CAPÍTULO SEXTO #3
Aunque el dramaturgo solía visitarlas asiduamente, ese día no había acudido para disfrutar de las aguas termales, sino para ver a Licomedes, al que sabía que encontraría allí esa mañana.
Su nueva obra de teatro, cuyos ensayos ya habían comenzado, se estrenaría muy pronto, momento en el que su amigo descubriría la verdad de cómo lo había utilizado para adentrarse en los cenáculos cristianos con el fin de obtener información.
Por eso Calandio había decidido anticiparse y confesarle lo que había hecho.
Licomedes se enfadaría igualmente —eso no tenía modo de evitarlo—, pero al menos así esperaba minimizar el daño que su traición podría provocarle.
Calandio se desnudó en el vestuario. El recinto, próximo al pórtico de entrada, contaba con un largo banco pegado a la pared y una serie de hornacinas donde depositar la ropa y los objetos personales, de cuya vigilancia se ocupaba un esclavo.
A continuación, buscó a Licomedes en la palestra, un extenso patio situado al aire libre destinado a la práctica de ejercicio.
Un rápido vistazo, sin embargo, le bastó para comprobar que no se encontraba allí.
En cuanto accedió al caldarium , Calandio localizó al comerciante, que realizaba una serie de aspersiones en una piscina de agua caliente, mientras un esclavo le frotaba el cuerpo con un raspador de metal.
Farouk no se hallaba presente, lo que indicaba que las termas constituían un lugar lo suficientemente seguro como para no necesitar los servicios de su inseparable guardaespaldas.
—¡Calandio! —exclamó Licomedes al reconocer a su amigo—. Me alegro de verte. Vamos, acércate.
El dramaturgo se adentró en la amplia pileta y agradeció el cálido contacto del agua envolviendo su cuerpo.
—Qué delicia, ¿verdad? —comentó el comerciante, en alusión al sistema de calentamiento subterráneo propio de aquella sala.
—Sin duda, todo un placer para los sentidos.
—Ah, pero antes que el placer, la higiene resulta incluso más importante. Aunque nadie cuestiona la utilidad de las termas para relajarse y socializar, no debemos olvidarnos de la higiene.
—Desde luego —convino Calandio—. Y, por la forma en que huelen algunos, está claro que deberían frecuentarlas más a menudo.
Licomedes echó la cabeza hacia atrás riendo de buena gana.
—Por cierto —añadió el dramaturgo bajando el tono de voz—, lástima que Farouk no esté presente. Seguro que no se te escapa la satisfacción que me habría causado contemplar su desnudez.
—Ah, sí, ya estaba al corriente de tus insinuaciones por boca del propio Farouk. Lamento decirte que al árabe no le atraen las personas de su mismo sexo —terció el comerciante entre más risas.
—¿Ni siquiera por dinero?
—Eso me temo, Calandio —confirmó Licomedes en el mismo tono jocoso—. Desde luego, eres incorregible. Aunque quizás precisamente por eso considero un privilegio tenerte como amigo.
El semblante del dramaturgo se tornó ligeramente sombrío.
—Me temo que, después de lo que voy a decirte, ya no te lo parezca tanto. No te he encontrado de forma casual, Licomedes. He venido expresamente para hablar contigo.
—¿De qué? Ah, espera, creo que ya lo sé. He oído rumores de que vas a estrenar una nueva obra de teatro…
—Los rumores son ciertos —confirmó Calandio—. Has dado en el clavo.
—Pues me parece una excelente noticia. ¿Por fin tu soñada tragedia protagonizada por héroes mitológicos cobrará vida en el escenario?
—No, nada de eso. De hecho, se trata de una comedia. En concreto, una sátira del cristianismo. Una burla cruel y despiadada…
El comerciante frunció el ceño y sus grandes cejas oscuras conformaron un arco invertido.
—Ah, ya entiendo… —murmuró—. Por eso me pediste que te introdujese en los círculos cristianos, ¿verdad? Lo que en realidad pretendías era documentarte para la obra en la que estabas trabajando.
—Así es —admitió Calandio—. Y lo siento. Pero si te hubiese confesado mis verdaderas intenciones, no me habrías ayudado.
—En eso tienes razón.
Sorprendentemente, Licomedes no dio la menor muestra de sentirse enfadado. Al contrario, parecía mostrarse indiferente.
—¿No te pareció extraño cuando dejé de asistir repentinamente a los encuentros cristianos, sin dar ninguna explicación? —le preguntó el dramaturgo por curiosidad.
—No, porque yo también dejé de hacerlo —contestó su amigo—. Para mí, el cristianismo ya forma parte del pasado.
El constante murmullo de conversaciones se mezclaba con el sonido del agua que fluía desde las fuentes, más algún que otro chapoteo ocasional. El ambiente de la sala era, por tanto, bastante plácido. Aun así, Calandio pensó que no había oído bien lo que Licomedes acababa de decir.
—Perdona, ¿te importa repetir eso último?
—Lo que has oído, que ya no soy cristiano.
—Eso vas a tener que explicármelo.
—Mi decisión responde a varios motivos. Para empezar, mi relación con Cornelio, el nuevo obispo, no ha resultado tan satisfactoria como esperaba.
