Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #4
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CAPÍTULO SEXTO #4

—Bueno, ya va siendo hora de cambiar de sala. ¿Te vienes?

Dicho esto, Licomedes encaminó sus pasos fuera de la pileta y, al salir, recibió de manos de su esclavo una pequeña toalla.

El cuerpo del rechoncho comerciante era tan blanco como la piel de su cara.

El dramaturgo decidió acompañarlo, lamentando tener que despedirse tan pronto del placer del agua caliente.

A continuación, se dirigieron hacia el frigidarium , la estancia destinada a los baños de agua fría, donde solía finalizar el recorrido habitual de las termas. Contaba con una piscina lo suficientemente grande como para que los usuarios pudiesen nadar con comodidad.

El comerciante descendió los escasos peldaños que conducían al interior y rápidamente se lanzó a dar unas cuantas brazadas. Calandio también entró, aunque de forma progresiva para adaptarse al repentino cambio de temperatura.

—¡Está helada! —exclamó conteniendo la respiración.

El dramaturgo no aguantó en la piscina más de unos minutos, seguido de Licomedes, a quien su esclavo le frotó el cuerpo con una toalla para secarle.

—Por cierto, me sorprende que hayas escrito una nueva comedia —comentó después de entrar en calor—. ¿No decías que nunca más volverías a hacerlo?

—Y así era, pero se trata de un encargo especial. Un favor que me pidió el propio Calpurnio, a cambio del cual se comprometió a financiar y estrenar mi gran tragedia griega.

—Pues no me parece la idea más inteligente por parte de Calpurnio. Tras los últimos fracasos, el público ha dejado muy claro que no son dramas lo que quiere. Diría que es muy atrevido por su parte hacerte una promesa así.

Calandio se encogió de hombros.

—Como edil responsable de las festividades, puede hacer y deshacer a su antojo. Así que mi futura obra de teatro tiene su aprobación asegurada.

Licomedes arrugó el entrecejo y le dedicó a su amigo una preocupante mirada.

—Me imagino que no estás muy al corriente de lo que se cuece en el senado, ¿verdad?

—No, no especialmente.

—Pues yo sí, y puedo asegurarte que está a punto de producirse un cambio importante.

Publio Sulpicio, el gobernador romano, está enormemente satisfecho con el trabajo que Calpurnio ha llevado a cabo durante los últimos años.

Y, como recompensa, piensa otorgarle una magistratura de mayor responsabilidad.

—¿Cómo?

—Quiere confiarle las finanzas públicas. Se ocupará, por tanto, de la administración de los fondos de la ciudad, de la recaudación de los impuestos y de la supervisión de los gastos.

Calandio dejó caer la mirada, incapaz de disimular su desconcierto. Acababa de comprender que, muy pronto, Calpurnio ya no estaría en posición de cumplir con su palabra.

—Pero… ¿eso es seguro?

—Me consta que la decisión ya está tomada, y que no tardará mucho en hacerse realidad.

—¿Y Calpurnio lo sabe?

—¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a saberlo?

24

A lo largo de las últimas semanas, Druso y Falconila se habían visto muy pocas veces, y de forma más bien fugaz.

Ella había estado un tiempo sin poder salir de casa, mientras que él se había dedicado a realizar las pruebas de reclutamiento y a trabajar en un taller de fundido y soplado de vidrio.

Por eso, a petición de Druso, se habían citado en los Jardines de Dafne para ponerle remedio.

¿Acaso había un lugar mejor donde mantener un encuentro tranquilo, a la par que romántico?

Falconila había acudido con Tariq, su sirviente. Por un lado, no resultaba prudente que una muchacha de su posición anduviese sola por las calles de la ciudad, y por otro, Calpurnio había dado órdenes al eunuco para que hiciese de carabina.

Era media tarde cuando entraron en el parque. Los rayos tamizados por las hojas de los árboles lo cubrían todo de un manto dorado y reluciente a medida que el sol se sumergía lentamente en el horizonte.

—Confieso que nunca imaginé que su padre acabaría aprobando la relación que mantiene con el joven esclavo —comentó Tariq.

—Te lo he repetido mil veces, ya no es un esclavo.

—Lo siento, usted ya me entiende.

—Mi madre ha tenido mucho que ver con su cambio de parecer —repuso Falconila—. Tengo tanto que agradecerle…

—Pues ha tenido suerte, ese hombre es verdaderamente guapo —añadió Tariq guiñándole un ojo.

Falconila se rio, mostrando una perfecta hilera de dientes perlados. Aquel día, no lucía su espléndida melena rizada como de costumbre, pues la llevaba recogida en un elaborado peinado.

Avanzaron entre setos recortados y macizos de flores, hasta llegar al corazón del inmenso jardín.

Allí, Druso esperaba junto a una fuente sin dejar de mover los pies, señal de que algo le preocupaba.

En cuanto vio a Falconila, la cara se le iluminó y echó a correr hacia ella, la abrazó y, alzándola en el aire, giró varias sobre sí mismo.

Luego la depositó en el suelo y la tomó de las manos.

—Te he echado mucho de menos —murmuró sonriendo.

