CAPÍTULO SÉPTIMO #6
La repentina muerte de Carpócrates como consecuencia de una infección lo trastocó todo por completo.
Sin su fundador, la supervivencia del grupo se antojaba muy poco probable.
Fue entonces cuando Cirilo dio un paso al frente y asumió el mando de la secta.
Se sentía preparado y sabía que se hallaba ante una oportunidad única para darle un giro radical a su vida.
Desde que tenía uso de razón había vivido como un esclavo al servicio de su amo, y ahora que era libre, se sentía de igual modo, siempre a la sombra del obispo y bajo su permanente autoridad.
Sin embargo, ahora se le presentaba una oportunidad única para dejar atrás la anodina existencia que había llevado hasta la fecha, y convertirse en el líder de un selecto grupo de iniciados sobre los que ejercer un poder del que beneficiarse personalmente.
Al principio, pensó en dejar su cargo de diácono para dedicarse por entero al gnosticismo cristiano.
Además, compatibilizar ambas tareas le habría supuesto un esfuerzo considerable.
Sin embargo, enseguida se dio cuenta de las ventajas que le proporcionaría conservar el cargo.
En primer lugar, el control que ejercía sobre la caja común, circunstancia que aprovecharía para comenzar a sustraer ciertas sumas de dinero.
Fue así como se costeó la máscara de oro, de la que jamás se separaba cuando interpretaba su papel de líder gnóstico.
Y, segundo, la posibilidad de conocer desde dentro todo cuanto acontecía en la iglesia antioquena, información que le sería de gran utilidad, entre otras cosas, para captar a nuevos adeptos al grupo, como había hecho recientemente con Galacia o Diodoro.
Cuando se puso al frente del grupo, no lo tuvo fácil, pues sustituir a Carpócrates suponía un reto colosal.
Aun así, Cirilo demostró estar a la altura de las circunstancias y sus miembros, muy escasos por aquel entonces, lo aceptaron como líder de buen grado.
El gran problema radicaba en que la secta se hallaba estancada.
Algunos iniciados prestaban sus casas para poder celebrar allí los encuentros, pero si querían crecer, necesitaban un lugar propio que constituyese la sede oficial del culto.
Y no uno cualquiera. Debía ser una casa grande, bien situada, y decorada con los mejores lujos.
La oportunidad surgió cuando Eufemo prometió legar su vivienda a la Iglesia.
Cirilo manejó astutamente la situación y, cuando el piadoso arquitecto murió, le contó a Cornelio que un sobrino suyo había aparecido de forma inesperada reclamando la herencia.
Por supuesto, aquella historia era mentira.
Cirilo lo preparó todo de tal modo que fuese él, a título particular, quien recibiese la casa en lugar de la iglesia antioquena.
También necesitaba dinero, y mucho. Y la colecta que Serapión había organizado suponía la ocasión perfecta para satisfacer aquel objetivo.
El plan era sencillo. Filastro, su más fiel adepto, se ocuparía de llevar a cabo el robo, forzando incluso la cerradura de la puerta principal para que todo pareciese auténtico.
Dejarse golpear constituía, si acaso, la parte más difícil.
No obstante, para que el engaño funcionase, no había otro camino.
Filastro le atizó dos contundentes golpes con un garrote de madera, tan fuertes y tan reales que poco faltó para que le costase la vida…
Pero Cirilo sabía que solo de esa manera lograría librarse de cualquier atisbo de sospecha.
Luego, por supuesto, se dedicó a contaminar la investigación que el obispo había emprendido, aportando pistas falsas y señalando a distintos sospechosos. De ese modo, Cornelio jamás lograría sacar nada en claro.
—Galacia está perfectamente —insistió el obispo—. Ayúdala a sentarse otra vez y tráele un poco de agua. Con eso bastará.
El diácono no estaba dispuesto a dejar a Galacia a solas con Cornelio. Aunque todavía confiaba en su lealtad, no podía estar completamente seguro de ella. Y menos ahora que conocía el secreto de su identidad.
Tomándola del brazo, Cirilo la guio hasta la puerta. Quería alejarla de allí, hablar con ella más tarde en la sede del culto y disipar las dudas que Cornelio le había implantado en la cabeza. Estaba seguro de que así podría hacer volver las aguas a su cauce.
A Galacia le costaba pensar con claridad.
Aún estaba tratando de asimilar las implicaciones de su increíble descubrimiento.
Poco a poco, consiguió ordenar sus pensamientos, y comprendió cuán ladino y retorcido podía ser Cirilo.
No solo por el injustificable robo de la colecta, sino por cómo se había aprovechado de ella para consumar el acto sexual.
No iba a permitir, no podía permitir que aquel individuo continuase por más tiempo siendo el diácono del obispo.
Zafándose de la mano que la sujetaba, la mujer volvió sobre sus pasos.
—Cirilo es el líder de la secta gnóstica —afirmó dirigiéndose a Cornelio—. No lo he sabido hasta ahora. Acabo de descubrirlo ahora mismo, se lo juro.
El obispo la miró como si hubiese perdido la cabeza, circunstancia que el diácono trató de aprovechar a su favor.
—Señor, ya le dije que Galacia no se encontraba bien. ¿No lo ve?
Pero ella no se dejó amedrentar.