Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO
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CAPÍTULO SÉPTIMO

« Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron autoridad para juzgar.

Y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, y a los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.

Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años ».

Apocalipsis o Libro de las Revelaciones de Juan

Falconila había recibido una nota del obispo para reunirse con ella.

El encuentro tendría lugar en el puente del Este, el más próximo a su residencia de cuantos conectaban la isla al resto de la ciudad.

La ausencia de Falconila sería tan breve, que Tariq se limitaría a observarla a cierta distancia.

A ella le hubiese gustado poder recibir a Cornelio en su casa, pero ni su padre, ni menos aún sus hermanos, lo habrían tolerado.

La presencia del máximo representante cristiano en su hogar les habría parecido toda una afrenta.

Falconila ignoraba por qué Cornelio deseaba verla.

Sospechaba que podría estar relacionado con Druso y su reciente expulsión de la Iglesia.

A lo mejor, el obispo le pedía que mediase en aquel desagradable conflicto para que la oveja descarriada volviese al redil…

, aunque ella no estaba segura de poder hacer algo al respecto.

De todos modos, ella aprovecharía la ocasión para hacerle partícipe de una idea que ya llevaba un tiempo rondándole por la cabeza, y que se había propuesto poner en marcha.

La joven accedió al puente del Este, que destacaba especialmente por su antigüedad.

La estructura mostraba evidentes signos de desgaste que las continuas reparaciones no lograban ocultar.

La superficie se había vuelto irregular, y los muretes de piedra estaban cubiertos de cicatrices en forma de fisuras y grietas.

A pesar de ello, los sólidos arcos sumergidos en el agua garantizaban la estabilidad de la pasarela, cuya mayor parte del tráfico la acaparaban los carromatos de los mercaderes.

Se encontraron justo en el punto intermedio del recorrido. Cornelio había acudido solo y aguardaba apoyado en el murete, que apenas le llegaba a la cintura.

—Hola, Falconila —la saludó con calidez—. Te agradezco mucho que hayas respondido con tanta prontitud a mi llamada.

—No dispongo de mucho tiempo, pero estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite. Además, yo también deseaba hablar con usted.

—¿Ah, sí? Pues me alegra saberlo. En ese caso, te ruego que seas tú la que comience. ¿De qué se trata?

Falconila arrugó la nariz, mientras se esforzaba por escoger cuidadosamente las palabras.

—He estado pensando qué podría hacer yo para ayudar a los más necesitados, honrando así a Cristo y fortaleciendo su obra. Personalmente, siempre he creído que la caridad constituye el valor cristiano más importante.

—Junto a la fe y al amor, diría que estás en lo cierto. ¿Y a qué conclusión has llegado?

—He buscado la respuesta en la oración. Estoy segura de que Dios me ha escuchado. Y, si no he interpretado mal su voluntad, creo…, creo que quiere que funde un orfanato.

El obispo reaccionó moviendo el cuello ligeramente hacia atrás.

—Vaya. Estoy impresionado —admitió—. Desde luego, se trata de una aspiración tan loable como ambiciosa.

—¿Se imagina el bien que haríamos proporcionando un hogar a esos pobres niños? En nuestro orfanato no solo dispondrían de techo y comida, sino que también recibirían una educación basada en los valores cristianos .

—Suena muy bien, sin duda. Sin embargo, para poner en marcha un proyecto así se necesita mucho dinero.

—Lo sé. Yo me ocuparía de recaudar los fondos necesarios.

Los amigos de mi familia son personas adineradas.

Los conozco bien. Sé que podría convencerlos para que contribuyesen a la causa.

—Falconila le dedicó al obispo una mirada decidida—.

Aunque sin sus conocimientos, sería incapaz de sacar el proyecto adelante.

—Ciertamente, hay que tener en cuenta muchos aspectos.

Para empezar, seleccionar una ubicación adecuada para el orfanato, en un entorno seguro y accesible.

El edificio debería contar con amplias instalaciones, incluyendo dormitorios, aulas y espacios recreativos que garanticen el bienestar de los niños.

Luego haría falta contratar personal fijo, entre cuidadores y empleados de mantenimiento.

—Cornelio tenía experiencia al respecto, sabía bien de lo que hablaba—.

Y todo eso tendría un coste muy elevado. ¿Eres consciente de ello?

—Estoy segura de poder reunir los fondos suficientes para, al menos, poner el orfanato en marcha…

—Está bien, hagamos lo siguiente. Si lo logras, yo me comprometo a sufragar los gastos del día a día, que saldrían de la caja común.

—¿En serio? —Falconila estuvo a punto de abrazar al obispo, pero se contuvo en el último momento.

