Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #2
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CAPÍTULO SÉPTIMO #2

—Entonces vas a tener que tomar una decisión. Nada de lo que hemos hablado tiene sentido si al mismo tiempo estás al lado de un hombre que le ha dado la espalda a Dios y a la Iglesia.

—¿Qué quiere decir?

—Que, en tales condiciones, no podría nombrarte diaconisa. Tal cosa supondría una absoluta contradicción.

Las lágrimas de felicidad que Falconila había derramado apenas unos minutos antes se transformaron en lágrimas de angustia y nerviosismo.

—No, por favor, no puede ponerme en semejante tesitura…

—Lo siento, Falconila. Por muy duro que pueda resultarte abandonar a Druso, no deja de ser la decisión correcta.

—Pero… yo lo amo…

Cornelio clavó sus ojos en ella.

—La pregunta que debes hacerte es muy sencilla. ¿Acaso tu amor por Druso es más fuerte que el que sientes hacia Cristo resucitado?

***

Tan solo un día después del encuentro entre Falconila y el obispo, los acontecimientos se precipitaron.

La joven citó a Druso en uno de los bazares más concurridos de la ciudad, donde la actividad no cesaba hasta bien entrada la tarde.

Los encuentros entre ambos debían producirse bajo la supervisión de Tariq, y siempre en lugares públicos.

Los puestos ofrecían fruta, verdura y especias, pero sobre todo, un sinfín de artículos de artesanía.

El bullicio no aminoraba a ninguna hora del día.

Los tenderos vociferaban para atraer la atención hacia sus productos, los clientes regateaban el precio de la mercancía y el tintineo de las monedas cambiando de manos certificaba el éxito de cada transacción.

Los aromas se confundían unos con otros, para dar lugar a una extraña amalgama de la que sobresalía el distintivo olor a río que llevaba consigo la brisa.

Druso aguardaba en el lugar designado, un formidable puesto de telas que ocupaba toda una esquina. Falconila lo vio en la distancia y, antes de acercarse, le murmuró unas palabras a su sirviente:

—Déjanos espacio, por favor.

El fiel eunuco no puso objeción y se alejó unos metros para respetar la intimidad de la pareja.

Antes de pronunciar una sola palabra, Falconila rompió a llorar de forma desconsolada. Inmediatamente, Druso la rodeó entre sus brazos para confortarla.

—Tranquila, nos volveremos a ver antes de que te des cuenta. Seis meses pasan más rápido de lo que parece.

Druso, sin duda, atribuyó el llanto de su amada a su inminente partida. Su instrucción militar daría inicio en tan solo unos días.

—Vamos, cálmate —insistió—. Pase lo que pase, nos tenemos el uno a otro.

Falconila necesitó cinco largos minutos para recomponerse.

—Lo siento, Druso, aquí termina nuestra relación —dijo al fin entre sollozos.

—¿Cómo? ¿De qué hablas? —exclamo Druso, pensando aún que debía tratarse de un malentendido.

—Se acabó, nunca más volveremos a vernos. A mí también me duele, pero tiene que ser así.

—¿A qué viene esto, Falconila? ¿Ha sido tu familia? ¿Al final te han convencido para alejarte de mí? —inquirió, al tiempo que sentía su corazón encogerse.

—No, ellos no han tenido nada que ver.

—Entonces no lo entiendo. Tú me quieres, lo sé.

Con ciertas dificultades, entre hipidos y gimoteos, Falconila le desveló la conversación que había mantenido con el obispo.

—¡Al diablo con Cornelio! —estalló Druso—. ¡No tiene ningún derecho a meterse en nuestras vidas del modo en que lo ha hecho!

—Lo siento, de verdad. Pero mi fe en Cristo está por encima de todo. A partir de ahora, serviré a Dios como diaconisa, lo que implica ser un ejemplo para el resto de la comunidad.

En realidad, aquel no era el único motivo por el que Falconila había tomado aquella decisión.

También pensaba que tarde o temprano se desencadenaría una guerra, y Druso, con un alto grado de probabilidad, acabaría perdiendo la vida en ella.

Dejarlo ahora, por tanto, constituía una forma de protegerse.

El dolor actual no sería nada comparado con el que sentiría al perderlo tras llevar varios años juntos.

—Antes de tomar una decisión definitiva, deberíamos hablar del asunto con calma —rogó Druso.

Por su mente, cruzó incluso la posibilidad de renunciar a ingresar en el ejército romano pero, si lo hacía, aunque por razones diferentes, el resultado sería el mismo: Falconila y él no podrían estar juntos.

—No, por favor, no insistas más, te lo ruego. No me lo pongas aún más difícil. —Y, antes de girarse, añadió—: Adiós, Druso. Rezaré por ti todos los días.

Falconila, rota por dentro, echó a caminar por donde había venido.

Druso se quedó paralizado. Pero, al cabo de unos instantes, reaccionó y corrió tras ella para interceptarla.

Lágrimas enormes rodaban por sus mejillas.

Con suavidad, la tomó de las manos y, desde la profundidad de sus ojos azules, le dedicó una mirada rebosante de amor, pero también de ternura y compromiso.

El ajetreo del mercado se hallaba en su punto álgido.

