EPÍLOGO
Algunas semanas después, y tras una intensa jornada de trabajo, Cornelio se sentó a la mesa de su despacho para escribir una carta. Asió un cálamo, lo mojó en un recipiente de tinta y comenzó a deslizarlo sobre una hoja de papiro…
Cornelio, obispo de la iglesia de Antioquía, saluda cordialmente y con una alegría sin mancha a Pío, cabeza de la iglesia de Roma, objeto de misericordia por la magnificencia del Altísimo, digna de alabanza y predestinada desde antes de los siglos a ser por siempre para gloria perdurable.
Deseo poner en su conocimiento las últimas novedades concernientes a la iglesia antioquena, que atraviesa por momentos de cierta dificultad.
A la usual oposición de las autoridades romanas, así como al desprecio de buena parte de la población, especialmente de las clases más acomodadas, se le ha unido el reciente ataque del que hemos sido objeto a través del teatro.
Según me contaron, una reciente obra se dedicó a ridiculizar la vida de Jesús en el escenario, con el único fin de burlarse de los cristianos y hacer escarnio de nuestra fe.
¿Lo consiguieron? Sí, pero solo en parte.
Sorprendentemente, el último acto discurrió por cauces completamente inesperados, mostrando un fiel retrato de las enseñanzas de Cristo y su posterior pasión y muerte en la cruz.
El autor es un dramaturgo llamado Calandio, que asistió a varios encuentros cristianos fingiendo sentirse atraído por nuestro credo, cuando en realidad todo cuanto pretendía era documentarse para la obra en la que trabajaba.
Si alguna vez volviese a cruzarme con él, no dudaría en reprocharle su mal comportamiento.
Con todo, tampoco lo considero un enemigo de la Iglesia cristiana.
Según tengo entendido, Calandio está a punto de estrenar una nueva obra de teatro que ambicionaba desde hacía muchos años.
Se trata de un drama que imita las grandes tragedias griegas del pasado.
Si es un éxito o no, solo el tiempo lo dirá.
Lo único seguro es que las gradas estarán vacías de cristianos.
Después de varios meses en el cargo, admito que sustituir a Serapión está resultando mucho más difícil de lo que me había imaginado.
Aunque como obispo de Gabala adquirí cierta experiencia, no se puede comparar con la complejidad que supone regir una ciudad como Antioquía.
Serapión había sabido ganarse el afecto de sus feligreses, a quienes, en su inmensa mayoría, conocía de forma personal.
En ese sentido, yo partía con desventaja.
Y, desafortunadamente, mientras trataba de ponerme al día, algunos fieles destacados abandonaron la Iglesia por no haber podido prestarles toda la atención que demandaban.
Nuestra mayor pérdida ha sido la de Licomedes, un rico comerciante cuyas aportaciones económicas alimentaban significativamente la caja común, ayudando así al sostenimiento de las obras de caridad.
Por desgracia, mis intentos por hacerle retornar a la Iglesia no han funcionado.
Tengo entendido que se ha unido a un culto pagano de raíces egipcias. Pese a todo, sigo rogando por su alma.
Cuando llegué aquí y tomé posesión del cargo, pronto escuché hablar de una supuesta reliquia de Jesús de Nazaret a la que llamaban la «lágrima de Cristo».
Inmediatamente visité a sus propietarios, una familia de origen judío que había vivido en Cafarnaúm, y constaté la autenticidad del objeto que Jesús había bendecido cuando predicaba.
Consciente de su valor, les pedí que la cediesen a la Iglesia, donde nos ocuparíamos de custodiarla y facilitar que los fieles pudiesen admirarla y rezar ante ella.
David, el cabeza de familia, era un ferviente cristiano, así que estaba seguro de que atendería mi petición.
No obstante, el resultado no fue el que esperaba.
La reliquia acabó en poder de Evodio, el presbítero cristiano que sigue los postulados de Gelasio, el obispo de Frigia. La familia de David, que atravesaba por graves dificultades económicas, se la vendió por una suma extraordinaria.
Desde entonces, el éxito de Evodio se ha multiplicado y la población rural se está convirtiendo en masa al cristianismo.
A pesar de ello, nada de esto nos favorece pues, como bien sabe, la corriente cristiana que propugna Gelasio se desvía significativamente de la doctrina mayoritaria, lo que supone un riesgo para todos.
Le sugiero que pongamos en marcha las medidas que ya le propuse en mi anterior carta, para hacer frente a esta herejía e imponer nuestros dogmas sobre otras opciones menos implantadas que la representada por Roma y otras iglesias cercanas.
La unidad de la Iglesia está en juego, debemos hacer todo lo posible para garantizarla.
Tras averiguar el paradero de la reliquia, visité a David para conocer su versión de los hechos.
