CAPÍTULO SÉPTIMO #3
A continuación, la mujer se lanzó a por él, y ambos protagonizaron una cómica persecución alrededor de la mesa que ocupaba el centro de la estancia.
—¡Para ya, por favor! ¡Soy un ángel! —rogó el intruso jadeando por el cansancio—. ¿Es que no lo ves? —añadió señalándose las alas.
María pareció tranquilizarse un poco, si bien no dejaba de mirarlo con cierta desconfianza.
—Soy el ángel Gabriel. ¡Lo juro por lo más sagrado!
—¿Y qué haces en mi casa?
A continuación, el ángel le explicó a María que había recibido el favor del Señor: se quedaría embarazada de un varón al que pondría de nombre Jesús, a quien llamarían el hijo del Altísimo.
La excelente acústica del teatro facilitaba que el diálogo se escuchase nítidamente hasta en el rincón más alejado de la grada.
—¿Y cómo voy a concebir, si no conozco varón? —lo interpeló María—. Estoy casada con José, pero el pobre ya está muy mayor para…
—¡Pues menudo desperdicio! —gritó un espectador, provocando nuevas carcajadas.
La interrupción, lejos de molestar a Calandio, lo llenó de satisfacción. Las intervenciones espontáneas por parte del público denotaban que seguían la obra con interés.
—Por eso no has de preocuparte —explicó el ángel—. El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra para consumar el milagro.
—¿El Espíritu Santo?
—Mmmm, sí. Aunque…, ahora se encuentra muy ocupado con otros asuntos, y ha delegado en mí el cumplimiento del encargo.
—¡Tú sí que sabes, ángel Gabriel! —gritó otro espontáneo.
María pareció pensárselo y, tras valorar detenidamente la propuesta, dijo:
—Aquí tienes a la sierva del Señor. Haz conmigo lo que te ha pedido. —Y, acto seguido, se desprendió de la túnica para quedarse vestida únicamente con una bata de seda transparente que despertó de inmediato la lujuria de buena parte de los presentes en la grada.
Sin perder el tiempo, el ángel tendió a María en el suelo, donde simularon el acto sexual ante la atónita mirada de la concurrencia.
Semejante proceder rara vez se veía encima de un escenario, pero siendo Calpurnio la autoridad responsable de aprobar el contenido de la obra, había superado la censura acostumbrada.
Cuando finalizó la primera escena, se cerró el telón durante unos instantes para cambiar el decorado.
Hasta el momento, las carcajadas habían predominado desde e l comienzo, incluyendo la irreverente cópula que la mujer y el ángel habían protagonizado.
Calandio había transformado uno de los episodios más sagrados para los cristianos en una burla despiadada, apelando a los más bajos instintos del hombre.
—La obra no ha podido comenzar mejor —apuntó un exultante Calpurnio, encantado con la afilada pluma del dramaturgo.
Para la siguiente escena, se había sustituido la casa por un camino de tierra, unos cuantos árboles y un fondo negro pintado de relucientes estrellas.
María reapareció a lomos de un asno, llevando un enorme cojín bajo la túnica que simulaba su avanzado estado de gestación.
José la acompañaba a pie, encorvado como una vieja rama de sauce.
La pareja hablaba de lo inoportuno del censo que los romanos habían decretado, pues los había obligado a desplazarse hasta Belén para cumplir con su deber.
—¿Qué haremos si no encontramos posada en ninguna parte? —preguntó María, acariciándose su abultada barriga en círculos—. Sospecho que voy a ponerme de parto de un momento a otro.
—No te preocupes, algo encontraremos. Y no me mires así, que no fui yo el que te dejó preñada.
Ambos desaparecieron por un lateral del escenario, al tiempo que por el otro aparecía un grupo de pastores discutiendo de sus problemas cotidianos.
A continuación, se sentaron en el suelo y prendieron una hoguera para combatir el frío de la noche.
Entonces, el ángel Gabriel realizó una espectacular reentrada en escena, aparentando flotar en el aire gracias a unas cuerdas que lo sujetaban.
El coro de la orquesta contribuyó a ensalzar su aparición entonando una fanfarria.
Al tocar tierra, el actor fingió tropezarse y rodó por el suelo, provocando una buena dosis de carcajadas. Los pastores, a su vez, impactados por aquella misteriosa aparición, se miraron unos a otros y, desconcertados, comenzaron a correr despavoridos.
—¡No, no tengáis miedo! ¡He venido a anunciaros el nacimiento del Mesías esperado!
Los pastores, sin embargo, no lo escucharon y abandonaron rápidamente el escenario.
El ángel, derrotado, se encogió de hombros y también hizo lo propio.
En su lugar, apareció un nuevo personaje: un hombre ataviado con una túnica ricamente decorada, que lucía una larga barba blanca.
Instantes después, los pastores reaparecieron en escena y se toparon con el extraño, al que observaron con suspicacia.
—Soy un mago venido de Oriente para adorar al rey de los judíos que acaba de nacer —explicó—. Y he llegado hasta aquí siguiendo una estrella. ¿Sabéis dónde puedo encontrarlo? Le he traído oro a modo de ofrenda.
