PREFACIO
El siglo iii fue un período crucial en el desarrollo de la Iglesia primitiva por diversos motivos.
Pese a las adversidades, el cristianismo continuó expandiéndose a lo largo de todo el Imperio romano, tanto en número de adeptos como en influencia cultural y social.
Por un lado, su mensaje de salvación y vida eterna, junto con su énfasis en la caridad y la comunidad, atraía en particular a aquella parte de la población que se sentía especialmente marginada por las estructuras sociales y religiosas tradicionales.
Y, por otro, la conversión de personas cada vez más influyentes, como nobles y miembros de la casa imperial, también ayudó a aumentar la visibilidad y la legitimidad de la Iglesia.
Al fortalecimiento del cristianismo también contribuyó el desarrollo de su estructura organizativa, lo que facilitó una gestión más efectiva de su rebaño.
Junto al clero tradicional —compuesto por obispos, presbíteros y diáconos—, surgieron nuevas figuras, denominadas “órdenes menores”.
Los ostiarios se ocupaban de controlar el acceso a las casas-iglesias; los exorcistas se encargaban de expulsar a los demonios de las personas poseídas; los lectores eran los responsables de leer las Escrituras y de enseñar la fe a los catecúmenos; y los acólitos asistían a los diáconos y sacerdotes durante los actos litúrgicos.
Durante el presente siglo también se produjo la consolidación del primado de Roma.
La iglesia romana reclamaba un linaje apostólico directo, conectado con las figuras de Pedro y Pablo, lo que fortalecía su autoridad espiritual y doctrinal.
Además, los obispos de Roma comenzaron a intervenir en disputas teológicas y disciplinarias más allá de su jurisdicción geográfica, estableciendo precedentes para un liderazgo más amplio.
En consecuencia, la iglesia de Roma comenzó a ser vista por sus hermanas como el centro de autoridad espiritual de toda la cristiandad.
Las persecuciones constituyeron uno de los puntos clave de este periodo.
Aunque los cristianos ya habían sufrido persecuciones en el pasado, estas nunca fueron sistemáticas ni generalizadas, limitándose a lugares concretos y revistiendo un carácter temporal y restringido.
Algunas fueron ordenadas por gobernadores provinciales que no soportaban la presencia del cristianismo en sus territorios, mientras que otras se originaron en tumultos populares de naturaleza espontánea.
Ambas modalidades, en todo caso, únicamente reflejaban ciertas actitudes locales y las circunstancias específicas de una región determinada.
Todo esto cambiaría a mediados de siglo con la llegada al poder del emperador Decio, que promulgaría el primer edicto general contra los cristianos de todo el Imperio como parte de una política coherente y reglamentada para acabar con la Iglesia.
La violencia y represión que siguieron al edicto desencadenaría un hondo examen de conciencia entre los perseguidos, que se vieron obligados a reflexionar sobre la profundidad y sinceridad de sus creencias, así como sobre el significado de ser cristiano en un contexto tan adverso.
Ocasionalmente, dichas persecuciones resultaban en martirios, lo que, paradójicamente, contribuyó a fortalecer la fe y la identidad de los cristianos.
Por último, cabe destacar la construcción y desarrollo de las catacumbas cristianas.
Frente a la costumbre romana de incinerar a los muertos, los cristianos preferían la inhumación porque creían en la resurrección de los cuerpos.
Hasta fines del siglo ii , a los cristianos se les enterraba junto a los paganos en cementerios comunes.
Sin embargo, a medida que la comunidad cristiana crecía en tamaño y cohesión, surgió la necesidad de fundar cementerios propios que reflejaran sus prácticas y creencias específicas, lo que fomentó la unidad y la solidaridad dentro del grupo.
Dado el elevado coste del suelo en la antigua Roma, los cristianos optaron por construir sus cementerios en el subsuelo para maximizar así el uso del espacio sin ocupar grandes extensiones de terreno.
De este modo, podían expandirse fácilmente con la excavación de nuevas galerías subterráneas según se requiriese.
Las catacumbas, por tanto, fueron sobre todo cementerios, si bien, circunstancialmente, también sirvieron como lugares de culto.
Aunque se han descubierto catacumbas en muchos lugares importantes, tales como Alejandría, Nápoles, Siracusa, Malta o Túnez, las más famosas siguen siendo las de Roma, que comprenden más de sesenta, con aproximadamente 160 kilómetros de extensión y un total de 750.000 tumbas.