El productor de aceite se sintió tan avergonzado, que no fue capaz de sostenerme la mirada.
Aunque nunca tuvo intención de comerciar con algo tan sagrado, la necesidad lo acabó empujando a ello.
Al menos, la operación le ha permitido saldar sus deudas y su negocio podría prosperar de nuevo en unos pocos años.
Además, me juró que, si tal cosa sucedía, intentarían recomprar la reliquia.
David ha obtenido mi perdón y, desde entonces, se siente mucho más reconfortado.
En lo tocante al asunto del robo de la colecta, del que ya le puse al corriente en previas misivas, por fin estoy en disposición de comunicarle buenas noticias.
Para empezar, debo aclararle que Evodio no tuvo nada que ver, pese a que yo mismo lo denuncié a las autoridades convencido de lo contrario.
Su verdadero autor, en realidad, fue la última persona que habría imaginado: Cirilo, mi diácono personal.
Cirilo, lejos de ser el devoto cristiano que todos pensábamos, llevaba en la práctica una doble vida que conjugaba con maestría, cuyo descubrimiento me dejó estupefacto.
Por un lado, fingía servir a la Iglesia en el ejercicio de su cargo.
Por el otro, se dedicaba a socavarla desde las sombras.
Cirilo llevaba varios años liderando un grupo de gnósticos cristianos que operaba en la más absoluta clandestinidad.
El robo de la colecta, que perpetró con la complicidad de uno de sus adeptos, supuso el culmen de su diabólica obra.
Por suerte, Cirilo también cometió errores que al final lo acabaron delatando.
Desde entonces nadie ha vuelto a verlo. Sospechamos que, para escapar de las autoridades, huyó rápidamente de la ciudad con lo poco que le hubiese dado tiempo a reunir, cosa que tampoco me preocupa demasiado.
Aunque logre eludir la justicia humana, nadie puede librarse de la divina.
Además, el grupo de herejes que lideraba no ha sobrevivido a su marcha, y se está descomponiendo a gran velocidad.
Por otra parte, hemos logrado hacernos con la titularidad de la vivienda que Eufemo nos legó antes de su muerte, pero que Cirilo se encargó de arrebatarnos con sus artimañas.
El inmueble cuenta con una decoración de lujo que no necesitamos, por lo que procederemos a vender todos y cada uno de sus ornamentos.
De ese modo, esperamos recuperar buena parte del dinero de la colecta.
Planeo trasladarme allí dentro de poco, para hacer de ese lugar la nueva sede del obispo.
En otro orden de cosas, también deseo hablarle acerca de mi propio desempeño como máximo responsable de la iglesia antioquena.
Nada más tomar posesión del cargo, apliqué de inmediato las directrices venidas de Roma relacionadas con la doctrina, la liturgia y la organización de la Iglesia.
En mi opinión, los esfuerzos destinados a establecer una ortodoxia cristiana común resultan imprescindibles para consolidar la institución y evitar las divisiones internas.
En consecuencia, adopté una postura mucho más estricta que la seguida por Serapión, quien durante su largo mandato —sobre todo en los últimos años—, se mostró excesivamente relajado a la hora de hacer cumplir las pautas que recibía de la sagrada iglesia que usted encabeza.
Así lo veía entonces. Ahora, en cambio, no estoy seguro de haber tomado la decisión correcta.
En ciertos aspectos, Serapión fue un hombre mucho más sabio de lo que pensaba. Cuando tocaba ser rígido, lo era. Pero también sabía ser flexible cuando las circunstancias así lo aconsejaban. A su juicio, por tanto, la observancia ciega de las reglas no constituía siempre el camino más indicado.
Todo ello me ha llevado a querer imitar sus pasos, aunque tan solo en dos casos muy específicos.
Por ello, le ruego que, en su infinita generosidad, entienda la postura que he adoptado por el bien de los cristianos de Antioquía.
Y, de cualquier manera, de aquí en adelante no pretendo apartarme nunca más del consenso doctrinal mayoritario. Usted conoce sobradamente mi carácter.
A este respecto, aprovecharé la presente carta para informarle acerca de los dos casos en los que he actuado de la forma descrita.
Ordenada por el obispo Serapión, Galacia formaba parte del clero como presbítera desde hacía varios años.
Yo, sin embargo, la depuse del cargo para cumplir con las disposiciones que estamos tratando imponer en todos los territorios de la Iglesia cristiana.
A raíz de mi decisión, Galacia acabó uniéndose a los gnósticos cristianos, cosa de la que no puedo culparla pues, en cierto modo, yo la empujé a ello.
Dicho esto, fue ella la que acabó delatando a Cirilo, propiciando así la posterior caída del resto del grupo.
