CAPÍTULO SÉPTIMO #7
—Él cometió el robo de la colecta. Es decir, Philonius. Él mismo me lo contó todo en calidad de líder gnóstico, solo que por entonces yo no sabía que se trataba de Cirilo. ¿Me explico?
Cornelio miraba a uno y a otra de hito en hito.
Todo aquello parecía una locura, pero Galacia parecía tan convencida de lo que decía…
Y la historia resultaba demasiado rocambolesca como para que se la hubiese inventado.
Además, ahora que lo pensaba, ¿qué sabía él en realidad acerca de la vida privada de su diácono?
Nada, en realidad. Lo cierto era que jamás le había importado lo más mínimo.
—Tiene que creerme —insistió Galacia.
El obispo reflexionó. El empeño de Cirilo en sacarla de allí, desobedeciendo sus órdenes directas, tampoco hablaban en favor de su diácono. Definitivamente, no desecharía el testimonio de la mujer, por sorprendente que este fuese, sin antes haberla escuchado.
Cirilo advirtió entonces un destello en la mirada del obispo, en el que reconoció su determinación por llegar hasta el fondo del asunto. Aquello bastó para darse cuenta de que su tapadera se acabaría descubriendo. Había llegado la hora de huir.
A toda prisa, salió por la puerta, descendió por las escaleras y abandonó el inmueble.
Durante varios segundos, Cornelio se quedó allí, sentado, sin habla. Ni siquiera movió un músculo de la cara.
—Voy ahora mismo en busca del magistrado —dijo por fin—. ¿Vienes conmigo, Galacia? Tu testimonio será fundamental para que Cirilo pague por sus crímenes. Nunca en mi vida me he sentido tan engañado.
29
El alba se extendía con suavidad sobre los tejados de Antioquía, y la luz comenzaba a deslizarse tímidamente por las cornisas.
En la casa episcopal, sin embargo, persistía la penumbra, callada y espesa, como si aún pesara sobre ella el eco de lo ocurrido.
Desde la caída de la noche, Cornelio permanecía recluido en su despacho, donde la trémula llama de una vela había acompañado sus pensamientos como único testigo.
No pegaba ojo desde hacía varios días seguidos.
No era la rabia lo que lo mantenía despierto, sino el desconcierto. El desconcierto y la vergüenza.
Había entregado su confianza, su cercanía y una parte importante del gobierno de la comunidad a un hombre que, ahora lo comprendía, había vivido en la mentira.
Cirilo no era simplemente un impostor: era un hereje oculto entre los suyos.
Un lobo disfrazado con piel de cordero. Y él, Cornelio, no había visto las señales. Ni una sola.
Desde que asumió el cargo de obispo de Antioquía, su propósito había sido fortalecer la ortodoxia y preservar la unidad doctrinal frente al avance insidioso de las herejías.
Sin embargo, el verdadero enemigo no había venido de fuera.
No era un predicador errante, ni un texto clandestino, ni un rumor sutil en los barrios alejados.
Era Cirilo. Su propio diácono. El hombre que cada día preparaba la mesa para la eucaristía, que gestionaba la caja común y que tomaba notas en su nombre.
Cornelio había cometido un error de juicio, sí. Pero no era eso lo único que le atormentaba.
Lo que no conseguía apartar de su conciencia era la responsabilidad de contarlo.
¿Cómo anunciar a sus presbíteros —y más tarde a toda la comunidad— que un gnóstico había ocupado uno de los cargos más altos de la iglesia antioquena sin que nadie lo detectara?
¿Cómo explicar que él mismo, el obispo, había sido engañado por completo?
Temía las consecuencias. Y no solo por su reputación personal, sino también por la herida que aquello causaría en los corazones de los fieles.
¿Cuántos sentirían tambalear su fe? ¿Cuántos verían debilitada su confianza en la estructura misma de la Iglesia?
El escándalo no era pequeño. No solo por el engaño en sí, sino por lo que representaba: la fragilidad del cuerpo eclesial, la posibilidad real de que las herejías no estuvieran al otro lado de la muralla, sino dentro de ella, sentadas junto al altar.
Cornelio lo sabía, si no actuaba con sabiduría, ese suceso podría sembrar el desaliento, dividir a los creyentes, alimentar nuevas suspicacias, fomentar el juicio imprudente entre hermanos.
Por eso aún no había reunido al clero. Por eso no había pronunciado discurso alguno.
Necesitaba encontrar las palabras adecuadas.
No bastaba con informar; había que curar.
Pero también sabía que el silencio no podría prolongarse mucho más. La comunidad estaba inquieta. Los rumores comenzaban a propagarse. Y lo último que necesitaba era una cadena de medias verdades que alimentase la confusión.
Afuera, la ciudad despertaba. Cornelio se alzó con esfuerzo y se preparó para encarar un nuevo día y hacer frente a sus responsabilidades.
Había recibido un duro golpe, pero no lo habían derrotado.
A pesar de la herida, seguía en pie, y con él, la convicción de que aún era posible reconstruir, sanar y proteger aquello por lo que había dado toda su vida .