Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa NOTA DEL AUTOR
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NOTA DEL AUTOR

El siglo ii resulta crucial para entender el cristianismo pues, entre otras cosas, presenció el nacimiento del canon de los escritos sagrados cristianos, la organización básica de los ministerios eclesiales —muy parecida a la actual—, así como la fundamentación de buena parte de su credo.

A principios de dicho siglo, los padres apostólicos —previamente citados en el Prefacio—, desempeñaron un papel fundamental en el cristianismo primitivo a través de sus escritos, contribuyendo significativamente al desarrollo teológico, ético y organizativo de la Iglesia.

Clemente de Roma, en la única obra suya que se conserva —su Epístola a los corintios —, aborda cuestiones morales, enfatizando la importancia de la humildad, la obediencia y la caridad en la vida de los creyentes.

También presenta un modelo jerárquico para la Iglesia, con un énfasis en la autoridad y la sucesión apostólica como medios para garantizar la autenticidad y la ortodoxia en la enseñanza cristiana.

Los católicos ven en esta epístola el primado de Roma, por cuanto dicha iglesia se ofreció para hacer de mediadora en los conflictos internos, reivindicando una autoridad sobre las demás iglesias.

Por su parte, Ignacio de Antioquía, a través de las cartas que escribió mientras viajaba hacia su martirio en Roma, subraya la importancia de la unidad del cristianismo y la obediencia a obispos y presbíteros.

Además, fue él quien introdujo por primera vez el término «catolicismo» para describir la universalidad de la Iglesia.

Por último, Policarpo de Esmirna, que jugó un rol esencial en la preservación de la tradición apostólica, subraya la obediencia a Dios y el amor entre hermanos. También se le conoce por su defensa de la ortodoxia cristiana frente a las desviaciones heréticas.

En suma, estos líderes proporcionaron una voz unificadora a los nuevos desafíos teológicos y organizativos a los que la Iglesia se enfrentaba. Sus escritos y enseñanzas contribuyeron a establecer los cimientos doctrinales y dejaron una marca duradera en el posterior desarrollo del cristianismo.

En el referido periodo surgieron numerosos movimientos heterodoxos, cuyas creencias divergían en mayor o menor medida de la doctrina cristiana mayoritaria, y a los que se a menudo se los consideró como heréticos.

Algunas de las herejías más destacadas fueron:

- El ebionismo, que mantenía posturas judaizantes y creía que los cristianos debían adherirse a la Ley Mosaica.

- El docetismo, el cual afirmaba que el cuerpo humano de Jesús era aparente o ilusorio, sin ninguna naturaleza carnal, siendo en realidad completamente divino.

- El montanismo, qu e reavivaba el antiguo profetismo cristiano y abogaba por llevar una vida ascética muy rigurosa.

- El marcionismo, que proponía una división radical entre el Dios del Antiguo Testamento, que veían como un dios vengativo, y el Dios del Nuevo Testamento, representado por Jesucristo, que encarnaba la misericordia.

- El milenarismo, el cual sostenía la idea de un reinado de mil años de Jesucristo en la Tierra antes del juicio final y la resurrección de los muertos.

Los evangelios apócrifos son todos aquellos escritos surgidos en los primeros siglos del cristianismo en torno a la figura de Jesús de Nazaret que no fueron incluidos ni aceptados en el canon de la Biblia por la Iglesia católica.

La palabra «apócrifo», que significa oculto o secreto, se aplica a estos textos porque la corriente principal del cristianismo no los consideró como auténticos.

La razón de que se excluyeran radica en que algunos de estos evangelios ofrecían relatos alternativos sobre la vida y enseñanzas de Jesús, lo cual generaba preocupaciones teológicas en un momento en el que se necesitaba establecer una doctrina coherente.

Entre los evangelios apócrifos más importantes se encuentran:

- El Evangelio de Pedro, que contiene una narrativa adicional sobre la crucifixión y la resurrección de Jesús.

- El Evangelio de Santiago (o Protoevangelio de Santiago), en el que se ofrecen detalles sobre la vida de la Virgen María, el nacimiento de Jesús y su infancia.

- Los Hechos de Andrés, donde se narra la predicación de Andrés el Apóstol.

- El Evangelio de Nicodemo, que incluye relatos adicionales sobre la pasión y muerte de Jesús, así como la narrativa del descenso al Hades.

Dentro de los textos apócrifos se incluyen también los evangelios gnósticos, que merecen su capítulo aparte.

