Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #5
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CAPÍTULO SEXTO #5

—Luego regresaremos a Antioquía, nos lo han asegurado —afirmó Druso—. Y posiblemente me designen para vigilar alguna de las puertas de la ciudad. La fortaleza romana que corona el monte Silpios se convertirá en mi nuevo hogar, por lo que podremos vernos prácticamente a diario.

—No suena mal —admitió Falconila con una sonrisa—. Mi padre me ha prometido que utilizará su influencia política para favorecer tu ascenso en el ejército.

—Con respecto a eso, soy un poco escéptico. Ojalá Calpurnio me demuestre que estoy equivocado.

La pareja se adentró en un trecho del parque salpicado de estatuas, la mayoría de las cuales encarnaban a los héroes más populares de la mitología griega. Druso cambió de tema, al tiempo que su expresión se ensombrecía ligeramente.

—Falconila, hay un asunto que me tiene algo intranquilo… Puede que no sean más que imaginaciones mías, pero preferiría estar seguro.

—¿De qué hablas?

—Las últimas veces que nos hemos visto, juraría haberte notado un poco… extraña. Había algo en tu mirada. Como cierta… desconfianza. Hoy en cambio pareces la misma de siempre. Aun así, tenía que preguntártelo.

Falconila bajó la mirada, señal inequívoca de que las sospechas de Druso estaban fundadas.

—Ocurre algo, ¿verdad? —insistió Druso.

—Sí, pero había decidirlo olvidarlo. Sinceramente, me daba tanto miedo descubrir la verdad, que preferí actuar como si no supiese nada.

—¿Saber qué?

—Que me has mentido. Y que, probablemente, has hecho algo muy malo.

—¿Cómo? ¿A qué te refieres?

—A tu manumisión, Druso. Lo que me contaste sobre cómo la conseguiste no puede ser cierto.

La cara del joven se contrajo en un gesto de alarma. Inmediatamente, dirigió sus pasos hacia un banco cercano porque sus piernas le habían comenzado a temblar. Falconila se sentó a su lado y esperó a que dijese algo.

—¿Cómo te has enterado? —preguntó Druso, derrotado.

—Mi padre mandó que te investigaran. Y lo que averiguó fue que, a cambio de tu libertad, el dueño del taller únicamente aceptaría una cantidad desorbitada. Tú me contaste una historia muy diferente.

—Fue una verdad a medias.

—¿Cómo reuniste el importe que te pedía? ¿Lo robaste, Druso? No se me ocurre otra manera.

Druso se había puesto pálido.

—Supongo que es una forma de verlo.

—¿Lo supones? Por favor, explícamelo.

—Durante años, me dediqué a vender multitud de piezas que fabricaba durante la jornada de trabajo. Ni las hacía fuera del horario, ni en modo alguno contaba con el beneplácito del dueño —aclaró Druso—. Así que sí, podría decirse que le estaba robando.

Falconila sacudió la cabeza.

—No lo entiendo. No solo contravenías las leyes, sino también la moral cristiana. Sabías muy bien que estabas pecando.

—De acuerdo, no puedo negarlo. Pero la cuestión tampoco es tan sencilla como la pintas.

¿Te imaginas la idea de vivir para siempre sin derechos?

Porque esa era la perspectiva a la que yo me enfrentaba a diario.

Por eso comencé a pensar en la manumisión, y en las posibilidades reales que tenía de conseguirla.

Pronto conocí a otros esclavos cuyos dueños les permitían trabajar fuera de sus horarios, para vender después lo que hacían por su cuenta.

En otros casos, incluso, les dejaban trabajar para terceros por una tarifa pactada, parte de la cual iba para el amo.

El mío, sin embargo, no aceptó ninguna de estas fórmulas ni otras que le propuse, lo que me condenaba a la esclavitud de por vida.

Su intransigencia fue lo que me empujó a quebrantar la ley.

—Te entiendo… Aun así…

—Dios desea de nosotros que vivamos una vida plena y abundante —argumentó Druso—. Y yo actué tratando de seguir sus preceptos, en línea con los principios cristianos de justicia y equidad. Desde mi punto de vista, la esclavitud es incompatible con los valores expresados en nuestra fe.

Aunque Falconila no estaba segura, se dio cuenta al fin de que no estaba en posición de juzgar a Druso por sus actos. Quizá nadie lo estuviese, y menos aún ella que había gozado siempre de una vida privilegiada.

—Lo que hiciste, hecho está —concluyó—. Yo no voy a reprochártelo.

—Gracias.

Ambos se abrazaron durante unos breves instantes.

—Pero me mentiste, y eso sí que me ha dolido —añadió Falconila—. No quiero que haya secretos entre nosotros.

—Tienes razón, no debí hacerlo. Pero me daba miedo tu reacción.

—Era lo que me había imaginado. En el futuro, te pido que confíes en mí.

Druso resopló y se removió incómodo en el banco de piedra.

—Tengo otra cosa que contarte, Falconila. De hecho, se trata del principal motivo por el que deseaba verte hoy.

—¿Qué ocurre? —La angustia en el rostro de su amado disparó en ella todas las alarmas.

—Se trata de algo muy grave… —anticipó.

