Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #2
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CAPÍTULO SEXTO #2

A continuación, Evodio se inclinó sobre el paralítico y, posando las manos sobre su cuerpo, invocó la intervención divina para librarlo del mal que lo poseía.

La congregación se sumó a sus plegarias, dando muestras de la ardiente fe que profesaba.

La atmósfera vibraba, contagiada de una energía casi sobrenatural.

Cornelio seguía con curiosidad el discurrir de los acontecimientos , con una mezcla de expectación y escepticismo.

Minutos después, el presbítero cristiano se volvió y encaminó sus pasos hacia un rincón donde reposaba un baúl.

Lo abrió, sacó de él un pequeño objeto y regresó de nuevo junto al paralítico.

Por los comentarios de los fieles, Cornelio supo que se trataba de la supuesta reliquia sagrada, pero se hallaba demasiado lejos para distinguir de qué podía tratarse.

—Oh, Espíritu Santo, consuelo y sanación, ¡derrama tu luz vivificante sobre este hijo afligido! —proclamó Evodio.

En ese momento, el impedido estiró la mano hacia la reliquia y, tan pronto como la tocó, un estremecimiento le recorrió la columna vertebral.

A continuación, comenzó a mover los dedos de los pies…

La multitud ahogó una exclamación. Con cautela, se incorporó de la camilla y, ante la atónita mirada de Cornelio, el paralítico plantó las extremidades inferiores en el suelo.

Sus acompañantes tuvieron que sujetarle para que no se cayese porque al principio no pudo sostenerse.

Sin embargo, tras un nuevo intento, logró dar su primer paso sin ayuda de nadie.

A partir de ese instante, los gritos de «milagro» resultaron imparables.

Muy despacio, el impedido avanzó la otra pierna y comenzó a recorrer el cobertizo ante la mirada extasiada de los fieles. Infatigable, llegó hasta la puerta y salió al exterior seguido de toda la congregación, elevó sus brazos al cielo y, entre lágrimas de felicidad, dio repetidas gracias al Señor.

Evodio, mientras tanto, aprovechó para devolver la reliquia al baúl con sumo cuidado. Luego se arrodilló en el suelo y, con los ojos cerrados, se dirigió al Altísimo con un profundo fervor:

«Dios mío, ¿quién soy yo para merecer este maravilloso don que has derramado sobre mí?

Que tu luz brille a través de mis acciones y que mi humildad constituya un reflejo de tu grandeza.

Guíame, oh, Señor, para que pueda continuar siendo tu instrumento en este mundo necesitado de tu amor y misericordia».

Tan abstraído se hallaba de cuanto sucedía a su alrededor, que no se dio cuenta de que lo llamaban hasta que sintió una mano posarse sobre su hombro. Evodio se giró. La visión del obispo le hizo ponerse inmediatamente en guardia.

—¿Qué está haciendo aquí? ¡Su presencia en mi casa no es bienvenida!

—No me sorprende, sabes que lo que voy a decirte no va a gustarte nada —replicó Cornelio—. Pero no pienso eludir mi deber.

—Estoy ganando incontables cristianos para la causa, debería agradecérmelo.

—Tus intenciones quizá sean buenas, pero no las ideas sobre las que se sustentan. Tu sermón estaba plagado de referencias totalmente ajenas a la doctrina cristiana mayoritaria. Y ya te advertí de que no iba a tolerarlo.

—Y yo le dije que únicamente respondo ante mi superior directo, Gelasio.

—El obispo de Frigia ha sido censurado por la mayoría de sus colegas, al que califican de hereje.

La iglesia romana, legitimada por la sucesión jerárquica, defiende una doctrina recibida por la tradición, sólida y coherente, producto de un recto entendimiento de las Escrituras, que no son de libre e individual interpretación, como algunos pretenden.

Evodio fulminó a su interlocutor con la mirada.

—¡¿Cómo se explica entonces el milagro que acaba de presenciar?!

—No estoy en posición de asegurar su autenticidad con la información de que dispongo —contestó Cornelio.

—¡Tonterías! Ese hombre es bien conocido por muchos de sus vecinos.

—Tal vez —terció Cirilo, interviniendo por primera vez—, pero no podemos otorgarle validez alguna al hecho sin antes haber realizado las comprobaciones oportunas.

—Atribuirse poderes curativos supone una afirmación muy osada —añadió Cornelio.

—Yo no sano a nadie. Es el Altísimo quien lo hace a través de mí —se justificó Evodio—. Y, de cualquier modo, nada sería posible sin el poder de la reliquia sagrada.

El obispo agitó un brazo en el aire, presa de la frustración.

—¿Y qué reliquia es esa, si puede saberse?

El presbítero acudió de nuevo al baúl y regresó con un estuche en la mano.

—Esta horquilla fue bendecida por Jesús de Nazaret —explicó mientras lo abría y dejaba a la vista su contenido.