—¿Y eso por qué?
—Parecía más preocupado por los donativos que yo podía aportar que por la salvación de mi alma.
Calandio podía entender el peso de aquel argumento.
Entre Licomedes y Serapión había existido un vínculo muy fuerte, debido al papel clave que el anterior obispo había jugado a la hora de apartar al comerciante de las apuestas.
Desgraciadamente, la muerte de Serapión había supuesto la quiebra del principal nexo de unión entre Licomedes y la Iglesia.
Un vínculo que Cornelio no había podido o sabido restablecer.
—También hay determinados aspectos de las enseñanzas cristianas de los que cada vez me sentía más distanciado —prosiguió explicando Licomedes—.
Jesús de Nazaret defendía la idea de dar sin esperar nada a cambio, lo que sugeriría que probablemente no comprendía cómo funcionaba el mundo real.
¿Qué clase de ejemplo supondría para patrones y administradores semejante enseñanza?
¿Te imaginas que un comerciante no exigiese el correspondiente pago por la mercancía entregada, o que un prestamista no solicitase la devolución de los intereses?
¡Esa forma tan poco práctica de ver los negocios nos conduciría a todos a la ruina!
—En eso no pienso llevarte la contraria.
—Tampoco me gusta la manera que tenía Jesús de reprender a los ricos.
¿Acaso no proporcionamos seguridad a nuestros siervos y esclavos, así como todo lo necesario para que puedan vivir?
Y, del mismo modo, ¿no se beneficia la población en general de nuestra labor de mecenazgo, gracias a la cual pueden disponer de calles pavimentadas, fuentes y termas públicas como esta?
—El comerciante negó con la cabeza—. Además, invitaba a sus seguidores a desprenderse de las riquezas para aumentar sus posibilidades de entrar en el reino de los cielos.
—¿Y no advertiste nada de eso al principio? —preguntó Calandio.
—Supongo que sí, pero me dejé convencer de que se trataba de lo correcto.
Nubes de vapor se arremolinaban en torno a la estancia, acentuando lo caldeado del ambiente.
—También, algunos amigos me sugirieron que me distanciase de los cristianos —añadió Licomedes—. Al parecer, el hecho de pertenecer a la Iglesia estaba comenzando a perjudicar mi reputación entre las élites. Ya sabes la mala fama de la que goza el cristianismo entre la clase dirigente.
—Un motivo muy poderoso para terminar de dar el paso —apuntó el dramaturgo.
—Sí, pero no el principal. Un amigo mío llevaba un tiempo hablándome de un antiguo culto del que apenas sabía nada.
Hasta que, por fin, un día me decidí a hacerle caso y acudí a uno de sus encuentros.
Desde entonces mi interés no ha hecho más que aumentar, hasta el punto de que recientemente me he unido a ellos…
Me estoy refiriendo a Isis, por supuesto.
—¿La diosa egipcia?
—Exacto.
Del culto original egipcio a la diosa Isis ya no quedaba demasiado. A lo largo de los siglos había experimentado un proceso de sincretismo con las prácticas griegas, que había favorecido su introducción en el Imperio romano.
A Calandio no le sorprendió la atracción que aquella religión mistérica había despertado en su amigo el comerciante.
Después de todo, se trataba del viejo esquema basado en ceremonias secretas y selectas que implicaban iniciaciones, simbolismos y enseñanzas espirituales que tanto le cautivaban.
Licomedes siempre se había mostrado más receptivo a aceptar una doctrina basada en la experiencia iniciática ritual, antes que en la palabra o la razón.
—Te noto entusiasmado.
—Lo estoy, amigo. De eso no te quepa duda.
La transición hacia aquella religión también resultaba bastante lógica.
El culto a Isis compartía con el cristianismo ciertas similitudes.
Su liturgia incluía ceremonias de purificación que podían asemejarse al bautismo.
Además, la diosa egipcia ofrecía el consuelo y la esperanza en una vida después de la muerte, prometiendo la posibilidad de una existencia eterna.
Sus ritos se veían como un símbolo de muerte y resurrección, que garantizaban el paso del alma del iniciado a la vida siguiente.
—Bueno, me alegro por ti —terció Calandio—. Y yo, de paso, me quito un peso de encima. Cuando veas la obra de teatro, ya no tendrás motivos para sentirte ofendido.
—Acude a un encuentro conmigo —lo animó Licomedes—. Yo podría introducirte fácilmente.
—Ni hablar. Ya sabes lo que pienso de los cultos religiosos. Yo tengo mis propias convicciones, y ser supersticioso no es una de ellas.
—Está bien, no insistiré.
Calandio consideraba a Licomedes un hombre inconsistente, obstinado en buscar respuestas al misterio de la existencia, así como en hallar la verdad definitiva que, en realidad, nunca encontraría.
Durante mucho tiempo adoró a los dioses tradicionales romanos y griegos; luego se convirtió al mitraísmo hasta alcanzar el máximo grado de iniciación; después se hizo cristiano…
Y, por último, seguidor de Isis, culto del que también se acabaría cansando hasta saltar al siguiente.