Es decir, pese a lo comprometido de su situación, en el momento de la verdad supo hacer lo correcto.
Y, por ello, considero que merece ser recompensada.
Galacia vuelve a ser la presbítera del barrio de Kerateion, desempeñando su labor con absoluta eficacia.
Oficia las ceremonias litúrgicas y proporciona a su comunidad de fieles la guía espiritual que esta necesita.
El comedor social que ella misma abrió funciona de nuevo a pleno rendimiento y ya planea abrir el siguiente.
Y todo ello con la ayuda de su antiguo diácono, un joven llamado Zósimo, a quien le auguro un brillante futuro dentro de la Iglesia.
Nada de esto debe hacerle dudar de mi compromiso con las directrice s establecidas.
Yo nunca ordenaré a una mujer como presbítera, pero Galacia ya lo era antes de mi llegada.
Por tanto, y dado el papel que ha tenido en la caída de Cirilo y los gnósticos, considero que se ha ganado el derecho a conservar su puesto.
La otra excepción que he llevado a cabo, por motivos similares, tiene que ver con Diodoro, uno de los escultores más afamados de Antioquía, a quien Serapión había aceptado como candidato para el bautismo.
Yo, en cambio, le negué el sagrado sacramento cuando me dijo que no estaba dispuesto a renunciar en ningún caso a la creación de falsos ídolos.
Pese a asistirme la razón, he recapacitado acerca de la cuestión hasta acabar rectificando.
Como catecúmeno, Diodoro llevó a cabo una excelente preparación y me consta que es un cristiano sin tacha.
Por todo ello, lo he acogido de nuevo en el seno de la Iglesia y yo mismo me ocuparé de bautizarlo.
Además, se trata de un personaje que ya goza de una popularidad notable, especialmente entre las clases más altas, y que un hombre de su influencia profese la fe cristiana podría beneficiarnos.
Por último, me gustaría informarle de que estamos a punto de abrir un orfanato en la ciudad.
Casi todo el trabajo ha sido obra de Falconila, una fervorosa cristiana a la que recientemente he ordenado diaconisa.
Falconila pertenece a una élite privilegiada, circunstancia que le ha permitido recabar donaciones particularmente generosas en su entorno cercano.
Pese a su juventud, supone todo un ejemplo de bondad y dedicación que para sí quisieran muchos cristianos.
En relación a Falconila, he conocido una trágica noticia que por ahora ella todavía ignora.
El asunto está relacionado con un joven cristiano llamado Druso, un esclavo recientemente manumitido que se alistó en el ejército romano en contra de mi criterio.
Pues bien, mientras Druso realizaba la instrucción en el campamento de Seleucia Pieria, ha tenido lugar un funesto suceso.
Al parecer, lo han encontrado con una soga al cuello, colgando de la rama de un árbol.
El joven mantenía una relación con Falconila, a la que ella decidió poner fin para consagrarse a Cristo y a la Iglesia.
Se dice, por tanto, que se habría quitado la vida, llevado por la desesperación de haber perdido el amor de su amada.
A mí, en cambio, me han llegado rumores que apuntan en otra dirección muy diferente.
El padre de Falconila, un poderoso noble miembro del senado de Antioquía que nunca había aceptado realmente la relación entre Druso y su hija, habría pagado a ciertos soldados sin escrúpulos para que se deshiciesen de él, pretendiendo hacer pasar el asesinato por un suicidio.
Pese a que Falconila lo había dejado, Calpurnio temía que pudiese cambiar de opinión más adelante.
Desde su punto de vista, mientras Druso siguiese con vida, constituiría siempre una amenaza, y la posibilidad de poner fin al problema sin levantar sospechas durante la estancia del joven en Seleucia Pieria suponía una oportunidad que difícilmente se le volvería a presentar.
En cualquier caso, eso es lo que dicen las malas lenguas.
Probablemente nunca sepamos la verdad de lo que ocurrió.
Y la figura de Calpurnio, recientemente nombrado magistrado de las finanzas públicas de la ciudad, es intocable.
Ahora, mi mayor temor tiene que ver con la reacción de Falconila cuando se entere.
Será un duro golpe, pero sus hermanos en la fe estaremos a su lado para ayudarla a superar el trance.
Reciba mi saludo, venerable Pío, obispo de Roma, que ruego extienda también a los presbíteros y diáconos, así como a todos individual y comunitariamente, en nombre de Jesús, en su carne y sangre, en su pasión y resurrección, carnal y espiritualmente, en la unidad de Dios y vuestra.
Os abraza el amor de los hermanos de la comunidad de Siria, a quienes espero que tenga presente en sus oraciones. Me despido en la gracia de Dios y en nuestra común esperanza, Jesucristo.
Cornelio, obispo de Antioquía.