CAPÍTULO SEXTO #6
El escultor se adentró en la piscina y avanzó hasta que el agua le llegó a la altura del pecho.
Los adeptos allí reunidos entonaron un cántico monódico con voz acompasada.
En un lateral de la sala, sobre una mesa, reposaba una pequeña escultura que Diodoro había tallado para el grupo.
Se trataba de una representación del eón Sabiduría, conocido por el nombre de Sofía, al que había dotado de características antropomórficas.
Poseía alas de mariposa, una esfera en las manos y serpientes enrolladas alrededor del cuerpo, todas ellas propiedades que simbolizaban la transformación, la unidad cósmica y la sabiduría esotérica.
Galacia extendió las manos y las posó sobre la cabeza de Diodoro.
—La verdad se encuentra en el interior de ti mismo, pues allí reside la chispa divina que te conecta con la fuente de toda existencia. Como María Magdalena buscó la verdad en su propio ser, así tú, al sumergirte en estas aguas sagradas, lo haces también en la profundidad de tu propia alma.
A continuación, la sacerdotisa presionó hacia abajo para favorecer la inmersión del iniciado.
Diodoro permaneció bajo el agua unos segundos, para luego emerger a la superficie como si hubiese renacido.
Para los gnósticos, el bautismo no solo significaba un rito de purificación, sino también de iluminación espiritual mediante la obtención del conocimiento específico de lo divino.
El énfasis, por tanto, no se ponía en el perdón de los pecados, sino en la redención del alma atrapada en el mundo material, del cual debía liberarse.
—Que la gnosis ilumine tu sendero. En este bautismo has nacido a la comprensión de los misterios divinos que guían nuestra vida. Pero tu búsqueda no acaba aquí, al contrario, no ha hecho más que comenzar.
Diodoro salió de la piscina y recibió la felicitación personal de Galacia, y a continuación de Philonius. El escultor chorreaba agua, pero no le importaba. Ni siquiera parecía percatarse de ello. Poseído por un doble sentimiento de agradecimiento y plenitud, todo cuanto hacía era llorar de emoción.
Acabada la ceremonia, y después de que todos se hubiesen marchado, Philonius y Galacia aún permanecían en la sala ordenando el mobiliario y recogiendo los ornamentos litúrgicos.
Por momentos, ella comenzaba a normalizar la idea de verse rodeada de tanta riqueza y ostentación.
Pero, tan pronto como recordaba la miseria que abundaba en el barrio de Kerateion, sentía una sacudida que la devolvía a la realidad que tan bien conocía de primera mano.
—Tu rápida captación de Diodoro resulta digna de elogio, Galacia —lo felicitó Philonius—. O, como diría Julio César cuando ganaba una batalla de forma rápida y contundente: veni, vidi, vici .
—Tuve la suerte de que ya estaba bastante predispuesto.
—No te quites mérito, estás haciendo una labor encomiable. El grupo al que estás formando en la gnosis y al que procuras guía espiritual es sólido y está muy comprometido. Ha llegado el momento de que des un paso más lejos.
—¿Un paso más lejos? ¿A qué se refiere?
—Le pedirás al grupo que contribuya económicamente a financiar nuestro culto. Al principio, solo cantidades pequeñas para no provocar su rechazo. Todos ellos son ciudadanos solventes y bien posicionados, así que no les supondrá esfuerzo alguno satisfacer tu petición.
Galacia observaba al líder gnóstico, cuyo verdadero rostro nunca había contemplado. Pese al tiempo que llevaban trabajando juntos, aún no se había acostumbrado a la extraña imagen que proyectaba detrás de su inseparable máscara dorada.
—No sabía que pidiésemos donaciones a los fieles.
—Y no lo hacemos, eso cambiará a partir de ahora. ¿Acaso no hace lo mismo el obispo de la iglesia antioquena?
—Sí, pero ese dinero se destina principalmente a obras de caridad.
—Nosotros necesitamos esos fondos para sostenernos.
Los objetos de lujo de la casa y su fastuosa decoración no nacen del capricho.
Todo tiene su razón de ser. Ya sabes que, por la dificultad que entraña la comprensión de la gnosis, debemos centrarnos en los ciudadanos intelectualmente mejor preparados.
Los cuales, salvo excepciones, se corresponden también con los más adinerados.
Así pues, ¿qué posibilidades tendríamos de atraerlos si las reuniones tuviesen lugar en una casa pobre y deteriorada?
Ofrecer una buena imagen, de grandeza y esplendor, es crucial para nuestro éxito.
Los hechos más recientes hablan por sí solos.
El número de iniciados se ha multiplicado desde que me trasladé a esta ubicación.
—Y, si hasta ahora no había solicitado donaciones a los fieles, ¿cómo ha podido permitirse un sitio así? —inquirió Galacia, extendiendo los brazos para englobar todo lo que la rodeaba—. ¿Acaso es rico?
—¿Rico yo? —El líder gnóstico prorrumpió en carcajadas—. No podría tener unos orígenes más humildes.