—Venga, dímelo ya de una vez.

—El obispo me ha expulsado de la Iglesia —anunció Druso—. Esa es la verdadera razón por la que no acudí a tu bautizo. De haber asistido, se habría producido una escena desagradable.

—¿Cómo? —Falconila no daba crédito—. ¿Es por haber vendido piezas a espaldas del dueño del taller durante todos estos años? ¿Cornelio se ha enterado y por eso te ha impuesto semejante castigo?

—No, no tiene nada que ver con eso.

—¿Entonces? No lo comprendo.

—Ha sido por ingresar en el ejército romano —aclaró—. Cornelio me advirtió expresamente de que no lo hiciera. Desde su punto de vista, ser soldado contradice el espíritu cristiano recogido en los evangelios.

Falconila necesitó un largo minuto para recobrarse del impacto de la noticia.

—¿Y no consideraste seguir su consejo? —preguntó al fin.

—Claro que sí, pero no tenía nada que pensar. Si enrolarme en el ejército constituía el único camino para poder estar contigo, mi decisión estaba muy clara. Obligado a elegir, te elegí a ti por delante de la Iglesia.

—¡Dios mío!, ¡debes sentirte fatal! El cristianismo ha sido el mayor pilar de tu vida desde hace muchísimo tiempo.

—Creo que Cornelio fue muy injusto poniéndome entre la espada y la pared, y eso me duele. De cualquier modo, yo no he renunciado a mis creencias. Mi fe en Cristo y sus enseñanzas continúan intactas.

—Tal vez si yo hablara con Cornelio…

—Te lo agradezco, pero no merece la pena ni que lo intentes. El obispo es de ideas fijas.

Falconila deslizó una mano por la mejilla de su amado.

—Te conozco, y sé que esta situación te acabará atormentado. Tienes que reconciliarte con él.

—Tranquila, no me quedaré de brazos cruzados —afirmó Druso—. Ahora debo centrarme en la instrucción militar. Y, a mi vuelta, ya veré lo que hago.

—No puedo evitar sentirme culpable —lamentó ella.

—¿Por qué?, tú no tienes la culpa de nada.

Druso se inclinó hacia delante y le dio un beso en los labios.

—No poseo ningún bien, mi sangre carece de la menor gota de linaje y, salvo mi amor, no tengo mucho más que ofrecerte. ¿De verdad estás segura de querer estar conmigo pese a todas las dificultades?

—¿Acaso no te he dicho que sí cientos de veces? Nada de este mundo, ni fuera de él, me haría cambiar de opinión.

25

Un amplio grupo de gnósticos cristianos se había congregado para asistir al bautismo de un nuevo iniciado: Diodoro.

Philonius había reformado una sala de su enorme casa donde celebrar dicho ritual.

Para ello, había mandado construir una piscina bautismal, adornada con relieves cargados de elementos simbólicos.

La estancia al completo constituía un reflejo de la pompa y el lujo que destilaba cada rincón de la vivienda.

El suelo estaba revestido con losas de mármol pulido, del techo colgaban lámparas de plata y los muebles de madera fina acogían jarrones de porcelana.

Ataviada con una túnica vaporosa, Galacia oficiaba la ceremonia.

Su prestigio dentro de la secta había alcanzado cotas insospechadas.

Ningún otro sacerdote o sacerdotisa se dedicaba a su labor con tanta entrega, ni enseñaba de forma tan elocuente y persuasiva como ella.

A su cargo se encontraba un selecto grupo de iniciados, formado por ricos comerciantes, notorios artesanos y altos funcionarios.

Philonius se sentía tan complacido con su trabajo, que la había convertido en su mano derecha, proporcionándole una amplia cuota de poder.

Galacia dio unos pasos hasta situarse en el vértice del baptisterio, alrededor del cual se habían dispuesto los asistentes al acto.

Su compromiso con el gnosticismo cristiano era total, y su pertenencia a la secta constituía el centro de su existencia.

A su espalda, a tan solo unos pasos de distancia, Philonius supervisaba el desarrollo de la ceremonia como una presencia que todo lo dominaba.

—Sé bienvenido, Diodoro —saludó la sacerdotisa—. Hoy, en las aguas primordiales, hallarás el renacimiento de la sabiduría perdida y el despertar de tu verdadero ser.

El escultor, envuelto en un manto blanco, se acercó hasta el extremo opuesto de la piscina bautismal.

Llevaba la barba pulcramente recortada y el pelo se le agitaba sobre los hombros.

Su brillante mirada centelleaba de entusiasmo y expectación.

La gnosis, pese a su complejidad, lo había cautivado.

En aquel momento tan trascendental, tan solo lamentaba la ausencia de Teodoto.

Por desgracia para él, las actividades del grupo debían permanecer en secreto, y la posibilidad de introducir a su maestro en el gnosticismo cristiano no habría funcionado.

A su avanzada edad, difícilmente se habría mostrado receptivo a asimilar una nueva doctrina.

—Adelante, Diodoro. Estas aguas lavarán las ilusiones del mundo físico y te sumergirán en las profundidades de la realidad espiritual —proclamó Galacia—. Que cada gota te lleve más cerca de la comprensión de los misterios que yacen más allá.