Cornelio y Cirilo se quedaron igualmente impactados.

Se trataba, sin duda, de la «lágrima de Cristo», lo cual despejaba algunas de las incógnitas que habían quedado en el aire.

Ahora comprendían lo nerviosos que se mostraron David y su hermano Daniel la segunda vez que los visitaron, y la verdadera razón por la que se habían negado de forma tan rotunda a cedérsela.

Sencillamente, ya no la tenían en su poder.

—¿Cómo la has conseguido? —inquirió el obispo.

—Se la compré a la familia que la custodiaba —repuso Evodio—. Me costó una fortuna, pero mereció la pena hasta el último sestercio que pagué por ella.

Daniel había justificado la llamativa mejoría que se había producido en la casa de su familia en virtud de un préstamo que le habría proporcionado la suficiente liquidez.

Ahora, a la luz de aquel descubrimiento, resultaba evidente que había mentido.

En realidad, el origen del dinero se hallaba en la venta de la «lágrima de Cristo» .

—¿Y por cuánto la adquiriste?

—Treinta mil sestercios.

Sin necesidad de mirarse siquiera, obispo y diácono llegaron a la misma conclusión.

El dinero de la colecta ascendía exactamente a aquel importe…

, una coincidencia demasiado llamativa como para no levantar sospechas.

Para Cornelio, desde luego, no cabía duda alguna al respecto.

Tras semanas de búsqueda infructuosa, y de la forma más inesperada, por fin había dado con el escurridizo ladrón.

—¡¡Pagarás por lo que has hecho!! —estalló el obispo con la mirada encendida.

—¿Qué? —exclamó Evodio, convencido de que había perdido la cabeza.

—¡No finjas! ¡Sé que estás detrás del robo de la colecta! Como cristiano, debiste enterarte de la iniciativa de Serapión para socorrer a nuestros hermanos de Pérgamo.

—¡Yo no he robado nada, ni sabía de ninguna colecta! ¡No pienso tolerar semejantes acusaciones!

Cornelio se rio con cinismo.

—Llegaste a estas tierras sin otra cosa que unos cuantos textos y tus utensilios litúrgicos.

Te instalaste en una granja abandonada y te alimentaste de las donaciones de los fieles.

Ni siquiera tenías una muda para tu túnica raída…

¡¿Cómo explicas entonces la milagrosa aparición de los treinta mil sestercios que necesitabas para adquirir la «lágrima de Cristo»? !

—Muy sencillo —repuso Evodio—. Cuando me enteré de la existencia de la reliquia, escribí a Gelasio para ponerle al corriente de la situación.

La tarea de convertir a la población rural no me asustaba, pero estaba siendo lenta y compleja.

Sin embargo, con la reliquia en mi poder, podría acelerar el proceso.

Mi superior lo vio tan claro como yo, así que me envío la ayuda económica que necesitaba.

Que la palabra del Señor se extienda por Siria constituye una de sus prioridades.

Aunque la réplica de Evodio sonó convincente, Cornelio no estaba dispuesto a dejarse engañar con tanta facilidad. Probablemente la tuviera ensayada con el fin de no mostrar el menor signo de vacilación.

—Viniendo de un hereje, que es en lo que te has convertido, tus mentiras no me sorprenden lo más mínimo —concluyó el obispo—. Te denunciaré por robo ante las autoridades de Antioquía, a quienes deberás demostrar todo cuanto dices. Por mi parte, ya no tengo nada más que hacer aquí.

Dicho esto, se giró sobre sí mismo y, seguido de Cirilo, encaminó sus pasos hacia la salida.

Si la denuncia prosperaba, Cornelio estaba seguro de poder matar dos pájaros de un tiro.

Por un lado, aunque ya no lograse recuperar el dinero de la colecta, esperaba en compensación hacerse con la propiedad de la «lágrima de Cristo».

Y, por otro, pondría fin a la herejía que intentaba abrirse paso en tierras sirias tan pronto como Evodio fuese condenado por el delito que había cometido.

23

Calandio se desplazó aquella mañana a las termas romanas de Antioquía, erigidas en el emplazamiento de la antigua casa de un noble seléucida.

Las aguas termales, de las que se decía que gozaban de propiedades terapéuticas, provenían de manantiales naturales ubicados en las proximidades de la ciudad.

Un ingenioso sistema de acueductos se encargaba de conducir el agua desde su origen hasta las modernas instalaciones.

El edificio, inmenso y con una arquitectura funcional que se adaptaba a las necesidades de sus diferentes estancias, estaba cubierto de bóvedas gigantescas.

Para entrar había que pagar medio as, lo que constituía una cantidad prácticamente simbólica.

Las termas contaban con la financiación de los principales mecenas locales, por lo que podían disfrutar de ellas gentes de todas las clases sociales.

Solo algunos servicios especiales, como los masajes o la aplicación de ungüentos perfumados, quedaban al alcance de unos cuantos privilegiados.