Pese a que Galacia se había ganado la plena confianza de Philonius, este apenas había hecho mención alguna a su vida personal. A ese respecto, todo cuanto le había contado era la historia de cómo había descubierto el gnosticismo.
Un par de años atrás, un individuo llamado Carpócrates se le había aproximado, afirmando poseer un conocimiento secreto que Jesucristo solo había confiado a unos pocos elegidos.
Entre sus posesiones se contaban varios textos sagrados, siendo el evangelio de María Magdalena el más relevante.
El misterioso hombre resultó ser un líder gnóstico que, tras haber tenido que huir precipitadamente de Roma, había llegado a Antioquía con la intención de empezar de cero y formar un nuevo grupo de seguidores.
Carpócrates se convirtió en su mentor, y le transmitió todos sus conocimientos hasta que, tiempo después, murió de forma repentina.
Fue entonces cuando Philonius decidió continuar su legado y ocupar su lugar al frente de la secta recién nacida.
—En tal caso, ¿de dónde sacó el dinero para levantar todo esto? ¿Lo heredó de Carpócrates?
—En absoluto. Sus recursos económicos eran muy limitados —aclaró—.
De hecho, cuando asumí el liderazgo, los comienzos no fueron sencillos.
Al principio, los encuentros del grupo tenían lugar en las residencias de los iniciados.
Pero no dejaba de ser una situación temporal, insostenible a largo plazo.
El actual inmueble, y todo lo que hay en él, no lo he podido adquirir hasta fechas muy recientes.
—Aún no ha contestado a mi pregunta…
Galacia no pudo ver que Philonius se sonreía tras la máscara.
—Está bien. Si tanto deseas saberlo, te lo contaré. Pero te lo advierto, se trata de una información extremadamente… delicada.
—Puede confiar en mí, creo que ya lo sabe.
Philonius lo sabía. De lo contrario, no le habría delegado en ella tantas responsabilidades.
De hecho, ya pensaba en Galacia como en su futura sucesora al frente del grupo.
Poseía unas cualidades extraordinarias: dotes de liderazgo, capacidad para enseñar y una gran eficacia organizativa y de gestión.
—Supongo que recuerdas la gran colecta que la iglesia antioquena llevó a cabo hace unos meses…
—Sí, claro. La que robaron antes de que pudiesen enviar a Pérgamo los fondos recaudados.
—En efecto. Y yo fui su responsable —confesó Philonius llevándose las manos al pecho.
—¿Cómo? —Galacia abrió la boca de forma desmesurada sin dar crédito a lo que había oído.
—Bueno, no yo directamente —aclaró el líder gnóstico—. El acto en sí lo perpetró Filastro, siguiendo instruccione s mías.
Filastro, el adepto que solía hacer las veces de portero, era uno de los más fieles al culto, y también de los más veteranos. Por tanto, a Galacia no le extrañó lo más mínimo que hubiese accedido a cometer un delito tan grave.
—Pero… el asalto casi le cuesta la vida al diácono del obispo.
—Eso no debió haber sucedido, y lo lamento mucho. Filastro no tenía permiso para emplear la violencia. Sin embargo, cuando las cosas no salieron según lo planeado, se vio obligado a improvisar.
Galacia negaba con la cabeza.
—En todo caso, robar es un acto reprobable.
—Lo es, no puedo negarlo. No obstante, hay que tener en cuenta lo excepcional de las circunstancias. En aquel momento, estaba en juego la supervivencia de nuestro culto. Si no crecíamos, estábamos llamados a desaparecer más pronto que tarde.
Galacia, confundida, miraba en todas direcciones tratando aún de asimilar el impacto de la noticia.
—En cierto modo, el robo constituye un acto de rebelión contra las falsas jerarquías que nos impiden alcanzar la plenitud espiritual —prosiguió diciendo el líder gnóstico—.
Y, en cualquier caso, la iglesia antioquena es fuerte.
De hecho, ya se ha recuperado del golpe. Entiendes por qué lo hice, ¿verdad?
—Sí, supongo que sí… —repuso sin excesiva convicción.
Philonius acarició el brazo de Galacia para confortarla.
—Por desgracia, no vi otra salida. Pero ahora que nuestro número de seguidores se ha multiplicado, podremos sobrevivir gracias a sus donaciones.
—Entiendo.
—Nada ha cambiado. Los objetos de lujo, aunque bellos, nos atan a un mundo ilusorio. Ni el oro ni la plata tienen valor en la búsqueda de la gnosis, solo el conocimiento revelado que llevamos en nuestro interior .
***
Días después, Diodoro trabajaba en la calma de su taller con el corazón henchido de satisfacción y una sonrisa en los labios.
Tras su bautismo, se sentía liberado y también preparado para afrontar el resto de su vida con una mirada distinta.
Entre sus compañeros de culto había conocido a personas excepcionales, a la par que influyentes, a quienes también les apasionaba la cultura como a él.
Todo eso y mucho más había traído el gnosticismo cristiano a su vida.