Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #4
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CAPÍTULO SÉPTIMO #4

—¿Te has vuelto loco? A Publio Sulpicio no le habrá gustado nada lo que acaba de ocurrir.

Mientras tanto, la representación prosiguió su curso con Jesús nuevamente como protagonista. Un grupo de fariseos se acercó a él, arrastrando a una mujer ante su presencia.

—Esta mujer ha sido sorprendida en adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrearla hasta la muerte. ¿Qué tienes tú que decir?

—El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Al oír esto, todos comenzaron a irse hasta que no quedó ninguno.

—Mujer, ¿dónde están? —preguntó Jesús—. ¿Ninguno te ha condenado?

—Ninguno, Señor.

—Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no vuelvas a pecar.

El tono de la obra había cambiado por completo.

De la comicidad que había imperado hasta entonces ya no quedaba ni rastro.

Los actores, incluso, interpretaban ahora sus papeles con gran fidelidad y dramatismo.

Por su parte, los espectadores se removían inquietos en sus asientos sin comprender lo que pasaba…

Aunque, quizás por el mismo motivo, su interés por la obra se había multiplicado. ¿Hacia dónde se dirigía todo aquello?

La siguiente escena mostraba a Jesús rodeado de sus seguidores, a quienes explicaba sus principales enseñanzas de forma resumida: «Amarás al prójimo como a ti mismo».

«No juzguéis a otros, y Dios no os juzgará.

No condenéis a otros, y Dios no os condenará.

Perdonad, y Dios os perdonará». «Tratad a los demás como os gustaría que los demás os tratasen a vosotros».

«El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

«Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra».

«Sed misericordiosos, como también vuestro Padre celestial es misericordioso».

«Hay más dicha en dar que en recibir». «Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado.

En su lugar, llama a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos; y serás bienaventurado».

Y, como esas, otras afirmaciones por el estilo que Calandio había seleccionado de los evangelios sagrados.

La notable interpretación del actor que encarnaba a Jesús, dotado de una poderosa voz, también contribuyó a engrandecer la figura del personaje.

El tercer acto de la obra de Calandio estaba descubriendo al público una imagen de un Cristo de la que apenas sabían nada: un predicador que defendía una serie de valores éticos y espirituales, tan dignos de elogio como difícilmente criticables.

Jesús abogaba por el amor, la compasión, la generosidad, la humildad, el perdón y la equidad entre todos los seres humanos.

—No sé qué diablos te propones —masculló Calpurnio al oído del dramaturgo—. Pero cuando esto acabe, tendrás que darme muchas explicaciones.

Luego, los acontecimientos se precipitaron y, muy rápidamente, Jesús fue prendido, juzgado y condenado a morir en la cruz.

Antes, sin embargo, Poncio Pilato, el prefecto de Judea en aquel tiempo, interpretado por un actor bajito y rechoncho, sintiendo remordimiento de conciencia por su decisión, ofreció al pueblo la posibilidad de soltar a un preso como se tenía por costumbre.

La elección debía tomarse entre Jesús y un tal Barrabás, en quien los espectadores reconocieron de inmediato al protagonista del asesinato del centurión romano con que había comenzado el tercer acto.

Pese a todo, la multitud, instigada por los sacerdotes judíos, escogió liberar a Barrabás, lo que llevó a Poncio Pilato a lavarse las manos para librarse de toda culpa.

En ese punto, Calandio ya se había metido a la audiencia en el bolsillo. Los espectadores compartían el mismo sentimiento de indignación, ante lo que reconocían como una injusticia tan evidente como trágica. Lo peor, sin embargo, aún estaba por llegar.

A Jesús lo azotaron, le pusieron una corona de espinas en la cabeza y, finalmente, tras obligarlo a cargar con una pesada cruz, lo clavaron en ella.

Todas aquellas escenas se mostraron con una inusitada carga de realismo y crudeza, acentuada por los lúgubres cantos del coro.

La mayor parte de los espectadores contemplaron el tramo final de la obra con un nudo en la garganta.

Las mujeres, en especial, no pudieron evitar derramar algunas lágrimas.

El telón se cerró definitivamente cuando algunos de sus discípulos se llevaron el cuerpo sin vida de su maestro para darle sepultura.

La obra acabó en ese punto.

No hubo resurrección, ni tampoco ascenso a los cielos.

Al principio, un incómodo silencio recorrió la grada de un extremo a otro.

Todos se miraban entre sí, sin saber muy bien cómo reaccionar ante lo que habían presenciado.

Hasta que, procedentes de diferentes sectores del público, se comenzaron a oír unos tímidos aplausos, que poco a poco se fueron contagiando, hasta culminar en una cerrada ovación que se prolongó durante varios minutos.

—¡¿Se puede saber qué significa todo esto?! —Calpurnio estaba furioso—. ¡Ah, ya sé! Los cristianos, después de todo, al final te han ganado para su causa. No me lo puedo creer. ¿Acaso ahora te has convertido a su ridículo credo?