Después saludó a Tariq, que le devolvió el gesto con una leve inclinación de cabeza.

—Vamos, tenemos mucho de lo que hablar —repuso ella.

Druso y Falconila se adelantaron y echaron a caminar por un sendero solitario, seguidos a cierta distancia por el sirviente, quien les concedería la intimidad que necesitaban sin perderlos de vista.

—¡Ya estoy bautizada! —exclamó Falconila con entusiasmo—. Pensé que acudirías a la ceremonia. Me hacía tanta ilusión que estuvieras allí, conmigo… Mi familia tampoco asistió, aunque eso ya me lo figuraba. Esperar tal cosa de ellos habría sido pedir demasiado.

—Siento habérmelo perdido, me fue del todo imposible —se disculpó Druso—. Dime, ¿cómo fue el acto?

—¡Muy emocionante! La ceremonia tuvo lugar en la sede del obispo, que ya dispone de baptisterio.

Y fue el propio Cornelio quien se encargó de oficiarlo.

—La muchacha se atropellaba al hablar—. ¡Experimenté tantas emociones a la vez, que me cuesta trabajo describirlo!

Cuando me sumergí en el agua, me sentí verdaderamente purificada.

Realmente sentí que mis pecados quedaban lavados y que en ese mismo instante comenzaba para mí una nueva vida en Cristo.

Y lo que había oído decir acerca del Espíritu Santo, es cierto.

Al menos, yo sentí que su gracia me colmaba y que mi fe se fortalecía.

—Sí, yo recuerdo ese momento de forma muy parecida —apuntó Druso.

—Después de prepararme durante tanto tiempo, la consumación del sacramento me generó una profunda satisfacción y alegría.

Además, como el acto se celebró en comunidad, recibí el cariño de todos los hermanos en la fe que se hallaban presentes.

En primera fila estaba mi amiga Jantipa.

—Falconila se tomó un instante para coger aire—.

Ahora que estoy bautizada, además de participar plenamente de los rituales, me gustaría implicarme en las obras de caridad que realiza la Iglesia.

Dispongo de tiempo, energía y también de muchas ideas.

—Me siento orgulloso de ti. Sé que, elijas lo que elijas, harás un magnífico trabajo.

Un íntimo silencio se deslizó entre la pareja, tan solo atenuado por el susurro de las hojas mecidas por la brisa y el relajante murmullo de un riachuelo cercano. Druso se detuvo y dedicó a Falconila un esbozo de sonrisa.

—Tengo algo que decirte —anunció—. Definitivamente, el ejército romano me ha reclutado y ya formo parte de sus filas.

—¿En serio? Sabía que lo conseguirías.

—Aún queda un largo camino hasta que podamos casarnos, pero el primer paso para conseguirlo ya está dado.

—Aunque no me gusta que tenga que ser así, ya he asumido que no hay otro remedio —dijo Falconila con resignación.

Druso la miró, y el azul de sus ojos se tornó ligeramente acerado.

—Tampoco será un camino sencillo y supongo que tu padre contaba con ello.

Y muy pronto nos enfrentaremos a la primera gran dificultad —señaló—.

Durante los próximos meses tendré que realizar la correspondiente instrucción y me inculcarán una severa disciplina.

Me enseñarán a manejar las armas de combate, practicaré una gran variedad de formaciones militares, marcharé largas distancias cargado con todo el equipo…

Pero todo eso no será aquí… —Falconila lo miró sin entender.

Druso no quiso retrasar más la mala noticia—. Van a destinarme a Seleucia Pieria.

Situada aproximadamente a unos veinte kilómetros al oeste de Antioquía, Seleucia Pieria era una ciudad portuaria cuya ubicación Roma consideraba estratégica, razón por la cual tenía desplegadas tropas permanentes.

—Entonces… ¿No tendremos ocasión de vernos?

—No, los reclutas debemos vivir en el campamento durante todo el periodo de instrucción.

—¿Y de cuánto tiempo estamos hablando exactamente? —inquirió Falconila.

—Tengo entendido que entre cinco y seis meses, aunque eso varía en función de las circunstancias. En todo caso, estaremos varios meses separados, así que deberás estar preparada.

—Por mí no tienes que preocuparte. Te esperaré todo lo que haga falta.

—No será fácil para ninguno de los dos. Y seguro que tu padre intentará aprovechar la oportunidad para socavar nuestra relación.

—Confía en mí, mis sentimientos no cambiarán bajo ninguna circunstancia.

Ambos reanudaron la marcha, envueltos en el abrazo del ramaje de árboles y plantas.

Tariq, entretanto, aprovechaba para disfrutar del paisaje mientras los seguía a cierta distancia.

La belleza del entorno constituía el testimonio más evidente del gusto romano por los espacios verdes, razón que los había llevado a construir los Jardines de Dafne.

—¿Estarás bien? No sé si la instrucción puede resultar peligrosa —aventuró Falconila, retomando la conversación.

—No, por supuesto que no —rio el joven—. Dura y exigente sí, de eso no hay duda. Pero, salvo un accidente, no me ocurrirá nada. En ningún caso nos enfrentaremos a un enemigo real.

—¿Y después?