En el año 1945, un campesino que buscaba fertilizante en un macizo montañoso cercano a la aldea de Nag Hammadi (Egipto), encontró una jarra de cerámica sellada.

Llevado por la curiosidad, la rompió y descubrió en su interior una serie de códices de papiro cuidadosamente encuadernados, cuyos textos, en su mayor parte, se adscriben al cristianismo gnóstico primitivo.

Junto a los manuscritos de Qumrán, la llamada biblioteca de Nag Hammadi constituye el más importante hallazgo de textos antiguos del siglo xx .

Los evangelios gnósticos más conocidos son:

- El Evangelio de Tomás. Consiste en una colección de dichos atribuidos a Jesús, algunos de los cuales también se encuentran en los evangelios sinópticos, pero presentados en un contexto diferente. Destaca muy especialmente la gnosis como medio para la salvación.

- El Evangelio de Felipe, en el que se abordan temas como el matrimonio y la relación entre los sexos desde una perspectiva gnóstica. También da gran importancia al conocimiento para la vida espiritual.

- El Evangelio de la Verdad, que explora conceptos gnósticos sobre la divinidad, la redención y la iluminación espiritual.

- El Evangelio de María Magdalena. Su contenido sugiere que María Magdalena habría sido depositaria de revelaciones secretas de Jesús, y que tras la muerte de este habría tenido un papel muy destacado en la comunidad cristiana.

Este manuscrito fue descubierto a finales del siglo xix en algún lugar cerca de Akhmim, en el Alto Egipto.

- El Evangelio de Judas. Mientras que en los evangelios canónicos se considera que traicionó a Jesús, en este se presenta a Judas Iscariote como su discípulo favorito.

Tanto es así, que se afirma que si lo entregó a las autoridades romanas lo hizo cumpliendo un plan previsto por el propio Cristo.

Este evangelio se descubrió en fechas más recientes, a finales de los años setenta del siglo pasado.

A diferencia de la postura oficial de la Iglesia, el gnosticismo presenta un cristianismo donde la mujer puede ser tan discípula de Jesús como el varón y, como oyente perfecta del Salvador, tiene capacidad tanto para enseñar como para bautizar a otros.

Niega, por tanto, el poder exclusivo de los discípulos varones basado en la sucesión apostólica.

El gnosticismo cristiano fue perdiendo su influencia de manera gradual a lo largo del siglo iii .

No desapareció completamente en un punto específico de la historia, sino que se fusionó con otras corrientes o se diluyó en formas sincréticas a medida que el cristianismo ortodoxo se consolidaba y se convertía en la principal expresión de la fe cristiana.

Ante los numerosos peligros que amenazaban la supervivencia de la Iglesia, tanto los procedentes de las doctrinas paganas como de las propias divisiones internas, a finales del siglo ii surgió un nuevo grupo de teólogos que defendió denodadamente el cristianismo, motivo por el cual se les conoce como «padres apologistas».

Justino Mártir fue un filósofo cuya obra —sus Apologías —, escrita en defensa del cristianismo, iba dirigida a los emperadores y a la sociedad romana en general.

En dichos textos argumenta a favor de la racionalidad del cristianismo y presenta a Jesucristo como la culminación de la verdad filosófica.

Una de sus contribuciones más destacadas es su intento de armonizar la filosofía griega —en particular el platonismo— con las enseñanzas cristianas.

Justino veía en la filosofía griega un “preámbulo” o preparación para el Evangelio.

Por su parte, la obra más importante de Ireneo de Lyon, Adversus Haereses , fue un extenso tratado en cinco libros en el que refuta diversas herejías, en especial, el gnosticismo, que representaba una amenaza significativa para la ortodoxia de la Iglesia.

También sostuvo la idea de que la transmisión ininterrumpida de las enseñanzas de Jesús, desde los apóstoles hasta los obispos contemporáneos, era crucial para mantener la autenticidad de la doctrina cristiana.

A imitación de Ireneo, Hipólito de Roma también realizó una defensa de la fe cristiana frente a las desviaciones doctrinales de su tiempo en su obra Refutación de todas las herejías .

Además, destacó por sus escritos exegéticos y comentarios bíblicos, y desempeñó un papel clave en la liturgia cristiana, atribuyéndosele la Tradición Apostólica , un documento que arroja luz sobre las prácticas litúrgicas de la Iglesia primitiva.

Además de estos hubo otros padres apologistas, como Orígenes, Tertuliano o Clemente de Alejandría. Todos, en conjunto, proporcionaron una voz unificadora que ayudó a consolidar la doctrina de la Iglesia, contribuyendo a su vez a la formulación de la teología cristiana.

