Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #5
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CAPÍTULO SÉPTIMO #5

—De cualquier modo, ese asunto no viene ahora al caso —comentó el obispo—. Quien me preocupa eres tú, y tu conducta más que reprochable. Sé lo que estás haciendo… Jamás me habría esperado algo así de ti.

La acusación, aunque grave, resultaba extremadamente vaga. ¿A qué podía estar refiriéndose? ¿Acaso estaba Cornelio al corriente de su pertenencia al gnosticismo cristiano? En principio, no lo creía posible. El grupo se regía por un secretismo absoluto.

—No sé de qué me habla —replicó a la defensiva.

El obispo se frotó las manos y esbozó una malintencionada sonrisa. Sin duda, estaba disfrutando de la ventaja que tenía.

—¿Ah, no? Te aconsejo que no sigas por ese camino, no te deja en buen lugar.

De pronto, Cirilo dio un paso al frente y decidió intervenir.

—Sabemos que formas parte de un grupo de gnósticos cristianos.

Cornelio fulminó a su diácono con la mirada. Haberlo desvelado tan pronto había estropeado su diversión. Galacia, por su parte, no pudo ocultar su estupor al verse descubierta.

—Está bien, no voy a negarlo —admitió—. Pero ¿cómo os habéis enterado?

—Diodoro se fue de la lengua… Aunque, en su defensa, te diré que no te delató a propósito, solo que a veces es demasiado impulsivo. —El obispo juntó las manos por encima de la mesa—. Me siento profundamente decepcionado contigo, Galacia. Has traicionado a Cristo y a la Iglesia.

—¡Mentira! Mi fe en Cristo no ha cambiado un ápice.

Si Cornelio esperaba intimidarla, se había equivocado. Lejos de adoptar una postura sumisa, Galacia estaba decidida a defenderse con todas sus fuerzas.

—¡¿Cómo te atreves a decir eso?! Los gnósticos tergiversan las enseñanzas de Jesús.

—No. En todo caso, las amplían y complementa n . El evangelio de María Magdalena supone una fuente de conocimiento de valor incalculable.

—¿El evangelio de María Magdalena? He oído hablar de él, pero pensaba que no era más que un mito.

—Pues existe. Lo que pasa es que su número de copias es muy escaso porque su conocimiento se transmite de forma clandestina. En él, María Magdalena recibe enseñanzas de Jesús que ocultó a los apóstoles.

El obispo rechazó aquella idea soltando un bufido.

—Ese evangelio no forma parte de la tradición de la Iglesia. ¿Cómo puedes fiarte de su contenido?

—Quizá no forme parte de la tradición porque en él son las mujeres, las discípulas de Jesús, las que se sitúan en el centro del relato. Y si se ha conservado, ha sido gracias el celo de unos pocos adeptos, que han sabido mantener su existencia en secreto.

—Cirilo, ¿estás escuchando las mismas barbaridades que yo? —lo interpeló Cornelio—. Esto es aún peor de lo que me imaginaba.

—Galacia está en un error, pero se equivoca de buena fe —contestó el diácono—. Seguro que otros la han confundido.

—Cirilo, no hace falta que me disculpes. Yo puedo defenderme sola.

Cornelio señaló a Galacia acusadoramente con el dedo.

—Las doctrinas gnósticas socavan gravemente la unidad de la Iglesia. Propagándolas, estás causando un daño terrible. Pero, no conforme con eso, nos arrebatas a adeptos que atraviesan por momentos de duda o vacilación. ¡Debería darte vergüenza!

—¿Que les arrebato a adeptos? Cuando me acerqué a Diodoro, usted ya le había cerrado las puertas de la Iglesia.

—Vamos a calmarnos todos —intervino Cirilo en un intento de serenar el ambiente.

El obispo se cubrió la cara con las manos y negó con la cabeza.

—Galacia, te digo todo esto por tu bien. Si haces lo correcto, aún podrías librarte de la condenación eterna —dijo en un tono que pretendía sonar conciliador.

—Dios no me condenará. Los gnósticos no son como usted los pinta. Celebran el bautismo y la eucaristía. Y no me discriminan por el hecho de ser mujer.

—Así que es eso, has abandonado la Iglesia a cambio del reconocimiento terrenal que ellos te ofrecen.

—Resulta una forma muy simplista de ver las cosas.

—No, no lo creo. Diodoro nos dijo que lo bautizaste. Lo cual implica que ejerces de sacerdotisa para ellos, ¿verdad?

—¿Y qué si lo soy? Antes, también lo era de la iglesia antioquena, hasta que usted me depuso injustamente.

Cornelio encajó el dardo de Galacia con elegancia.

—Y hacías un trabajo encomiable, nunca lo he negado —concedió—. Por cierto, ¿qué obras de caridad llevas a cabo ahora?

Instintivamente, ella bajó la mirada. En verdad, aquella era la faceta que como presbítera cristiana más echaba de menos, y de la que, tenía que reconocerlo, los gnósticos no se preocupaban.

El obispo observó detenidamente su reacción, y se dio cuenta de que por fin había logrado abrir una grieta en la coraza de Galacia.

