se había ofrecido a ayudar en lo que fuera, así que no podía negarse.

—Sí, por supuesto —accedió—. Me comprometo a buscar la reliquia si hace falta. Pero ¿de qué estamos hablando exactamente?

—Se trata de una reliquia que se remonta a los tiempos de predicación de Jesús de Nazaret —explicó el obispo—. Y a la que popularmente se la conoce como la «lágrima de Cristo»…