—Sé que estás alterado, pero haz el favor de no decir tonterías —replicó Calandio—. Sabes de sobra que yo no creo en dioses de ninguna clase.

—Entonces, ¿por qué lo has hecho? ¿A qué viene el giro final de la obra? ¡Eso no fue lo que acordamos! ¡Me has engañado!

El dramaturgo dejó escapar una carcajada cargada de cinismo.

—Tiene gracia que me acuses de mentir —repuso—. Sé lo del senado, Calpurnio. Sé que tu nombramiento como magistrado encargado de las finanzas públicas es inminente.

—Está bien, de acuerdo, reconozco que debí habértelo contado. Sin embargo, eso no cambia las cosas. Sigo dispuesto a financiar tu anhelada tragedia griega, ese fue mi compromiso.

—Sí, pero ya no está en tu mano aprobarla. El nuevo edil responsable de las festividades podría rechazarla. Es más, seguramente lo habría hecho debido a mis fracasos de los últimos años, así como a la escasa demanda de dramas.

Calpurnio se cruzó de brazos en actitud desafiante.

—Me has traicionado. Así que no esperes que yo ahora cumpla con mi parte del trato —señaló.

—¿Es que no te das cuenta? Ya no te necesito.

He demostrado a todos que no solo puedo hacer reír, sino también tocar el corazón de los espectadores.

¿Acaso no has visto cómo se han conmovido?

Después de lo de hoy, no me será difícil encontrar financiación para mi obra.

Y, a buen seguro, el edil que te sustituya la aprobará sin dudarlo.

—Calandio exhibió una sonrisa triunfal—.

Con el tiempo, seré considerado el mejor dramaturgo de la historia de Antioquía.

28

Galacia había recibido una nota del obispo instándola a reunirse con él lo antes posible. No decía el motivo, ni nada que pudiese darle una pista.

Al principio, decidió ignorarlo por completo.

Desde que la destituyó como presbítera, sentía un fuerte rencor hacia Cornelio, al que no había vuelto a ver desde entonces, y tampoco deseaba hacerlo ahora.

Sin embargo, las notas no cesaron y Galacia comenzó a preguntarse la causa de tanta insistencia.

¿Se habría dado cuenta Cornelio de su error y pretendía rectificar la decisión que había tomado?

Si así fuese, ella no regresaría. Dentro del gnosticismo cristiano había encontrado su lugar, allí se la valoraba y ocupaba una posición preeminente.

Al final, accedió a acudir para zanjar definitivamente el tema. Si Cornelio pretendía hacerla volver, le produciría una enorme satisfacción rechazar su ofrecimiento.

Cirilo la recibió en la puerta y ambos se saludaron con afecto. Su relación con el diácono del obispo siempre había sido buena.

—Aguarda aquí un momento, por favor. Informaré al obispo de tu llegada.

Cirilo encaminó sus pasos hacia las escaleras y se perdió en la planta superior. Instantes después, le pidió a Galacia que subiese.

Cornelio, que se hallaba tras su escritorio, no se levantó cuando ella entró en el despacho. En su lugar, extendió el brazo para indicarle que tomara asiento. Cirilo permaneció en la estancia, a escasa distancia de la puerta.

—He pasado varias veces por tu casa, pero nunca estabas —espetó Cornelio.

—Lo sé, he visto sus notas. ¿Por qué quería verme?

Desde el primer momento, Galacia advirtió cierta hostilidad en el ambiente. Aquello no era lo que esperaba.

—Le diste la espalda a la Iglesia, Galacia.

—Tal como yo lo veo, fue usted quien prescindió de mí.

—No. Tú tenías tu lugar como diaconisa, eso fue lo que te dije. La comunidad pasaba por un momento difícil y tus hermanos en la fe te necesitaban. El robo de la colecta y la muerte de Serapión supusieron un golpe muy duro.

Galacia no pudo evitar sentir una punzada de culpa. Philonius estaba detrás del robo, circunstancia que le producía cierta zozobra. Ella sabía que estaba mal, y las explicaciones del líder gnóstico no habían terminado de convencerla.

—¿Las autoridades nunca dieron con el culpable? —sondeó Galacia.

—No, pero ya estamos bastante seguros de haberlo encontrado.

El obispo se refería a Evodio, el presbítero llegado de Frigia, de cuya culpabilidad no tenía dudas. A su juicio, él se había hecho con el dinero de la colecta, dinero que luego utilizó para adquirir la «lágrima de Cristo».

—¿Ah, sí? ¿Y en quién pensáis?

—Lo siento. El asunto está en manos del magistrado competente, no puedo hablar sobre ello.

Galacia ignoraba de quién sospechaba Cornelio. Pero, desde luego, no podía tratarse de Philonius, cuya verdadera identidad ni siquiera ella conocía. El anonimato del líder gnóstico constituía su mejor manto de protección.