—Lo que hiciste con el comedor social fue extraordinario. La última vez que hablamos, incluso, me dijiste que el local se estaba quedando pequeño. Desde que te uniste a los gnósticos, ¿de qué forma ayudas a los más necesitados? ¿Cómo sigues el ejemplo de generosidad dado por Jesús y los apóstoles?

Galacia no se sintió con fuerzas para replicar. No tenía argumentos. Su silencio fue más que elocuente. Cornelio había dado con su punto débil y lo aprovechó de inmediato para aumentar su presión sobre ella.

—Vuelve al seno de la Iglesia, Galacia. Los cristianos te necesitan, y más aún los del barrio de Kerateion, a los que tan bien conoces.

La mujer no pudo evitar sentirse culpable.

Durante la última semana, había estado solicitando donaciones económicas a sus iniciados, aun sabiendo que aquel dinero recaudado no se destinaría a los más desfavorecidos, sino al mantenimiento del grupo y a los lujos con que Philonius decoraba la casa que constituía la sede del culto.

Aquello no estaba bien y, en el fondo de su corazón, Galacia sabía que no había nada que lo justificase.

—Alejándote de la ortodoxia, lo único que conseguirás será poner en peligro la salvación de tu alma —insistió Cornelio—. Te necesito, Galacia. Los gnósticos cristianos son nuestros peores enemigos. Ayúdame a combatirlos.

—¿Combatirlos?

—La Iglesia está en guerra. Y las herejías se han convertido en nuestros adversarios más temibles. Desde dentro, podrías ayudarnos a acabar con ellos.

—¿Yo? ¿Y qué podría hacer yo?

—Dime, por ejemplo, quién es vuestro líder. Esa información nos sería de mucha ayuda.

—No lo sé… Se hace llamar Philonius, pero no es su nombre verdadero. Siempre mantiene su rostro oculto tras una máscara de oro.

Las palabras habían brotado de su boca sin pensar, aunque en realidad todavía no había desvelado nada que al obispo pudiese valerle de algo.

—Entonces, destruye el evangelio de María Magdalena. Un golpe así sería definitivo.

—¿Por qué? ¿Qué le hace pensar eso?

— Verba volant, scripta manent —apuntó Cirilo. Pero tan pronto como pronunció aquellas palabras se arrepintió, consciente del grave desliz que había cometido .

A Galacia se le cortó la respiración y los ojos se le abrieron hasta casi salírsele de las órbitas. Piezas que ni siquiera sabía que existían encajaron de repente en su sitio. Por un instante, todo se tambaleó a su alrededor, como si se hubiese mareado y estuviese a punto de desmayarse.

El obispo, que malinterpretó su cambio de expresión, intervino para aclarar el comentario de Cirilo.

— Verba volant, scripta manent significa: «las palabras vuelan, lo escrito permanece». De ahí la importancia de destruir los falsos evangelios. Es latín, la lengua de los romanos, por cuya cultura Cirilo siente una gran admiración.

Galacia continuaba sin reaccionar, tratando aún de asimilar las implicaciones de su accidental descubrimiento. Los labios le temblaban ligeramente y su rostro había palidecido.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó el obispo.

De repente, la mujer sintió la mano de Cirilo posarse sobre su hombro.

—Señor, creo que deberíamos dejarla marchar. Galacia necesita tomarse un tiempo para pensar en todo lo que le ha dicho.

Cirilo había modulado la inflexión de su voz para que sonase más grave y profunda, adoptando así el tono tan característico de Philonius. El diácono quería que ella supiese que, aunque hubiese descubierto su verdadera identidad, no tenía por qué cambiar nada.

—Tonterías, nuestra conversación no ha terminado —replicó Cornelio—. Galacia está comenzando a ser consciente del error que ha cometido.

—Señor, no tiene buena cara, ¿no se da cuenta? —rebatió, al tiempo que ayudaba a la mujer a ponerse en pie.

Cirilo ignoró al obispo, consciente de que debía solventar el problema antes de que se descontrolase del todo.

Si Galacia lo delataba, perdería de un plumazo todo lo que había logrado a lo largo de los últimos años, desde que Carpócrates entró por primera vez en contacto con él y cambiase su vida para siempre.

El carismático líder gnóstico había huido de Roma por los problemas que allí había tenido con la Iglesia, y se había instalado en Antioquía con la intención de formar un nuevo grupo iniciático, para lo cual tanteó a varios miembros del clero antioqueno con el fin de evaluar su grado de interés.

Cirilo fue el único interesado, y poco a poco quedó cautivado por la filosofía gnóstica y su envolvente misticismo

Pronto, se convirtió en el discípulo más aventajado de Carpócrates, absorbiendo sus enseñanzas y empapándose de su sabiduría.

Y todo ello compaginando su labor como diácono al servicio de Serapión.

Con el tiempo, Cirilo también se dio cuenta de que Carpócrates ejercía un control firme sobre sus seguidores, influenciándolos no solo a través de sus ideas, sino también mediante prácticas más controvertidas, como el uso del sexo.

Esta revelación, aunque inquietante, despertó en Cirilo una fascinación aún mayor.