CAPÍTULO SEXTO #7
En lo profesional, pasaba por el mejor momento de su carrera.
Sin los dilemas morales que a punto habían estado de condicionar su trabajo, tenía libertad para hacer lo que quisiera.
Eran tantas las propuestas que recibía, que se veía obligado a rechazar muchas de ellas.
Diodoro se había propuesto llegar a lo más alto.
Soñaba con ser reconocido como el escultor más importante de Antioquía.
¡Y después, de toda Siria! Andaba sobrado de confianza y sabía que podía conseguirlo.
En ese momento, estaba esculpiendo el retrato de un miembro del senado.
Un trabajo que le serviría para ganar fama y prestigio entre la aristocracia de la ciudad.
Concentrado como estaba en la tarea, le llevó unos segundos darse cuenta de que llamaban a la puerta.
Molesto por la interrupción, depositó cincel y martillo sobre una mesa y acudió a ver quién era.
—¿Usted? ¿Qué está haciendo aquí?
Cornelio, la última persona con la que esperaba encontrarse, estaba al otro lado del dintel. Había venido solo.
—Tenía que atender un asunto aquí cerca y se me ocurrió pasar a saludarte.
Diodoro le dedicó una mirada glacial, pero lo invitó a entrar por una simple cuestión de cortesía.
—Adelante. En todo caso, tendrá que ser breve. Estoy trabajando y no puedo entretenerme.
—Gracias.
El obispo accedió al interior del taller con paso decidido.
—En primer lugar, quisiera decirte que lamento mucho el desagradable incidente que se produjo el día que me negué a bautizarte.
—¿Acaso ha cambiado de opinión?
—No, pero tendría que haber sido más diplomático y no haber montado una escena delante de todos… Si bien tú tampoco debiste haberte presentado allí junto al resto de los catecúmenos. Sabías muy bien que, mientras no renunciases a seguir creando ídolos paganos, no serías bienvenido.
En virtud de su talante, muy alejado del tono severo que tanto lo caracterizaba, Diodoro dedujo que Cornelio buscaba acercar posturas con su visita. Sin embargo, y pese a sus buenas intenciones, su posición doctrinal no parecía haber cambiado un ápice.
—¿A qué ha venido exactamente?
Cornelio posó la vista en el busto a medio hacer que ocupaba el centro de la estancia y lo rozó suavemente con los dedos.
—Ya te lo dije en su momento —terció—. Si te dedicases a esculpir obras como esta, la Iglesia estaría encantada de acogerte en su seno. Me gustaría saber si has pensado en ello.
—Confiaba en que fuese usted el que recapacitase, pero veo que continúa igual de intransigente.
—Siempre te has conducido como un buen cristiano, Diodoro. Y estoy preocupado por tu alma. Sin el bautismo, no alcanzarás la salvación.
El escultor soltó un largo bufido.
—A lo mejor el que no se salva es usted… Yo, por el contrario, poseo el verdadero conocimiento para conseguirlo.
Al principio, Cornelio achacó aquellas palabras a la rabia que sin duda se había apoderado del escultor. Sin embargo, cuando logró procesarlas, inmediatamente se dio cuenta del significado que encerraban.
—¿Qué has querido decir con eso? —inquirió.
Diodoro, consciente de que había hablado más de la cuenta, farfulló una excusa ininteligible y agitó una mano en el aire. Su reacción, lejos de aplacar al obispo, provocó que sus sospechas se disparasen.
—Espero de corazón que no te hayas mezclado con algún grupo gnóstico…
Diodoro lo miró desafiante, sin admitir la acusación de Cornelio, pero tampoco negándola.
—¡Por Dios bendito! Ahora entiendo tu arrogante actitud, despreciando la mano tendida que he venido a ofrecerte —manifestó el obispo—. ¡¿Es que has perdido el juicio?! ¿Te has detenido siquiera a considerar las consecuencias de alejarte de los evangelios sagrados y la autoridad de la Iglesia?
—¡Déjeme en paz! ¡Usted no es quién para darme lecciones!
—Los gnósticos se han apartado de los principios cristianos fundamentales, con sus enseñanzas alegóricas y místicas. La salvación está en la verdadera fe, no en el conocimiento secreto de unos pocos.
—¡Márchese de mi taller! Ya he tenido bastante.
Cornelio no se movió y repitió una vez más los mismos argumentos. Diodoro perdió la paciencia y lo arrastró a empujones hasta la puerta.
—¡Escúchame, tienes que alejarte de esos herejes! —insistió el obispo—. Estoy dispuesto a bautizarte si hace falta. ¡¿No ves que te estás condenando tú mismo?!
—Yo ya estoy bautizado. No le necesito para nada.
Implícitamente, Diodoro acababa de reconocer por primera vez su pertenencia al gnosticismo cristiano.
—¿De verdad crees que los rituales que los gnósticos llevan a cabo tienen algún valor? ¡No seas ingenuo!
—¿Eso cree? ¿Y si le dijese que mi bautismo lo ofició una antigua presbítera de la iglesia antioquena?
Tan pronto como aquellas palabras salieron de su boca, Diodoro se arrepintió de haberlas pronunciado. No solo había violado la confidencialidad que debía al grupo, sino que por descuido había expuesto la identidad de uno de sus integrantes más destacados.
No había dado ningún nombre, pero tampoco hacía falta. A la cabeza del obispo acudió de inmediato la imagen de Galacia.