Los viandantes pasaban por su lado sin apenas mirarlos, a escasos centímetros de distancia, tejiendo una estridente sinfonía conformada por protestas, lamentos y risas.

Pese a todo, Druso y Falconila no eran conscientes de cuanto acontecía a su alrededor, como si una burbuja invisible los aislase del mundo.

Para ambos, el tiempo parecía haberse detenido, sabedores de que se hallaban ante un momento que determinaría el resto de sus vidas.

Druso se aproximó aún más a Falconila y, con voz vacilante, dijo :

—No poseo ningún bien, mi sangre carece de la menor gota de linaje y, salvo mi amor, no tengo mucho más que ofrecerte. ¿De verdad estás segura de querer estar conmigo pese a todas las dificultades?

Falconila sintió una desgarradora punzada de dolor recorrerle las entrañas. Aun así, no dijo nada. Se dio la vuelta y, anegada en lágrimas, corrió en dirección a Tariq para irse de allí cuanto antes.

Esta vez, Druso no obtuvo la respuesta que esperaba.

27

El teatro de Antioquía, que se elevaba en la falda del monte Silpios, acogía la nueva obra de Calandio, cuyo estreno nadie quería perderse.

A los aficionados habituales, entre quienes se hallaba lo más granado de la sociedad, se le había sumado también buena parte de la plebe.

Incluso Publio Sulpicio, el gobernador romano, había confirmado su asistencia al evento que tanto interés había suscitado.

Calpurnio localizó al dramaturgo entre bastidores, dando las últimas instrucciones a los actores y a los operarios encargados de preparar el atrezo del escenario.

Todos, en mayor o menor medida, eran presa del nerviosismo, menos el propio Calandio, que actuaba con la serenidad que le proporcionaban sus muchos años de experiencia en el mundo del teatro.

—Vamos, vamos —lo apremió Calpurnio—. La obra está a punto de empezar y te he guardado un asiento a mi lado.

—Bien, bien. Aquí ya no me necesitan. Ahora, disfrutemos del espectáculo.

Recorrieron un pasillo cubierto que desembocaba en el graderío. El cielo estaba despejado y el sol de media tarde, lejos de abrasar, proporcionaba una cálida caricia que se complementaba con la dulce brisa que soplaba desde la serranía.

—¡Los dioses nos favorecen! —exclamó el edil extendiendo lo brazos—. Luce un tiempo espléndido para el estreno de tu obra.

—Y parece que habrá un lleno absoluto, ¿verdad? —añadió Calandio, tras comprobar que ya se habían completado tres cuartas partes del aforo.

—De eso no te quepa la menor duda.

Construido aprovechando la pendiente natural de la colina, el teatro constituía una obra monumental con capacidad para veinte mil espectadores.

La grada, esculpida en piedra, estaba dispuesta en semicírculo y contaba con tres zonas separadas, cada una de ellas destinada a un estrato social diferente.

Calpurnio y Calandio se sentaron en la zona reservada a las autoridades, situada inmediatamente detrás de la orquesta.

La parte frontal del escenario estaba enmarcada por un pórtico de columnas y decorada con esculturas de musas y deidades.

—¿No estás nervioso? —preguntó Calpurnio.

—Pues claro que sí, solo que procuro no exteriorizarlo —repuso el dramaturgo.

Los asistentes más rezagados emergían de los vomitorios y se apresuraban a ocupar sus asientos.

—Yo también lo estoy, lo confieso. Sé que la obra es brillante, pero hasta que no vea la reacción del público no respiraré tranquilo.

—Si hay cristianos entre los espectadores, se arrepentirán de haber venido. De eso puedes estar seguro.

De repente, un ligero clamor recorrió la grada cuando Publio Sulpicio hizo su entrada, escoltado por una pareja de centuriones.

El gobernador romano saludó a la multitud agitando una mano y ocupó el asiento de mármol que tenía reservado, a escasa distancia de Calpurnio como edil responsable de las fiestas.

Poco después, sonó el gong que anunciaba la apertura del telón.

Un silencio gradual se fue extendiendo por el graderío.

La primera escena de la obra contaría la supuesta concepción milagrosa de Jesús, que según proclamaban los cristianos había nacido de una virgen.

El escenario representaba el interior de un hogar modesto, donde una mujer sentada a una rueca canturreaba despreocupadamente.

La joven actriz que interpretaba a María, que lucía una túnica gris, poseía una figura especialmente atractiva y un bonito rostro.

Después de unos instantes sin que pasase nada, de repente un actor se asomó por la única ventana de la casa y, tras comprobar que se trataba del lugar indicado, se ayudó de las manos para acceder al interior.

Los instrumentos de cuerda de la orquesta acompañaban con gracia cada uno de sus movimientos.

El intruso, que vestía una especie de sotana blanca y llevaba alas adheridas a la espalda, se tropezó mientras entraba y sufrió una estrepitosa caída que arrancó las primeras risas del público.

María se dio cuenta al fin de lo que pasaba y, visiblemente asustada, comenzó a arrojarle al extraño todos los objetos que estaban a su alcance.

—¡Granuja! ¡Sinvergüenza! ¡Fuera de aquí!