Los pastores cuchichearon entre sí y, sorprendidos por la ingenuidad del extranjero, cayeron sobre él y le robaron todo lo que llevaba, momento que la orquesta acompañó con fuertes golpes de percusión.
El telón se corrió un par de minutos para un rápido cambio de escenografía.
María y José habían encontrado refugio en un viejo establo que compartían con algunos animales.
Ella yacía en un lecho de paja, mientras su esposo, a espaldas del público, la asistía en lo que parecía ser un parto difícil.
María aullaba de dolor y profería toda suerte de improperios, sobre todo contra el ángel que la había dejado embarazada.
Por fin, José tomó a la criatura recién nacida en brazos y lo sostuvo así durante varios segundos, de espaldas al público, para aumentar la expectación. Cuando se giró, mostró al bebé encarnado por un muñeco, con una característica muy peculiar: tenía la cabeza de un asno.
El teatro parecía que iba a venirse abajo. Los espectadores pataleaban contra el suelo, descoyuntándose de la risa. El hijo del Dios cristiano era tan burro como sus propios seguidores.
El primer acto había concluido en el punto más alto.
—¡Eres un genio, Calandio! —exclamó Calpurnio—. Hacía años que no veía reírse tanto al público. Lo tuyo es la comedia, no hace falta que te lo diga.
—Accedí a tu encargo porque suponía un desafío. Pero vuelvo a repetirte que será la última comedia que escriba.
Cuando se abrió nuevamente el telón, el escenario recreaba lo que vendría a ser una calle cualquiera de una población de Judea en los tiempos del emperador Tiberio.
En el segundo acto aparecía un Jesús adulto, que acababa de iniciar su periodo de predicación.
Varios hombres, sus discípulos, lo seguían a donde quiera que fuese sin despegarse de él.
La escena resultaba cómica porque, por mucho que Jesús intentase librarse de ellos, no lo lograba.
Sus discípulos no se separaban ni un centímetro de su espalda.
Luego apareció un extraño hombre con el cabello sucio y enmarañado, que realizaba grandes aspavientos y vociferaba toda suerte de obscenidades. Su histriónica actuación arrancó numerosas carcajadas.
—¡Un endemoniado! —gritaron los discípulos—. ¡Haga algo, maestro!
Jesús se aproximó al hombre y le palpó la frente con la mano. El endemoniado comenzó a convulsionarse y a echar espuma por la boca, hasta caer al suelo como fulminado por un rayo. Un discípulo comprobó si le latía el corazón y dijo:
—Ha muerto…
Jesús se encogió de hombros y dejó escapar un bufido, como si el desgraciado resultado de su intervención no fuese más que un gaje del oficio.
Acto seguido, un nuevo actor entró escena, interpretando a un ciego que no hacía más que tropezar con cada obstáculo del camino.
—Busco al que dicen que tiene el poder de curar todos los males.
—¿Puede devolverle la vista, maestro? —preguntó un discípulo.
Jesús no lo dudó y tocó los ojos del invidente. Este, sin embargo, lejos de sanar, comenzó a señalarse la boca.
—Maestro, este hombre no solo no ha recuperado la vista, sino que además se ha quedado mudo.
Las risas de los espectadores resonaban por todo el recinto.
Las siguientes escenas se desarrollaron repitiendo el mismo esquema.
Cada vez que Jesús trataba de sanar a alguien, lo dejaba peor de lo que estaba.
El segundo acto al completo se centró en ridiculizar las curaciones milagrosas que supuestamente el Mesías de los cristianos había realizado.
La grada aplaudió a rabiar cuando acabó.
—¡Después de esto, los cristianos serán objeto de burlas insoportables!
—exclamó Calpurnio visiblemente satisfecho—.
Los que estén considerando unirse a la Iglesia se lo pensarán dos veces antes de hacerlo, y los que ya estén dentro preferirán abandonarla para evitar que su reputación se vea afectada.
Durante los próximos meses, ser cristiano en Antioquia estará aún peor visto de lo acostumbrado.
—Ahora que lo pienso… Quizás pagues por ello un precio muy alto —repuso Calandio—. Tu hija se enfadará contigo por haber autorizado esta obra. Y ni te cuento si se entera de que tú la impulsaste.
—Sí, lo sé, pero estoy seguro de que antes o después se le pasará. Si la obra de teatro sirve para debilitar al culto cristiano, entonces habrá merecido la pena.
El tercer y último acto dio comienzo de forma extraña.
Un centurión romano que realizaba labores de vigilancia, de repente era cosido a puñaladas por un hombre corpulento y de barba poblada, que se le había acercado de forma sigilosa.
La escena, cruel y sanguinaria, no pretendía hacer gracia.
Desde luego, nadie se rio ante el asesinato de un centurión romano a manos de un judío fanatizado.
—¿Qué significa esto? —inquirió Calpurnio, tan confuso como el resto de los espectadores—. En el texto que escribiste no figuraba este momento.
—Me temo que he hecho algunos cambios de última hora… —replicó Calandio de forma críptica.