—Le pediré a Cirilo que vaya haciendo cálculos. Además, con toda seguridad, muchos de nuestros hermanos se prestarán a colaborar como voluntarios en el desempeño de ciertas funciones. Eso supondría un gran ahorro…

—Yo misma me pasaría por allí a diario para echar una mano en lo que fuese: limpiar, cocinar, enseñar a los niños…

—Bien, en tal caso, tenemos un plan que poner en funcionamiento.

Cornelio, acodado en el murete, observó el ir y venir de los comerciantes que cruzaban distraídamente el puente. El murmullo del río se mezclaba con el traqueteo de las ruedas de los carros y los cascos de caballos y asnos. Un fuerte olor a humedad flotaba en el ambiente.

—Ahora, déjame explicarte la razón por la que quería verte.

Desde que supe de ti, solo he oído decir cosas buenas.

Y desde que te bauticé, yo mismo he podido comprobarlo de primera mano.

Tu fe en Dios es inquebrantable, tu comportamiento resulta irreprochable, y has demostrado sobradamente tu compromiso con la Iglesia.

Además, tu corazón rebosa generosidad. Tu iniciativa para ayudar a los niños huérfanos confirma lo que ya sospechaba.

Por todo ello, Falconila, me gustaría que te unieses como diaconisa al clero de la iglesia antioquena.

Falconila se llevó las manos a la cara, tan sorprendida como abrumada por la propuesta. A su juventud, se le sumaba el poco tiempo que llevaba bautizada.

—¿Diaconisa yo? ¿De verdad?

—La Iglesia necesita savia nueva, y nadie mejor que tú para reforzar nuestras filas.

Aunque todo lo que el obispo había expuesto era cierto, había una razón de peso que no había mencionado.

Que personas de un elevado estatus social se incorporasen al clero ayudaría a promover el cristianismo entre los más ricos.

A Cornelio no se le escapaba la importancia de difundir la palabra del Señor más allá de las clases menos favorecidas.

De lo contrario, siempre se mantendrían alejados de las posiciones de poder.

—Me siento honrada de que haya pensado en mí, pero no sé si estoy preparada.

—Por eso no has de preocuparte, ya nos encargaremos nosotros de tu formación.

Como sabes, los diáconos se ocupan de gestionar las obras de caridad, de modo que el cargo te vendría como anillo al dedo.

Y, por supuesto, también asistirías a un presbítero durante la celebración de los rituales.

¿Acaso se te ocurre una mejor forma de estar cerca de Dios y servir su voluntad?

En cuanto Falconila fue consciente de la seriedad de la propuesta, lágrimas de emoción asomaron a sus ojos.

Lo tenía todo para ser feliz. Mientras que por un lado ya sabía que mantendría a Druso muy cerca de ella hasta que pudiesen casarse, por otro se dedicaría en cuerpo y alma al orfanato, al tiempo que se convertiría en la mano derecha de un presbítero cristiano.

Ni en sueños habría podido imaginarse tener una vida como aquella.

—Entonces, ¿qué respondes? —insistió el obispo.

—¡Sí, desde luego que sí! ¡Me encantaría! —Y, esta vez sí, no pudo evitar abrazarlo arrastrada por el ímpetu. La efusividad de la joven provocó que Cornelio se sonrojase, circunstancia que muy rara vez le pasaba.

—Felicidades —dijo—. Te ordenaré como diaconisa en las próximas semanas.

—Su semblante, sin embargo, adquirió un aspecto mucho más grave en cuestión de segundos—.

No obstante, antes debo abordar contigo un asunto muy delicado.

Se trata de Druso, quien, como sabes, no me dejó otra alternativa que apartarlo de la Iglesia. ¿Es cierto que os vais a casar?

—Sí, pero no hasta dentro de varios años.

—Si os amáis, no seré yo quien se oponga a vuestro matrimonio.

Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con su incorporación a filas.

Por favor, disuádele de seguir adelante.

Druso siempre fue un destacado miembro de nuestra comunidad, y me dolió mucho tener que expulsarlo.

Pero ¿qué clase de cristiano acepta un trabajo que implica matar a sus semejantes? No se me ocurre un pecado más grave.

—A mí tampoco me gusta la idea de verlo de soldado —repuso Falconila.

—Entonces convéncelo para que abandone el ejército romano. Antes o después participará en una guerra. Lo sabes tan bien como yo.

—Sí, supongo que en eso tiene razón…

—Habla con él y recuérdale el compromiso que adquirió cuando recibió el bautismo sagrado.

—Ya lo intenté y no sirvió de nada. Lo hace porque se trata de la única vía para que podamos estar juntos.

—Druso está anteponiendo sus intereses personales a su fe en el Altísimo. ¿A ti te parece bien eso?

—Yo… Supongo que no… No lo sé… —Falconila titubeaba.

El obispo apoyó sus manos en los hombros de la muchacha. El cielo se había teñido de tonos cálidos, mientras la ciudad se preparaba para la llegada del crepúsculo.