A finales del siglo ii se tiene, casi de forma sorpresiva, conocimiento de que la Iglesia cristiana posee sus propias Escrituras Sagradas.

Esto lo sabemos por el testimonio de diversos escritores eclesiásticos que dieron fe de la existencia de dicho canon en diversas partes de la cristiandad.

Desgraciadamente, no disponemos de actas específicas de esta decisión, ni de cómo dicho proceso de formación se llevó a cabo.

Los posibles criterios de que se valió la Iglesia para constituir el canon los desconocemos, pero autores eclesiásticos posteriores sugirieron de cuáles pudieron tratarse.

El primero era la conformidad del contenido del texto en cuestión con lo que se denominaba la «regla de la fe».

Es decir, se examinaba si los escritos cristianos que pretendían ser reconocidos como autoritativos o sagrados estaban en sintonía con las ideas teológicas que la comunidad cristiana consideraba esenciales.

La coherencia con las creencias centrales de la fe cristiana tal como se entendía en ese momento era un factor clave para determinar si un escrito debía ser incluido o no en el canon del Nuevo Testamento.

El segundo criterio, conocido como apostolicidad, se basaba en determinar si un escrito tenía un origen directo o indirecto relacionado con los apóstoles o los primeros seguidores de Jesús.

La autoridad de un escrito se veía reforzada si se afirmaba que su origen estaba vinculado a las figuras apostólicas.

Por lo tanto, la apostolicidad, real o a veces atribuida, y la supuesta antigüedad del escrito eran cruciales para que se los considerase canónicos.

El tercero se refería a la aceptación general y al uso continuo de ciertos escritos en las comunidades cristianas, especialmente en su empleo durante las reuniones litúrgicas como lectura sagrada.

Si un texto era ampliamente aceptado y se utilizaba regularmente en la adoración comunitaria, esto se tenía en cuenta como un indicador importante de su autoridad espiritual y su pertenencia al canon.

Una de las razones principales que impulsó la creación del canon fue la de salvaguardar la ortodoxia y la unidad doctrinal del cristianismo frente a la creciente amenaza de las corrientes heréticas, especialmente aquellas asociadas al gnosticismo.

Pese a todo, esta herramienta no tuvo el éxito deseado por diferentes motivos.

Para empezar, los grupos heterodoxos configuraron sus propias listas de escritos sagrados. Marción, el líder cristiano que fundó el marcionismo, lo elaboró incluso antes que la propia Iglesia. Su decisión, de hecho, provocó que esta reaccionase acelerando la creación de su propio canon.

Por otra parte, debido a que el Nuevo Testamento surgió como resultado de un compromiso entre las distintas iglesias que conformaban el cristianismo, ello propició que recogiese diversas concepciones teológicas, que podían ser incluso contradictorias entre sí.

La falta de una uniformidad teológica estricta en el canon complicó, por tanto, la tarea de establecer una única línea ortodoxa frente a las interpretaciones de carácter heterodoxo.

Y por último, se da la circunstancia de que el canon sagrado tardó varios siglos en consensuarse en su forma definitiva —de hecho, no se produciría hasta los iv y v, con el Concilio de Hipona y el Sínodo de Cartago— pues, si bien no había dudas acerca de una mayoría de escritos, otros, en cambio, fueron objeto de mucha controversia.

La Epístola de Bernabé, el Apocalipsis de Pedro o la obra denominada El pastor de Hermas quedaron excluidas con el tiempo, a pesar de ser altamente respetadas por muchas comunidades cristianas.

En el extremo opuesto tenemos, por ejemplo, la Epístola de Santiago, las Epístolas pastorales o la Segunda Epístola de Pedro, que finalmente se aceptaron pese a las dudas que sobrevolaban acerca de su verdadera autoría.

De todos los textos que conforman el canon testamentario, el más controvertido fue sin duda el Libro de las revelaciones de Juan (o Apocalipsis), motivo por el cual fue el último en ser aceptado y está ubicado al final de la Biblia.

A las dudas acerca de su autoría, se le suma su naturaleza enigmática y simbólica, así como sus descripciones proféticas acerca del fin del mundo, todo lo cual da pie a diversas interpretaciones.

A lo largo de los siglos, los Padres de la Iglesia se mantuvieron divididos al respecto.

En Oriente no se incluyó en el canon hasta siglo ix , y es el único libro del Nuevo Testamento que no se lee como parte de la liturgia en la Iglesia ortodoxa.